Breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 1

Catorce años, catorce, tenía cuando murió sor Teresa. Si alguien se pregunta por qué recuerdo exactamente la edad que tenía cuando murió sor Teresa, a continuación encontrará la explicación a por qué recuerdo exactamente la edad que tenía cuando murió sor Teresa.

Vinieron a buscarme a mí cuarto, o por mejor decir, celda. Una monja seca y antipática, con la que nunca había tenido demasiado trato, me despertó dando tirones a la manga de mi pijama.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Que se ha muerto sor Teresa. He pensado que querrías saberlo, visto que hablabas con ella más que nadie.

Y diciendo eso salió y me dejó allí, más sola que cuando había entrado.

No fui a despedirme de sor Teresa, porque sor Teresa ya no era, ya no estaba. En vez de eso, salí corriendo y llorando de mi cuardo, de mi piso, del edificio. Fernando estaba descargando sacos de patatas. Llorando, babeándome y con el moco colgando me abracé a él, sin importarme en qué estado iba a quedar su ropa, ya de por sí bastante sucia.

Sentí el calor de su cuerpo y sus grandes brazos a mi alrededor; su mano me acariciaba la cabeza. “No pasa nada”, decía, “¿qué ha pasado?, no pasa nada”.

Luego sentí otras cosas: que su abrazo se hacía más fuerte y su respiración más rápida; que sus manos, antes agarradas a mis hombros, empezaban a bajar hacia zonas más redondas y carnosas de mi cuerpo; que poco a poco, de una forma que casi ni noté dado mi estado de desolación, me iba atrayendo hacia el interior del almacén del convento, en un rincón detrás de los estantes de conservas enlatadas.

Lo que pasó entonces, entonces no lo entendí. Dejó de abrazarme, me dio la vuelta, me apoyó contra una mesa sucia de restos de harina y tierra y hierbas oscuras, y entonces sentí un dolor y una presión entre las piernas que no había sentido nunca, y mis ojos, ya arrasados de lágrimas, aun con los párpados cerrados pareciera que querían salirse de las órbitas. Violar es una palabra que yo no habría usado en aquel momento, y sin embargo no otra cosa era aquello que me hacía: violarme.

Cuando acabó salió y me dejó allí, más sola que cuando había entrado; más sola que nunca antes en una vida ya particularmente solitaria.

Aquel día acabó mi infancia, mi inocencia, tal vez mi adolescencia y mi juventud también; he ahí por qué recuerdo exactamente la edad que tenía cuando murió sor Teresa. Y por qué el primer capítulo de esta breve historia debe también acabar aquí.

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Breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 1

A medida que me adentraba en la adolescencia, y empezaba a tener elecciones vitales, se hacía más urgente y habitual la pregunta: ¿y tú qué quiere ser de mayor?

A mí por una parte me parecía una pregunta absurda: a esas alturas yo ya había aceptado que uno es, en la vida, lo que la vida quiere que sea, y todo lo demás es ambición absurda y engañarse a uno mismo. Pero a pesar de todo, a pesar de la futilidad de toda decisión, es necesario tomar decisiones, el propio sistema me obligaba a ello, y ello a su vez me obligaba a pensar en mí misma como proyecto, como continuidad futura de mí misma.

¿Qué quería ser yo de mayor? En realidad, ni siquiera tenía claro que quisiera ser, más allá de la propia inercia que nos impone el instinto. No sé si esta apatía vital tenía algo que ver con mis orígenes, o con mi falta da ellos. El resto de las alumnas tenían sus respuestas, más o menos realistas, más o menos ingenuas, pero muchas veces se relacionaban con los modelos que tenían en casa. Yo no tenía a nadie en casa, porque por no tener, no tenía más casa que el convento; y monja no quería ser.

En el fondo, estas preguntas me resultaban incómodas, porque me hacían pensar en cosas sobre las que no quería pensar. Por ejemplo, mi padre. Siempre había pensado que la decisión de abandonarme y entregarme a las monjas había sido de mi madre, fuera quien fuese, pero ¿qué papel jugó mi padre en esa decisión? ¿Había llegado a saber que yo existía? ¿Era el marido de mi madre, su novio, su amante ocasional? ¿Su violador? ¿Había llegado a tenerme entre sus brazos alguna vez; habían sido sus brazos los que me dejaron en la escalinata de la puerta del convento?

Como no quería pensar en estas cosas, no pensaba en las otras; no decidía mi futuro, solo esperaba a que se hiciese presente. Mientras tanto, pasaba el tiempo, y las otras chicas iban eligiendo sus caminos, o dejando que otros los eligieran por ellas.

Breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 1

En este estado de soledad confusa fui capeando la adolescencia, que es en sí misma una época de confusa soledad. Mi primera regla, los cambios en mi cuerpo y en mis sentimientos, y también en mi forma de ver al resto del mundo, todo esto lo digerí con dificultad y sin poder hablar con nadie sobre mis dudas, miedos e inseguridades.

A veces pasaba la tarde con sor Teresa, la monja viejita y arrugada, que me acariciaba el pelo como si fuera un perro. Ella me escuchaba cuando yo hablaba, pero ahora la que se comportaba como un perro era ella: me miraba con los ojos abiertos y me sonreía, pero sin mostrar que entendiera una sola palabra. Estaba senil, a veces se le caía la baba por las comisuras de los labios; yo se la limpiaba con un pañuelito blanco que llevaba siempre en el bolsillo, y que creo que nadie lavaba nunca.

En cuanto a Fernando, el hombre que traía los suministros para la cocina del convento, de pronto noté, sin querer notarlo, que lo veía de otra forma, que ya no era un ser asexuado que traía comida y me daba caramelos, sino que era un hombre, un ser masculino, casi el único de mi universo (salvo por algunos profesores tan antipáticos como migrañas). Con él ya no me atrevía a hablar, ni siquiera de las cosas banales de las que hablábamos antes. Él lo notó y empezó a sonreírme de una manera extraña —extraña al menos para mí, que no sabía todavía interpretarla—.

“Ya eres casi una mujer”, me decía, y yo me ponía roja y no contestaba nada.

Mis primeras masturbaciones, rápidas y torpes, tuvieron el sabor de los caramelos de coca-cola.

Breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 1

Cada día que me despertaba en el convento de las monjas era el mismo día; cada mañana que acordaba en mi cama era la misma cama. Me sometía a la rutina como otros se someten a una enfermedad crónica: con una resignación anestesiada y hasta cierto punto confortable.

¿Era feliz yo en estos días de niebla?

Una vez una compañera de clase me dijo: “tu madre era una puta”.

“¿Cómo?”, le pregunté.

“Que tu madre era una puta. Eres una hija de puta”

“¿Es eso verdad?”, insistí.

“¿No lo sabes?”

Para qué diría nada: el resto de la clase hizo corro a nuestro alrededor, y empezó a cantar: “Puta, puta, tu madre era una puta”.

Así que le di un puñetazo en la nariz a la primera chica, la que lo había empezado todo, y cuando cayó al suelo seguí dándole puñetazos y bofetadas y tirones de pelo. En realidad no me sentía insultada, solo quería saber si lo decía simplemente por decir, o si tenía alguna información sobre mi genealogía. Y ni siquiera eso lo quería saber con mucho interés, porque al fin y al cabo, puta o señora, dama o vagabunda, mi madre era mi madre y había decidido dejar de serlo, así que a mí qué se me daba.

Luego vino una de las monjas, sor Concepción creo que fue, nos separó y nos castigó a las dos, aunque a mí menos, porque a alguien que no tiene nada ni quiere nada, casi nada le puedes quitar.

Sí, definitivamente creo que nunca he sido tan feliz como en aquellos días de mi infancia solitaria en el convento.

Breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 1

Las monjas gestionaban una escuela que por entonces no era mixta, ahora sí lo es; durante aquellos años, mi vida se limitó al pequeño camino que llevaba del convento a la escuela, de la escuela al convento. No era hábil con las manos ni con los pies, pero sí con la cabeza: pronto me destaqué entre mis colegas, sobre todo en matemáticas e historia, no tanto en ciencias ni en lengua. El que fuera callada, extraña, torpe e inteligente me convertía en el objetivo evidente de las burlas de mis compañeras, sobre todo cuando llegaron a esa edad en que se afila el ingenio y se extrema la crueldad. Chinchetas en el asiento, pegamento entre las páginas de los libros, tirones de pelo o alfileretazos eran la rutina de mis días, y los insultos y los cánticos humillantes su banda sonora. Mi nombre tampoco ayudaba.

Solo dos personas me ofrecían un poco de calor en medio de aquel mundo frío: sor Teresa, una monjita pequeña y arrugada, tan vieja que parecía de piedra, y que me acariciaba el pelo con su mano huesuda como si fuera un gato; y Fernando, el hombre que traía los suministros para la cocina del convento, que era casi el único espécimen del género masculino que tenía a mi alcance. Cuando venía (y venía cada poco tiempo, porque en el convento se comía mucha comida) yo corría hasta la entrada de servicio y me quedaba sentado en un pretil, con las piernas colgando, mirando cómo descargaba las mercancías. Mientras trabajaba hablaba conmigo, me contaba cosas, yo casi no tenía ni que responder; era grande, más alto que ninguna otra persona en el mundo, ancho sin ser gordo, y tenía una cara algo achatada que sin ser bonita era agradable de mirar.

Cuando se iba me daba siempre unos caramelos que sabían a algo que yo no había probado antes; luego descubrí que era coca-cola. Todavía hoy siento, a veces, cuando me entra la tristeza, el sabor de aquellos caramelos de coca-cola picándome en la lengua.

Breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 1

Si las monjas investigaron o fingieron investigar mis orígenes, eso no lo sé; nunca me dieron demasiadas explicaciones. Cuando tuve edad suficiente para hacer preguntas, pregunté; quienes podían darme respuestas callaron, o hablaron para no decir nada. Más tarde yo misma hice mis averiguaciones, pero qué iba a encontrar ya a esas alturas. Si mis padres eran del mismo Berriz, quizás habría podido enterarme de algo: en los pueblos todos se conocen, e incluso así no es imposible esconder una gravidez y un parto. Si mis padres eran de fuera, si vinieron por ejemplo de Bilbao específicamente para abandonarme enfrente de la puerta del convento, entonces encontrarlos y reconocerlos era imposible.

En todo caso, la verdad es que pronto dejé de buscar, de preguntar o de interrogarme: aprendí, probablemente porque no me quedaba otro remedio, que estaba sola en este mundo, que sola tendría que valerme y que nunca podría confiar en la protección de otro ser humano que no fuera yo misma.

No es que las monjas fueran particularmente malas conmigo; frías sí. Cuidaban de mis necesidades materiales e intelectuales, lo que deberé agradecerles siempre; mis necesidades emocionales, de niña desamparada que crece en un ambiente extraño, esas quedaron tan desamparadas como yo. Crecí sin conocer los gestos de cariño que ayudan a imaginar el mundo como un lugar cálido y confortable, sin consuelo en los días de desconsuelo y sin compañía en las risas de los días alegres. Quizás eso también se lo tenga siempre que agradecer, porque me ayudó a no necesitar esas cosas sentimentales y frágiles, en ningún otro momento de mi vida.

Breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 1

En realidad nadie sabe de quién nací, ni cuáles son mis orígenes. Me encontraron en una bolsa en la puerta del convento de las monjas de Berriz, cuando tenía (por lo que luego dijeron) unos siete meses de vida. Un pseudonacimiento así podría dar lugar a un reconocimiento posterior (la media medalla que años más tarde encuentra su otra mitad y descubre una inesperada alcurnia regia) pero, ¡ay!, entre mis ropita y en mi cuerpo no había nada que permitiera identificarme como nada más que un bebé cualquiera: rosadito, oloroso y sin nombre.

Me pusieron Ana Joaquina porque el día que me encontraron era el día de San Joaquín y Santa Ana; según se mire tuve suerte, porque al día siguiente era el día de San Cucufate.

Las monjas me adoptaron como se adoptaba antes a los niños perdidos: sin hacer preguntas y sin dar explicaciones. Joaquina, eres una de las nuestras. Los primeros años de mi vida los pasé encerrada entre mujeres, y no entre mujeres particularmente bellas ni virtuosas, aunque, quizás, tampoco particularmente viciosas ni feas. Esas mujeres me enseñaron todo lo que sabían, que no era mucho, si lo consideramos bien, pero sobre todo lo que más hicieron fue ocultar: ocultarme a mí del mundo, ocultar el mundo de mí.

El resto de mi vida, por eso, puede decirse que fue un progresivo desvendamiento de la realidad ante mis ojos, y de mis ojos ante la realidad.