Los padres de la Revolución Huérfana

A continuación se presenta una lista con los nombres de los 50 promotores de la Revolución Ruritana (que ha pasado a la historia como la Revolución Huérfana). Tachados aparecen los nombres de quienes, tras el fracaso de la revolución negaron cualquier vinculación con los sublevados y proclamaron pública y enfervorizadamente su lealtad al Emperador.

    1. Jaroslaw Aasmanten (Corregidor de Burgund por orden del Emperador antes de la Revolución, siguió siéndolo durante la Revolución, y volvió a serlo después de la Revolución, y a nadie le sorprendió)
    2. Petter Doberwospt (Juez de paz de Burgund, pasó la Revolución metido en un tonel)
    3. Johannes von der van ter Mittist (herrero, aficionado a la caza)
    4. Asdrúbal (perro de cazadel anterior)
    5. Abigail Lammbart (maestra jubilada, su participación en la Revolución consistió fundamentalmente en lanzarles libros a las tropas del Emperador)
    6. Jacob Petterson Izhazhi (sin oficio conocido)
    7. Luckasz Matterlecek (limpiador de armaduras y cotas de malla, vinatero)
    8. Illiov Matterlecek (hijo del anterior: diseñador de interiores, cocinero).
    9. Gustavo von Archiband (Archiband II, mercader de cotas, botas y otras cosas que riman)
    10. Carolus Es Lmmmanino (banquero, prestó dinero para la Revolución Ruritana, después del fracaso de la Revolución lo cobró con intereses)
    11. Pedro González López (turista, pasaba por ahí, le gustó, se involucró, se arrepintió, se fue)
    12. Abraham Costas Mnemnomnes (librero; abandonó Ruritania cinco años después de la Revolución, no por culpa de la Revolución sino porque en Ruritania no leía nadie)
    13. Celeste (prostituta)
    14. Mijail Retornino (mesonero)
    15. Mijail Retornino (hijo del anterior)
    16. Mijail Retornino (hijo del anterior, nieto del primer Mijail Retornino)
    17. Mijail Retornino (sin relación con los anteriores: es pura coincidencia)
    18. Mijail Retornino (esto ya no puede ser coincidencia; cabe la posibilidad de que se trate de un seudónimo colectivo)
    19. Alfred Jefferstender (tendero, murió tres años antes de la Revolución, pero aun así su nombre apareció entre los convocantes, y también entre los desconvocantes)
    20. Josef Kistwsaswicz (¿quién?)
    21. Pavlv Tlatlcoclptl (explorador, descubridor, conquistador: se cuenta que una vez llegó hasta París, pero en realidad quería ir a Prusia)
    22. Excelentísimo General Mariscal Coronel Gerhard von Bisvaffe (sacerdote)
    23. Johan Steptter (vendedor de ganado al pormayor)
    24. Steptter Johan (comprador de ganado al pormayor)
    25. Womuba (vaca)
    26. Camilo Valladelcorpo (tenor, director del coro de la iglesia, compositor de canciones ruritanas milenarias)
    27. Nellida Avant (Escritora, bajo el seudónimo de Rodolf Bombont)
    28. Dr. Magfrid Polttalep (médico, farmacéutico, carnicero)
    29. Leopold von Archiband (Archiband III, mercader pero menos)
    30. Lluís Libpman (Agregado cultural del consulado catalán en Ruritania)
    31. Hermeng Palmer (Periodista, autor de inflamados artículos a favor de la Revolución; después de la Revolución se cambió de nombre y firmó inflamados artículos sobre agricultura)
    32. Jesper Conk (Filósofo, o sea, vago, rentista, maleante)
    33. Artur Champs(vidriero, hizo fortuna reparando los desperfectos provocados por la Revolución, la mayoría por él mismo)
    34. Kollovan Petrov (historiador; a él se debe la frase “Ruritania o será independiente o no será, o bueno, si eso que siga como hasta ahora”)
    35. John Smith (origen y profesión desconocida; es posible que los promotores de la Revolución introdujeran algún nombre de relleno)
    36. Serge Matcamps (cantero, masón, escultor, arquitecto, tejedor en sus ratos libres)
    37. Lord Banverry-Melifest (noble terrateniente, único en su especie que apoyó la Revolución a pesar de que tenía mucho más que perder en ella de lo que podía ganar, y a pesar de todo salió ganando mucho más de lo que había perdido)
    38. Paul Lennegan (padre)
    39. Paul Lennegan (hijo)
    40. Paul Lennegan (hermano; para distinguir al primer hermano Paul del segundo hermano Paul, al segundo nunca lo llamaban)
    41. Gregor von Archiband (Archiband IV, sifilítico)
    42. James Staplin (abogado, ¿hace falta decir más?)
    43. Aurora Pooang (pintora; autora de acuarelas de tamaño gigantesco que retrataban la Revolución, que luego con unos retoques se convirtieron en pacíficas marinas venecianas)
    44. Un búho.
    45. Stefan Stefanescu (organista de la catedral, en un incendio se le quemó la mitad de la cara, se mudó a París, etc.)
    46. Mickael Allopp (intelectual, quiera eso decir lo que quiera decir)
    47. Ivan Cherfil (ajedrecista; el hecho de que no hubiera ningúnn otro ajedrecista en Ruritania puede ayudar a comprender su apoyo a la Revolución)
    48. Penélope Janvier (personaje literario, dedicaba su vida a posar para escritores, como otras posan para pintores)
    49. Martha Llopptz (relaciones públicas, consiguió por diversos medios altamente innovadores la financiación para la Revolución; después de su fracaso, montó una confitería)
    50. La armadura de los Archiband

Historia de la literatura ruritana (y 8): Final

¿Terminó efectivamente la literatra ruritana en 1918, con la desaparición de Ruritania? Responder que sí, que la literatura ruritana cesó bruscamente en una fecha determinada, demuestra no entender nada de cómo funcionan los fenómenos literarios y culturales. Responder que no, que la literatura ruritana no dejó de escribirse después de 1918, demuestra no entender nada de cómo funcionan los ruritanos.

Parece evidente que el idioma no debió desaparecer inmediatamente con la pérdida de la independencia política de Ruritania, dividida y disuelta entre Francia, Alemania y Bélgica en proporciones que nadie conoce con exactitud. Pero también parece evidente que una lengua como el ruritano, que dejó de ser oficial, dejó de enseñarse en las escuelas, dejó de utilizarse en las iglesias, en los juzgados, en los periódicos, en los ministerios y en las asambleas de vecinos, pronto tiende a dejar de usarse también en los mercados, las tabernas, los prostíbulos y las casas de juego. En el caso del ruritano, no se sabe cuándo murió su último hablante (si es que murió, que a lo mejor todavía vive oculto en una buhardilla parisina), pero sí se sabe que a este último hablante ni se le hubiera pasado por la imaginación poner nada por escrito en una lengua tan primitiva e impropia para las cosas literarias.

Hay que tener en cuenta que esta actitud no es muy diferente de la que tenían los ruritanos cuando tenían una literatura propia: siempre tuvieron plena consciencia de su propia torpeza (de la que se culpaban a sí mismos más que a la propia lengua, y razón no les faltaba) y por ello, como se ha demostrado tantas veces a lo largo de esta historia, eran reacios a escribir lo que pensaban y a publicar lo que escribían, e incluso cuando lo escribían y publicaban, en el proceso de su conservación y comunicación a las generaciones futuras eran descuidados o directamente destructivos. (Se sabe, por ejemplo, que la biblioteca de Lord Petriffew Aaaqbalam, una de las mejores de Burgund a mediados del sigo XVII, sirvió de alimento a sus caballos durante un invierno especialmente duro).

De ahí que tan pocas huellas hayan llegado a nuestros días, y que haya tan pocas esperanzas de recuperar más manuscritos o impresos. De ahí que no exista, en toda Europa, ni una sola cátedra o Departamento de Estudios Ruritanos, y que nadie, salvo yo, haya escrito una sola línea, en publicaciones especializadas o divulgativas, sobre la literatura, la cultura o la historia de Ruritania. De ahí que cuando hable de Ruritania en círculos académicos, mis colegas me miren con condescendencia, suspicacia o desprecio.

Se esperaría ahora de mí, como investigador y experto en literatura ruritana (si es que alguien puede ser experto en algo que no existe, o de lo que se sabe tan poco que es como si no hubiera existido) un lamento por tamaña pérdida y un llamamiento a su recuperación urgente. Pero no lo haré. Estoy ya resignado: lo que se ha perdido, a lo mejor es que debía perderse. Y muchas de las páginas que se han conservado son tan pobres, que ojalá también se hubieran perdido. Quizás haya literaturas, y naciones, destinadas a desaparecer en la noche de los tiempos sin dejar memoria de su existencia. Y en todo caso, ¿quién soy yo, un simple crítico literario, para oponerme a la imparable labor selectiva del tiempo, que todo lo trilla y todo lo tritura?

La literatura ruritana ha muerto. ¡Viva la literatura ruritana!

 

Breve historia de la literatura ruritana

Historia de la literatura ruritana (7): El Retorno

La época de la Farsa es la última etapa originalmente creativa de la literatura ruritana. A partir de 1815, tras la desaparición de la amenaza napoleónica (que afectó a Ruritania de forma dramática, como todo el mundo sabe), la literatura ruritana comenzó una regresión hacia el pasado que le hizo recuperar los relatos orales de la Edad de Oro; el existencialismo suicida de la Crisis, la exaltación romántico-patriótica de los Hervores y, finalmente, los balbuceos fónicos de los inicios. A principios del siglo XX, cuando las literaturas europeas ensayaban el modernismo, el surrealismo, el futurismo, el dadaísmo y todos los demás -ismos, la literatura ruritana se había reducido a una sucesión de tatatatatas y tetetetetes.

Los académicos más historicistas explican este retorno a los orígenes como una consecuencia natural del romanticismo nacionalista, obsesionado por el mito de los orígenes y por recuperar las auténticas esencias populares patrias. Los ruritanos, según esta interpretación, siguieron el dictado de los románticos al pie de la letra, y se hundieron en su propio pasado hasta llegar al principio último de su lengua. Una interpretación biologicista de la historia literaria propondría, en cambio, que en el siglo XIX la literatura ruritana había alcanzado su vejez y presentía ya próxima la muerte, y por lo tanto, como sucede con los ancianos, había ido perdiendo progresivamente toda memoria de sí misma excepto la más remota, la de la infancia, que es siempre la última que se pierde.

Sea cual sea el motivo, esta involución pasadista dio origen a un fenómeno único en Europa: el anti-Ossianismo. Si el Ossianismo consiste en escribir falsas producciones literarias antiguas y hacerlas pasar por verdaderas, el anti-Ossianismo ruritano consistió en la apropiación de auténticos escritos antiguos, haciéndolos pasar por originales modernos, recién salidos de la pluma. El anti-Ossianista más famoso de Ruritania fue, sin duda, Lauoienko Pppers, quien copió, a mano, los seis mil versos de un poema épico impreso en la época de los Hervores, aunque prácticamente olvidado, solo para poder decir que se le acababa de ocurrir a él. Cuando se descubrió su impostura, su fama creció aún más, por haberse tomado tantas molestias y haber tenido tan buen gusto al elegir el poema plagiado.

Hubo en la época una larga polémica (en la que dicen que incluso terció uno de los hermanos Schlegel, aunque no se sabe cuál de ellos porque nadie conseguía distinguirlos) sobre si las producciones ruritanas del Retorno eran inferiores, superiores o iguales a las producidas durante los periodos originales. Una línea de opinión decía que una copia nunca puede ser superior al original, y que por lo tanto older is always better; otra línea de opinión decía que la literatura progresa adecuadamente, y que por lo tanto toda producción actual subsume y supera a todas las anteriores, es decir, que newer is always better; una tercera y última línea de opinión decía que qué más da, que se dejasen ya de pendejadas literarias que no valían un carajo y trajesen más cerveza (o lo que es lo mismo, beer is always better). Parece ser que esta tercera línea fue la defendida por el hermano Schlegel en cuestión.

Así pues, cuando llegó la Primera Guerra Mundial, en la que, sin saberlo, Ruritania estaba cometiendo un inexplicable suicidio nacional, su literatura estaba sumida en un estado de parálisis e infantilismo casi total. Si no se hubiera muerto por sí sola, habría habido que eutanasiarla. El último estertor, el último esfuerzo creativo del voluminoso e insano corpachón de la nación ruritana, fue un poema de Óscar Arcebindo Josewich, que copiamos en su integridad a continuación.

TA

Ta.

Óscar Arcebindo Josewich

 

Breve historia de la literatura ruritana

Si un Burgund cae en medio del bosque pero nadie lo oye…

Los alumnos de Historia de Ruritania a menudo me preguntan: “Profesor, ¿y qué fue de Burgund? ¿Fue destruida durante la guerra, arrasada por un incendio, asolada por un terremoto?” Y yo les contesto: “Nada de eso: Burgund se conserva intacta”. “Pero entonces, profesor, ¿cómo se llama Burgund actualmente?” “Burgund se llama Burgund”, les digo. Eso los desconcierta. “Burgund sigue en el mismo sitio, a medio camino aproximadamente entre Prusia y París, y bastante bien comunicada por carretera. De hecho es relativamente fácil llegar a Burgund si se quiere; el problema es que nadie quiere”. Me miran incrédulos. “Si entráis en Google Maps”, continúo, intentando ponerme a su nivel, “e introducís las coordenadas geodésicas exactas de Burgund, podréis ver Burgund, con su río, su plaza, su catedral y su palacio archiducal. A lo mejor hasta conseguís identificar la casa de los Archiband, y si tenéis mucha suerte y el satélite ha sacado la fotografía con el ángulo correcto, a través de la ventana conseguiréis ver la armadura roñosa del hall de la casa de los Archiband. Claro que para eso haría falta saber las coordenadas geodésicas exactas de Burgund. Yo no las sé”, añado, adelantándome a su siguiente pregunta. Entonces un alumno, por regla general el más espabilado de la clase, levanta la mano y pregunta: “Pero entonces, profesor, ¿eso significa que Ruritania todavía existe? ¿No nos dijo usted ayer que desapareció para siempre en 1918?” “Querido amigo, no se ha enterado usted de nada”, contesto más que nada para bajarle los humos a este mocoso. “Burgund está hecho de piedras y árboles y ríos y casas. Esas cosas no desaparece porque uno deje de pensar en ellas. En cambio, Ruritania es una idea. Una idea bonita, romántica si se quiere, pero una idea. Y las ideas sí pueden desaparecer.” Naturalmente, esto provoca más preguntas de las que resuelve, pero por suerte para mí ya se ha terminado la clase, la asignatura, el semestre, el curso, la carrera, la universidad, todo.

Historia de la literatura ruritana (6): la edad de la Farsa

Dicen que el teatro tiene dos vidas: la del papel y la de la escena, la bidimensional y la tridimensional. En Ruritania, durante prácticamente todo el siglo XVIII, el teatro tuvo una sola vida, la vida. El teatro se infiltró en todos los resquicios de la actividad pública y la intimidad privada de los ruritanos, hasta mimetizarse con ella, de manera que un buen monólogo trágico resultaba indistinguible de una auténtica escena de sufrimiento físico o mental.

Todo empezó, si tenemos que creer a los documentos (que también existe la posibilidad de no creerlos, pero entonces, ¿qué nos queda?) como una inocente distracción de burguesoaristócratas burgundenses aburridos.

A finales del siglo XVII casi todas las fiestas de las mejores familias ruritanas incluían una representación teatral. Una representación teatral que reproducía los haceres y decires que aquellos mismos burguesoaristócratas que constituían su público. Los burguesoaristócratas adoraban aquello, claro. ¡Qué trágicos eran sus destinos, oh, oh, cómo sufrían por amor, por celos, por engaños, por incomprensión paterna o materna! (Claro que, a diez metros de distancia, sus súbtidos menos favorecidos sufrían de hambre, frío, enfermedades incurables, mutilaciones laborales, alcoholismo feroz, muerte prematura, pero todo eso no cuadraba muy bien con las reglas de las tres unidades).

Luego, en algún momento de la década de 1720 o 1730 (de eso no nos han llegado documentos), a algún barón o baronesa, duque o duquesa se le ocurrió que, si aquel teatrillo los representaba a ellos, o a otros como ellos, quién mejor que ellos para encarnar esos personajes. Y así, en fiestas, soirées y saraos varios los propios burguesoaristócratas se prestaron para representar los papeles de burguesoaristócratas compuestos especialmente para la ocasión por los mejores escritores  (bueno, por los que había a mano) de Ruritania.

La evolución de este inocente entretenimiento fue asombrosa. Al principio estaba limitada a unos veinte o treinta minutos de espectáculo antes de la cena. Después fue creciendo hasta fagocitar la fiesta entera. Y después salió de la fiesta y se extendió a toda la red de interacciones sociales de Burgund.

Una primera evolución consistía en que los anfitriones de la fiesta adoptaban un personaje para toda la velada, y uno de los retos de los invitados era provocarlos hasta conseguir hacerles salir del personaje. Más tarde, algunos invitados empezaron a recibir también instrucciones sobre cómo comportarse en la fiesta, encarnando determinado rol (el borracho, el impertinente, el desinformado…); hasta que, finalmente, todos y cada uno de los invitados a estas fiestas terminó por representar un personaje de principio a fin, de manera que nadie sabía quién era nadie ni cuáles eran sus verdaderos problemas, lo que no es muy diferente de lo que sucede en la mayoría de las fiestas solo que en este caso se debía a motivos artísticos.

Naturalmente, la pequeñaburguesía no quería quedarse al margen de los entretenimientos de la burguesoaristocracia, solo que, como no podían organizar fiestas de tanto postín, montaban sus propias representaciones en el Casino, o en el restaurante o en el café de moda.

Pronto los campesinobreros se dieron cuenta de que algo pasaba, porque los pequeñoburgueses se comportaban de maneras todavía más raras de lo normal, y hablaban como si tuvieran un palo atravesado en la boca. (Los campesinobreros no habían reparado en idéntico comportamiento por parte de los burguesoaristócratas, porque los campesinobreros rara vez se mezclaban con los burguesoaristócratas en situaciones sociales, e incluso entonces les parecían animales llegados de otro planeta).

De cualquier modo, llegó un momento en que los campesinobreros se enteraron del motivo del comportamiento errático de los pequeñoburgueses, y ellos también decidieron que querían jugar a ese juego que se llamaba teatro, en tabernas, mercados y plazas. Como no había escritores para todos, y como además no tenían con qué pagarlos, los papeles eran cada vez menos escritos y más improvisados a partir de un guión muy general. No había trama: la propia vida era la trama.

La situación llegó a ser muy confusa. Nadie, en ningún punto de la escala social ni en ninguna situación o lugar, sabía si el resto de las personas estaban actuando, pero al mismo tiempo se consideraba de mal tono preguntar. Algunas personas escogieron, o recibieron, papeles absolutamente distantes de su yo real, mientras que otras los escogieron, o recibieron, tan semejantes a sí mismos que en la práctica eran incapaces de saber, ellos mismos, quién decía y hacía las cosas que ellos hacían y decían.

Toda la sociedad ruritana se vio envuelta en una turbamulta en la que no se sabía si se estaba hablando con una persona o con un personaje, ni si los contratos y los rituales, los matrimonios y los funerales que se celebraban tenían validez o eran parte de la ficción colectiva. Se dio el caso, dicen, de un matrimonio de burgundeses de clase medioburguesa, que solo en 1792, después de quince años casados y ya con dos hijos, descubrió que realmente estaban juntos por amor, y no porque así se lo pidieran los personajes, como habían supuesto hasta entonces.

La moda terminó violentamente en 1796 cuando un burgundés de buena fe, en un discurso histórico ante la asamblea regional de Burgund, se preguntó si en el resto del mundo no estarían también representando papeles como ellos: si los reyes serían realmente reyes, los duques realmente duques, los generales realmente generales y los Papas realmente Papas, y si no serían en realidad todo un teatrillo, lo que justificaría marchar todos juntos hasta Viena, Roma o París para pedir un nuevo reparto de papeles o, como si dijéramos, un nuevo barajeado de las cartas.

En este punto, las autoridades (o aquellos que hacían el papel de autoridades en ese momento) juzgaron que la broma ya había llegado demasiado lejos, detuvieron al insurrecto (que luego en el juicio se defendió diciendo que en realidad solo estaba representando el papel de insurrecto) y declararon prohibida cualquier representación teatral, privada o pública, improvisada o leída, durante un plazo de treinta años.

Como se puede entender, muy poco queda de toda esta literatura (si puede llamarse así) dramática ruritana, lo que ha llevado a ciertos críticos malintencionados a decir que nunca existió. A lo mejor yo mismo soy uno de esos críticos, no lo sé.

 

Breve historia de la literatura ruritana

Historia de la literatura ruritana (5): la Edad de Oro

Si la literatura ruritana ha producido algún escritor que merezca entrar en el selecto canon de los genios universales (nótese la forma condicional de la frase), ese autor es sin duda Letyybo Allus, más conocido por el seudónimo de Logos Aureus, que en ruritano quiere decir “El de la boca podrida”. (Al parecer tenía un aliento fétido).

Se ignora casi todo sobre Logos Aureus: se supone que nació en Burgund, o quizás en las afueras de una ciudad que empezaba a ser lo bastante grande como para tener afueras, pero no se sabe exactamente en qué año, ni en qué década. Yo propongo que debió de ser en torno a 1615, porque cuando en 1645 tenemos por primera vez noticia de él, era ya un señor entrado en años y en carnes, con dos hijos, bigote, un perro y un inseparable bastón con puño de plata. Y nadie se compra un bastón con puño de plata antes de los treinta. O un bigote.

Logos Aureus es autor de una obra tan vasta y variada como inexistente: drama, novela, ensayo, poesía, todos los géneros literarios habidos y por haber, Logos Aureus no escribió ni una sola línea en ninguno de ellos pero en todos ellos llegó a ser considerado un maestro absoluto.

La fama de Logos Aureus no se debe, efectivamente, a lo que llegó a escribir, sino a lo que decía estar escribiendo. Entre 1645 y 1682 (fecha de su muerte), Logos frecuentó, día tras día la taberna “El cuello del caballo”, en el centro de Burgund, y durante horas y horas entretuvo a los parroquianos con una descripción tan detallada de sus próximos escritos, que si entre su audiencia hubiese habido (pero no lo había) otro escritor con un mínimo talento (pero no lo había), ese otro escritor (pero no lo había) habría podido construir toda su obra solo a partir de los planes e ideas del maestro. Sus descripciones eran tan vívidas y sus sinopsis tan completas, que muchos de sus oyentes juraban haber leído sus obras, y haberlas encontrado magníficas, dignas de ser traducidas a todas las lenguas imaginables y a algunas de las inimaginables. Ese era el verdadero poder de la palabra de Logos Aureus.

En el momento de hacerse famoso (o en el primer momento en que su fama queda documentada), Logos Aureus estaba escribiendo “una novela sobre un hombre que viaja a Venecia a lomos de un asno, hasta que descubre que el asno es en realidad el demonio y que no le está llevando a Venecia sino a Estocolmo” (esto dicho por alguien que nunca estuvo en Italia ni en Suecia, y que probablemente nunca salió de Ruritania). Después le tenemos, en 1764, escribiendo un drama en tres actos sobre la vida de Keltup Amaarel, guerrero turco famoso por su ferocidad y por tener un ojo de caucho. A los cincuenta y cinco años, más apaciguado, decía estar componiendo un largo tratado sobre la infelicidad, basado en las experiencias vitales y en las enseñanzas filosóficas de su perro Pufto.

Pero sin duda la obra que gana le da fama inmortal a Logos Aureus, o mejor dicho, que le podría haber dado fama inmortal si la hubiera escrito, es su gran epopeya sobre la historia nacional ruritana, titulada Hasta nuestras fronteras si alguien nos dice por dónde, que condensa (condensaría, habría condensado) todas las glorias patrias en más de ochenta mil endecasílabos de rima consonante en -tja. Hay que aclarar, para evitar confusión, que en sus noches de gloria, rodeado ya por la práctica totalidad de los burgundenses, Logos Aureus no recitaba su poema épico, sino que lo describía: “En las siguientes treinta estrofas narro la batalla de Lopitja, en que los héreos ruritanos se enfrentaron a una bandada de murciélagos que, etc.” Y así durante horas, días, semanas, meses, años.

Cuando Logos Aureus murió, una turba de admiradores arrambló con sus posesiones en espera de encontrar entre ellas la obra magna, definitiva, inmortal. Se abrieron cajones, armarios, cofres; se tiraron abajo las paredes, se levantaron las tablas del suelo, se derribaron los falsos techos; no se dejó piedra sobre piedra ni silla sobre mesa ni vaso de agua sin beber. Allí donde había estado la residencia del gran escritor sólo quedó una escombrera post-apocalíptica plagada de ratas. Y a pesar de tan exhaustiva búsqueda no se encontró entre las posesiones de Logos Aureus ni un solo papel, ni un solo borrador rascuñado: ni novela, ni drama, ni poema épico nacional. Nada.

Esta ausencia de pruebas físicas legibles no consiguió que se apagase la fe en la brillantez literaria de Logos Aureus, que siguió más viva que nunca. De hecho, en los años siguientes apareció una legión de seguidores que, con la misma intención pero mucha menos fortuna, proclamaban estar escribiendo obras que causarían admiración en el mundo entero, pero que, naturalmente, nadie podía ver, leer ni casi imaginar. El nacionalismo ruritano inventó, años más tarde, la leyenda de que toda esta incalculable obra literaria de hecho existía, y constituía la auténtica Edad de Oro de las letras ruritanas, pero que fue repartida, disuelta, absorbida por el pueblo (cada hombre un verso) como solo la mejor literatura nacional consigue repartirse, disolverse, absorberse.

Sea como sea, y a falta de mayores investigaciones, podemos sin miedo a equivocarnos decir que el mayor servicio que Logos Aureus hizo a la literatura ruritana fue no escribir, porque nada de lo que pudiera haber escrito está a la altura de lo que dijo estar escribiendo, y a veces es mejor imaginar lo que podría haber llegado a ser, que ver lo que efectivamente fue. O no.

 

 

Breve historia de la literatura ruritana

Homo Burgundiensis

En el otoño de 1847 causó un enorme revuelo en toda Ruritania la noticia de que habían encontrado un esqueleto enterrado entre los cimientos de la antigua catedral de Burgund. Más de uno pensó que podía tratarse de sus hijos desaparecidos (en realidad, sus hijos estaban pegándose la gran vida en París), pero el comité de expertos venidos especialmente desde sus casas declaró inmediatamente que no, que aquel esqueleto era antiguo, muy antiguo, más antiguo que la catedral y que las calles que la rodeaban y que la propia Burgund, si me apuras.

Era un esqueleto, por decirlo con la mayor claridad posible, espantoso. Tenía una mandíbula enorme,  un cráneo alargado y casi cónico, piernas cortísimas y brazos larguísimos; a juzgar por la forma y tamaño de la pelvis se trataba de un hombre, y a juzgar por la desarmonía del conjunto debió ser un hombre feísimo. Hubo quien dijo que se parecía al alcalde, pero la opinión más extendida es que aquel era un ejemplar de una especie desconocida hasta entonces. (Hay que decir, claro, que Darwin no había publicado tudavía su Origen de las especies, y la antropología no era considerada una ciencia, así que prácticamente cualquier especie era desconocida en ese momento).

Para entender en su justa medida el alboroto y el alborozo con el que fue recibido el esqueleto, debe recordarse que los ruritanos estaban furibundamente orgullosos de su pureza, de su aislamiento histórico, de no haberse mezclado, como decían, ni con los romanos ni con los bárbaros. (Tanto es así que hay quien interprete el nombre de Ruritania como R-uri-t-anny, que en lenguaje ruritano quiere decir “los que no son todos los demás”). A algunos les parecerá extraño enorgullecerse de no haber sido “contaminado” por las culturas más avanzadas del continente, pero para los ruritanos no había duda: ellos se bastaban y se sobraban.

Esto significaba que, según la mitología autóctona, los ruritanos tuvieron que surgir in situ, como champiñones, y vivir durante siglos y milenios in situ, procreando los unos con los otros y convertidos todos por lo tanto en primos en menor o mayor grado. De ahí que fuese fundamental para ser aceptado en la clase alta de Burgund, e incluso en la media-alta, el poder documentar cuantas más generaciones de ruritanidad, mejor: si eran veinte mejor que si eran quince. Por ejemplo los Archiband, que solo podían documentar cuatro generaciones (antes eran los Arquebundos, sobre cuyo origen es mejor no indagar), solo eran admitidos en el Casino durante la noche de la matanza del cerdo, y porque alguien tenía que matar al cerdo.

La aparición del esqueleto misterioso, cuya anatomía y antigüedad desafiaba a las mejores mentes de Burgund (mentes que en otras ciudades más civilizadas no habrían pasado de medianas), venía por lo tanto a confirmar la singularidad de los ruritanos, descendientes todos, por así decir, de aquel hombre cabezón y achaparrado con cara de yunque. Está documentado que, durante las décadas de 1840 y 1850, se puso de moda entre los burgundeses el intentar parecerse lo más posible al misterioso hombre antediluviano, así que hombres y mujeres extendían sus mandíbulas hacia delante lo más posible; andaban con los brazos caídos y las piernas dobladas para parecer más bajos, y vestían complejísimos sombreros rellenos que hacían que sus cabezas parecieran oblongas.

La fama y la fiebre por el esqueleto decayó progresivamente en las décadas siguientes, hasta que en 1913 fue redescubierto, colgado en una sala de la biblioteca pública y medio cubierto de polvo, por Joseph Gedenski, un joven científico checo que pasaba por Burgund de camino a París. Pidió permiso para llevarse al homo burgundiensis a Viena para estudiarlo (permiso que fue concedido a cambio de muchas garantías y un buen pellizco de dinero) y prometió enviar sus conclusiones no más tarde del final de la década, lo que en círculos ruritanos pareció una muestra más de la importancia y la rareza del caso.

Joseph Gedenski murió en batalla durante la Primera Guerra Mundial, pero antes de morir, tuvo tiempo de emitir un primer informe preliminar que sugería que el homo burgudiensis era, en realidad, no un esqueleto sino un collage de huesos diferentes (una quijada de burro, un cráneo de vaca, las piernas de un niño…) probablemente mezclados en el fondo de una poza séptica o semejante. Afortunadamente, para cuando tan ofensivo informe llegó a Burgund, Ruritania había desaparecido ya para siempre de la faz de la tierra, y a nadie le importó gran cosa.

Del esqueleto no volvió a saberse nunca más; es posible que fuera triturado y vendido como polvos para sopa.