El edificio (reboot, 14)

A medida que el edificio iba creciendo, la gente iba apostando a cuánta distancia se conseguía verlo. “Ya se ve a cinco kilómetros; ya se ve a cincuenta kilómetros; ¡ya se ve a quinientos kilómetros!”. Algunos protestaban: “¡Eso es imposible! ¡Nada puede verse desde tan lejos!” Pero la gente que sí, que sí, que lo veían. ¡Hasta desde el espacio lo veían! ¡Hasta desde Marte, los marcianos…! En Londres, Nueva York, Tokyo, la gente miraba hacia el horizonte, en dirección al edificio, y juraban ver la punta asomar allá al fondo, entre las nubes… Desde las antípodas, donde el edificio no proyectaba sombra alguna o la proyectaba toda, había gente que juraba verlo, si se concentraba mucho. Solo los que trabajaban en la construcción del edificio no conseguían ver el edificio, porque se lo tapaba el edificio. Qué pena.

El edificio (reboot, 13)

(El esqueleto de acero de los primeros pisos del edificio sobresaliendo por encima del nivel del suelo parece una ruina de una antigua civilización megalómana y decadente. Pregunta: ¿qué civilización megalómana y decadente sería capaz de crear semejante monstruo y después dejar su esqueleto a secar bajo el sol infinito? Respuesta: nosotros, somos nosotros esa civilización decadente capaz de crear un animal insondable, para después ser devorados por él y escupidos como un hueso sobre la arena del desierto)

El edificio (reboot, 12)

Un geólogo de la Universidad de Texas publicó un estudio que demostraba, o quería demostrar, que un aumento en el peso de un punto concreto de la superficie de la Tierra asociado con un descenso de todos los demás puntos, como la que iba a provocar la construcción del edificio con materiales traídos de todos los países del mundo, podría modificar no solo la forma del planeta, que se estiraría y se ovalaría cada vez más como consecuencia de la fuerza centrífuga, sino también la velocidad y el eje de la rotación terrestre; la relación de forma de órbita, distancia y atracción gravitacional entre la Tierra y la Luna, y por lo tanto la frecuencia, fuerza y duración de las mareas, e incluso, en último término y cuando se hubiera cumplido todo lo anterior, la órbita de traslación del planeta, haciendo que se alejase o se acercase al sol con consecuencias catastróficas.

Este estudio fue silenciado; el científico en cuestión fue convertido en cenizas, que se mezclaron con el cemento de los cimientos del edificio. El esqueleto de los primeros pisos comenzaba a asomar por encima del nivel del suelo.

El edificio (reboot, 9)

Un hombre y un niño caminan por una estepa seca e interminable; el padre lleva al hombro un hatillo con algo de comida y agua, los dos usan unos pañuelos oscuros para protegerse del sol. Llevan caminando varias horas, y todavía les quedan otras varias. Se paran para beber y descansar a la sombra de uno de los pocos árboles a la vista; después siguen. Casi no hablan, a veces el niño pregunta algo y el padre le contesta con unas pocas palabras amables que no indican irritación, pero tampoco ganas de seguir conversando.

Por fin llegan a su destino: un punto vacío en medio del vacío. El padre deja el hatillo en el suelo; el silencio se hace pesado. El niño pregunta: “Hlham?”, que en su lengua quiere decir: “¿Aquí?” El padre asiente. Los dos miran, remiran, primero hacia el suelo y luego hacia arriba, dejando que la vista se les pierda en el aire infinito. El niño empieza a llorar; el padre le pasa la mano por los hombros. “Algo quedará para nosotros, hijo”, le dice en su lengua, aunque no está seguro de que sea verdad.

El edificio (42)

En un día normal (si es que eso ha existido alguna vez en la historia) el edificio se divide en dos. Por fuera, y visto desde cierta distancia (digamos, desde Saturno), ofrece una apacible imagen de estabilidad, a pesar de la leve ondulación de la aguja, que se mantiene incluso en los días de menos viento; por dentro, los habitantes del edificio se mueven constantemente por él como un picor, en trayectorias circulares en sentido literal o figurado, horizontales, verticales, laterales, zigzagueantes, cada vez más aceleradas. Las dos imágenes del edificio son verdaderas; las dos son falsas.

El edificio (21)

(Cuando llueve, la lluvia resbala por los cristales del edificio, uniéndose en gotas cada vez más grandes y aumentando su velocidad en la caída, de forma que por una parte el edificio llega a volverse casi transparente, como si lo hubiera envuelto un río o una interferencia cósmica, y por otra parte el agua de la lluvia que se ha ido acumulando, cuando llega a la altura del suelo, provoca una ola de varios metros de altura que arrasa personas, animales, coches, camiones, árboles, piedras, arena, y no arrasa otros edificios porque alrededor del edificio no hay otros edificios, como ya se ha dicho. Afortunadamente, en la región del edificio solo llueve una vez cada treinta y siete años, así que da tiempo a que la catástrofe se olvide y se recupere la convicción de que vivimos en el mejor de los mundos posibles).

El huésped (8)

—¿Sí?

—Mamá… mamá, soy yo.

—¡Ah, hola, cariño! ¿Cómo estás?

—Bien… bien, bueno, más o menos. (¡Para quieto, Fluzo!)

—Déjame que te cuente la última ocurrencia de tu padre…

—Mamá…

—Que dice que no le gusta la tele que tenemos, que no tiene Dolby y su round o no sé qué…

—Mamá… (¡Fluzo, baja de ahí!) Quería preguntarte una cosa…

—¿Qué, hijo?

—…

—¿Qué?

—Mamá… ¿yo soy raro? ¿Te parezco raro?

—Bueno, siendo hijo de tu padre, lo raro habría sido que salieras normal…

—Entonces… (¡Fluzo, escupe eso!)

—Eres especial, siempre te lo he dicho. Eres un chico muy especial.

—Pero soy un chico…

—¿Cómo?

—Mamá, ¿de pequeño con qué juguetes me gustaba jugar?

—¿De pequeño? Pues como a todos los niños… con pelotas, pistolas, coches… Hablando de coches, ¡espera que te cuente la última de tu padre!

—Gracias, mamá… (¡Fluzo, me vas a sacar un ojo!)

—¿Eh?

—Que gracias, digo.

—Ah, vale. Un día de estos vienes aquí a comer a casa y te enseño el pedazo puzzle que está haciendo tu padre. ¡Que yo ya le digo que no hay sitio en casa para ese monstruo! Pero él, que si quieres…

—Adiós mamá.

—Adiós, hijo. Te quiero.

—Yo también te quiero, mamá.