God save the internets

Todos sabemos que internet es el demonio: que está lleno de fraudes, de pedófilos, de mafias que quieren robarnos nuestra identidad y nuestro dinero. Que es adictivo, que nos deja sin privacidad y sin tiempo, que por internet nos pueden entrar virus informáticos y de los otros. Que te pueden robar las fotos subidas de tono que le mandaste a tu novio y colgarlas en internet para que las vea todo el mundo.

Y por supuesto que en todo esto hay parte de verdad, y hay que saber protegerse contra esos peligros. Pero también es verdad, y da la impresión de que se dice mucho menos (por lo menos en los medios de comunicación), que internet también puede ser una herramienta magnífica, por ejemplo para la investigación.

Un ejemplo: hace aproximadamente un mes, me pidieron que escribiera un texto sobre la presencia de determinado tema en la literatura hispánica. Hace veinte años, un texto así, para ser medianamente completo, habría requerido o una erudición enciclopédica, o una labor trabajosa de búsqueda en bibliotecas y archivos, probablemente con uno o varios viajes y mucho trasiego de libros.

Hoy en día, y aunque naturalmente sigue siendo necesario investigar a la antigua usanza, internet simplifica la tarea en muchos aspectos:

-Los catálogos de la mayoría de las bibliotecas ya están digitalizados, y permiten búsquedas por autor, por título, por materia… Ejemplos: la Biblioteca Nacional de España, la Biblioteca Nacional de Portugal, el Catálogo Colectivo del Patrimonio Bibliográfico español

-Si lo que se busca es un determinado término, corpus como el CORDE o el CREA de la Real Academia permiten buscar cadenas de caracteres en un conjunto bastante amplio de textos hispánicos desde los orígenes del español hasta nuestros días.

Bibliotecas o repositorios de libros virtuales como la Biblioteca Virtual Cervantes, archive.org o el gigante Google Books permiten acceder al texto o a reproducciones facsímiles de infinidad de obras libres de derechos de autor, e incluso a visiones parciales de algunas obras con derechos.

Buscadores o índices específicamente académicos como Dialnet o Google Académico permiten realizar búsquedas de textos científicos sobre el tema que se está investigando. Además, cada vez más revistas, universidades o investigadores individuales ofrecen sus obras en internet de forma abierta y gratuita.

-Si en la bibliografía se encuentra una monografía que es necesaria para nuestra investigación, se puede ir a una librería virtual como Amazon; a las páginas web de librerías tradicionales como Fnac o la Casa del Libro, o a páginas de venta de libros de segunda mano como Iberlibro, y pedir que te manden el libro a casa. Si se trata de una obra reciente, a lo mejor hasta hay suerte y está disponible en formato ebook, así que te lo puedes descargar al momento.

-Cuando el texto ya está en una fase casi definitiva, es posible enviarlo por email al coordinador del volumen, quien puede enviar sus comentarios y sugerencias nuevamente por email; cuando el texto esté en fase de maquetación se pueden enviar las pruebas en .pdf para ser revisadas por el autor… Casi resulta difícil imaginar cómo se harían estos intercambios cuando la gente no usaba internet… o sea, hace quince años.

Por supuesto, todo esto no sustituye al trabajo del investigador: no todo está en internet, e incluso lo que sí está hay que leerlo, interpretarlo y separar lo importante de lo accesorio. Hay que seguir recurriendo a bibliotecas, al préstamo interbibliotecario y, faltaría más, a libros y revistas en papel. Pero investigaciones que hace unos años habrían requerido no solo mucho más tiempo, sino también muchos más recursos humanos y materiales, son ahora más fáciles, más rápidas y más baratas gracias a internet.

Pero esto no le interesa a casi nadie: es mejor seguir hablando de las fotos de chicas desnudas robadas a nadie sabe qué alumnas, y de lo peligroso que es la internet.

Encuentro (cuento cruel)

El otro día, mientras paseaba por Bilbao, me encontré con Ernesto, un antiguo compañero de la universidad al que hacía años que no veía. Él me reconoció y se paró delante de mí; a mí me costó un poco más: estaba mucho más delgado de lo que yo recordaba. En la universidad no éramos especialmente amigos; tampoco nos llevábamos mal: pertenecíamos a grupos distintos, así que solo hablábamos muy de vez en cuando, educadamente pero sin mayores intimidades. Al principio, fue uno de tantos encuentros, “¿Qué tal? ¿Dónde andas? ¿Cómo te va? ¡Cuánto tiempo!”, esas cosas.

Seguimos paseando a la orilla de la Ría, precisamente en dirección a la universidad. Yo le hablaba de Lisboa y de Alicia, y de Madrid, y de Lukasz. Que me va bien, que estoy contento, que creo que he encontrado mi lugar en el mundo, esas cosas. Él sobre todo callaba.

Cuando llegamos a la puerta de la universidad se me quedó mirando con una extraña cara de pena. “¿Te acuerdas”, me preguntó, “de aquella vez en segundo que nos fuimos todos a la playa a media mañana? Que fuimos a Sopelana en varios coches; tú viniste en mi moto. Y estuvimos allí corriendo y jugando al fútbol con las chicas, que siempre es más divertido. Debía de ser octubre o noviembre, hacía frío y no nos bañamos. Luego, hacia el mediodía empezó a entrar desde el mar una niebla baja y bastante rara, casi a ras de suelo. Le dio al día un aire como místico, ¿te acuerdas? Como de película de terror y al mismo tiempo de aparición bíblica. ¿Te acuerdas?”.

Yo no me acordaba, la verdad. Miré a Ernesto sin decir ni que sí ni que no, respondí solo con un murmullo poco comprometedor.

“Aquel día acabamos Laura y yo enrollándonos en un bar de Romo. ¿Te acuerdas de Laura?” De Laura sí me acordaba: una morena bajita que no estaba mal, como dice Sabina. Tenía un año más que nosotros. “Laura y yo estuvimos juntos tres años después de eso. Fueron años bonitos”.

Estábamos llegando a la puerta de la Universidad. Disminuí disimuladamente el ritmo, lo que en lenguaje corporal se traduce como “Bueno, yo me quedo aquí”. Él se paró y me miró, pero realmente no estaba allí, sino lejos, en otro tiempo.

“Al final”, me soltó después de un silencio, “resultó que Laura era una zorra. Si supieras lo mal que me lo hizo pasar… Desde entonces todo empezó a ir a peor…”.

“Oye, me tengo que ir, que tengo una reunión”, dije, dando un paso hacia el edificio.

“Una zorra, una auténtica zorra. Luego se murió, ¿ya sabías?”

Me quedé mirándole, helado. “No, no sabía”. “Pues sí, accidente de coche. Se murió. Si supieras las cosas que me hizo…” Y luego: “Pero oye, que tenías que irte. Ya nos veremos por aquí, ¿no? ¡O si no lo mismo voy yo a visitarte a Lisboa! ¿Estás en facebook? Venga, nada, me ha encantado verte, cuídate.”

Y se alejó en dirección al centro como si tal cosa. Yo tardé todavía unos minutos en poner en orden el mundo y entrar en la universidad.

Un cuento navideño-académico

A partir de una conversación con F. C. y R. M.

Fue durante la primera fiesta de Navidad del Departamento a la que asistí. Llegué un poco tarde, y ya estaba casi todo el mundo comiendo, bebiendo y hablando forzadamente de temas más personales que de costumbre. Un CD de villancicos sonaba a un volumen tan bajo que casi lo superaba el zumbido de los fluorescentes.

Nada más entrar me llamó la atención una fuente enorme que estaba en medio de la mesa: una especie de pastel de carne picada, como una hamburguesa gigante de dos dedos de anchura rodeada por dos capas finísimas de hojaldre. Una elección curiosa para una fiesta de Navidad, pensé. Muy poco académico, pensé. Mientras me servía se lo comenté a una mujer que estaba a mi lado y a la que solo conocía de vista. Me miró con una compasión que parecía infinita y totalmente fuera de lugar.

-Tú eres nuevo aquí, ¿no?

Y sin esperar a la respuesta se alejó muy despacio hasta sentarse en una silla junto a la puerta.

Yo saludé a tres o cuatro personas y terminé atrapado en una esquina con Pedro Menéndez, un prometedor experto en Pérez Galdós, y Mariana Rojas, profesora de literatura hispanoamericana. Al principio, estuvimos ahí sonriéndonos como tontos, sin hablar. Luego me acordé de que Pedro había publicado recientemente un libro en la que había estado años trabajando: Relecturas postcoloniales en la novelística galdosiana. Le felicité. Estaba recibiendo críticas muy positivas: se decía que ese libro lo situaba como uno de los más relevantes, si no el más relevante experto galdosiano de España y de Europa, dando paso a una nueva generación de estudiosos con nuevas perspectivas teóricas, etc., etc.

-Gracias, muchas gracias -me contestó, pero sin sentimiento, como si se sintiese superado por los elogios, y siguió masticando como un rumiante pensativo.

La conversación murió otra vez. De hecho, se notaba un ambiente pesado y lúgubre. La gente se acercaba a la mesa y se servía pedazos más o menos grandes de carne, silenciosos y tensos como ante un altar. Pero nadie parecía notar nada extraño. O nadie lo comentaba ni intentaba solucionarlo.

Miré alrededor e hice recuento.

-Aquí falta gente, ¿no? -pregunté.

-Sí -me contestó Mariana, con los ojos demasiado abiertos.

-Falta Luckas, que está en Polonia viendo a la familia… y el profesor Manuel Alberca… pero bueno, él nunca viene a estas cosas… ¡Ah, y también Rodrigo López Martín, Pedro… tu director! ¿No va a venir?

Pedro empalideció y dejó de masticar. Los ojos de Mariana parecían a punto de saltar de las órbitas. Pensé que igual no me había oído bien, así que insistí.

-¿No está aquí tu director, Pedro? ¿No va a venir?

La gente seguía sirviéndose ritualmente trozos de carne. Yo también tenía una buena ración en el plato.

Por las mejillas de Pedro empezaron a caer lágrimas enormes. Mariana estaba roja y le temblaban los labios.

-¿Es que nadie te ha contado…?

Sentí que algo se me iba revolviendo por dentro, aunque todavía fuese algo indefinido, nebuloso.

-No, ¿qué?

Nadie contestó. Miré a Pedro, que seguía llorando, ahora ya con sollozos sonoros. Y a Mariana, que le pasaba una mano por los hombros.

-¿Qué? ¿Qué?

Se había hecho un silencio frágil y respetuoso en la sala. Alguien más lloraba, no sé quién.

-Era como un padre para mí -dijo Pedro, llevándose el tenedor otra vez a la boca.

Empezó a sonar “Campana sobre campana” en el CD. Todo el mundo miraba hacia nuestra esquina. Dejé mi plato encima de la mesa y salí de la sala, tirando una silla a mi paso.

Una (pequeña) anécdota acústica

Organizamos un coloquio sobre Estudios Ibéricos en la universidad, y como organizadores tenemos que estar pendientes de todo el mundo. Uno de los participantes invitados tiene problemas auditivos: lleva uno de esos aparatos casi transparentes que rodean la oreja y se meten en el oído. Además, pone la mano alrededor de la oreja a modo de embudo para captar mejor el sonido. Aun así, hay que hablarle a gritos para que oiga.

Una de las noches me corresponde acompañarle al hotel, y luego del hotel al restaurante. Por el camino, voy haciéndole las típicas preguntas que se hacen para mantener viva la conversación, aunque las respuestas importen más bien poco (“¿Ha estado en España? ¿Y en Bilbao? ¿Conoce el Guggenheim? Debería conocerlo, merece la pena. ¿Y hay mucho interés por el español en su país?”).

En el andén de la estación de Saldanha esperamos al metro de la línea roja. La conversación avanza a trompicones, incómoda. A veces sus respuestas ni siquiera corresponden a mis preguntas, pero él las dice con una sonrisa y yo no le corrijo. Es un hombre verdaderamente amable, inteligente, creativo.

Estamos hablando de Barcelona en el momento en el que el metro entra en la estación produciendo un violento ruido animal. Mi acompañante sigue hablando como si tal cosa; ahora soy yo el que no oye absolutamente nada, mientras que él continúa (no) oyendo exactamente igual que antes. Los papeles se han invertido: él habla y yo no le escucho, intento leerle los labios pero no lo consigo; me limito a mirarle y asentir y sonreír como un idiota, y confiar en que no me haga ninguna pregunta. Llega un momento en que se calla, y yo no sé qué se espera de mí, así que le miro y asiento y sonrío como un idiota.

Ya dentro del metro, hago un intento infructuoso para hablar con él. La conversación nace mutilada, deforme, da dos aletazos y muere. El resto del camino lo hacemos en silencio.

Dos recuerdos playeros

No me gusta la playa: no me gusta la sensación de pérdida de tiempo, la incomodidad de la arena que se mete por todas partes y se pega y araña; la aglomeración de gente que te invade el espacio; el sol demasiado caliente y el agua demasiado fría. Y sin embargo hay por lo menos dos recuerdos a los que tengo especial cariño, y que ocurrieron en la playa, o cerca de la playa.

 

Recuerdo 1

El verano después de terminar primero o segundo de carrera, no recuerdo bien, cinco amigos de clase (Txiki entre ellos) nos fuimos una semana de vacaciones a Sant Antoni de Calonge, en Girona, a una casa de la familia de Jordi que estaba aproximadamente a medio minuto de la playa. Casi nos entraba el mar por la ventana. Fueron días de compañerismo y buen rollo. Escuchábamos a Police, los Rolling Stones y Tequila a tiempo completo. Cocinábamos pasta, arroz, ensalada, sandwiches, comida de estudiantes perezosos. Hablábamos de todo, mucho: arreglábamos el mundo, como se suele decir. Hacíamos confidencias y confesiones que entonces parecían fundamentales. De vez en cuando, cómo no, íbamos a la playa, tomábamos el sol, nos bañábamos en el mar (a veces, con ropa).

Aquellos días nos unieron mucho, a todos nosotros, pero especialmente (así lo veo yo, por lo menos) a Txiki y a mí. No sé decir si nuestra amistad se fraguó entonces o ya venía de antes, pero sí que cuando volvimos a Bilbao, ya era irreversible y vitalicia.

Un día cogimos una barca (no recuerdo si la alquilamos, si era de Jordi o si la tomamos prestada) y nos fuimos a una cala cercana y escondida para pasar el día con unos bocadillos y unas cervezas. Pero salvo Jordi, ninguno teníamos mucha experiencia remando, así que no avanzábamos, o avanzábamos a trompicones, o dábamos vueltas sobre nosotros mismos. Entonces Txiki, que no sabía nadar, se puso de pie encima de la barca, y gritó en un catalán deliberadamente macarrónico: “En circunferenci no, ¿eh? ¡Que si no, no avanzat! ¡Que no avanzat!” Y se reía tan fuerte que parecía que la barca iba a volcar, se reía con la boca abierta y su risa resonaba y todos nos reíamos con él.

Muchos años más tarde nos solíamos acordar de esta historia. “No avanzat, ¿eh? ¡Que no avanzat!”,  decíamos aunque no viniera a cuento, y nos echábamos a reír, como tontos. Aunque también con un punto melancólico.

 

Recuerdo 2:

Era una de las últimas noches que yo iba a estar en St. Andrews. Sería junio seguramente. Casi todo el mundo de nuestro grupo de amigos se había vuelto ya a España, prácticamente solo quedábamos Olga y yo. Olga se había mudado “ilegalmente” a la habitación de Olivier (que también se había vuelto a Francia), para pasar unos pocos días, hasta la fecha en la que también ella se volviera a casa.

Esa noche, como despedida del año, Olga y yo compramos una botella de vino, seguramente chileno o australiano o sudafricano o algo así, y nos fuimos a East Sands a ver amanecer. Pasamos la noche bebiéndonos tranquilamente el vino y hablando del año que se terminaba y de lo que se nos venía encima a partir de entonces. Cuando empezó a amanecer, saqué la cámara e hice varias fotos; por pura casualidad, por un error mío, el carrete que había en la cámara era mejor de lo normal; será por eso o por el propio paisaje, pero las fotos quedaron preciosas, de las mejores que he hecho en mi vida, con toda la gama de tonos naranjas, rojizos, rosas y violetas que uno podría esperar de un amanecer en una playa escocesa en verano. Una de esas fotos se la envié a Nerea con algún mensaje romanticón escrito por detrás (ahora me avergonzaría releerla, seguro).

Luego nos fuimos a casa. Esa mañana, temprano, venía alguien de Accomodation Services a revisar el inventario de la casa, para comprobar que no me había llevado el frigorífico o la cama. Olga, para fingir que no estaba de okupa en casa, se echó a dormir en el sofá. Yo me esforcé por mantenerme despierto, viendo un partido de fútbol del Mundial de Corea y Japón (creo que jugaba Camerún). Cuando llegó el encargado de revisar la casa, casi todo lo que podía salir mal, salió mal: descubrió la quemadura que había en una de las butacas y los trozos de papel arrancados de la pared por pegar globos durante una fiesta; Nube (la gata a la que había medio-adoptado) entró corriendo en casa como una histérica y se escondió en el hueco del contador de la luz, y encima nos pasamos diez minutos buscando el sacacorchos, hasta que nos acordamos de que claro, estaba en la mochila de Olga. Todo muy ridículo. El señor nos miraba con gesto de desaprobación. Se quedaron con todo el dinero del depósito.

Olga se fue ese mismo día a España. Nos despedimos con un abrazo en la estación de autobuses.