Todo tiempo pesado (II, 13): ¿Barcelona? (Finale)

En el capítulo anterior: Santi se pregunta si está siendo justo con Miren (y consigo mismo).

-¿¿¿Barcelona???

-Sí, Barcelona. Hace tiempo que lo vengo pensando.

-Pues nunca me habías dicho nada.

-¿Por qué debería habértelo dicho?

-¿Porque somos pareja?

-Ya te lo estoy diciendo ahora.

-Con la decisión tomada.

-¿Es que tengo que pedirte permiso para tomar una decisión, o qué?

-Permiso no, pero podías haberlo comentado conmigo…

-¿Por qué, si es una decisión que no te afecta?

-¿Que no me afecta?

-No, no te afecta.

-¿Que no me afecta?

-¿En qué te afecta, a ver?

-¡En que eres mi novia!

-¡Vaya mierda de argumento!

-¿Y no has pensado en cómo puede afectar a nuestra relación?

-¿Así que nuestra relación es más importante que mi felicidad?

-¡No he dicho eso!

-Qué tenía que haber hecho entonces, ¿eh? ¿Preguntarte si te parecía bien?

-No, no es preguntarme si me parece bien, es decir: “mira, Santi, he estado pensando”… ¿Y a qué te vas a ir a Barcelona tú? ¿Qué se te ha perdido en Barcelona?

-Pues para empezar, que no es Bilbao. Ni Vitoria. Y hay unos Masters de ilustración y diseño gráfico muy chulos.

-No me digas que ya te has matriculado en alguno…

-No… Sí… He hecho una prematrícula.

-Tócate los cojones.

-Oye, que te den por culo, a ver si vas a resultar un puto machista al final.

-¿Machista por querer que mi novia me diga que se va a mudar a mil kilómetros de distancia?

-¿Y qué querías, que me viniera a Lisboa contigo? ¿A trabajar de camarera? ¿A pasarme todo el día en casa tirada? ¿A chuparte la polla? ¿A qué iba a ir yo a Lisboa?

-No tenías que venirte a Lisboa… ¡Pero podías habérmelo dicho antes!

-¡Te lo estoy diciendo ahora!

-Las parejas no funcionan así, Miren, cada uno tirando por su lado.

-Pero tú nunca has pensado dejar tu trabajo y venirte a Bilbao para estar conmigo, claro…

-¡Porque yo tengo un trabajo! ¡Y me gusta!

-Y yo no, y soy una fracasada, no te jode…

-Igual lo que pasa es que estás escapándote. De todo, de Bilbao, y de tus padres, y de ti misma. Y de mí también.

-Qué imbécil eres… ¡Te crees muy listo!

-A mí no me hables así.

-¿Me vas a decir cómo puedo hablar, también?

-Te digo que no me hables así. Que no me faltes al respeto.

-Estoy harta, Santi, harta.

-Pues qué bien.

-Necesito tiempo.

-Claro, porque espacio ya tienes. De aquí a Barcelona, concretamente.

-No me entiendes. Necesito tiempo porque no sé lo que quiero, no sé quién soy, y contigo respirándome en el cogote no lo voy a descubrir en mi puta vida.

-O sea que la culpa es mía.

-No digo eso.

-La culpa siempre es mía. De todo.

-No digo eso. Pero ahora mismo necesito tiempo.

-Está bien. Está bien. En fin…

-No te vayas así, espera…

-¿Y cómo quieres que me vaya?

-No te vayas así…

-Adiós, Miren…

-Te llamo cuando llegue a Barcelona.

-¿En serio?

-Te llamo.

-¿Me lo estás diciendo en serio?

Miren hizo un gesto como para levantarse y darme un beso o un abrazo, pero yo ya estaba saliendo por la puerta.

Lo normal habría sido que esa noche no durmiera nada bien, pero fue justo al revés: dormí como si nunca más fuera a despertarme, como si ya no quisiera despertarme nunca más.

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Todo tiempo pesado (II, 12): La espada en el aire

En el capítulo anterior: Miren no puede estarse quieta.

A medida que pasan los capítulos y se acerca el final de la segunda temporada, me pregunto si estoy siendo justo con Miren, y si estoy consiguiendo reflejarla tal y como ella es, en toda su grandeza y en toda su contradicción. “Miren es una pedorra”, me dice una lectora, “Miren es una moñas”, me dice esa misma lectora unos capítulos más tarde, y no sé si esto es un éxito o un fracaso por mi parte: de hecho Miren es una persona, y como tal puede ser a veces una pedorra prepotente convencida de su superioridad moral sobre el resto de lemmings que viven a su alrededor, y al mismo tiempo ponerse triste y vulnerable y volverse moñas y pedirme que la abrace y que le acaricie el pelo y que le dé un beso antes de dormir.

Miren es dura, pero no es indestructible.

Me pregunto si estoy consiguiendo contar las oscilaciones de una relación, y en especial de una relación a distancia. No cabe duda de que al principio yo estaba más implicado en la relación que Miren: era yo el que insistía, el que pedía, el que necesitaba. Pero con el paso del tiempo yo me adapté a la distancia mejor que Miren; diría incluso que la distancia empezó a hacérseme cómoda porque me daba al mismo tiempo seguridad emocional e independencia. Y sexo fogoso y ocasional.

Curiosamente, me cuesta mucho menos escribir sobre la Miren joven, la de hace diez años, porque esa Miren ya no existe, está lejana en el tiempo, es una historia cerrada y que ya puedo narrar, porque sé cómo termina; le he dado un sentido en mi memoria (lo que no quiere decir que ese sentido sea el correcto, si es que existe un sentido correcto para las cosas que nos pasan en la vida). En cambio, la Miren actual, la Miren con la que estoy saliendo ahora y a la que le pasan estas cosas que cuento, no sé qué va a ser en mi vida dentro de tres meses, seis meses, veinte años. ¿Será la madre de mis hijos o una loca con la que espero no volver a encontrarme nunca porque me clavó un tenedor en el ojo a modo de despedida?

Por eso, cuando Miren me dijo que quería irse a Barcelona (en ese punto estábamos) me resultó difícil procesar esa información y encajarla no solo en el contexto de nuestra relación, sino también en la forma de pensar de Miren. A lo mejor solo soy yo: me cuesta generalizar incluso dentro de la vida de una misma persona.

Había muchos interrogantes en el aire: ¿estaba Miren siendo egoísta al pensar en irse a Barcelona, añadiendo distancia a la distancia? ¿Estaría siendo yo egoísta si le decía que era una egoísta? ¿Se iba a Barcelona para encontrarse a sí misma, o para huir de sí misma? ¿Estaba siendo dura o frágil; pedorra o moñas? ¿Iba a suponer el final de nuestra relación, o solo un nuevo ciclo?

La respuesta que yo diera a estas preguntas, claro, condicionaba la forma en la que iba a contar todo lo que contase a partir de ese momento; quizás condiciona ya, de hecho, retrospectivamente, todo lo que ya he contado sobre Miren. ¿Soy fiable cuando hablo de Miren? ¿Podría dar a Miren más voz en estos textos, hacer que pase de objeto a sujeto? ¿Sería este culebrón muy diferente si copiase aquí las cartas o, mejor, los emails que Miren me escribía -debidamente corregida su ortografía y su puntuación para no hacer daño a los ojos de ciertos lectores-?

Cuando Miren dijo que se iba a Barcelona, hizo temblar el sentido de todas mis narraciones sobre ella. (No es fácil mantener una relación con el gato de Schrödinger, y no solo porque araña).

Lo que estaba claro es que con esta noticia la segunda temporada del culebrón se estaba acercando a su fin.

Todo tiempo pesado (II, 11): Lo que no se mueve, se muere

En el capítulo anterior: Miren deja su trabajo.

Cuando pienso en la Miren de los veinte años, la de nuestra primera relación, siempre me la imagino moviéndose: andando, corriendo, saltando, follando, quemando un cajero, pintando un graffiti. En mi memoria no hay fotos de aquella Miren, solo vídeos. Parecía un juguete al que nunca se le acababa la cuerda: alguien que la conociera peor que yo podría haber pensado que se metía coca o algo así, pero yo sabía que no, que era pura energía, pura juventud. Parecía que no podía estarse quieta un momento, y que si se paraba se iba a morir, como un pez que no puede dejar de moverse hacia delante o un avión que apaga los motores en pleno vuelo.

La Miren de ahora, la de los treinta años, no era ya la misma, claro, ya no tenía la misma fogosidad (auto)destructiva, y en nuestra relación presente habíamos pasado largos momentos de calma tirados en el sofá o en la cama o sentados en bares y cafeterías, hablando, leyendo o simplemente observando a la gente.

Y sin embargo, cuando Miren dejó su trabajo y se quedó en paro, descubrí que había algo esencial en ella que seguía siendo cierto: Miren necesitaba actividad constante, novedades, iniciativas; si no, entraba en un proceso de caída, otra vez, como un avión que apaga los motores en pleno vuelo.

Los primeros días fueron tranquilos. Fueron, en realidad, como unas vacaciones. Yo aproveché que había un día festivo en Lisboa y me fui a Bilbao para un fin de semana largo, que pasamos haciendo cosas de enamorados, o mejor, cosas de ancianos: tomar cafés, ir al cine, dar vueltas por el parque, dormir. Era un proceso de descompresión necesario, después de haber pasado varios años en esa especie de submarino de titanio que es el Guggenheim.

Pero luego yo me volví a Lisboa, Miren volvió a casa de sus padres en Vitoria, y pronto vi que no se estaba adaptando bien a la inactividad. “¿Qué has hecho hoy?”, le preguntaba yo cuando skypeábamos por las noches. “Nada”, me contestaba ella. “Pero cómo nada. Nada no será, algo habrás hecho”. “No, nada”. Y así, todos los días. Cuando insistía un poco más, por fin me describía alguna de sus actividades del día: “le ayudo a mi madre con la casa, voy a hacer recados para mi padre, he comprado el pan y el periódico…” Y esto venía de la misma chica que una vez había rasgado un cuadro fauvista de un artista holandés, porque “justificaba el conformismo burgués que dio lugar al imperialismo, el colonialismo y el genocidio”.

Yo la animaba a pintar; sus padres la animaban a buscar otro trabajo; ella no hacía ni una cosa ni otra. “Todavía estoy de luto”, decía, pero en realidad la impresión que daba era la de una máquina que estaba oxidándose cada vez más, y que llegaría el día en que no podría volver a ponerse en movimiento aunque quisiera.

Además, la inactividad le agriaba el carácter. Claro, el desempleo es duro, la falta de ocupación es dura, ataca a la autoestima, favorece los pensamientos negativos. No digo que Miren tuviera la culpa; pero, visto desde fuera, y con cierta perspectiva, resultaba chocante que Miren no advirtiera su propia decadencia ni hiciera nada para evitarlo.

Afortunadamente, como nuestra relación estaba en un buen momento desde la reconciliación post-parisina, Miren no cargaba contra mí sus malos humos. Yo, por mi parte, oscilaba entre el novio perfecto que escucha las quejas de su novia y da consuelo cuando es consuelo lo que se pide y cuando no se queda calladito; y el novio egoísta que está harto de escuchar las quejas de su novia y solo quiere pasar una tarde tranquila y divertida por una vez. No estoy orgulloso de estas oscilaciones, pero tampoco voy a flagelarme por ellas: solo soy humano.

La situación también nos afectaba como pareja en otro sentido: como estaba en paro, y como el paro que le daban era una miseria y sus ahorros no demasiados, Miren se puso en modo ahorrativo. Eso significaba no venir a verme a Lisboa, sino que tuviera que ir yo a Bilbao (o mejor dicho, a Vitoria) todas las veces, y significaba también que los planes que podíamos hacer juntos se reducían mucho: nada de cenar fuera, nada de cine o teatro, cafés y cervezas los justos y estirando al máximo el tiempo que pasábamos en la cafetería o en el bar… En fin, que nos pasábamos la mayor parte del tiempo en casa de sus padres, lo que también era bastante limitador en otros aspectos, porque el dormitorio de Miren estaba justo al lado del de sus padres, y el padre podía estar sordo, pero la madre tenía un oído de tísico, como se decía cuando todavía había tísicos.

Por fin, la crisis hizo crisis a finales de marzo. Yo estaba en una reunión para organizar un congreso, y cuando terminó y miré el móvil tenía tres llamadas perdidas de Miren, dos de su madre y varios mensajes de cada una de ellas. Al parecer había habido una bronca terrible, no me enteré muy bien sobre qué, y al final Miren se había largado dando un portazo y no sabían adónde había ido (lo que en sí no sería preocupante, tratándose de una mujer de treinta y tantos años, si no fuera porque era la primera vez que Miren salía a la calle en más de una semana).

Por fin conseguí hablar con Miren, que estaba rabiosa (no se me ocurre otra forma mejor de describirla). En cualquier caso, Miren rabiosa era un estado más deseable que Miren deprimida, así que no hice demasiado para calmarla. Me volvió a contar lo que ya me había intentado contar en los mensajes, y volví a no enterarme demasiado bien. Había habido gritos, acusaciones, algunas lágrimas, se habían reavivado viejas discusiones y se había vuelto a los mismos traumas de toda la vida, que existen en todas las familias que se precien.

El resultado era que Miren estaba furiosa, y que ya no había vuelta atrás al mundo de la pasividad y la autocompasión.

-Ya no puedo más, Santi -decía Miren-, ya no puedo más. Yo me largo -decía-, me largo. Me largo. Ya no puedo más.

-¿Pero adónde vas a ir? ¿Te vas a venir aquí conmigo? -le contestaba yo, con tanta esperanza como miedo.

-No, a Barcelona. Me voy a ir a Barcelona.

-¿A Barcelona?

-Sí.

-¿Barcelona?

-…

-¿¿¿Barcelona???

Todo tiempo pesado (II, 10): Miren deja el trabajo

En el capítulo anterior: Santi le manda un mensaje muy desagradable a Miren.

Y por fin Miren dejó su trabajo, o mejor dicho, le hicieron dejar su trabajo, o mejor dicho todavía, Miren hizo que le hicieran dejar su trabajo. Yo no estaba allí, así que no puedo contar de primera mano lo que pasó, pero según Miren fue algo parecido a esto.

Era un lunes, lo que ya en sí es un mal principio. Miren y yo acabábamos de pasar el fin de semana juntos y habíamos hablado mucho sobre el futuro, la vida, el arte y su significado, así que Miren estaba en un estado de ánimo algo soñador y lo único que le apetecía era que le dejaran en paz un rato para pensar, para estar consigo misma y meditar sobre todas esas cosas. Cualquier trabajo mecánico, como hacer inventario o reetiquetar todos los productos de la tienda le habría servido; cualquier cosa antes que tener que atender al público.

Naturalmente, le pusieron a atender al público. Y a media tarde, cuando Miren ya estaba contando los minutos para irse a casa y olvidarse del Guggenheim y de todo lo que representaba, en el mundo del arte en general y en su vida en particular, entró una señora. Miren la describió como una puta gorda burguesa con cara de llevar veinte años sin follar, pero ya digo que yo no estaba allí así que no puedo decir si la señora llevaba veinte o quince años sin follar.

Y lo peor no es que la señora fuera gorda o burguesa (siempre, según Miren), sino que además era pesada, engreída e ignorante. Iba manoseándolo todo con la nariz muy estirada, como si oliera mal, dejando manchas de sudor en las postales, arrugando las esquinas de los pósters, desdoblando las camisetas de cualquier tamaño y diseño sin hacer el mínimo esfuerzo por volver a dejarlas dobladas.

Y entonces se acercó a Miren, y le dijo algo en una lengua extranjera que Miren supone del norte de Europa (lo que quiere decir, de Alemania para arriba). Cuando vio que Miren no le entendía, otra vez con la nariz empinada y cara de superioridad se pasó al español, un español muy correcto pero muy poco natural.

-Le pido disculpas por mi incómoda interrupción, estoy buscando regalos bonitos para llevar a la familia -dijo, o algo así.

Una cosa que Miren y yo compartimos son los problemas de acidez estomacal, y aquella mujer estimulaba la bilis más que un bocadillo de bacon con queso y pimientos picantes. A pesar de todo, Miren consiguió comportarse con profesionalidad y dedicó la siguiente media hora (“de reloj”, dice ella, “¡media hora de reloj!”) a enseñarle lápices, gomas, ceniceros y llaveros, sin que se decidiera a comprar ninguno: todo le parecía caro, feo o malo.

Por fin, pareció volver a su idea original y escogió cuatro o cinco reproducciones de tamaño medio y las puso encima del mostrador. Pero todavía no parecía decidida. Cogió una de ellas, que reproducía la famosa vaca amarilla de Franz Marc, y le preguntó a Miren:

-Perdona, joven, pero ¿no se puede conseguir este cuadro en azul?

Y ahí a Miren se le saltó la tapa; no sé cuál exactamente, pero alguna tapa.

-¿En azul? -le dijo, o dice que le dijo-. ¿Lo quieres en azul? ¿Y por qué no le pides a tu puta madre que lo pinte de azul con el coño?

Es probable que la historia esté un poco exagerada: a Miren, a pesar de su aburguesamiento paulatino, le seguía gustando dárselas de revolucionaria inflexible ante la pedantería o el clasismo. En todo caso, algo grave debió ser, porque la señora puso una reclamación (a la que lamentablemente no he tenido acceso), y Miren tuvo una discusión con su supervisor después de la cual le notificaron, de forma amable pero inflexible, que estaba despedida. (Si el despido fue consecuencia de la reclamación de la señora, o de las cosas que Miren debió decirle a su supervisor, eso ya no lo sé y probablemente nunca lo sabré).

Esa noche Miren me llamó en algo que podría calificarse como estado de shock. Se le había pasado el cabreo, por lo menos en su parte emocional (que no en la intelectual), y contaba lo que había pasado como si le hubiera pasado a otra persona, o como si no fuera a tener consecuencias y al día siguiente pudiera volver al Guggenheim como si no hubiera pasado nada.

-Así que me han despedido -decía, con un tono que parecía más bien corresponderse a una conversación de ascensor sobre el tiempo.

-¿Y tienes derecho a una compensación? ¿Al paro?

-No lo sé, no lo he preguntado. Supongo que sí, no sé, con la mierda de contrato que tenía… Casi prefiero que no me den nada, que se jodan -decía, como si no fuera ella la que estaba jodida.

-¿Y ahora qué vas a hacer? -le pregunté, por fin..

-No lo sé -me contestó-. No lo sé… -Y después de una pausa para pensarlo:- Vivir.

Todo tiempo pesado (II, 9): Quitter

En el capítulo anterior: Miren y Santi se dan un descanso en París.

“Siempre lo dejas todo a la mitad”, le dice a Miren en uno de los emails más duros e injustos que he escrito nunca, escrito en un arranque de rabia nada más llegar a Lisboa. “Dejaste la carrera, dejaste la pintura, dejaste a tu familia y luego dejaste de dejar a tu familia, me dejaste a mí y ahora dejas el Guggenheim. Nunca te comprometes con nada, piensas que todo tiene que ser divertido y ligero, y a veces hay que agarrarse los machos y tirar para adelante, y tragar mierda y hacer cosas que no nos gustan. Tú te emocionas con algo y la emoción te dura seis meses y luego pasas a otra cosa y dejas a la gente tirada si hace falta. Y empiezas otra cosa y parece que ya no te acuerdas de la cosa anterior. Ya solo espero el día que me digas que me dejas a mí, y que tienes a otro en la recámara, y luego le dejarás a él y así hasta el infinito y más allá. Yo quiero seguir contigo, Miren, pero ya empiezo a ver que soy otro proyecto que vas a dejar a medias. Otra vez.” Era un email largo, incoherente y confuso; no parecía mío.

El email era duro e injusto no tanto porque no dijera cosas que eran verdad, sino por el momento y la forma de decirlo. Ya en mi primera relación con Miren había notado esa costumbre suya de emocionarse con la novedad exageradamente, como si cada idea que se le ocurriera fuera una genialidad y cada historia en la que se embarcase supusiera un antes y un después en la historia del arte y de la humanidad. Y esto, en aspectos que iban desde lo mínimo hasta lo trascendental: cursos de idiomas abandonados después después de tres sesiones, cambios de asignatura a mitad del semestre, planes de viajes que había que cambiar a última hora porque lo que de verdad había que conocer ya no era Granada sino Sevilla, y luego ya no era Sevilla sino Córdoba…

Era también injusto por personalizar en mí (de una forma bastante egocéntrica, por cierto), cuando la verdad es que en nuestra segunda relación nuestra Miren estaba mostrando una constancia y un empeño que no tenían nada que ver con la de nuestro primer intento, que fue -ya lo he explicado otras veces- mucho más explosivo y menos pacífico. Y porque responsabilizar a Miren en exclusiva por el éxito o fracaso de nuestra relación era, bueno, una actitud bastante infantil. Y porque ¿qué clase de novio era yo, si cuando más vulnerable y más decaída estaba mi pareja, en lugar de apoyarla hacía leña del árbol caído, o a punto de caer?

Sabía todas estas cosas en el momento de escribir el mensaje, y aun así le di a “enviar” nada más terminarlo. Si hubiera esperado un rato más, probablemente lo habría borrado, como he hecho tantas veces con mensajes semejantes, y el mensaje se me habría quedado quemándome por dentro como una rabia secreta que de alguna otra forma habría terminado por estallar.

Así que mandé el mensaje y me fui a dormir todo lo que Miren y yo no habíamos dormido en París. Cuando desperté tenía dos emails cortísimos de Miren. “¿Crees que no lo sé?”, decía el primero, y el segundo: “No quiero dejarte. No quiero que me dejes”. No era el tipo de mensaje que esperaba recibir como respuesta al mío; me sentí inmediatamente como un gusano, como el gusano que vive de lo que el resto de gusanos no quieren.

Llamé a Miren y le pedí perdón de todas las formas que se me ocurrieron, y Miren también me pidió perdón a mí, aunque yo no tenía del todo claro por qué. Lloré, lloró, lloramos. Nos prometimos amor eterno, o por lo menos amor hasta un plazo de tiempo razonable. Luego me fui a la página de la TAP y me compré un billete a Bilbao para el siguiente fin de semana. El resto del día nos lo pasamos enviándonos mensajes inusualmente cariñosos. (Todavía los guardo).

Creo que nunca he visto más claro el sentido de la palabra “catarsis” que aquel día.

Todo tiempo pesado (II, 8): Interludio

En el capítulo anterior: Miren y Santi discuten por culpa de Alicia.

 

No quiero que el que lea este blogculebrón piense que Miren y yo andábamos siempre a la gresca, que es lo que puede dar la impresión leyendo las dos últimas entradas. En realidad, como toda pareja que ha pasado los primeros meses de enamoramiento tontorrón, teníamos nuestros buenos y nuestros malos momentos, y cuando los momentos eran buenos eran muy buenos.

Por ejemplo, pocas semanas después de nuestra discusión por culpa de Alicia, Miren y yo hizimos un viaje juntos a París. Una amiga suya, también pintora, podía dejarnos su apartamento durante una semana, conseguimos vuelos baratos… Además era invierno, lo que hacía prever que los turistas iban a ser molestos pero no insoportables… (¿Pero por qué necesito justificarme para decir que pasé un fin de semana con Miren en París?)

Fueron unos días maravillosos, y en este caso no me da vergüenza usar un adjetivo que puede sonar algo cursi. Desde que nos encontramos en el aeropuerto -yo llegué un par de horas antes y la esperé leyendo en un banco-, fue como si no existiera el mundo, como si no tuviéramos ningún problema ni como pareja ni como personas ni nada, y como si nos hubieran quitado quince años de encima y nos hubieran convertido en los jóvenes estúpidos y románticos que no éramos cuando teníamos dieciocho años.

El apartamento de su amiga quedaba un poco en las afueras, pero nos daba igual: cogidos de la mano, mirándonos a los ojos como idiotas, hasta viajar en un metro atestado y apestoso nos parecía entrañable. Era como si nos hubiéramos vestido el cliché de la pareja enamorada, y hubiéramos descubierto sorprendidos que nos encajaba como un guante. Y era muy agradable, siempre que no se pensara demasiado en el asunto. Creo que ninguno de los dos terminaba de reconocerse muy bien en aquella tregua que nos habíamos concedido, pero ninguno de los dos quería tampoco rascar demasiado, para no descubrir cómo de fina era la cáscara del huevo.

Hicimos todo lo que se supone que hay que hacer cuando se va a París en pareja: subimos a la torre Eifell, paseamos por el Sena, A pesar de los problemas de Miren con los museos, nos atrevimos con el Musée D’Orsay y con el Museo Rodin, y la cosa no puedo ir mejor: Miren se puso soñadora, creativa y cariñosa, y hablamos durante horas de arte, pero no del arte que se hace en el mundo ahora mismo, sino del arte como capacidad humana casi mágica de crear cosas donde antes no había cosas.

(El Louvre en cambio ni lo mencionamos, porque los dos sabíamos el efecto que iba a tener en Miren ver la masa de turistas sacándole fotos a la Gioconda, con posibilidades de alguna agresión incluida)

Durante toda la semana hicimos el amor varias veces por día, al despertarnos, al acostarnos, al volvernos a acostar, siempre de una forma suave y cómplice, llena de risas, caricias y miradas a los ojos. (Si hubo algún tirón de pelos no fue demasiado fuerte, y en todo caso a veces el guión lo exige). Probamos cosas nuevas que a los dos nos apetecían pero que ninguno de los dos se atrevía a sugerir… y vimos que algunas eran buenas y otras no tanto.

Y después dormíamos abrazados, para sobrellevar mejor el frío del invierno en París, y porque cuando vas en pareja a París por primera vez tienes que pasar la noche abrazado, aunque no duermas. Y nosotros dormimos.

El último día lo pasamos sin salir del apartamento, prácticamente sin salir de la cama, cálidamente deprimidos por la necesidad de volver a separarnos. Luego limpiamos el apartamento, pusimos las sábanas a lavar, hicimos las maletas y nos fuimos para el aeropuerto a coger nuestros vuelos respectivos.

Aunque los dos teníamos ya hecho el check-in, llegamos al aeropuerto con dos horas de anticipación (culpa mía, que me estreso cuando tengo que viajar). Las pasamos en una de las muchas cafeterías del aeropuerto, cogidos de la mano y comiendo nuestro último croissant francés, que es otra de las cosas que hay que hacer cuando estás en París en pareja.

Cuando faltaba una media hora para mi embarque, Miren me apretó la mano un poco más fuerte todavía.

-Santi -me dijo-, hay una cosa que no he querido decirte hasta ahora para no estropear estos días en París.

-¿Qué pasa? -le pregunté, asustado.

Miren esperó un momento antes de contestar, como planteándose si no estaría metiendo la pata.

-Voy a dejar el trabajo en el Guggenheim. En cuanto llegue a Bilbao, les digo que me voy, y que se busquen a otra.

-¿Otra vez estamos con esas? -salté, entre sorprendido e indignado.

No sé exactamente qué fue lo que me molestó: si la circularidad de que estuviéramos teniendo la misma conversación un año más tarde, la premeditación de haber ocultado esta información hasta el último momento, o el que la decisión estuviera tomada sin que me la hubiera consultado o por lo menos comentado de antemano.

-No sé por qué te pones así -me contestó Miren, no sin razón.

-Yo tampoco lo sé, pero ahora no tengo tiempo de averiguarlo. Ya están llamando para mi vuelo.

Le di un beso largo pero sin abrir los labios, nos abrazamos sin demasiado calor y nos fuimos cada uno por nuestro lado. (En realidad, en sentido estricto yo me fui por mi lado y ella se quedó en el café esperando su vuelo).

Antes de montarme en el avión, sintiéndome bastante mal conmigo mismo, le mandé un sms: “Sabes que te quiero, ¿no?” Y ella me contestó casi inmediatamente con otro que decía: “Claro que lo sé :)”. (Porque una cosa es una cosa y otra es otra).

Y con eso, y con montarme en el avión de vuelta a Lisboa, se acabó nuestra tregua, nuestro interludio, y volvimos a la vida real de las discusiones y las decisiones difíciles, que la verdad es mucho más interesante que una semana en París.

Todo tiempo pesado (II, 7): Enter Alicia

En el capítulo anterior: Santi y Miren tienen una discusión por unas llamadas perdidas.

 

En esto como en lo de las llamdas perdidas habrá quien piense que fui un insensible y quien piense que Miren exageró, y quien piense que seis de uno y media docena del otro.

Lo que pasó es que pocos días después de la bronca con Miren, que poco a poco (o eso creía yo) iba cayendo en el olvido, publiqué en el blog uno de mis relatos de Alicia, uno en que Alicia no salía especialmente mal parada. Tampoco especialmente bien parada: simplemente salía.

Esa noche llamé a Miren por Skype para charlar un rato mientras cenaba y antes de irme a dormir. Enseguida la noté seria.

-¡Holaaaaaa! -yo.

-Hola -ella.

-¿Qué tal el díaaaaa? -yo.

-Bien -ella.

-¿Seguroooo? -yo.

-Sí -ella.

-¿Te pasa algo?

-No, nada. Qué tal tu día.

-Bien, pero ¿qué pasa?

Empecé a temerme que hubiera habido una recaída en la discusión del cine del otro día. A veces estas cosas pasan: a lo mejor había hablado del tema con alguien, y se había vuelto a indignar con el asunto; o a lo mejor simplemente algo se lo había recordado…

-Venga, dime, qué te pasa -insistí.

-Ya he leído lo que has publicado hoy en el blog…

-Venga, no cambies de tema, qué te pasa.

-No estoy cambiando de tema. Te estoy diciendo que he leído lo que has publicado hoy en el blog.

Aquello era tan inesperado que me costó un poco comprender a qué se refería.

-¿El cuento… el cuento de Alicia?

-Sí, el cuento de Alicia.

-¿Pero qué…? ¡Ni que fuera la primera vez que escribo sobre Alicia!

-No, no es la primera vez, pero antes no tenías una novia de verdad. ¿Qué va a pensar la gente que lo lea?

-Y qué va a pensar la gente, a ver dime.

-Pues que las cosas que cuentas de Alicia, en realidad se refieren a mí. Van a pensar que yo soy Alicia, con otro nombre.

-¡Nadie piensa eso! Todo el mundo sabe que el blog es literatura…

-¡Eso te crees tú! Tú te crees que todo el mundo tiene un master en teoría literaria y distingue la ficción de la realidad y el autor del narrador y todas esas mierdas. ¡Santi, la gente piensa que todo lo que escribes te ha pasado! ¡Eso es así!

-¡Pero si no hace tanto me animabas a que escribiera sobre nosotros!

-¡Eso es diferente! Si quieres escribir sobre mí, escribe sobre mí, sin máscaras. Sin jueguecitos. Que la gente sepa que tu novia soy yo, y no que estás hablando de mí sin dar la cara… Aprovechando para quejarte de lo mal que te trato llamándome Alicia…

-¡Pero si escribo cuentos de Alicia desde mucho antes de conocerte!

-Ya bueno… Pues entonces la gente va a pensar que a quien realmente quieres es a Alicia y no a mí.

Me pareció que con ese comentario estábamos entrando en otro terreno diferente.

-No tiene nada que ver con eso.

-¡Sí tiene que ver! No me jodas que tienes celos de Alicia.

-No.

-Sí. Reconócelo.

-Bueno, pues puede ser. Puede ser. ¿Y? ¿Por qué no voy a tener celos? Seis… Siete meses llevamos ya saliendo juntos, y tú sigues escribiendo tus fantasías sobre una mujer que vuela y que se transforma en serpiente y que yo qué sé…

-Pero Miren, si tú sabes que Alicia en realidad…

No terminé la frase, porque mirándola a través del Skype, viendo cómo habría los ojos esperando a que la terminase, me di cuenta de que era eso lo que en realidad me pedía Miren: una confirmación, una verbalización de algo que no había dicho nunca. Una sumisión, por decirlo así, de una parte de mí mismo, no sé si por deseo de poder o por inseguridad. No quería que dejase de escribir sobre Alicia, pero sí necesitaba que dijera, por lo menos delante de ella, que Alicia, en realidad…

-Esto es una tontería -le dije-. Para estar así, es mejor que lo dejemos.

-El qué, ¿la relación?

-¡No, la relación no! La conversación.

-Ah bueno. Vale.

-Vale.

-Pues hasta mañana.

-Hasta mañana.

-Adiós.

Y así.