Todo tiempo pesado (II, 11): Lo que no se mueve, se muere

En el capítulo anterior: Miren deja su trabajo.

Cuando pienso en la Miren de los veinte años, la de nuestra primera relación, siempre me la imagino moviéndose: andando, corriendo, saltando, follando, quemando un cajero, pintando un graffiti. En mi memoria no hay fotos de aquella Miren, solo vídeos. Parecía un juguete al que nunca se le acababa la cuerda: alguien que la conociera peor que yo podría haber pensado que se metía coca o algo así, pero yo sabía que no, que era pura energía, pura juventud. Parecía que no podía estarse quieta un momento, y que si se paraba se iba a morir, como un pez que no puede dejar de moverse hacia delante o un avión que apaga los motores en pleno vuelo.

La Miren de ahora, la de los treinta años, no era ya la misma, claro, ya no tenía la misma fogosidad (auto)destructiva, y en nuestra relación presente habíamos pasado largos momentos de calma tirados en el sofá o en la cama o sentados en bares y cafeterías, hablando, leyendo o simplemente observando a la gente.

Y sin embargo, cuando Miren dejó su trabajo y se quedó en paro, descubrí que había algo esencial en ella que seguía siendo cierto: Miren necesitaba actividad constante, novedades, iniciativas; si no, entraba en un proceso de caída, otra vez, como un avión que apaga los motores en pleno vuelo.

Los primeros días fueron tranquilos. Fueron, en realidad, como unas vacaciones. Yo aproveché que había un día festivo en Lisboa y me fui a Bilbao para un fin de semana largo, que pasamos haciendo cosas de enamorados, o mejor, cosas de ancianos: tomar cafés, ir al cine, dar vueltas por el parque, dormir. Era un proceso de descompresión necesario, después de haber pasado varios años en esa especie de submarino de titanio que es el Guggenheim.

Pero luego yo me volví a Lisboa, Miren volvió a casa de sus padres en Vitoria, y pronto vi que no se estaba adaptando bien a la inactividad. “¿Qué has hecho hoy?”, le preguntaba yo cuando skypeábamos por las noches. “Nada”, me contestaba ella. “Pero cómo nada. Nada no será, algo habrás hecho”. “No, nada”. Y así, todos los días. Cuando insistía un poco más, por fin me describía alguna de sus actividades del día: “le ayudo a mi madre con la casa, voy a hacer recados para mi padre, he comprado el pan y el periódico…” Y esto venía de la misma chica que una vez había rasgado un cuadro fauvista de un artista holandés, porque “justificaba el conformismo burgués que dio lugar al imperialismo, el colonialismo y el genocidio”.

Yo la animaba a pintar; sus padres la animaban a buscar otro trabajo; ella no hacía ni una cosa ni otra. “Todavía estoy de luto”, decía, pero en realidad la impresión que daba era la de una máquina que estaba oxidándose cada vez más, y que llegaría el día en que no podría volver a ponerse en movimiento aunque quisiera.

Además, la inactividad le agriaba el carácter. Claro, el desempleo es duro, la falta de ocupación es dura, ataca a la autoestima, favorece los pensamientos negativos. No digo que Miren tuviera la culpa; pero, visto desde fuera, y con cierta perspectiva, resultaba chocante que Miren no advirtiera su propia decadencia ni hiciera nada para evitarlo.

Afortunadamente, como nuestra relación estaba en un buen momento desde la reconciliación post-parisina, Miren no cargaba contra mí sus malos humos. Yo, por mi parte, oscilaba entre el novio perfecto que escucha las quejas de su novia y da consuelo cuando es consuelo lo que se pide y cuando no se queda calladito; y el novio egoísta que está harto de escuchar las quejas de su novia y solo quiere pasar una tarde tranquila y divertida por una vez. No estoy orgulloso de estas oscilaciones, pero tampoco voy a flagelarme por ellas: solo soy humano.

La situación también nos afectaba como pareja en otro sentido: como estaba en paro, y como el paro que le daban era una miseria y sus ahorros no demasiados, Miren se puso en modo ahorrativo. Eso significaba no venir a verme a Lisboa, sino que tuviera que ir yo a Bilbao (o mejor dicho, a Vitoria) todas las veces, y significaba también que los planes que podíamos hacer juntos se reducían mucho: nada de cenar fuera, nada de cine o teatro, cafés y cervezas los justos y estirando al máximo el tiempo que pasábamos en la cafetería o en el bar… En fin, que nos pasábamos la mayor parte del tiempo en casa de sus padres, lo que también era bastante limitador en otros aspectos, porque el dormitorio de Miren estaba justo al lado del de sus padres, y el padre podía estar sordo, pero la madre tenía un oído de tísico, como se decía cuando todavía había tísicos.

Por fin, la crisis hizo crisis a finales de marzo. Yo estaba en una reunión para organizar un congreso, y cuando terminó y miré el móvil tenía tres llamadas perdidas de Miren, dos de su madre y varios mensajes de cada una de ellas. Al parecer había habido una bronca terrible, no me enteré muy bien sobre qué, y al final Miren se había largado dando un portazo y no sabían adónde había ido (lo que en sí no sería preocupante, tratándose de una mujer de treinta y tantos años, si no fuera porque era la primera vez que Miren salía a la calle en más de una semana).

Por fin conseguí hablar con Miren, que estaba rabiosa (no se me ocurre otra forma mejor de describirla). En cualquier caso, Miren rabiosa era un estado más deseable que Miren deprimida, así que no hice demasiado para calmarla. Me volvió a contar lo que ya me había intentado contar en los mensajes, y volví a no enterarme demasiado bien. Había habido gritos, acusaciones, algunas lágrimas, se habían reavivado viejas discusiones y se había vuelto a los mismos traumas de toda la vida, que existen en todas las familias que se precien.

El resultado era que Miren estaba furiosa, y que ya no había vuelta atrás al mundo de la pasividad y la autocompasión.

-Ya no puedo más, Santi -decía Miren-, ya no puedo más. Yo me largo -decía-, me largo. Me largo. Ya no puedo más.

-¿Pero adónde vas a ir? ¿Te vas a venir aquí conmigo? -le contestaba yo, con tanta esperanza como miedo.

-No, a Barcelona. Me voy a ir a Barcelona.

-¿A Barcelona?

-Sí.

-¿Barcelona?

-…

-¿¿¿Barcelona???

Una inflamación de la imaginación

-El enamoramiento es una inflamación de la imaginación -le dije a Alicia una vez, fingiendo que bromeaba aunque en realidad esperaba impresionarla con mi agudeza.

-Qué pedorro eres a veces -me contestó ella, riéndose de una forma que resultaba insultante pero no humillante.

Pero la verdad es que, antes de que Alicia y yo nos hiciéramos novios, yo ya llevaba tiempo imaginando cómo sería la vida si Alicia y yo nos hiciéramos novios. Lo imaginaba todo: las conversaciones que íbamos a tener, los viajes que íbamos a hacer, los paseos que íbamos a dar. No todo era perfecto: también imaginaba las discusiones, los problemas, los roces propios de todas las parejas; pero siempre eran discusiones, problemas o roces que se resolvían y se disolvían en reconciliaciones emocionadas.

Esta Alicia, la que yo imaginaba, empezaba siendo la Alicia real, hasta donde yo podía conocerla, pero luego se separaba de ella por los caminos más inimaginables, hasta acabar convertida en un ser irreal, a veces sobrehumano y a veces grotesco, y todos esos desarrollos de Alicia al final solo tenían en común con Alicia el nombre. Podía ser dulce como un ángel o cruel como una madrastra de cuento; a veces la imaginaba adorándome, y otras despreciándome como a un poeta del amor cortés; era una ninfómana que me exprimía en la cama o una virgen inocente a la que yo tenía que enseñarle cada paso, cada movimiento, cómo se pone eso ahí, ahí, eso.

Porque, claro, también imaginaba el cuerpo de Alicia, que hasta ese momento solo había visto bajo tres o cuatro capas de ropas invernales: cómo podría ser aquel cuerpo, las curvas que escondería (o no), el tacto de su piel, sus irregularidades y sorpresas; cómo reaccionaría ese cuerpo con el mío, las cosas que haría con él y que él haría conmigo (o mejor dicho, con mi cuerpo). Imaginar estas cosas me daba una fiebre que me hacía temblar las manos.

Casi podría decirse que cuando Alicia y yo empezamos a salir juntos, en mi imaginación Alicia y yo llevábamos ya saliendo juntos unos cuantos meses, aunque fueran meses imaginarios. De hecho, considerando todas las variantes y bifurcaciones que había imaginado para nosotros, Alicia y yo habíamos vivido ya tantas vidas que la vida real casi parecía insuficiente.

A lo mejor por eso, la Alicia imaginaria que yo había construido en mi cabeza se resistió a morir cuando por fin Alicia (la Alicia real) y yo nos enrollamos en aquella fiesta. Testaruda, la Alicia imaginaria se interponía entre nosotros y no me dejaba ver lo que la Alicia real estaba haciendo ni oír lo que estaba diciendo. “Es a mí a quien quieres”, venía a decir esa Alicia etérea e idealizada, mientras la Alicia material y sólida se quedaba dormida en el sofá y empezaba a roncar y a caérsele la baba en el cojín.

Una de las primeras veces que hacíamos el amor, me distraje comparando la forma en la que Alicia hacía cierta cosa, en comparación con cómo la Alicia imaginaria hacía esa misma cosa (o dicho con más propiedad: con cómo había imaginado que Alicia podría hacerla, si algún día llegaba a hacerla). Alicia lo notó, claro, por la concentración con la que miraba a la pared y la poca concentración con la que la miraba a ella.

-¿En qué piensas? -me preguntó, aunque en realidad quería decir: “¿en quién piensas?”

-En nada… -le contesté-. En ti.

Y en realidad no le estaba mintiendo; aunque en realidad sí, sí le estaba mintiendo.

La entrevista – Cuarta variante

(Las tres primeras variantes de la entrevista, aquí, aquí y aquí)

Fue pura casualidad que la entrevista que me concedió a mí fuera la última que Guillermo Zamora concedió en su vida: yo me despedí de él a las siete, cuando ya empezaba a anochecer, y poco antes de las diez saltaba muy correctamente desde la ventana del quinto piso en que vivía, abriéndose el cráneo como un melón contra el suelo. Un hombre que pasaba por allí en ese momento paseando a su perro declaró a los periódicos que fue un salto limpio, casi elegante, como si se estuviera zambullendo en una piscina en vez de en la noche eterna.

El caso es que mi entrevista, de repente, se había convertido en un documento esencial: en el testamento vital de uno de los más importantes poetas españoles del siglo XX, así que en vez de publicarse en un suplemento cultural varias semanas más tarde, como estaba previsto, el periódico la colocó en un lugar destacado en su edición diaria. Pocas horas más tarde, se había vuelto viral en las redes sociales (todo lo viral, claro está, que puede volverse algo que tiene que ver con la poesía) y los críticos y biógrafos de Guillermo Zamora la analizaban en busca de claves secretas que permitieran explicar su muerte.

Daba igual que la entrevista fuese casi idéntica a las doscientas entrevistas anteriores que había concedido el poeta: si decía “temo que algún día me quede sin ideas”, se veía un indicio del agotamiento de su inspiración, aunque llevase diciendo lo mismo veinte años; más adelante decía que vivir era luchar contra la muerte deseando perder, había quien veía ahí prácticamente una nota de suicidio, aunque en realidad Zamora estuviese citando un verso de uno de sus primeros libros; incluso mis acotaciones, como que el escritor fumaba como un carretero, servían para concluir que había abdicado definitivamente de la vida, y daba igual que llevase desde los quince años fumando más de un paquete diario.

Indirectamente, aquella entrevista me convirtió en una celebrity cultural: mis amigos del mundillo, tan morbosos como los que no son del mundillo, me pedían que les describiese con todo detalle la hora y media que pasé con Guillermo Zamora. Al principio yo era prudente y discreto, y me limitaba a repetir lo que ya estaba escrito en la entrevista; pero luego me pudo la vanidad, y empecé a “recordar” detalles nuevos, o a dar significados nuevos a los detalles que realmente recordaba: que si tenía la mirada perdida y borrosa, que si acariciaba sus propios libros con una especie de nostalgia futura, ¿y era una lágrima eso que me parecía ver en el rabillo de su ojo cuando hablaba de la muerte?

Así que yo tuve parte de culpa, es verdad, al permitir e incluso alentar la mística de aquella última entrevista; lo que no podía prever es que se llegase a afirmar, como se afirmó, que Guillermo Zamora me había anunciado su próximo suicidio, de manera explícita y casi literal, y que yo no había hecho nada para impedirlo para ser, precisamente, la última persona en verlo con vida y en hablar con él. No sé quién fue la primera persona que insinuó eso, solo sé que cuando unas semanas más tarde acudí a la presentación de un libro de Teresa Lombardo, nadie aceptó hablar conmigo y terminaron poco menos que echándome de allí como a un apestado.

Y fue así como terminó mi carrera de crítico literario: en vista de que no había escritor que quisiera concederme una entrevista, el periódico decidió prescindir de mis servicios, y nadie más quiso contratarme. Tampoco me importó: aquel asunto me había dejado bastante mal cuerpo, y en realidad a lo que yo aspiraba era a que algún día me entrevistasen a mí, y no al revés. En cualquier caso, no me agradó demasiado enterarme hace unos días de que en el mundillo todavía se me conoce como “el asesino de Guillermo Zamora”. O igual sí me agradó, no lo sé.

Instrucciones para hacer caramelo

¿Tienes invitados en casa y quieres preparar un postre con caramelo? ¡No hay problema! La receta es muy sencilla, aunque tiene sus riesgos. ¡Empecemos!

 

Ingredientes
Un vaso de agua
200 gr. de azúcar

Receta

1.- En un cazo calienta el agua hasta que esté casi hirviendo.

2.- En otro recipiente coloca el azúcar, y añádele cuatro cucharadas del agua caliente.

3.- Espera a que el azúcar empiece a colorearse, no la pierdas de vista.

4.- En ese momento te llamarán al teléfono. Atiende. Será uno de los invitados a tu cena, preguntando qué tiene que llevar. Dile que nada, que tú te encargas de todo. Él dirá que cómo que nada, que no se puede ir a casa de alguien a cenar de gorra y no llevar nada. Contéstale que no sea tonto (o tonta) y que su presencia ya es más que suficiente. Cuando él o ella se ponga nostálgico (o nostálgica) y empiece a recordar cenas pasadas semejantes a esta (“eran tiempos mejores”, dirá), intenta animarla (o animarlo) diciéndole que estos tiempos tampoco son malos, y que algún día miraremos hacia atrás hacia estos tiempos y también diremos “eran tiempos mejores”. Despídete hasta luego, insiste en que no traiga nada, cuelga.

5.- A estas alturas tu caramelo debe ser ya una roca negra carbonizada. Entra en pánico. Ni te plantees empezar el caramelo otra vez desde cero. Solo los cobardes empiezan las cosas otra vez desde cero.

6.- Prueba el caramelo con la cuchara directamente desde el cazo, sin importarte que el azúcar caramelizado pueda alcanzar los 200ºC. Sufre, como consecuencia, quemaduras de tercer grado en la lengua.

7.- Deja caer la cuchara y corre a poner la lengua debajo del grifo de agua fría. Con las prisas, golpéate la cabeza contra el armario de las especias. Sangra, mucho.

8.- Cegado por la sangre y entumecido por el dolor de la lengua, intenta llegar hasta el baño para parar la hemorragia. Pisa la cuchara que has dejado caer al suelo antes, resbala. Golpéate la cabeza contra el suelo. Sangre, más.

9.- En el camino de caída hacia el suelo, asegúrate de golpear el mango del cazo con el resto del caramelo, volcándotelo encima de la cara. Grita ahora, si no estabas gritando ya antes.

10.- Cuando llegue la ambulancia y la policía, diles que esto ha sido un asalto con agresión, porque lo de que solo estabas intentando hacer caramelo no se lo va a creer nadie.

¡Y ya está! ¿A que era fácil?

La érotica del espejo roto

Estaba yo pasando el rato en uno de esos sites de videochats en los que la gente entra para conocer gente de todas partes del mundo (en realidad, la gente entra a ligar, pero yo no, yo entro verdaderamente a conocer gente de todas partes del mundo), y de repente, huy, qué es eso, debo de haber pulsado algún botón raro, porque ahí estoy yo, al otro lado de la pantalla, yo mismo también en el otro extremo del cable.

Intento arreglarlo, le doy a recargar la página, tarda un momento pero luego vuelve a aparecer la misma imagen, o sea, yo mismo. Compruebo el nombre del usuario al que me he conectado: Jakob, Bulgaria, 36. Pero soy yo, o sea, un yo búlgaro, igualito igualito. Luego me empiezo a fijar mejor, y aunque yo soy yo en los dos sentidos, el cuarto en el que estoy, en Bulgaria, no es el mismo: es un cuarto más pequeño, con posters de grupos de rock en las paredes.

-Hello! -me dice, me digo, me escribo en el chat.

-Hello! -le contesto, me contesto.

Si hablar conmigo a kilómetros de distancia es raro, hablar conmigo en inglés ya es absurdo.

-Do you speak Spanish? -le pregunto.

-No. Do you speak Bulgarian?

Qué pregunta más estúpida, pienso, pero por qué va a ser más estúpida su pregunta que la mía.

Yo en Bulgaria estoy comiendo un plato de algo que parecen spaghettis; yo aquí todavía no he cenado y me entra hambre.

-What are you doing? -me pregunta, me pregunto.

-Nothing, just passing time.

No sé cuándo, no sé en qué momento, mi mano izquierda (la mía, yo aquí) se ha metido por dentro del pantalón, por dentro del calzoncillo, y ha agarrado lo que ha encontrado dentro. Y ha empezado a jugar con lo que

-And you, what are you doing?

Me da igual lo que me conteste, yo, allí, solo quiero que siga hablando. Habla, hablo inglés peor que yo, pero me da para entenderme. Mientras tanto la mano tiene un juguete cada vez más grande. Hace calor, aquí, yo, aquí.

¿Será que él, yo, allí, no me doy cuenta del parecido? ¿Seré imbécil yo en Bulgaria?

De repente yo, allí, dejo de hablar en inglés conmigo, aquí, y digo algo en una lengua que supongo búlgaro a alguien que parece haber entrado en el cuarto, no veo quién porque la cámara solo le enfoca a él, a mí, búlgaro.

-Who is there with you? -pregunto.

-Nobody -me contesta, me contesto.

-Who were you talking too?

-Nobody -insiste, insisto.

-Who was that? Who was that? Who were you talking to?

-Why do you care? Nobody?

Me estoy poniendo nervioso, agitado, histérico. Hay movimientos en mí que ya no controlo.

-WHO IS THERE WITH YOU? -escribo, gritando.

-FUCK YOU! -me contesta, me contesto, y la conexión se pierde y no sirve de nada que intente recuperarla o buscar al usuario Jakob, Bulgaria, 36.

Entonces me doy cuenta de que tengo los calzoncillos empapados y que tengo que ir a cambiarme y pegarme una ducha antes de que mi novia vuelva a casa.

Post(super)man

A un estudiante de posgrado, de nombre Paul Verbaud, que estaba haciendo una tesis doctoral sobre los manuscritos inéditos de Foucault le picó una pulga radioactiva, o si no radioactiva sí por lo menos muy ilustrada. En los días siguientes, el estudiante desarrolló una serie de poderes sobrehumanos, tales como una fuerza capaz de llevar pilas de libros de un punto a otro, la capacidad de recordar el día correcto para devolverlos a la biblioteca o una inteligencia extraordinaria que le permitía deconstruir cualquier concepto hasta sus más íntimas contradicciones intrínsecas, volviéndolo así prácticamente inutilizable.

(Por ejemplo, si alguien le decía: “Paul, por favor, ¿podrías abrir la ventana?”, Paul podía inmediatamente reconstruir la genealogía de las ventanas como elemento de control y poder, miedo y sumisión, desde las troneras medievales y las vidrieras catedralicias hasta los más modernos edificios construidos con vidrio, de forma que al final la ventana se quedaba cerrada y al que le había preguntado le entraba un dolor de cabeza terrible).

Paul Verbaud comprendió inmediatamente que se había convertido en lo que vulgarmente se conoce como un superhéroe (a pesar de ser consciente de que el concepto de superhéroe no era sino un producto ideológico propagandístico de la superestructura del capitalismo avanzado).

Lo primero que hizo, después de llamar a su madre para contárselo, fue elegir el nombre adecuado. Pensó, en primer lugar, en llamarse post-man, pero le dio miedo que le confundiesen con un cartero y que le hicieran bromas preguntándole si llamaba a la puerta una, dos o más veces. Lo siguiente que se le ocurrió fue post-superman, pero tenía implicaciones nietzscheanas con las no podía sentirse completamente a gusto: Decidió por fin denominarse post(super)man, una expresión que reflejaba, creía él, la escisión políticamente conflictiva y potencialmente esquizofrénica entre el yo y el mundo creada por la picadura de la maldita pulga.

Paul sabía también que un gran poder conlleva una gran probabilidad de meter la pata, así que se propuso resistirse a la tentación de actuar hasta haber construido adecuadamente un discurso sobre las causas, objetivos y consecuencias de sus acciones como post(super)man. Lo que sucede es que sus poderes se circunscribían a la deconstrucción, no a la construcción, así que una y otra vez la reflexión lo conducía a la inacción y a la futilidad de cualquier esfuerzo por modificar significativamente las condiciones de vida de sus semejantes.

Podía, por ejemplo, detener las guerras, pero ¿cómo decidir, sin referencia a grandes discursos o causalidades teleológicas, a qué bando otorgar la victoria, o cómo realizar el reparto de poderes y bienes tras el final del conflicto? Podía, claro, optar por ponerse del lado de los oprimidos, pero si algo nos ha enseñado la historia, además de que no hay documento fiable o testigo que no mienta, es que los que hoy son oprimidos mañana se convierten en opresores, y la rueda gira y gira y post(super)man no se resignaba a darle otro empujoncito.

Finalmente, Paul Verbaud optó por el Think global, act local: se retiró a su fortaleza de la soledad (que tenía un aire mezcla de hotel, aeropuerto y centro comercial) en un barrio periférico de París, de la que solo salía para rescatar a un gatito, arreglar un enchufe o ayudar a una señora a cruzar la calle. Habrá quien piense que así estaba malgastando sus poderes, y de hecho es innegable que no cambió el mundo en ningún modo significativo, pero por lo menos sus vecinos le querían mucho.

La puerta

Hay (siempre lo he creído así) otra realidad que es muy cercana a la nuestra, pero que no es la nuestra. Es más oscura, pero también más nítida que la nuestra; más real, en cierto sentido, también. Todos sabemos que esa realidad existe; todos fingimos que esa realidad no existe. A veces, esa otra realidad estalla en la nuestra en forma de explosión o escándalo, porque lo que se reprime a menudo vuelve en forma de violencia.

El otro día estaba en la librería de unos amigos. Esta librería tiene una planta en forma de U, poco habitual para una librería: se entra por la puerta, se gira a la derecha, se vuelve a girar a la derecha…

Yo estaba abstraído viendo libros, intentando no comprar libros. Pasaba de una balda a otra, de una estantería a otra, y cuando volvía atrás parecía que los libros habían cambiado, porque todos me parecían diferentes y todos me apetecía comprármelos.

Este paseo por dentro de la librería me dejó confuso y mareado, pero contento (ver libros es para los intelectuales lo más parecido a fumarse un porro, excepto fumarse un porro). Había tomado una cerveza antes, la luz del fluorescente parpadeaba a la frecuencia correcta, no había moscas en el aire. Todo conspiraba, no hay otra forma de verlo, para que estuviera especialmente receptivo a la otra realidad.

Y entonces, claro, la vi, porque estar receptivo es condición necesaria, y a veces suficiente, para que la otra realidad se manifieste. Al fondo, al final de la librería, donde terminaba la segunda pata de la U, detrás de la última estantería marcada “Biografías” había una puerta. Otra puerta. La puerta.

Me acerqué y, sin que se me notara mucho, empecé a husmear a través de los libros. Solo que sí se me debió notar mucho, porque uno de mis amigos se me acercó por la espalda y me preguntó: “¿Qué estás haciendo?”. Le miré y me costó reconocerle; cuando se ha visto la otra realidad es difícil dejar de verla y aceptar que las cosas son lo que son y que su superficie coincide con la que ven nuestros ojos. “Nada”, le contesté, “es solo. La puerta. Esa puerta. ¿Adónde da?” “Pues adónde quieres que dé, a la calle. Pero la hemos condenado para poder usarla como pared. ¿No te compras nada, entonces?”

No quería comprar nada. Quería abrir esa puerta. La puerta. Esa puerta. Porque sospechaba, no, sabía que al otro lado de esa puerta la otra realidad se manifestaría en todo su esplendor. Claro que esa puerta daba a la calle, pero esa calle, aun siendo la misma calle, no era la misma. Era otra. Era la otra. (Como una lámina transparente que se sobrepone al mapa en blanco, en la que están marcados los nombres de los ríos).

Mi amigo, el de la librería, me dio una palmada en el hombro y se fue a atender a un hombre que quería una guía de México.

No sé entonces qué me dio. O sí. (Lo reprimido vuelve a menudo en forma de violencia). Cuando toda la gente desapareció de mi vista, en el otro extremo civilizado de la U, cogí la estantería con las dos manos por uno de los extremos y empecé a forcejear con ella. Los enganches, que no eran muy fuertes, saltaron por los aires. La estantería se inclinó peligrosamente; los libros empezaron a caerse unos encima de los otros. Cogí el pomo de la puerta, que ya estaba a mi alcance, y tiré.

Oí gritos a mi espalda. La estantería terminó de ceder y cayó al suelo con un ruido de hundimiento metálico. Pero yo no podía detenerme, estaba ya muy cerca y a través de la rendija abierta de la puerta se veía una luz que no tenía nada que ver con nada que hubiera visto antes (con los ojos).

De otro tirón conseguí romper el cierre superior de la puerta, que se abrió delante de mí, para mí, con un ruido que solo puedo comparar con un suspiro. Pero no pude pasar al otro lado: varios brazos me cogieron, un puño me golpeó en la sien, o en la nuca, o cerca, me caí al suelo y la puerta se cerró, otra vez, pillándome por el camino dos dedos que en los siguientes días se pusieron morados.

A estas alturas ya imaginaréis que no voy a contar lo que vi al otro lado de la puerta, porque no puedo (al menos, no con palabras). Lo que sí diré es que desde aquel día mis amigos, los de la librería, ya no son mis amigos; y que tengo prohibida la entrada en su tienda. Por cualquiera de las dos puertas.