El edificio (reboot, 61)

Con el paso del tiempo (una era geológica en el edificio puede durar una semana), han surgido especies endogámicas, evoluciones de otras especies adaptadas a este espacio cerrado, autónomo y vertical. Arañas de cabeza oblonga y patas longitudinales corren por los huecos de los ascensores; pájaros del color del cemento vuelan en círculos cazando moscas azules del color de los cables eléctricos con picos curvados en espiral; en el exterior del edificio, seres medio lapa medio murciélago absorben los restos de la última tormenta de arena; en los pisos más bajos del subsuelo, topos ciegos de patas curvadas como palas de excavadora arañan la tierra y añaden salas nuevas a los sótanos del edificio que en seguida se llenan de agua, de restos orgánicos, de otras especies que también son endémicas de esos sótanos. Los hombres albinos de los círculos intermedios no se sabe si son una especie, una raza, una moda, una tribu urbana.

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El edificio (reboot, 59)

También cabe imaginar el edificio como un enorme intestino, como un váter monstruosamente desarrollado, como una enorme cloaca vertical o como un árbol de tuberías cada vez más ramificadas y más finas que llegan hasta el culo de cada uno de los habitantes de cada una de las casas, a cada hospital, escuela o comisaría, universidad, resturante o sala de espera, como un gran recolector de mierda humana, como un enorme depurador de mierda, un destilador de mierda lleno de filtros y embudos y depósitos que tiene por objetivo dar como resultado el estado más condensado de la mierda, unos pocos centenares de kilogramos de materia compacta que resumen las toneladas y toneladas de mierda que cada día, cada hora, cada minuto los edificitarios expulsan de sus propios intestinos que se convierten, así, en una prolongación de los intestinos del propio edificio.

El edificio (reboot, 58)

Los padres de Juana Levernas Yolin vivían en el pisó 521, círculo B, apartamento 26. Juana fue a la escuela del piso 525, estudió Edificiología en la universidad del piso 550. Cuando acabó comenzó a dar aulas en la escuela del piso 510, círculo H; tenía 30 alumnos en cada clase, de los cuales aproximadamente un tercio eran albinos. (Al final de su carrera, esta proporción había subido hasta los dos tercios). En un curso de Seguridad en Ascensores y Montacargas conoció a Mateo, un chico que trabajaba como cocinero en un restaurante del piso 473. Había nacido aún más abajo, en el piso 380, pero había ido a la Escuela de Cocina del piso 450, lo que le había abierto nuevos horizontes. Quizás por su origen en los pisos 300 tenía un aire más rosado y más enérgico que Juana y su familia, como de quien respira más oxígeno en cada bocanada. Algunos decían que su relación no duraría, debido a la diferencia de pisos. Pero los padres de Juana les apoyaban. “Por lo menos no es un albino”, pensaban secretamente. Se mudaron juntos a un apartamento del piso 517, círculo J. “¿Por qué no vamos a visitar a mis padres estas vacaciones?”, le dijo él una vez. “Es que yo nunca he ido más abajo del piso 500”, confesó ella con alguna vergüenza. A él le dolió, pero no dijo nada. Los padres de Mateo vinieron a pasar las vacaciones con ellos. Tuvieron dos hijos, un niño y una niña; ninguno de los dos nacieron albinos.

El edificio (reboot, 57)

—¿Tú crees en Dios?

—Yo creo en el edificio.

—Está bien, pero no es lo mismo.

—¿Cómo que no? El edificio es grande, implacable, todopoderoso.

—Pero Dios también es misericordioso, y el edificio no.

—El edificio podría ser misericordioso si quisiera, pero no quiere.

—¿Y por qué no?

—Porque no lo merecemos, porque no estamos a su altura. Porque somos pequeños, imperfectos y frágiles. ¿Por qué iba a rebajarse a nuestra altura el edificio y mostrarnos compasión? ¿Tú nos has visto bien?

El edificio (reboot, 56)

Además de las diferencias verticales, en el edificio también hay diferencias horizontales: las plantas se organizan en círculos concéntricos, designados por letras. Uno no vive simplemente en el piso 20, sino en el piso 20, círculo F. Algunos servicios se organizan verticalmente, por pisos (los hospitales, escuelas, bomberos); otros, horizontalmente, por círculos (los supermercados, restaurantes, cafeterías…). Los habitantes de los círculos más exteriores se despiertan con la luz del sol entrando por sus ventanas, y se sienten bendecidos; los habitantes de los círculos más interiores pueden asomarse al enorme atrio central del edificio, con su vértigo sublime, y se sienten bendecidos. Los habitantes del resto de círculos son seres albinos, miopes, introspectivos y tristes; casi nunca van a ningún sitio.

El edificio (reboot, 55)

(Hay un ascensor, un pequeño montacargas, que conecta el piso 117 con el piso 174; solo esos dos pisos. No se ha conseguido encontrar una explicación razonable para su existencia. Los vecinos del piso 117 no lo usan nunca, porque ya se sabe cómo son los del 174; los del 174 miran para otro lado y se ríen. A veces se oyen ruidos que vienen del hueco del ascensor, pero el ascensor no se mueve. Está permanentemente parado en alguna planta entre la 117 y la 174. Si se pulsa el botón de llamada (pero nadie lo pulsa nunca) se enciende una luz amarilla, que vuelve a apagarse después de cinco segundos. Un edificitario propuso sustituir este montacargas por otro que parase en todos los pisos, como dios manda; la propuesta fue rechazada sin mucha discusión).