El edificio (38)

El edificio se me aparece en sueños. Pero es un edificio diferente: está en Bilbao, está en las afueras de Bilbao, desde él se ve Bilbao entero, a pesar de que el edificio también forma parte de Bilbao. Yo me alojo en un cuarto de un hotel que está en uno de los pisos más altos; en el hotel hay habitaciones para dos y tres personas. Yo comparto habitación con un hombre de negocios. Por la mañana, bajamos en los ascensores del edificio, nos tomamos un pincho de tortilla en una cafetería del hall del edificio y luego cogemos el tren que para en la estación de trenes del edificio. Por un momento, el hombre de negocios y yo nos cogemos de la mano, pero luego nos damos cuenta de lo que estamos haciendo y nos separamos, entre risas. Cada uno se va por su lado. Cuando me monto en el tren, el sueño termina: fuera del edificio no hay nada, como en el edificio. Sé que este edificio con el que sueño no es el edificio; solo el edificio es el edificio de verdad.

El huésped (22)

Con la regularidad del reloj.
Con la regularidad del metrónomo.
Con la regularidad del calendario le vuelve el dolor en el abdomen.
Una vez cada treinta días aproximadamente.
Una vez cada treinta días, durante tres o cuatro días.
No necesita pensar mucho para saber lo que es.
No necesita buscarle explicaciones extraordinarias.
No necesita ir al médico.
Sabe lo que es.
Sabe cómo se llama.
No quiere decir cómo se llama.
Le duele cada mes, cada mes le duele.
Le duele el abdomen, pero no sangra.
Le duele el abdomen pero no hay sangre por ningún lado.
No sabe si eso es bueno o malo.
No hay sangre porque no tiene útero.
Tiene un ovario, pero no tiene útero.
No sabe si eso es bueno o malo.
Cada vez admira más a su madre.
Y a la chica que le gusta del trabajo que no se acuerda cómo se llama.
Cada vez las admira más.
Sobre todo, durante esos tres o cuatro días por mes.

El edificio (37)

Por los huecos de los ascensores del edificio suben y bajan los monos. Para ellos no hay barreras, no hay divisiones en el edificio: el edificio entero es su territorio. Allí donde un albino de los círculos intermedios se detiene, porque hay demasiada luz, un mono corre feliz, porque hay luz; allá donde un hombre de los pisos superiores se detiene, porque el olor a cuero y a sudor y a cable quemado se le hace insoportable, los monos llegan sin problema, porque se reconocen en ese olor a cuero, a sudor y a cable quemado. Algunos mueren atropellados por los ascensores, pero siempre hay otros monos para sustituirlos, y a veces los monos son tantos que detienen los ascensores con sus patas. Fallo técnico, dicen, vienen los encargados con sus herramientas y con unas cosas que si no supiéramos mejor pensaríamos que son escopetas. En realidad, los monos son quienes mejor se adaptan al edificio; casi se podría decir que el edificio ha sido construido a la medida de los monos; los seres humanos, entonces, solo serían un parásito indeseable.

El edificio (36)

En un piso no de los más altos (pero tampoco de los más bajos) del edificio nace un niño; los padres lo acunan, lo abrazan, están felices, es un niño rosado, peludito, llora abriendo mucho la boca. Llegan unos hombres bien vestidos; les dicen: este es el edificitario un millón, o diez millones, o cien mil millones (no importa el número que digan, es mentira, o mejor dicho, es tan mentira como verdad: es incierto). Los padres de la criatura sonríen, les hacen fotos, les preguntan, ¿ya han pensado en un nombre? Samuel, se llamará Samuel. Los hombres se ríen. ¡No se llamará Samuel, qué tontería! Se hacen fotos todos juntos, les regalan ropitas y zapatitos y un carro demasiado grande para los pasillos del edificio. Confetti. A última hora de la noche, cuando las luces de los grandes atrios ya se han apagado, los hombres de traje se despiden y desaparecen en los ascensores, que van hacia arriba, siempre hacia arriba. Entonces los padres de Samuel se dan cuenta de que ya no tienen a Samuel (que efectivamente nunca sabrá que se llama Samuel, así que no se llama Samuel). Nunca vuelven a verlo, pero la madre pronto volverá a quedarse embarazada y esta vez el edificio no manda ningún emisario.

El huésped (21)

Tabla del dolor en el lado izquierdo del abdomen, anotado con espantosa regularidad y ningún criterio científico.

1 1.35
2 1.31
3 2.74
4 2.52
5 2.23
6 1.83
7 1.07
8 1.51
9 1.26
10 1.66
11 1.35
12 2.03
13 1.48
14 4.86
15 7.40
16 8.26
17 6.16
18 4.89
19 2.23
20 1.43
21 1.09
22 3.42
23 1.32
24 2.65
25 1.73
26 1.67
27 2.44
28 1.91
29 1.79
30 1.78

El edificio (35)

Las mujeres albinas de los círculos intermedios son muy apreciadas para realizar ciertos servicios en los demás círculos del edificio, no solo por la blancura brillante de su piel, ni por la ausencia casi total de pelos en su cuerpo, ni por la sensibilidad de sus manos de mujeres (casi) ciegas, sino porque se dice que son particularmente flexibles, lo que les permite hacer cosas que el resto de mujeres, ya sea dentro o fuera del edificio, no consiguen hacer. Qué sean esas cosas, es algo que no sabe muy bien; muchas de las historias que recorren el edificio son probablemente leyendas sin fundamento, y quienes efectivamente han probado sus servicios no lo cuentan, por motivos obvios. Sí se sabe que a veces estas mujeres albinas mueren en el transcurso de los servicios, por causas igualmente desconocidas, y sus cuerpos desaparecen por los huecos de los ascensores en dirección al sótano; nadie las busca.