Todo tiempo pesado (II, 6): Llamadas perdidas

En el capítulo anterior: Miren y Santi hablan, qué pesaditos.

Si Miren no hubiera cogido un resfriado, no habría pasado nada; pero lo cogió. Nada grave: uno de tantos resfriados de esos que se cogen en invierno, que no llegan ni a ser una gripe, pero que te hacen pasar un par de días atontado en la cama.

Me lo dijo por el facebook un jueves por la mañana. “Estoy con trancazo en casa, no voy a trabajar”, me dijo. Y yo: “Pobre, ¡cuídate mucho!”. Luego me fui a la universidad porque tenía una reunión para organizar un congreso o una publicación o un encuentro de escritores (ya no me acuerdo exactamente), y después me pasé toda la mañana y buena parte de la tarde, respondiendo emails, enviando emails, borrando emails, clasificando emails. Trabajando, vamos.

Después de comer le mandé un mensaje de móvil: “¿Cómo sigues?” Tardó varias horas en responderme, y cuando llegó la respuesta simplemente decía: “Mejor”.

Esa tarde daban una película de Hitchcock en la cinemateca; no hay mejor plan para el invierno en Lisboa que ir a la cinemateca. Venían conmigo dos amigos más, un compañero del trabajo y una chica española que acababa de llegar con una beca.

Y justo cuando estaba a punto de entrar en la sala, me sonó el móvil: era Miren. Faltaban tres minutos para empezar la película. Mis opciones eran tres: constestar la llamada y hablar con Miren normalmente (y perderme el principio de la película); constestar la llamada pero hacerla breve (para no perderme el principio de la película) o no contestar. Decidí no contestar.

En un día normal, no habría pasado nada, pero Miren tenía un resfriado, uno de tantos resfriados de esos que se cogen en invierno, que no llegan ni a ser una gripe, pero que te hacen pasar un par de días atontado en la cama.

Cuando salí de la película (que me gustó menos de lo que esperaba: era todavía un Hitchcock bastante inmaduro) miré al móvil: tenía tres llamadas perdidas más de Miren. Ahí empecé a entender que estaba en problemas. Intenté llamarle, pero no contestaba. (Si no contestaba porque estaba ya dormida, o para vengarse de mí, eso yo no podía saberlo).

Volví a intentarlo un par de veces más, y nada. Le mandé un sms. “Perdona, Miren, estaba en el cine. Estás despierta todavía?”. Luego esperé, esperé y esperé un poco más, y como no me devolvía el mensaje intenté llamarle otra vez. Ahora el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura.

Eran inevitables algunas preguntas: ¿había apagado Miren el móvil después de recibir mi mensaje? Si así era, ¿no estaba exagerando, sobreactuando un poco? ¿O sería que, casualmente, su mensaje se había quedado sin batería entre mis primeras llamadas perdidas y esta última? No, mucha casualidad, tenía que haberlo apagado a propósito. Entonces estaba claramente enfadada, y me estaba castigando por ello. ¿No era eso una crueldad?

Y sin embargo, también eran inevitables algunas preguntas sobre mi propia actitud: ¿qué significaba que no hubiera contestado a la llamada de Miren antes de entrar al cine? ¿Por qué me importaba más ver los primeros minutos de una película de Hitchcock que hablar con mi novia, que además estaba enferma? (Sí, vale, era solo un resfriado, uno de tantos resfriados de esos que se cogen en invierno, que no llegan ni a ser una gripe, pero que te hacen pasar un par de días atontado en la cama, pero eso es indiferente).

Me preguntaba si debía sentirme culpable (me sentía culpable, de hecho), o si mi actitud podía considerarse normal y excusable. ¿Y si la película hubiera empezado cinco minutos antes? Entonces la llamada de Miren habría llegado cuando yo ya estaba en el cine y no habría podido atenderla. Eso Miren no lo sabía. ¿Está un novio, y sobre todo un novio a distancia, obligado a responder todas las llamadas de su novia?

Sin embargo, la pregunta mayor, la que más me preocupaba, era esta: el que no me hubiera apetecido contestar la llamada de Miren, ¿significaba algo, en relación con nuestra relación, o era algo meramente anecdótico? ¿Me estaba cansando de Miren, o “ya no la quería como al principio”, como dicen los personajes de telenovela? ¿O es que simplemente me gusta mucho Hitchcock?

Como me suele pasar en estos casos, me fui a la cama sintiéndome mal, con la tripa revuelta y la cabeza más revuelta todavía. Soñé con Miren, y Miren en el sueño no estaba enferma (ni siquiera tenía uno de tantos resfriados de esos que se cogen en invierno, que no llegan ni a ser una gripe, pero que te hacen pasar un par de días atontado en la cama), pero sí muy enfadada, y hablábamos y discutíamos y yo me sentía mal.

Cuando me desperté a la mañana siguiente lo primero que hice fue mirar al móvil a ver si tenía algún mensaje de Miren. “Perdona, Santi, me quedé sin batería. ¿Qué tal el cine?”. Qué más quisiera yo: nada. Ya no había duda, se preparaba una bronca.

Me levanté, me duché, desayuné (o sea, tomé un café frío y un plátano) y luego llamé a Miren. El teléfono estaba encendido, algo que consideré una buena señal.

-¿Sí? -contestó, con voz mocosa.

-¡Miren! ¡Soy Santi! Por fin te pillo -dije, con mi voz más inocente y angelical.

-Eres un imbécil.

-¿Por? -respondí, siguiendo con mi papel de niño bueno.

-Ya sabes por qué. Ayer te habría matado.

-Pero mujer, es que estaba en el cine cuando me llamaste, y cuando salí ya era tarde…

-¡Pues haberme llamado antes de entrar al cine! ¡Que en todo el día ni una llamada, y sabías que estaba en casa enferma!

-Bueno, al mediodía te mandé un mensaje…

-Un mensaje, vale, de puta madre.

Decidí que no había más remedio que batirse en retirada, meter el rabo entre las piernas, agachar la cabeza.

-Tienes razón, perdona, tenía que haberte llamado antes… Bueno, ¿cómo estás?

El cambio de tema pareció surtir efecto: Miren empezó una detallada descripción de todos sus síntomas y aparentemente se olvidó del tema de las llamdas perdidas. Pero cuando terminamos de hablar y yo le dije “Te quiero mucho, cuídate” (porque hasta ese nivel de afectividad sí nos permitíamos llegar), ella me contestó con un “sí, ya, hasta luego” que significaba claramente que ni todo estaba olvidado ni todo estaba perdonado. Intenté calcular mentalmente cuántos días más iba a tener que seguir con el rabo entre las piernas y la cabeza agachada, pero no llegué a ninguna conclusión.

Afortunadamente para mí, dos días más tarde fui yo el que amaneció enfermo, así que a Miren no le quedaba más remedio que abandonar su enfurruñamiento para preocuparse por mí, y por supuesto contestar a todas mis llamadas independientemente de las circunstancias. (Por cierto, mi enfermedad no era nada: solo un resfriado, uno de tantos resfriados de esos que se cogen en invierno, que no llegan ni a ser una gripe, pero que te hacen pasar un par de días atontado en la cama).

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Todo tiempo pesado (II, 5): Conversaciones (2)

En el capítulo anterior: Miren y Santi van a museos, pero cada vez menos.

Ahora que éramos pareja, Miren y yo manteníamos nuestras largas conversaciones en facebook o skype prácticamente todas las noches, solo que el tono había evolucionado junto con nuestra relación, naturalmente. No es que practicásemos el sexting, sexchatting o como se quiera llamar, por una razón muy simple: a mí me daba demasiada vergüenza. Lo intentamos un par de veces, y confieso que a Miren se le daba bastante bien (y eso que yo soy teóricamente el verbal en nuestra relación); pero yo, dijese lo que dijese, me sentía fuera de mí mismo, forzado, incómodo. “Quiero quitarte las… eh… los… eh… a todo esto, ¿qué llevas puesto? Porque si no, no sé qué es lo que te tengo que quitar”. “Déjalo, anda…”

Así que hablábamos prácticamente todas las noches, con o sin vídeo, con o sin sonido dependiendo de la voluntad de cada día y de lo liados que estuviéramos. Y si el tono había cambiado era porque ahora hablábamos de cosas menos profundas que antes de ser pareja, lo que quizás resulte sorprendente o quizás no. Hablábamos de tonterías: de lo que estábamos viendo en televisión, de lo que habíamos comido, estábamos comiendo o íbamos a comer, del tiempo, del trabajo, de la familia, de los amigos. La obligación de ser interesantes y ocurrentes se había extinguido, al parecer, en el momento en el que nos habíamos hecho novios.

Por supuesto, como cualquier pareja que se precie, también hablábamos a veces de nosotros mismos.

-¿Qué te atrajo de mí la primera vez? -le preguntaba yo con cierta coquetería, por ejemplo.

-¿Cómo que qué me atrajo? -contestaba ella, para ganar tiempo.

-Sí, ¿qué te gustó de mí? ¿Te enamoraste de mí por mi aire bohemio, o sentiste el deseo incontrolable de poseer mi cuerpo? -aclaraba yo, pedante.

-¿Sabes que eres un pedante, Santi?

-Sí, claro. Pero eso no responde a mi pregunta. ¿Fue mi cuerpo o mi alma lo que te conquistó?

-¿Y no pueden ser las dos cosas?

-Creo que no… El deseo es un apetito del cuerpo; el enamoramiento es una enfermedad de la imaginación. Una inflamación de la imaginación, podríamos decir. Una imaginacionitis.

-¿Y esa enfermedad se cura?

-Sí, se cura sola. Y cuando se pasa la inflamación se ve si debajo había amor, o deseo… o nada.

Hubo una pausa antes de que Miren contestase.

-¿Eso lo has pensado tú solito?

-Lo he pensado yo solito, pero no ahora. Hacía tiempo que tenía ganas de decirlo.

-Haberlo metido en uno de tus cuentos.

-No cambies de tema. ¿Qué es lo que te hizo fijarte en mí?

-Pues no sé, la verdad. No lo he pensado. Creo que más bien me atraía lo que podías darme: estabilidad, calma, equilibrio…

-O sea, que me utilizaste… -propuse, bromeando solo a medias.

-Puedes decirlo así, si quieres…

-Pues si me querías para eso, está claro que fui un fracaso, o fuiste un fracaso tú. O los dos. Porque cuando lo dejamos seguías igual de loca que antes…

-Yo no estaba loca.

-Es una forma de hablar.

-Pues habla de otra forma.

-Lo que quiero decir es que en todo caso me cambiaste más tú a mí que yo a ti, creo…

A esto Miren no contestó.

-Bueno, ¿y tú?

-¿Yo qué?

-¿Por qué te fijaste en mí aquella primera vez?

-Bueno, en realidad no puede decir que yo te escogiera: me escogiste tú a mí…

-Pero algo te gustaría, si no no habrías salido conmigo…

-Sí, claro, eras bonita…

-Bonita. En fin.

-Pero yo creo que me gustaba sobre todo tu energía. Tu carácter, no sé si me explico.

-Más o menos.

-Yo en aquella altura era un crío, y necesitaba algo que me hiciera salir del cascarón…

-O sea, que tú también me utilizaste a mí.

-Pues sí, también se podría decir así, sí.

-A lo mejor por eso no funcionamos: porque en realidad no nos queríamos el uno al otro sino que nos queríamos a nosotros mismos a través del otro…

-No te voy a decir que no… Pero te estás poniendo demasiado metafísico. Además, de eso ya hablamos alguna otra vez, de por qué no funcionamos…

Se hizo un silencio en la conversación, porque el tema había quedado agotado o porque estábamos asimilando las bobadas que acabábamos de decir (sobre todo yo).

-¿Y esta segunda vez? -pregunté yo por fin.

-¿Esta segunda vez? -repreguntó Miren, una vez más ganando tiempo.

-Sí: ahora, ¿por qué estás conmigo? ¿Por mi cuerpo o por mi alma? ¿O me estás utilizando otra vez?

-Esta vez estoy contigo por tu culo. Sin ninguna duda.

Esperé unos segundos a ver si llegaba algún “smiley” que me ayudase a adivinar si hablaba en serio, o hasta qué punto hablaba en serio, pero como no llegó cambié de tema. Y cuando terminamos de hablar, fui al espejo del baño a mirarme el culo.

Todo tiempo pesado (II, 4): Museos

En el capítulo anterior: Miren conoce a los padres de Santi, con resultados sorprendentemente pacíficos.

Cuando empecé a salir con Miren, pensé: “Qué bueno va a ser poder ir a museos con alguien de Bellas Artes, voy a aparender un montón”. (Cuando empecé a salir con ella esta segunda vez, quiero decir: en nuestra primera relación, la de los veinte años, no teníamos tiempo para ir a museos ni a conciertos ni al cine, estábamos demasiado ocupados prendiéndole fuego al mundo y volviendo a construirlo desde sus cenizas). “Cuánto voy a aprender”, pensaba, pero luego fui desengañándome poco a poco, hasta que terminé por desengañarme de golpe.

Lo primero que me llamó la atención es que Miren nunca o casi nunca visitaba las exposiciones del propio Guggenheim. “¿Qué exposiciones hay ahora?”; le preguntaba yo. “Una de Rothko y otra de ánforas sumerias”, me contestaba. “¿Y qué tal están?” Y se encogía de hombros. “No sé, no las he visto”. Pero yo pensaba que no iba a verlas por hartazgo, porque después de pasarse ocho horas vendiendo los catálogos y las postales y los posters de las exposiciones, lo último que le apetecía en su tiempo libre era ver más exposiciones.

Así que fue cuando empezamos a viajar juntos, o cuando ella empezó a visitarme en Lisboa, cuando descubrí que Miren tenía un particular rechazo por los museos en general, y por casi todas las obras de arte que contenían, en particular. Siempre tenía que insistirle par aque fuéramos a ver un museo de arte; no tanto para esos museos temáticos que ahora tanto abundan: el museo de la mantequilla, el de la marioneta, el museo de la lata de anchoas. Si eran museos de “arte muerto”, como ella los llamaba, tenía muy poco que hacer. “Ya los conozco”, decía, “los he visto cientos de veces, los he estudiado para los exámenes. Ya vale ya”, decía.

A los museos o galerías de arte contemporánea aceptaba ir sin tanta insistencia, pero los resultados no solían ser muy buenos. Básicamente, podían pasar dos cosas: que la exposición no le gustase, o que sí le gustase.

Lo más habitual, de hecho, es que la exposición no le gustase, y con “no gustarle” me refiero a que le horrorizaba, le indignaba, le sacaba de sus casillas. Entonces se ponía de un humor espantoso y empezaba a despotricar contra los museos, los curadores y por supuesto los artistas, capaces de aceptar que su obra se mercantilizase de aquella forma y se inscribiese en el sistema neoliberal de dominación simbólica capitalista. Todo esto, a gritos, sin respetar el silencio de iglesia que suele imponerse en los museos por algún motivo. Los guardias de seguridad le pedían que hablase más bajo, y ella se negaba (y entonces nos invitaban cordialmente a salir) o bien aceptaba, pero era ella misma la que se largaba de allí dando zancadas militares.

(En una pequeña galería del barrio de Embajadores en Madrid, resultó que el artista estaba presente, y por algún extraño motivo no se tomó muy a bien que Miren le llamara “garrapata del capitalismo tardío”. Eso sí, los canapés de salmón estaban muy ricos).

Y si la exposición le gustaba, eso era casi peor, porque entonces se sumía en un estado de reflexión silenciosa que podía durarle horas. Yo al principio intentaba que me dijera en qué estaba pensando, qué era lo que le había gustado o si la exposición le había inspirado para su propia creación. Pero nunca conseguía arrancarle nada, y de hecho mis preguntas parecían molestarle más que otra cosa, como cuando una persona está profundamente concentrada y alguien le molesta preguntándole qué ingredientes quiere en la pizza.

Así que, llegado un punto, dejé de insistir en ir a museos con ella, y cuando nos veíamos en una ciudad que no fuera Bilbao ni Lisboa nos dedicábamos a pasear, a tomar el sol y a comer buena comida, o directamente nos quedábamos sin salir del cuarto del hotel, de la cama del hotel, de la bañera del hotel. Y casi que mejor.

Todo tiempo pesado (II, 3): Padres

En el capítulo anterior: Miren y Santi continúan su relación a distancia.

Una de las cosas que más me preocupaba (lo que demuestra que no tenía preocupaciones muy graves en aquella época) era el momento en el que Miren y mis padres se conocieran. Hasta había previsto cómo y dónde sería: el el aeropuerto, alguna vez que fueran todos a buscarme a la sección de Llegadas. Ya he contado que Miren solía estar allí con una sonrisa en la cara y algún regalo de broma en la mano; mis padres, en cambio, no solían insistir mucho en ir a recogerme, y yo tampoco se lo pedía demasiado, por razones obvias.

Sin embargo, estaba claro que alguna vez mis padres iban a aparecer al mismo tiempo que Miren, e incluso, si ella llevaba un letrero con mi nombre mal escrito (Shanti Pheres por ejemplo) era hasta posible que empezasen a hablar antes de que yo llegase, con resultados imprevisibles.

Naturalmente, durante mi primera relación con Miren no le presenté a mis padres. Miren, aquella primera Miren de los veinte años, llena de pendientes y rabia y camisetas oscuras, no es el tipo de novia que se presenta a los padres; y mis padres, en mi propia post-adolescencia de los veinte años, tampoco eran algo que yo quisiera mostrar a Miren. Ellos supieron que yo estaba con alguien, pero nunca supieron con quién; dudo incluso que supieran cómo se llamaba.

Ahora, claro, las cosas eran diferentes: Miren no era la misma, yo no era el mismo, ni siquiera mis padres eran los mismos porque ahora estaban jubilados y veían la vida con otra calma. Y aun así, me seguía dando miedo ese choque de dos mundos, como un crossover de comic, Alien vs. Predator, Batman y Superman, Dr. Jekyll y Mr. Proper, algo así.

Y al final, se dio la ocasión. “Te espero en el aeropuerto”, me escribió Miren en un sms con muchos smileys. “Te esperamos cafetería llegadas besos”, me escribieron mis padres en un sms sin ningún smiley.

Todo podía ir bien, claro, pero todo podía ir terriblemente mal o, por lo menos (tampoco nos pasemos de melodramáticos) podía ser una situación moderadamente incómoda. ¿A quién besar primero, a la novia o a la madre? ¿Cómo besar a la novia delante de los padres: con casta ternura o con deseo descontrolado? ¿Ponerle la mano en el culo a la novia es aceptable delante del padre de uno?

Durante el vuelo me imaginé la conversación de un montón de formas diferentes. Por ejemplo:

MIREN: Hola, buenos días.
MI MADRE: Hola, qué tal, encantada. ¿Quieres venir a comer un menú del día con nosotros?
MIREN: ¿Un menú del día? ¿Un menú del día con la crisis que hay? Hay mucha gente en el mundo que no puede permitírselo, que no tiene ni para comprar leche.
MI MADRE: Sí, pero…
MIREN: Ya puestos, ¿por qué no vamos a un restaurante con tres estrellas Michelín y champán Moët & Chandon?
MI MADRE: Pero…
MIREN: Supongo que nos estará esperando una limusina a la puerta del aeropuerto para llevarnos, ¿no? ¡Un menú del día, con la que está cayendo!

O bien, a la inversa:

MIREN: Hola, buenos días.
MI MADRE: Hola, qué tal, encantada. Así que tú eres Miren… ¿Y a qué te dedicas?
MIREN: Trabajo en el Guggenheim…
MI MADRE: ¿En el Guggenheim? ¿Como crítica de arte?
MIREN: No, en la tienda. Vendiendo gomas de Puppy. Ja. Jaja. Jajaja.
MI MADRE: ¿En la tienda? No parece un trabajo muy a largo plazo. ¿Y cuáles son tus planes de futuro?
MIREN: Pues…
MI MADRE: ¿Cuáles son tus planes de desarrollo profesional? ¿Dónde te ves a ti misma en cinco años? ¿Qué intenciones tienes para nuestro Santi?

Naturalmente, la cosa no fue así ni mucho menos. Cuando llegué a la recogida de equipajes vi que estaban esperándome juntos Miren y mis padres, así que ya se habían conocido de alguna forma. Cuando salí, mis padres dieron un cortés paso atrás y dejaron que Miren y yo nos saludásemos primero (opción 1: casto beso en los labios sin mano en el culo). Luego, efectivamente, fuimos todos juntos a comer un menú del día, y la conversación fue bastante fluida, con algunos momentos dedicados a desempolvar todos mis trapos sucios de la infancia.

Después, Miren y yo nos fuimos a dar solos un paseo, y le pregunté: “Qué te han parecido mis padres? ¿Terriblemente pequeñoburgueses, convencionales y retrógrados?” “No digas tonterías”, me contestó, “son un encanto”. Intenté buscar en su cara algún rastro de ironía o condescendencia, pero no puedo decir que lo encontrara.

Cuando por la noche volví a casa de mi madre vino a recibirme a la puerta. “Es un cielo esta chica, ¿eh? ¡Un cielo! Qué pena que estéis tan lejos…” Mi padre no decía nada pero aprobaba en silencio.

Esta buena sintonía entre Miren y mis padres debía haberme aliviado, y de hecho me aliviaba, pero al mismo tiempo también me decepcionaba un poco, e incluso me asustaba: ¿tanto habíamos cambiado Miren y yo en los últimos diez o quince años, como para merecer la aprobación sin reservas de mis padres?

“¿Es que nos hemos vuelto convencionales?”, pensé…

Todo tiempo pesado (II, 2): Distancia

En el capítulo anterior: recuperamos las aventuras de Santi y Miren, con todo lo que eso implica.

Nuestra primera relación, la de hacía diez años, también había sido una relación a distancia, en cierta forma: estudiábamos en la misma ciudad y pasábamos mucho tiempo juntos, pero no vivíamos en la misma ciudad, así que también pasábamos mucho tiempo separados. Los fines de semana, cuando nos apetecía vernos, yo iba a Vitoria o ella venía a Bilbao, y a veces, muy pocas veces, nos encontrábamos en un sitio distinto, en San Sebastián por ejemplo (para poder criticarlo, cada uno por motivos diferentes).

Y ahora, diez, quince años después (prefiero no sacar la cuenta exacta) volvíamos a estar en una situación parecida, solo que en vez de una hora de autobús nos separaba una hora de avión.

No es fácil mantener una relación a distancia: es frustrante no poder verse, tocarse, hablarse en persona, no poder compartir las tonterías que pasan todos los días, y que también forman parte de una relación, como cuando a Miren una turista le rompió las gafas en el Guggenheim y yo solo me enteré un mes después, o cuando a mí me dijeron que me iban a publicar un artículo en una revista y no se lo conté a Miren inmediatamente y ya no se lo conté nunca. Y la imposibilidad de saber lo que la otra persona está haciendo cuando no contesta al teléfono y es sábado y es tarde y había quedado con un amigo: de las relaciones a distancia líbrense los celosos.

Es dura la separación de los cuerpos, cuando esos cuerpos quieren estar juntos.

Y sin embargo, al mismo tiempo también es fácil una relación a distancia, porque se evitan las discusiones cotidianas por tonterías cotidianas, y porque los malos humores que provoca la vida siempre se descargan en el que está a nuestro lado en el salón viendo un programa tonto de gente que imita a cantantes famosos, por ejemplo. Y ahora que existen el email y el skype y el facebook y los blogs (Whatsapp no era todavía famoso en la época en la que Miren y yo estábamos juntos), las relaciones a distancia ya no son tan a distancia.

Aunque contra la separación de los cuerpos, contra eso todavía no se ha inventado nada.

Durante aquellos primeros meses, Miren y yo hicimos lo posible por minimizar la distancia que nos separaba. Dios, que es sabio, creó Easyjet y le ordenó poner una línea directa Bilbao-Lisboa, así que con suerte y con la debida previsión conseguíamos viajar por 50€ ida y vuelta más gastos de envío, aunque fuera en fines de semana precipitados o en las pocas vacaciones que Miren tenía en el Guggenheim (porque no, Miren no llegó a dejar el trabajo en el Guggenheim, aunque siempre decía estar a punto de dejarlo).

Eran gloriosos, los reencuentros, ya en el aeropuerto donde nos esperábamos siempre que podíamos, a veces con un ramo de flores de plástico o con un cartel en el que nuestros nombres estaban mal escritos -porque nuestra relación, si algo era, era irónica y autoparódica-. Lo que nunca faltaba era la mano (a veces mía, a veces suya) que disimuladamente bajaba de la cintura al culo, el taxi apresurado hasta casa, el polvo fogoso y alegre y casi siempre demasiado rápido, así que luego venía otro polvo más reflexivo y pausado.

Otras veces, pero pocas, porque el dinero no daba para mucho, Miren y yo nos reuníamos en una ciudad distinta, por ejemplo Madrid (para poder criticarlo, cada uno por motivos diferentes), en fines de semana igual de apresurados y en hoteles lo más baratos posible sin llegar a caer en lo cutre o en lo contagioso. Esos eran probablemente los días de más felicidad de nuestra relación.

Y así, como uno se acostumbra a todo, Miren y yo también nos acostumbramos a la rutina de la distancia y la videoconferencia y los encuentros en el aeropuerto y los polvos de aterrizaje con la maleta por deshacer.

Todo tiempo pesado (II, 1): Para entrar en calor

En la temporada anterior: Miren y Santi se reencuentran y deciden retomar su antigua relación romántica.

Un día de noviembre, cuando llevábamos aproximadamente tres meses de nuestra nueva relación, Miren me mandó por email un dibujo que había hecho. “Es una estampa lisboeta”, me dijo.

En la imagen (pintada al carboncillo, aparentemente) se veía una casa bastante destrozada, con desconchones y manchas de humedad en las paredes, como muchas que se ven en los barrios de Alfama o Mouraria, por ejemplo. En el centro del dibujo había una señora mayor asomada a una ventana, mirando hacia la calle; frente a ella, colgando debajo de la ventana, había un tendedero lleno de ropa colgada, incluidas varias bragas, sujetadores y trapos de cocina, todo mezclado. En la esquina había dos gatos: uno de ellos urgaba entre unas bolsas de basura medio abiertas, y el otro miraba a la vieja de la ventana con cara de escepticismo estoico (o sea, con cara de gato).

-Es muy bonito -le dije a Miren-, creo que lo voy a imprimir en papel bonito y lo voy a enmarcar.

-No hagas eso, hombre, que no es para tanto.

-Sí es, sí. ¿Y cómo así se te ocurrió pintar esto?

-Pues no sé, estaba pensando en ti y me vino es imagen… Esa imagen somos tú y yo, ¿no te parece?

No le dije ni que sí ni que no, porque no estaba seguro de lo que quería decir. Tampoco le pregunté. No sabía si me veía a mí como el gato que rebusca en la comida y a ella como a la vieja que espera en la ventana, si nosotros dos éramos los gatos, o si yo era la vieja y ella la bolsa de basura; o a lo mejor nosotros éramos el edificio, la vieja representaba el inexorable paso del tiempo y los gatos eran simplemente gatos… Con Miren, quién sabe.

Sea como sea, por culpa de esa frase no me atreví a imprimir y enmarcar el dibujo como había dicho: me daba miedo que contuviese algún mensaje que yo no era capaz de interpretar, por algún motivo, pero que el resto del mundo entendería perfectamente. “¿Has visto ese cuadro? Dice que Santi es un cornudo”, o bien “La posición de la mano de la vieja significa que Santi es malo en la cama”, o “¡Así que Miren piensa que Santi no sabe cocinar!”. Yo qué sé, la paranoia no se rige por la lógica.

La siguiente vez que Miren vino a visitarme, lo primero que hizo nada más entrar en casa fue buscar el cuadro por toda la casa, porque yo no le había dicho que al final no lo había imprimido y enmarcado. Se molestó, intentó ocultarlo, no lo consiguió, discutimos, luego nos abrazamos y nos reímos y follamos y todo estuvo bien.

Pocos días más tarde, con Miren ya de vuelta en Bilbao, me llegó un mensaje de Miren. “Para que entres en calor”, decía, porque yo me había estado quejando del frío que pasaba en mi casa lisboeta. El dibujo era un desnudo femenino, de una mujer con las piernas abiertas y los músculos tensos, la cabeza tendida hacia atrás, la cara oculta, la espalda arqueada quizás a causa de los temblores de un orgasmo. No me costó mucho reconocer a Miren en aquel cuerpo, aunque más bien a la Miren de los veinte años que a la de ahora.

“Joder”, le contesté a vuelta de correo. “Joder”. Pero tampoco ese dibujo tuve valor para imprimirlo en papel bonito, enmarcarlo y colgarlo en mi salón.

En el próximo episodio: Miren y Santi, a distancia.

Todo tiempo pesado (14): Epílogo

En el capítulo final: Miren y Santi se plantean si vale la pena intentar una relación a distancia.

Uno de esos días en Lisboa que Miren y yo pasamos en la cama como si no hubiera un mundo fuera de ella, Miren se incorporó un poco apoyándose en los codos, me miró y me preguntó:

-¿Por qué no escribes sobre esto? ¿Sobre nosotros?

Yo al principio no supe qué contestar.

-¿Sobre nosotros?

-Sí, sobre esto, sobre nuestra historia, hace diez años, ahora… Creo que te vendría bien…

-No lo sé, creo que me daría vergüenza contar algo tan íntimo.

-¡Pero es que es esa vergüenza precisamente la que tienes que vencer! En tus cuentos siempre hay un personaje que se llama Santi, pero no eres tú. Es un personaje. En realidad es una máscara más que usas para no mostrarte. En cambio, si escribieras sobre nosotros, realmente… Sería bueno para ti. Un ejercicio literario, pero también una terapia contra tu miedo al rídiculo…

-¿Y a ti no te daría vergüenza aparecer así… desnuda? Tú ya me entiendes.

-Pah. A mí, ¿quién me conoce? Además, yo ya he aparecido desnuda en otros sitios peores, no te olvides… Pero no me hagas parecer una loca…

-¿No has dicho que tenía que ser realista? -le contesté, y me gané un puñetazo en el hombro.

En fin, le dije que iba a pensármelo, y al final decidí que sí, que iba a intentarlo. Ella iba a ser Lynn para mi personal Montauk. “¡Muy bien!”, me contestó, entusiasmada. “Ah, y si necesitas un epígrafe, yo tengo uno perfecto para ti. Es de Cristina Peri Rossi.

FIN
de la primera temporada de Todo tiempo pesado