Mediana historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 5

Mucho tiempo me llevó volver, no ya a coger la pluma, ni siquiera el bolígrafo, porque quién usa herramientas tan anticuadas e imprácticas, sino sentarme frente a la pantalla brillante del ordenador encendido, después de recordar y releer la carta de doña Concepción (puesto que, sí, la guardo entre mis posesiones más preciosas, y de mudanza en mudanza, de ciudad en ciudad, de país en país ha venido conmigo, gastada como está de tanto leerla, manosearla y verter lágrimas sobre ella). Incluso abandonar el relato de mis peripecias se me pasó por la mente, y si no lo hice, y sigo ahora narrando para un lector que no conozco pero aprecio, es porque creo que las enseñanzas que mi vida me ha dejado, si bien pequeñas, pueden ser útiles para quien después de mí trille caminos semejantes y pise veredas no demasiado distintas a las que se ofrecieron a mis pies.

Intentaré por eso, en este capítulo que ahora se abre, contar con las palabras que la imaginación y la inteligencia me presten, cómo abandoné el convento, cómo me mudé a Bilbao, cómo comencé la que se puede llamar mi vida adulta, cómo encontré una amiga donde nunca esperaba encontrarla, y cómo, por primera vez de muchas veces que después vendrían, mudé de oficio, de vida y no diré de nombre, porque mi nombre nunca ha tenido excesivo peso.

Y si mucha cosa parece para un solo capítulo, piénsese qué no será para unos pocos meses de vida. Y se lea, por eso, con especial recogimiento y admiración, no porque yo sea grande, sino porque siendo pequeña me abrí paso en un mundo nuevo y desconocido.

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Carta que doña Concepción escribió para la precaria Ana Joaquina

Querida Ana Joaquina,

Qué te voy a decir. Años llevo recibiendo ayudantes en la peluquería pero las otras venían a aprender a ser peluqueras y tú venías a aprenderlo todo menos a ser peluquera porque la peluquería te importa un carajo. Si puedo enseñarte algo, que sean las pocas cosas que he aprendido en mi vida y que te pongo en esta carta.

Trata siempre a tus superiores con respeto pero sin adulación porque quien adula y se vende para subir a lo mejor sube pero en el fondo es un mierdas. Y a los de abajo si es que alguna vez llegas a tener a alguien por debajo trátalos con dignidad pero sin dejar que te coman el brazo. Que no te den pena porque no estamos en el mundo para tener pena pero tampoco intentes que te tengan miedo porque el miedo es peligroso tenerlo y provocarlo. Y nunca nunca nunca les humilles porque eso no tenemos derecho de hacérselo a nadie.

No te digo que seas buena porque cada uno define la bondad como le parece y todos estamos convencidos de ser buenos de acuerdo con nuestras reglas. Sí te digo que si alguna vez haces mal tengas claro que el bien que vendrá luego es mayor y lo compensa. No digas que vas a hacer algo si no lo vas a hacer ni prometas nada que no puedas cumplir aunque con eso ganes porque eso que ganas ahora luego lo perderás multiplicado por cien

No te vendas ni te ates ni te destruyas aunque sea por amor. Sobre todo no te vendas ni te ates ni te destruyas por amor a un cabrón y si lo haces por lo menos dale la patada en los cojones que se merece.

Y desconfía de las personas que te dan consejos incluida yo porque la mayoría son unos imbéciles y no saben de lo que hablan.

Estarás bien. Las cosas te van a ir bien. Pero si en algún momento no te van bien no te olvides de dónde está la peluquería Tijeritas y sobre todo no te olvides de que en el mundo existe una persona que te preocupa por ti.

Concepción, porque nunca te animaste a llamarme Concha como todo el mundo.

No tan breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 4

Mientras Elenita se dedicaba a provocar quemaduras y escapar de la expulsión, yo seguía mi aprendizaje en la peluquería Tijeritas, calle Urkiola, Durango, la cual, como ya se ha comentado, era un microcosmos esencialmente femenino e infantil. Ya he contado que la peluquería solo se llenaba en época de piojos; en esas alturas (y en el tiempo que yo estuve de prácticas hubo dos), no paraban de entrar niños con sus madres o, menos frecuentemente, con sus padres; y mientras que los padres solían dejar a los hijos e irse a la cafetería de al lado, las madres, quizás más protectoras o más sociales, se sentaban en un corro de butaquitas y sillas y pasaban el tiempo que Concepción dedicaba a embardunar, lavar y peinar a sus hijos charlando sobre los niños, sobre sus vidas o, en muchas ocasiones, sobre otras mujeres.

Poco me interesaban, en aquel momento, los niños, a los que no veía lo suficientemente lejanos como para ser mis hijos, ni suficientemente cercanos como para identificarme con ellos; me interesaban más, en cambio, las madres, en las que veía el reflejo de la duplicidad humana. Si Concepción me enseñó la compasión y el aprecio desinteresado, algunas de aquellas mujeres me hicieron ver que la hipocresía y el engaño son moneda frecuente en el mundo de los adultos.

Concepción me pedía, o mejor, me dejaba que la ayudase en el proceso de desparasitación; mi labor era, una vez limpio el pelo del mejunje secreto de Concepción, pasar un peine muy fino que arrastraba las últimas liendres. Era un proceso mecánico pero que requería cierta atención; mi cabeza, sin embargo, pronto huía de aquellas cabecitas infestadas y doloridas y se centraba en las conversaciones que transcurrían a mi espalda.

Dos fueron mis principales conclusiones de aquellas escuchas furtivas: la primera, que aquellas mujeres tenían acceso a informaciones a las que no parecía posible que tuvieran acceso, como las conversaciones íntimas de los otros padres y madres, o las actividades más o menos ocultas de casi todos los habitantes del pueblo; y que las alianzas que entre ellas se forjaban eran tan frágiles que bastaba con que una de ellas saliese por la puerta para que se convirtiese en tema de conversación, e inversamente, que una que hasta ese momento era tema de conversación entrase por la puerta era suficiente para que se formase un coro de besos, manos apretadas y elogios a la vestimenta, el peinado o la buena salud.

Tan abstraída me quedaba a veces en este espectáculo humano, que la mano con la que movía el peine quitaliendres se paraba en el aire, y Concepción tenía que darme un codazo y lanzarme una mirada de advertencia para que volviera a moverse. “No seas cotilla”, me decía, por lo bajo, y aunque yo quería protestar mi inocencia y explicar que solo las escuchaba por interés humano o curiosidad científica, lo cierto es que tenía que reconocerme a mí mismo que no era así: que después de un tiempo yo también escuchaba el contenido de sus conversaciones, y que, aunque no supiera quién era María, Susana o Concha la del carnicero, una curiosidad mórbida me impulsaba a intentar enterarme qué enfermedad tenía María, cuál era el pecado oculto de Susana o por qué Concha la del carnicero pronto podía dejar de ser la del carnicero.

Diré también que mis averiguaciones y espionajes se veían facilitados por el hecho de que la mayoría de aquellas mujeres ni me miraban, ni me veían, ni me hablaban, ni de ninguna otra manera reconocían su existencia. Incluso cuando me daban el dinero a mí, porque yo era la encargada de recoger el dinero mientras Concepción tenía las manos embardunadas de mejunje antipiojos, solo se dirigían a Concepción, y con “adiós, Concepción”, “gracias, Concepción” y “hasta la próxima, Concepción” se despedían, y salían por la puerta, y yo me quedaba con su dinero en la mano y muchas ganas de romperles los morros.

No tan breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 4

¿Y Elenita? ¡Elenita! Ay, Elenita. Elenita había sido una de las afortunadas que, por su destreza con tijeras, uñas y brochas de maquillaje había sido designada para hacer las prácticas en una peluquería de Bilbao, lo que en términos relativos sería como si a un pedrero de la cantera de Orozco le encargasen reconstruir Notre Dame de París.

Con sus prácticas y las mías, y las clases que yo seguía a escondidas casi no la veía, y las noticias que me llegaban, a través de conversaciones susurradas de las que yo ni siquiera formaba parte, eran fragmentarias y contradictorias, pero no sorprendentes.

Primero me llegó la noticia de que en su peluquería estaban encantadas con ella: la habían puesto a prueba, habían dejado que empezase poco a poco y fuera ganando confianza y protagonismo, y ella había respondido con un entusiasmo y una destreza que no eran de este mundo. No me costaba imaginar sus ojos muy abiertos y su sonrisa llena de dientes mientras sus manitas llenas de peines y tijeras dibujaban el peinado de una elegante señorona bilbaína. Casi podía verla, sí.

Luego me llegaron otras noticias menos alegres: que en un despiste, provocado quizás por una mosca en un momento inoportuno o un estornudo que se llevó por delante lo mejor de los pensamientos de Elenita, se confundió o de temperatura o de tiempo o de programa en el secador automático, y la cliente, una mujer ya con esa edad en la que se duerme en cualquier lugar y en cualquier momento, se quedó frita, y despertó, para su horror, con la mitad del cuero cabelludo carbonizado y calvo.

Que la señora, decían, amenazaba con denunciar a la peluquería; la peluquería, con denunciar al centro de formación; el centro de formación, con expulsar a Elenita, y Elenita, con tirarse de un puente. Afortunadamente Elenita no se tiró de ningún sitio, porque el centro no la expulsó, porque la peluquería no les denunció, porque la señora no les denunció a su vez, y se conformó con que le pagasen los gastos médicos y un tratamiento de reposición capilar que la dejó con más y mejor pelo que antes del incidente.

La echaba de menos, a Elenita, y no puedo sino decir que esta era una sensación agradable en sí misma: la de echar de menos a alguien con cariño y cordura.

 

No tan breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 4

Un efecto colateral de mi nueva ocupación como ayudante en Tijeritas Peluquería Infantil era que pasaba menos tiempo en los que hasta entonces habían sido los escenarios principales de mi vida: el convento, el centro de formación; y pasaba menos tiempo con los que hasta entonces habían sido los personajes secundarios de mi vida: las monjas, las otras alumnas, los profesores. Fernando. Álvaro.

Seguía yendo a clase, naturalmente, porque todavía había algunos módulos teórico-prácticos que necesitaba aprobar para tener el título; pero cuanto más tiempo pasaba en las clases, más tenía la impresión de que donde realmente aprendía (no de peluquería, pero no era la peluquería lo que me interesaba: de la vida) era en Tijeritas charlando con Doña Concepción, y barriendo los ocasionales mechones infantiles del suelo.

En cuanto a Álvaro, nuestra relación se desarrollaba en dos sentidos opuestos: aumentaba nuestra intimidad, nuestra complicidad, la profundidad de nuestros diálogos, al mismo tiempo que disminuía el tiempo que pasábamos juntos y las ganas que él, aparentemente, tenía de que ese tiempo se incrementase. Un día que le encontré particularmente esquivo le pregunté si tenía novia; me miró como si no comprendiese la pregunta, no me respondió, no volvió a hablarme en dos días. Me cuestioné si hacer ese tipo de preguntas era bueno para mí; no para él ni para el mundo, para mí.

Lo hablé con Concepción esa tarde en la peluquería.

—No dependas nunca de ningún hombre —me dijo.— Ni económicamente, ni emocionalmente, ni nada.

Me contó su historia, con mucho más detalle y floritura de lo que yo nunca sería capaz de reproducir. Había nacido en Orozco; se casó muy joven: dieciséis. Él era de Amorebieta, se conocieron en unas fiestas de verano, se gustaron, ella se fue a vivir con él, para escándalo de su familia. Se casaron: sus padres no asistieron a la boda. Estaba sola en el mundo, y más sola que iba a estar: a su marido no le gustaba que saliese de casa, no le gustaba que hablase con otros hombres, aunque fueran el carnicero o el cartero. ¿trabajar? Nunca. La mujer en casa y con la pata quebrada; eran otros tiempos, pero no tan lejanos.

Su marido le controlaba todo: no tenía dinero propio, no tenía amigas, no tenía vida. Le pegaba; no mucho ni siempre, pero le pegaba, cuando le venía en gana. Ella no tenía que disimular los moratones porque no se los veía nadie. Una tarde él llego rabioso del trabajo; un problema con un compañero, con un jefe, qué más da. Le rompió a Concepción una pierna. Cuando la pierna se curó, Concepción hizo las maletas, se fue a Durango, no dejó ni una nota ni una dirección, ni nada. Si él intentó encontrarla, nunca la encontró. Probablemente no lo intentó mucho, probablemente había otras. “De lo único que me arrepiento es de no haberle dado un rodillazo en los cojones”, dijo.

Concepción empezó a trabajar limpiando casas, aprendió a cortar el pelo en unos cursos por correo; estudiaba de noche. Le dieron trabajo en una peluquería, “como tú, me dice, haciendo lo mismo que tú, casi nada”. Poco a poco le fueron dando más responsabilidad; al final lo hacía casi todo, pero no cobraba casi nada. Entonces decidió abrir Tijeritas. Pensó en mandarle una foto de la peluquería a su marido; no lo hizo. “Debe de estar vivo todavía”, acabó, “si no me habría enterado.

Y luego, como un oráculo, repitió:

—Nunca dependas de ningún hombre. Nunca. Sé tu propio centro.

Y yo lo oí, y lo comprendí, y lo guardé en mi pecho como si fuese la palabra revelada de Dios.

 

No tan breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 4

Aunque el primer contacto con doña Concepción no fue del todo ideal. La peluquería Tijeritas quedaba en la calle Urkiola, en el centro, cerca de la estación, y no era tan frecuentada como a su dueña le gustaría; la mayor parte del tiempo estaba vacía o casi vacía y solo se llenaba cuando había una epidemia de piojos en la escuela cercana, porque doña Concepción, además de lavar, peinar y cortar pelos también tenía fama de preparar un engüento misterioso con éxito garantizado sin necesidad de segunda vuelta.

Cuando me presenté en la peluquería, doña Concepción me miró con desinterés; debía de estar acostumbrada a recibir lo peor de cada promoción, y yo, si bien tenía orgullo suficiente como para contradecirla, no tenía en cambio las destrezas para soportar esta contradicción. Lavar, peinar y cortar pelos de adultos, sabía hacerlo de forma que por lo menos disimulase mi ineptitud; de niños, ni los había visto ni esperaba verlos.

Afortunadamente tampoco doña Concepción esperaba gran cosa de mí.

—Cuando haya acabado de tratar a un cliente, le cobras, limpias el suelo de pelos, limpias la silla, limpias las tijeras y los peines y las cosas y las pones en el cacharro esterilizador. Y mientras no haya clientes…

Dejó la frase incompleta, flotando entre el olor a acondicionador del ambiente, se sentó en una de aquellas sillas que parecían de dentista y cruzó las brazos sobre el pecho; movía los labios como si estuviese rezando, y frucía las cejas hasta formarse entre ellas una sima abisal.

Así pasamos muchas de las horas de mis prácticas, sentadas frente a frente mirando por la ristalera y esperando a que algún niño quisiera un nuevo corte de pelo en Tijeritas, Durango, calle Urkiola. Después de unos días empecé a llevarme un libro, pero casi nunca conseguía leer nada, porque Concepción interrumpía la lectura con sus historias, sus comentarios sobre las noticias que pasaban en la televisión sin sonido o sus consejos de vieja sabia y algo entrometida.

Al principio me molestaba, porque nada valoraba yo más que esos momentos de silencio y recogimiento en la lectura, pero de pronto empecé a escuchar lo que decía, y a encontrarlo interesante y valioso. Con doña Concepción aprendí que las personas puede ser tan enriquecedoras como los libros, si se da tiempo para leerlos.

Algunas personas, por lo menos.

No tan breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 4

Nadie sabe de quién nací, ni cuáles son mis orígenes; como ya he contado, me encontraron en una bolsa en la puerta del convento de las monjas de Berriz, cuando tenía (por lo que luego dijeron) unos siete meses de vida. Pero si ser madre es, como se dice, que un corazón sufra por lo que le pasa a otro ser, que un cuerpo sienta el dolor que otro cuerpo siente, y un espiritu se altere cuando otro espíritu se siente alterado, entonces mi madre, mi verdadera y única madre, fue doña Concepción, dueña de la peluquería infantil Tijeritas de Durango.

El segundo año de Formación Profesional en Peluquería y Estética incluía unas prácticas profesionales no remuneradas; las alumnas éramos asignadas de un modo ni aleatorio ni transparente, de manera que las mejores eran destindasa salones de belleza de Bilbao con nombres en inglés, mientras que las menos aventajadas éramos distribuidas, con poco disimulo, por peluquerías locales de Durango y alrededores, de forma que nuestra vergüenza, y la de nuestros formadores, no saliese del reducido espacio de nuestra comarca.

A mí, que ni destacaba ni quería destacar por mi habilidad en el tratamiento del pelo, las uñas o el maquillaje de otros seres cuya belleza me era indiferente, me asignaron a la peluquería infantil Tijeritas, quizás porque lo infantil siempre parece menos que lo adulto. Mis restantes compañeras no perdieron la oportunidad de burlarse de mí, y empezaron a llamarme Tijeritas, a hacer el gesto y el ruido de las tijeras cuando pasaban a mi lado o incluso, por motivos que en aquel momento no alcanzaba a entender, a insinuar que me gustaba otras mujeres, asunto al que por entonces no había dedicado gran reflexión.

A mí las burlas me resultaban indiferentes; si algo me hería, de una forma vaga y algo impaciente, era el que mis prácticas no tuvieran lugar en Bilbao, lo que me parecía el equivalente a hacer las Américas en mi pequeño mundo de la Vizcaya profunda. En realidad, visto con la perspectiva que da el tiempo y el conocer cómo unas cosas se encadenan con otras en una cadena sin fin, nunca les estaré suficientemente agradecida a los supervisores del centro de formación por haberme puesto bajo las manos cuidadosas y la mirada sabia de doña Concepción.