Viseu

Pensamientos escoceses

En la zona del control de seguridad del aeropuerto de Edimburgo usan un sistema de lo más avanzado para dar las instrucciones a los pasajeros (“Quítense el cinturón y el reloj, saquen los ordenadores portátiles, etc.”): sobre una pantalla semitransparente que simula la silueta de una mujer, se proyecta la cara y el cuerpo –de cintura para arriba- de una actriz, que recita las instrucciones con una enorme sonrisa profident. El mensaje se repite cada pocos minutos, vuelve a empezar cada vez que acaba (“Hi, it’s me again…”), para asegurarse de que todos los pasajeros lo escuchan por lo menos una vez.

En el lateral del proyector hay una nota escrita a ordenador y pegada con cello que dice: “El personal de seguridad no debe desconectar a Holly bajo ninguna circunstancia”. La nota, más que la proyección en sí, me hace pensar en La invención de Morel: en esas vidas artificiales condenadas a repetirse una y otra vez, proyectadas en bucle. Pienso en Holly, el alma de metal proyectada en la pantalla, y la imagino sufriente, condenada a decir una y otra vez “Hi, it’s me again” hasta la eternidad, y siempre con la misma sonrisa, sin descanso, sin el derecho a ser dignamente desconectada; y pienso también en lo que pasaría si alguien, desobedeciendo la nota, la desconectase alguna vez. ¿Descansaría? ¿Podría volver a recrearse el prodigio? ¿Adónde van las almas de las proyecciones holográficas cuando se apaga el proyector?

Y pienso también en la otra Holly, la actriz que grabó la proyección y que casi con toda seguridad no se llamará Holly. ¿Habrá perdido ella, como dicen que creen los indios americanos, una parte de sí misma por dejarse grabar, y por verse proyectada una y otra vez en bucle ante la mirada impaciente de los viajeros? ¿Sentirá, con cada repetición del vídeo, como si se agotase un poco de su energía vital? ¿La reconocerá la gente por la calle? (“Tú eres Holly, la del aeropuerto: a ver, di ‘Hi, it’s me again’”). ¿Podrá sentir ella una vibración en la Fuerza si algún día alguien, desobedeciendo la nota, desconecta a Holly, como dicen que sienten los hermanos gemelos cuando uno de ellos muere, aunque esté a kilómetros de distancia?

Pero ya me llaman para pasar el control de seguridad, ya me quito el cinturón y el reljo, ya saco el ordenador portátil de la maleta…

Juego

Desde que me dejó Alicia, para distraerme me dedico a comprar billetes de avión.

Los compro de la tarifa más cara, Primera Clase Super Plus Business Deluxe, que permite cancelación instantánea sin recargo (a los pobres en cambio no se nos permite dudar).

Los compro para los destinos más exóticos y lejanos: Tailandia, Nueva Zelanda, Canadá, Sudáfrica, China, Mozambique, Japón.

Veo sus precios: miles de euros que no tengo, que no puedo permitirme gastar.

Aprieto la tecla “Comprar billete”. Relleno mis datos. Acepto las condiciones. Confirmo la compra.

Luego, cierro el ordenador y me voy a pasear con una mezcla de excitación, ilusión y pánico. Mentalmente estoy viajando a esos destinos exóticos y lejanos. Una parte de mí desea que no me dejen devolver el billete y tener que irme a Tailandia, Nueva Zelanda, Canadá o Japón. Pienso en Alicia y en cómo le habría gustado viajar conmigo a esos sitios. Me falta el aliento y al mismo tiempo me río como un idiota.

Luego vuelvo a casa y, cargado de cordura, cancelo el billete.

Mensajes educadísimos me agradecen el interés y me pidan que vuelva a confiar en ellos en otra ocasión.

Y claro que vuelvo: elijo otro destino, la tarifa más cara, introduzco mis datos, confirmo a la compra.

Salgo a la calle.

Descubrimiento

Acabo de darme cuenta de que, como mis dos años en Irlanda no fueron realmente dos años (estuve allí entre septiembre de 2007 y junio de 2009), Portugal es desde hace unos días el país en el que más tiempo he vivido aparte de España. No es que tenga especial importancia, pero bueno, es curioso darse cuenta de estas cosas…

Momentos (varios) del viaje

El momento (simpáticamente clandestino) en que cierras la maleta y sales de casa a las 6:30 de la mañana intentando hacer el menor ruido posible

El momento (de sorpresa revivida) en que el taxista te cobra 5,50€ por llevarte al aeropuerto de Lisboa.

El momento (moderadamente angustioso) en que ves una cola larguísima enfrente de los mostradores de check-in. El momento (de pánico total) en que faltan 70 minutos para la hora prevista de salida y la chica del mostrador te pregunta: “¿Pero tú vuelas con la TAP? ¿Seguro?”. El momento (de alivio absoluto) en que te entrega la tarjeta de embarque.

El momento (de resignada desesperación) en que te sientas en el avión al lado de un padre con su hijo de unos dos años que no para de gritar, llorar agitar los brazos y golpear la ventanilla. El momento (de eterna gratitud) en que la azafata te dice que hay asientos libres más adelante.

El momento (cálidamente nostálgico) en que despegas de una ciudad que consideras tu casa. El momento (cálidamente nostálgico) en que aterrizas en una ciudad que consideras tu casa.

El momento (cotidiano y acogedor) en que descubres que el Creditrans que tienes en la cartera todavía vale.

El momento (paradójicamente habitual) en que te sorprendes de entender lo que dice todo el mundo por la calle, hasta que te das cuenta de que hablan tu idioma.

El momento (final) de quitarte los zapatos y tumbarte en tu cama y descansar.

Tomar

El jueves, que era fiesta en Portugal (el Corpus Christi) nos fuimos de excursión a Tomar, en el centro de Portugal: un enclave muy vinculado a la orden de los Templarios, y de los Caballeros de Cristo, importantes durante la Reconquista de Portugal, y después durante el periodo de los Descubrimientos. Como los Monasterios de Alcobaça y Batalha, el Convento de Cristo de Tomar también está considerado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y visitándolo se comprende perfectamente, sobre todo por el interior de la “girola” (“charola” en portugués), decorada con todo tipo de adornos y frescos polícromos. También es famosa la “ventana manuelina”, un ejemplo del estilo gótico tardío típico de Portugal durante el reinado del rey Don Manuel I.

Van fotos: