El edificio (reboot, 23)

El edificio seguía creciendo, añadiendo pisos y pisos y capas y capas de cemento y acero y cristal a su alrededor. La gente que lo miraba decía: “Ahora debe de estar terminado”; y se ponían a aplaudir. Pero al día siguiente, o dos días después, o una semana después, veían que el edificio seguía creciendo hacia lo alto y hacia lo ancho y hacia dentro, que aparecían nuevos pisos, que se añadían nuevas coberturas, que los hombres como hormiguitas casi invisibles seguían trabajando en su interior poniendo una lámpara aquí, quitando un plástico allá, probando un enchufe acullá. (La parte más alta del edificio se perdía entre las nubes y era difícil distinguirla sin prismáticos incluso en los días más claros, lo que dificultaba saber si estaba más alta o más baja que el día anterior). Incluso cuando efectivamente estuvo terminado, y fue inaugurado y habitado y se desmontaron los andamios y las grúas y se despidió a los obreros que de todas formas no tenían otro sitio adonde ir, la gente lo miraba y decía: “No, todavía no está terminado. Si te fijas bien, allí en lo alto, todavía se ven personas trabajando para añadirle más pisos, y más pisos, y más pisos…” Y era difícil quitarles la razón.

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El edificio (reboot, 22)

“Uña gigante / de un animal prehistórico…” “Una aguja lanzada / desde el centro de la Tierra / hasta el infinito de los astros…” “El pelo erizado de un planeta”. “Ciprés sin cementerio”. “Pene fecundador de galaxias”. “Espina”. “Chorro”. “Hilo de aluminio estirado por las tenazas de dios”.

Nada.

La literatura sobre el edificio existió desde antes de que el edificio existiese, pero nunca alcanzó cotas muy elevadas. A lo mejor era demasiado grande para tener cabida en la palabra, o demasiado absurdo.

(Entonces, yo, aquí, ¿qué…?)

El edificio (reboot, 21)

Cuando el edificio tenía ya doscientos veintiséis pisos de altura, hubo un derrumbamiento. Las quince últimas plantas del edificio quedaron completamente destruidas; las treinta inferiores, damnificadas en mayor o menor medida. Pero la estructura central del edificio, su andamiaje, sus columnas maestras, sus cimientos, resistieron. Murieron setenta obreros, resultaron heridos más de mil. No hubo funerales y nadie los reclamó: los cadáveres se lanzaron por el hueco del atrio a una fosa común y nunca se supieron sus nombres. En el piso noventa y tres se instaló un hospital de emergencia para los heridos leves; a los más graves também se los lanzaba por el atrio, porque curarlos costaba más que sustituirlos. La construcción del edificio no se detuvo más de lo imprescindible: evaluación de daños, recuperación de cascotes, limpieza de escombros, vuelta al trabajo. Gracias al derrumbamiento, decían los arquitectos, el edificio no solo había demostrado su fortaleza, sino que había ganado nuevo impulso para seguir creciendo, alimentado con la sangre y la carne de los caídos. A las familias que lloraban a los muertos con demasiado afán, disminuyendo la moral de los otros trabajadores, se les daban veinte sueldos o veinte latigazos, aleatoriamente.

El edificio (reboot, 20)

Por supuesto, mucho antes de que se inaugurase oficialmente ya vivía gente en el edificio: los propios obreros encargados de construirlo. A partir de cierta altura, habría sido imposible (o al menos, contraproducente) que los obreros descendieran hasta el nivel del suelo cada día, fueran a dormir a sus casas y volvieran a subir hasta su puesto en la obra al día siguiente; no habría dado tiempo, la construcción del edificio se habría ralentizado hasta detenerse cuanto más se elevase, y eso era algo que no se podía permitir.

Así, se acondicionaron provisionalmente veinte pisos intermedios, con doscientos apartamentos cada uno; se permitió que cada obrero se instalase en uno de los apartamentos con su familia sin pagar alquiler; a cambio, se les prohibió que bajasen más allá del piso 15, y para asegurarse de ello se instalaron guardas armados en escaleras y ascensores (quienes, a su vez, tampoco podían bajar más allá del piso 15). Algunos obreros saltaban por los huecos de las ventanas (que entonces todavía no estaban herméticamente cerradas) a causa de la claustrofobia, de la rabia o de la nostalgia de la tierra firme; pero eso importaba poco en el contexto general de todas las cosas, lo que importaba era el edificio, que seguía subiendo hacia el cielo y ya cubría con su sombra regiones enteras en las que nunca más volvería a florecer nada.

El edificio (reboot, 19)

En una planta estándar de los pisos más bajos del edificio había 5.000 apartamentos, de una, dos o tres habitaciones con salón, cocina, baño y despensa. Asumiendo una ocupación de cuatro personas por apartamento (que en algunos casos era superior y en otras inferior), obtenemos una población de 20.000 inquilinos por planta. Sin embargo, con el tiempo y por efecto de la presión demográfica, cada uno de estos apartamentos fue dividiéndose en dos, en tres, en cinco; una familia podía vivir en un dormitorio; un estudiante, en un escobero. Debido a estas alteraciones, que escapaban a cualquier plan inicial, resulta difícil saber cuánta gente podía llegar a vivir en una planta, aunque algunos calculan que podrían llegar a los 75.000 y otros hasta 250.000. ¿El precio? ¿Me preguntáis cuál es el precio de un apartamento en el edificio? No, os apartamentos en el edificio no se compran; sería como intentar comprar un pedazo de mar o una parcela de terreno en la luna…

El edificio (reboot, 18)

(Donde ahora se yergue el edificio, hubo en otra época un asentamiento de una civilización primitiva: una de las primeras civilizaciones sedentarias de la tierra. Sabían escribir, cultivaban el trigo, adoraban al sol. Dejaron dos pirámides incompletas, por causas desconocidas: guerra, enfermedad, sequía; las encontraron durante las excavaciones de los cimientos del edificio. En su interior se descubrieron cráneos trepanados, utensilios bastante avanzados para su época, inscripciones que parecen calendarios astronómicos complejos. Las piedras se emplearon para muros interiores; la arena, para argamasa; una máscara de oro finamente labrado encontrada entre las ruinas decora el cuarto de baño de señoras del restaurante de la planta ciento cuarenta y seis).

El edificio (reboot, 17)

¿Quién fue la primera persona que entró al edificio? Es difícil saberlo, en realidad es imposible saberlo. ¿Qué significa entrar en el edificio? ¿Desde cuándo hay un edificio en el que entrar?¿Cuando se comienzan a excavar los cimientos? ¿Cuando se construye la primera planta? ¿El primer techo? ¿La primera escalera?

Se sabe quién fue la persona que puso la primera piedra: el Presidente Sham Holp Abam. (Una revolución lo derrocó dos meses más tarde; los nuevos dirigentes quisieron recuperar la piedra para que no contaminase con sus efluvios pútridos al futuro edificio, pero ya era tarde, ya estaba enterrada bajo toneladas de cemento y acero y piedra y obreros y ratas). Pero una piedra no es un edificio, así que el presidente nunca entró en el edificio.

También se sabe quién fue la primera persona que entró en el edificio terminado, tras el acto de inauguración oficial: el Secretario General de las Naciones Unidas, John Levin Clash. Pero cuando entró en el edificio, en él ya vivían en el decenas de miles de personas: arquitectos, obreros, contratistas, decoradores, funcionarios, vendedores ambulantes que subían y bajaban en ascensores con olor a curry.

Es imposible saber quién entró primero en el edificio, por lo tanto; es una pregunta estúpida, inútil, dolorosa, que a todos nos deja un poco más huérfanos de héroes y mitos.