Homeland Security (Miedo)

Mucho miedo. Pasé mucho miedo. Solo lo cuento ahora y porque ya estoy de vuelta en Lisboa, en casa, seguro. Si no me daría miedo hasta contarlo.

Ya he dicho alguna otra vez cómo me estresa pasar por un control de pasaportes, sobre todo si es la de los Estados Unidos. Cómo me siento culpable, aunque no sea culpable de nada (en realidad, todos somos culpables de algo).

Esta vez, en mi viaje a Nueva York, me tranquilizó ver que me tocaba con una mujer rubia de aspecto muy poco amenazador. Esperé mi turno detrás de la línea, como mandan las instrucciones, y avancé cuando me llamó con un gesto. Miró mi pasaporte, me miró a mí. Pasó el pasaporte por un lector electrónico, miró la pantalla del ordenador, miró el pasaporte, me miró a mí.

“¿Santiago Pérez Isasi?”, preguntó (o bueno, algo que se le parecía aproximadamente, por detrás de un fuerte acento yanqui).

“Sí, soy yo”, contesté. Y empecé a sudar y a ponerme rojo.

“Espere un momento, por favor”, dijo, y se levantó de su asiento para hablar con otro vigilante, un hombre alto, gordo, con bigote y, este sí, bastante amenazador. El hombre se me acercó. “Por favor, recoja su pasaporte y acompáñeme”.

Me metieron en una salita gris, con una mesa, varias sillas, una luz moribunda y absolutamente nada en las paredes. “Espere aquí”, me dijeron, y cerraron la puerta. Esperé, claro, qué iba a hacer.

Poco después llegó un señor, más elegante, repeinado y afeitado y ya sin uniforme, un Mulder de saldo y sin Scully. Se sentó enfrente de mí y abrió una carpeta de documentos (una de esas carpetas archivadoras de color crema).

“Veamos”, dijo. “El señor es Santiago Pérez Isasi, ¿no es así?”

“Sí”, contesté.

“Sí, bien. Señor Pérez Isasi: ¿tiene algo que decir antes de que empecemos?”

“¿Decir qué? ¿Empezar qué?”

“¿Hay algún motivo por el que crea que no es adecuado para entrar en los Estados Unidos de América?”

“No… que yo sepa…”

“Señor Pérez Isasi, será todo mucho más fácil si es usted quien lo confiesa. Hágase ese favor…”

“No… no sé… ¿qué?”

“Está bien, que así sea, entonces. Verá, señor Pérez Isasi, el departamento de Homeland Security es extremadamente exhaustivo en el estudio de las personas que deja entrar en territorio estadounidense. No podemos dejar que elementos peligrosos, conflictivos o… contagiosos se mezclen con nuestra población. Así, pues, dígame, señor Pérez Isasi: ¿es usted el autor del blog… Como un libro abierto?”

“Sssí…”

“Entonces, reconoce usted haber escrito estos textos”, siguió diciendo el agente, y empezó a colocar delante de mí pantallazos de algunos de los posts del blog: “Leyenda de la muñeca atómica”, “Caricias”, “Eres lo que lees”, “Carne cruda”… Y a medida que los iba poniendo, enumeraba: “Asesinato, tortura, canibalismo, maltrato, pederastia, terrorismo…”

Yo veía mis posts delante de mí y, por una parte, no me lo creía; por otra parte, todo encajaba perfectamente.

“¿Reconoce ser el autor de estos textos?”

Yo los miraba y claro que los reconocía. “Sí, son míos”, dije, y él resumió su postura con un “This is fucked up” que no sé exactamente cómo traducir, pero que seguro que no quiere decir “estos relatos son un clásico contemporáneo”.

“Pero esto… esto es literatura”, me defendí.

“Estos relatos. Estos relatos protagonizados casualmente por un hombre llamado Santi, que casualmente vive en Lisboa y que casualmente es un investigador de literatura comparada… y que casualmente es un imbécil…”

“¡Hey!”

“¿Me está diciendo que es todo casualidad y que usted no es esta persona?”

“No… o sea, sí. Lo que digo es que ese mundo no es el mundo real… Que es todo un juego, un engaño, una ficción…”

“Una ficción que se parece sospechosamente a la realidad”

“O una realidad que se parece sospechosamente a la ficción”.

“No me venga con bullshit. En cualquier caso, si usted ha escrito estas cosas, es porque están dentro de usted. Comprenderá que no podemos permitirnos dejar pasar a alguien que escribe estos textos… Alguien podría leerlos y… contaminarse.”

“¿Contaminarse?”

“Adoptar… ideas raras, como las que aparecen en sus cuentos raros”.

“También escribo otras cosas… más bonitas. También escribo sobre Alicia”.

“Sí, esos cuentos son bonitos”, dijo, y su expresión se dulcificó ligeramente por un momento. Pero enseguida volvió a endurecerse. “Pero a lo mejor está fingiendo, en esos cuentos”

“A lo mejor estoy fingiendo en los otros…”

“No me venga con bullshit“.

No sé cuánto tiempo habría podido seguir esta conversación circular, pero afortunadamente en ese momento tocaron a la puerta y el agente se levantó para ver quién era.

Luego me enteré de lo que había pasado: resulta que Lúckasz, que iba conmigo en el avión, se había interesado por el motivo de mi retención, y había conseguido (cosa casi inverosímil) que uno de los jefes de seguridad se lo explicase. Había dedicado entonces, Lúckasz, la siguiente media hora a resumirle al señor inspector de Homeland Security los últimos 100 años de teoría literaria: Jakobson, Foucault, Derrida, Deleuze, todos los grandes nombres capaces de aturdir al mejor doctorando de Harvard. El pacto ficcional, la suspensión de la incredulidad, la muerte del autor, la desconstrucción del sentido, todo eso se lo explicó en pequeñas píldoras que, como era de esperar, no hicieron el menor efecto.

Lúckasz intentó entonces otra táctica: “Mi amigo escribe cuentos raros, es verdad. Pero también Stephen King escribe cuentos raros, y nadie negaría la entrada en Estados Unidos a Stephen King, ¿verdad?”. Estoy convencido de que fue ese lo que me salvó: el supervisor debía ser un admirador de Stephen King, y la idea de verlo retenido en una de sus salas fue demasiado para él. Gracias, Stephen que estás en lo alto.

Así que quien estaba tocando a la puerta era el superior de seguridad del aeropuerto, dispuesto a liberarme. Pasaron unos minutos angustiosos en los que yo no tenía ni idea de lo que me esperaba. El agente no parecía muy contento cuando volvió.

“Puede marcharse”, dijo, cerrando la carpeta color crema con cierta violencia.

Me temblaban las piernas cuando me levanté de la silla. Cogí el maletín de mi portátil y me dirigí a la puerta. Cuando ya estaba a punto de salir, el agente me tocó en el hombro para llamar mi atención. Su cara, por primera vez, era amable, incluso simpática.

“Antes de irse… ¿puede decirme, por favor…? Alicia… ¿es real?”

Yo no le contesté y salí corriendo a reunirme con Lúckasz, que me esperaba con las maletas y los brazos abiertos.

Fue así como pasó, exactamente así, sin poner ni quitar nada. Pero qué miedo, qué miedo, qué miedo. Qué miedo pasé.

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Anti-Nueva York

 

Times Square

Times Square

World Trade Center

World Trade Center

Naciones Unidas

Naciones Unidas

Estatua de la Libertad

Estatua de la Libertad

St Patrick's Cathedral

St Patrick’s Cathedral

Rockefeller Center

Rockefeller Center

Celebrity Spotting: Meg Ryan

Celebrity Spotting: Meg Ryan

Grand Central Station

Grand Central Station

Catedral de Saint John the Divine

Catedral de Saint John the Divine

Broadway

Broadway

Columbia University

Columbia University

Central Park

Central Park

Oh, Canada (3): Deportes

A veces, cuando llegaba a casa de los Watson después de las actividades del día, me iba a jugar un rato al baloncesto en una canasta en el parque. Yosh vino conmigo alguna vez, aunque no era muy aficionado al baloncesto, así que muchas veces iba solo. (Todavía me sorprende que los Watson me dejaran ir solo, con lo protectores que eran).

Una de esas noches en que solo a tirar unos tiros, había ya otro chico en la cancha. Tendría unos veintitantos años o treinta, era moreno, pálido, delgado, de ojos azules. Llevaba una sudadera con capucha. ¿Negra? No sé por qué, tegno la sensación de que era italiano, aunque lo más probable es que fuese canadiense. Nos entendimos con mi inglés macarrónico y empezamos a jugar juntos, sin ninguna estructura ni orden.

Luego, en un momento de descanso entre tiro y tiro, el chico me dijo algo. No le entendí, pero por el lenguaje corporal, los gestos, la actitud y alguna palabra suelta entendí que estaba proponiéndome algo, ofreciéndome algo. A día de hoy todavía no sé si era droga lo que estaba ofreciéndome, o participar en otra actividad física uno contra uno bastante diferente del baloncesto.

El chico se dio cuenta de que no le había entendido.

You don’t understand a thing I say, do you?, dijo. O algo en ese sentido.

Y yo, en parte porque realmente no le entendía, y en parte porque no le quería entender, le respondí con una de esas sonrisas que significa “soy un poquito tonto pero soy buena persona, mira”.

El chico no insistió, y unos cuantos tiros más tarde decidí que ya era hora de ir a casa a cenar. A los Watson no les conté nada, porque no habría sabido qué contarles y porque con su mentalidad evangélica estricta habrían pensado que aquel chico era una encarnación del diablo.

Volvi a la pista de baloncesto algún otro día, pero el chico ya no estaba por allí.

Oh, Canada (1): religión

Cuando tenía 17 años, en el verano antes de empezar la universidad, pasé un mes en Canadá aprendiendo inglés con una beca del Gobierno Vasco (fue el principio de una prometedora carrera como becario vitalicio). Treinta chicos y chicas de todo el País Vasco nos alojamos en Hamilton, una ciudad grandecita a una hora de viaje de Toronto.

En mi caso, me acogió un matrimonio de mediana edad (o más bien tres cuartos de edad), los Watson, muy cariñosos y profundamente religiosos, en el sentido evangelista del término. Me contaron la historia de su conversión. El padre había sufrido un accidente muy grave: volviendo a casa del trabajo en bicicleta lo arrolló un coche y lo dejó a las puertas de la muerte, como se suele decir. Los médicos lo dieron por desahuciado, pero se salvó, y los Watson lo interpretaron como un milagro o como una señal.

Como buenos conversos, los Watson eran proselitistas. El padre iba a la prisión local a enseñar “la verdad” a los internos, y algunas tardes también se intalaba en una de las plazas o parques de la ciudad a repartir folletos y contar su historia. Una vez volvió a casa contentísimo, porque había conseguido captar un alma para la fe. A mí también intentaron captarme, contándome toda la historia de Jesús, María y el Espíritu Santo; yo les dije que había estudiado con los jesuitas y que ya me conocía toda la historia, pero dio igual.

También me llevaron dos o tres veces a misa (casi todos los domingos que estuve allí, y era una de estas misas que se ven en las películas americanas, con un predicador discursando, y los fieles coreando consignas con los ojos cerrados y las manos en alto: “Yes, Jesus. Come to me, Jesus. Thank you Lord, thank you, oh, Lord”, en un crescendo que terminaba en apoteosis. Había también un gran sentido de comunidad: a la salida de misa vendían perritos calientes, y el dinero recaudado se dedicaba a las necesidades de la parroquia o de los parroquianos.

En cuestiones morales, eran extraordinariamente estrictos. Para evitar tentaciones solo tenían dos canales de televisión (por culpa de este bloqueo informativo me perdí los Juegos Olímpicos de Atlanta) y en cualquier caso casi nunca la encendían. Una de las pocas veces que vimos una película –Nueve meses, con Hugh Grant-, una amiga suya se levantó y se fue escandalizada, porque en varios momentos de la película se mencionaba el nombre de Dios en vano.

El último día de clases de inglés, las profesoras nos pidieron que hiciéramos un objeto con pinzas de madera, algo que pudiéramos regalar como recuerdo a las familias que nos habían acogido. Yo intenté hacer un crucifijo, porque sabía que a los Watson les haría ilusión. Pero como nunca he sido muy bueno con las manualidades, para cuando llegó a casa el crucifijo se bamboleaba como un barco borracho. Efectivamente, les hizo mucha ilusión (o fingieron que les hacía mucha ilusión), pero seguramente lo tirarían a la basura en cuanto salí por la puerta en dirección al aeropuerto.

10 curiosidades sobre Estonia

estonia en el mapa1.- El nombre de Estonia parece provenir del antiguo pueblo de los Aesti; sin embargo, los estonios modernos no son descendientes de este pueblo báltico, sino de “inmigrantes” fino-úgricos que llegaron a la zona hace aproximadamente 5000 años.

2.- La lengua estonia pertenece a la familia del finés y del húngaro: no es por lo tanto una lengua indoeuropea, como sus vecinas eslavas o romances. Es casi tan rara como el euskera…

3.- Estonia tiene una población de aproximadamente 1.300.000 habitantes; o sea, algo menos que la ciudad de Barcelona. De ellos, aproximadamente 340.000 viven en la capital, Tallinn.

4.- Y ya que hablamos de Barcelona, la reciente “Vía Catalana” está inspirada en la “Cadena Báltica“, una cadena humana que tuvo lugar en Estonia, Letonia y Lituania en 1989 para reclamar la independencia de la URSS. Participaron aproximadamente dos millones de personas y midió unos 600 kilómetros.

5.- Estonia fue una República Soviética desde que fue anexionada militarmente en 1940 (y reconquistada de nuevo en 1944), hasta su independencia en 1991. Sin embargo, la mayoría de los países occidentales nunca reconocieron oficialmente la anexión de Estonia a la URSS, y mantuvieron sus relaciones diplomáticas con los representantes de la República de Estonia anterior a 1940.

6.- Aunque Estonia es geográficamente una de las repúblicas bálticas (junto con Letonia y Lituania), tiene lazos culturales intensos con los países nórdicos, en especial con Finlandia. Estonia aparece, de hecho, en varias de las famosas sagas nórdicas.

7.- También la economía de Estonia se parece más a la de los países nórdicos que a la de otras ex-repúblicas soviéticas: incluso en tiempos de crisis sigue creciendo a un ritmo considerable (cerca del 8%); el paro está alrededor del 10% y la deuda pública cerca del 7%, lo que lo convierte en uno de los países menos endeudados de la Unión Europea. (Porque sí, por si alguien no lo sabía, Estonia está en la Unión Europea desde 2004 y en el euro desde 2011)

8.- Uno de los sectores en los que destaca la economía Estonia es el de las nuevas tecnologías: Estonia es uno de los países más “conectados” de Europa, con más de un 75% de la población con acceso a internet, y uno los más avanzados en Gobierno Electrónico: en las elecciones municipales de 2005, los estonios fueron los primeros del mundo en poder votar online en unas elecciones. Además, los desarrolladores de programas tan populares como Kazaa o Skype son estonios.

800px-Flag_of_Estonia.svg9.- La universidad más antigua de Estonia, y una de las más antiguas del norte de Europa, es la Universidad de Tartu, fundada en 1632. En esta universidad se desarrolló la influyente Escuela de Tartu-Moscú de semiótica, dirigida por Iuri Lotman, con un enfoque estructuralista inspirado por el formalismo ruso. También se debe a la Universidad de Tartu (concretamente, a la Asociación de Estudiantes Estonios) la creación de la bandera de Estonia, azul, negra y blanca.

10.- La cultura estonia no es muy conocida fuera del país, probablemente a causa de la dificultad del idioma. Sin embargo, en el campo de la música clásica ha alcanzado fama mundial el compositor estonio Arvo Pärt, autor, entre otras, del maravilloso “Cantus in memoriam Benjamin Britten“; en cuanto a la música pop, la cantante Kerli Kõiv ha conseguido cierto éxito en Europa y en Estados Unidos.

P.D.: La mayoría de las informaciones de esta entrada provienen de la Wikipedia y de la revista del avión de Estonian Air que me ha traído hasta Tallinn.

P.D. 2: Cuánto tiempo hacía que no publicaba una entrada enciclopédica de estas en el blog…

Un viaje a Walodja

Cuando me invitaron a dar una conferencia (la primera de mi carrera académica) en la universidad de Walodja, lo primero que hice fue buscar dónde estaba Walodja. Y descubrí que estaba, casualmente, justo en el centro en Walodja.

La información de la Wikipedia era mínima: Walodja, antigua República Socialista Soviética, con una superficie semejante a la de Luxemburgo y una población aproximada de 350.000 habitantes. Plato típico: la sopa de rábano. Clima continental. Una foto lejana y borrosa de una plaza con una estatua en el medio: “Efigie ecuestre de Artur Walod, el Libertador”. Un sistema político formalmente democrático, aunque con elecciones tan oscuras que ni los electores sabían que se celebraban.

Me dio reparo, por una parte, legitimar un sistema así con mi presencia y mi prestigio; pero luego pudo la curiosidad, y pensé que de todas formas no tengo prestigio digno de tal nombre y que a quién le importa lo que yo pueda legitimar o no. Así que acepté.

A mi llegada al aeropuerto de Walodja (via Frankfurt) me estaba esperando un chófer, de nombre Walod. Me llevó a través de calles grises y carreteras bacheadas hasta mi hotel, que se llamaba, cómo no, Hotel Walod. Los recepcionistas hablaban inglés conmigo, y entre ellos un idioma que imaginé ruso, pero que contenía, cada poco tiempo, la palabra Walod.

En mi cuarto, una fotografía de Artur Walod con unos treinta años en uniforme militar me vigilaba desde la pared de enfrente de mi cama.

A la mañana siguiente el chófer me esperaba a la puerta del hotel para llevarme a la Universidad. Por la calle corrían jaurías de perros salvajes, y me pregunté si también se llamarían todos Walod.

La conferencia fue bien, aunque dudo que la novelística de Saizarbitoria le interesase mucho a nadie de los presentes. Las preguntas fueron todas sobre la situación política del País Vasco y su “lucha milenaria por la independencia”  (sic). Me escabullí como pude de los puntos más espinosos, pero creo que no oían lo que yo decía, sino lo que esperaban que yo dijera cuando me invitaron. Ya me imaginaba el resumen que harían para el boletín de la Facultad: “experto vasco defiende fervorosamente la lucha milenaria de los pueblos por su libertad”.

Esa tarde, después de dormir la siesta, quise salir a dar un paseo por el centro de Walodja. El recepcionista me sonrió y me dijo, muy amablemente, que no era seguro pasear solo por Walodja, sobre todo para un extranjero, pero que podía llamar a mi chófer si quería. No quería. Le di las gracias, y en cuanto se dio media vuelta salí a la carrera del hotel; por si me seguían, giré la primera a la derecha, la segunda a la izquierda y la tercera por un callejón con olor a meadas.

Estaba completamente perdido, como era de prever.

A lo mejor decepciono a mis lectores si digo que el paisaje no era muy diferente al de cualquier barrio periférico de Madrid o Lisboa, con la única diferencia de que esto era el centro mismo de Walodja, capital de Walodja. Aunque me sentí continua y extrañamente observado, no me pareció una ciudad especialmente insegura. El problema, claro, es que estaba perdido en una ciudad desconocida y en un país cuya lengua no hablaba.

Después de dos horas de pasear intentando reconocer algún edificio decidí rendirme y llamar a mi chófer.

-Perdona, Walod -le dije en inglés-, pero he salido a dar un paseo por Walodja y me he perdido. ¿Podrías venir a buscarme?

Al principio Walod no contestó. Se le oía resoplar. Pensé que a lo mejor se había metido en un lío por mi culpa.

-Está bien -contestó por fin-; dime dónde estás.

Miré a mi alrededor.

-Estoy -dije- en la esquina de la calle… Walod, con la avenida… Walod.

-Calle Walod con avenida Walod… ¿estás seguro? Compruébalo bien.

Aquello era o una casualidad enorme, o un absurdo enorme. Mientras oía a Walod maldecir al otro lado del teléfono corrí hasta la siguiente esquina. La siguiente calle también se llamaba “calle Walod”. Giré a la derecha y corrí otros cincuenta metros: la siguiente esquina unía la calle Walod con la calle Walod.

-Estoy… sí, estoy seguro.

-Pásale el teléfono a la primera persona que veas.

En ese momento pasaba por allí una chica joven con la inconfundible nariz walodjana; por gestos le pedí que se pusiera al teléfono. La oí hablar en walodiano con Walod; no entendí nada, pero la oí decir algo que sonó como “ïlicha Walod”. Después me pasó el teléfono sonriendo y se marchó.

-Walod, ¿ya sabes dónde estoy?

-Sí, estás en la calle Walod con Walod.

-Pues eso es lo que he dicho yo.

-No, eso no es lo que tú has dicho. Tú has dicho Walod con Walod.

-¿Y no es lo mismo?

-No es ni parecido… Los extranjeros no podéis entender cómo funciona este país…

Y colgó.

Cinco minutos después estaba en el coche con Walod. Diez minutos después estaba en el hotel. Diez horas después estaba en el aeropuerto de Walodja y otras siete horas más tarde (vía Frankfurt) estaba en casa.

Al día siguiente comenté mi viaje con varios colegas del departamento. Nunca habían oído hablar de Walodja, y no querían creer que pudiera existir un país así. Yo les decía que sí, que había estado allí, y les hablaba de los perros y de Walod y de la chica del teléfono, pero seguían sin creerme.

Fui a buscar el artículo de Wikipedia, pero había sido borrado por falta de referencias. Fui a buscar el certificado de mi conferencia, pero me dí cuenta de que me lo había dejado en el hotel. En mi pasaporte solo tenía la tarjeta de embarque del vuelo desde Frankfurt. Probé a llamar a Walod, pero me salía un mensaje en ruso (o algo parecido a ruso) que traduje libremente como “este móvil se encuentra apagado o fuera de cobertura”.

Para mis compañeros de departamento Walodja se convirtió en motivo de burla: cada vez que me veían perderme en mis pensamientos me decían: “¿qué, ya estás en Walodja?”. Yo me reía pero en el fondo me habría gustado clavarles un lápiz en el ojo.

Personalmente, a mí, que no soy precisamente un ingenuo, que alguien se tome tantas molestias en borrar Walodja del mapa solo me reafirma en mi convicción de que existe, y de que estuve allí. Y los demás que se rían si quieren.

Berlín