El edificio (42)

En un día normal (si es que eso ha existido alguna vez en la historia) el edificio se divide en dos. Por fuera, y visto desde cierta distancia (digamos, desde Saturno), ofrece una apacible imagen de estabilidad, a pesar de la leve ondulación de la aguja, que se mantiene incluso en los días de menos viento; por dentro, los habitantes del edificio se mueven constantemente por él como un picor, en trayectorias circulares en sentido literal o figurado, horizontales, verticales, laterales, zigzagueantes, cada vez más aceleradas. Las dos imágenes del edificio son verdaderas; las dos son falsas.

El edificio (21)

(Cuando llueve, la lluvia resbala por los cristales del edificio, uniéndose en gotas cada vez más grandes y aumentando su velocidad en la caída, de forma que por una parte el edificio llega a volverse casi transparente, como si lo hubiera envuelto un río o una interferencia cósmica, y por otra parte el agua de la lluvia que se ha ido acumulando, cuando llega a la altura del suelo, provoca una ola de varios metros de altura que arrasa personas, animales, coches, camiones, árboles, piedras, arena, y no arrasa otros edificios porque alrededor del edificio no hay otros edificios, como ya se ha dicho. Afortunadamente, en la región del edificio solo llueve una vez cada treinta y siete años, así que da tiempo a que la catástrofe se olvide y se recupere la convicción de que vivimos en el mejor de los mundos posibles).

El huésped (8)

—¿Sí?

—Mamá… mamá, soy yo.

—¡Ah, hola, cariño! ¿Cómo estás?

—Bien… bien, bueno, más o menos. (¡Para quieto, Fluzo!)

—Déjame que te cuente la última ocurrencia de tu padre…

—Mamá…

—Que dice que no le gusta la tele que tenemos, que no tiene Dolby y su round o no sé qué…

—Mamá… (¡Fluzo, baja de ahí!) Quería preguntarte una cosa…

—¿Qué, hijo?

—…

—¿Qué?

—Mamá… ¿yo soy raro? ¿Te parezco raro?

—Bueno, siendo hijo de tu padre, lo raro habría sido que salieras normal…

—Entonces… (¡Fluzo, escupe eso!)

—Eres especial, siempre te lo he dicho. Eres un chico muy especial.

—Pero soy un chico…

—¿Cómo?

—Mamá, ¿de pequeño con qué juguetes me gustaba jugar?

—¿De pequeño? Pues como a todos los niños… con pelotas, pistolas, coches… Hablando de coches, ¡espera que te cuente la última de tu padre!

—Gracias, mamá… (¡Fluzo, me vas a sacar un ojo!)

—¿Eh?

—Que gracias, digo.

—Ah, vale. Un día de estos vienes aquí a comer a casa y te enseño el pedazo puzzle que está haciendo tu padre. ¡Que yo ya le digo que no hay sitio en casa para ese monstruo! Pero él, que si quieres…

—Adiós mamá.

—Adiós, hijo. Te quiero.

—Yo también te quiero, mamá.

El edificio (8)

El arquitecto primero del edificio, que murió mucho antes de que el edificio estuviese terminado, si lo viera ahora, no lo reconocería. “Ese monstruo no es mi hijo”, diría. Pero no lo diría con rabia o con sorpresa, sino con miedo, con respeto reverencial. “Ese monstruo no es mi hijo, yo soy hijo suyo”, aclararía, “todos somos hijos de este edificio monstruoso y brutal”.

El huésped (6)

[…]

—Entonces…, ¿qué tengo, doctor?

—Espere un momento, que esto no arranca… (El médico da dos golpes en el monitor del ordenador…) Aquí no funciona nunca nada… Así no se puede trabajar… Qué mierda… Luego que si se nos mueren demasiados pacientes… A ver, parece que ahora…

—Pero ¿ha podido ver los resultados? ¿Qué tengo?

—Ya está, ya arranca.

(Se oye la musiquita del Windows)

—A ver, tengo que hacerle unas preguntas…

—De acuerdo, pero…

—¿Fuma?

—No.

—¿Bebe?

—A veces… socialmente.

—¿Mantiene relaciones sexuales?

—A veces… socialmente también.

—¿Prostitutas?

—Sí… O sea, no. Sé que existen, pero yo no las… yo no…

—¿Se masturba?

—¡Mucho! Quiero decir, sí.

—¿Ha viajado a países tropicales en los últimos años?

—No. A Gandía, solo, pero…

—¿Toma alguna medicación?

—No…

—¿Tiene alergia a algún medicamento?

—No.

—¿Tiene animales de compañía?

—Sí, un gato, Fluzo. Negro con manchas blancas. Es un cabrón.

—Qué mono. (El médico deja de escribir en el ordenador) Yo también tengo un gato. Tenía dos, un gato y una gata, pero la gata se murió. No es que la matásemos, como dice la loca de la vecina. Simplemente… bueno, son razas delicadas… tienen un sistema digestivo muy frágil… ¿Y quién iba a pensar que un gato se pudiera tragar unas tijeras?

—Pero doctor, por favor, ¿qué es lo que tengo, por qué me duele el abdomen?

—Ya casi hemos terminado. ¿Hace ejercicio regularmente?

—Ay…

[…]

El edificio (7)

El edificio seguía creciendo, añadiendo pisos y pisos y capas y capas de cemento y acero y cristal a su alrededor. La gente que lo miraba pensaba: “Ahora debe de estar terminado”, y se ponían a aplaudir. Pero al día siguiente, o dos días después, o una semana después, veían que el edificio seguía creciendo hacia lo alto y hacia lo ancho, que aparecían nuevos pisos, que los hombres como hormiguitas casi invisibles seguían trabajando en su interior. (El hecho de que la parte más alta del edificio se perdiera entre las nubes, y de que fuera difícil distinguirla sin prismáticos incluso en los días más claros, hacía todavía más difícil decidir si el edificio seguía creciendo o si ya había parado de crecer). Incluso cuando efectivamente estuvo terminado, y fue inaugurado y habitado y se desmontaron los andamios y las grúas y se despidió a los obreros, la gente que lo miraba pensaba: “No, todavía no está terminado. Si te fijas bien, allí en lo alto, todavía se ven personas trabajando para añadirle más pisos, y más pisos, y más pisos…” Y era difícil quitarles la razón.

El edificio (5)

¿Quién fue la primera persona que entró al edificio? Es difícil saberlo, en realidad es imposible saberlo. ¿Qué significa entrar en el edificio? ¿Desde cuándo hay un edificio en el que entrar? Se sabe quién fue la persona que puso la primera piedra: el rey Sham Holp Abam. (Una revolución lo derrocaría dos meses más tarde; los nuevos dirigentes quisieron recuperar la piedra para que no contaminase con sus efluvios al futuro edificio, pero ya era tarde, ya estaba enterrada bajo toneladas de cemento y acero y piedra y obreros). Pero una piedra no es un edificio, así que el rey nunca entró en el edificio. Se sabe quién fue la primera persona que entró en el edificio terminado, durante el acto de inauguración oficial: el Presidente John Levin Clash. Pero cuando el Presidente entró en el edificio ya vivían en el decenas de miles de personas: arquitectos, obreros, contratistas, decoradores, funcionarios, vendedores ambulantes que subían y bajaban en ascensores con olor a curry. Es imposible saber quién entró primero en el edificio, por lo tanto; es una pregunta estúpida, inútil, dolorosa.