Exigencias del guión

Había luna llena la noche en que Archiband IV salió a cabalgar desnudo por la estepa ruritana con la intención de secudir o secuestrar (o las dos cosas) a su futura mujer María Luisa, encontrando a duras penas su camino entre el fango, las zarzas y las piedras.

Oigo que un lector pregunta: ¿Y tú cómo sabes que había luna llena? ¿Es que conoces la fecha exacta en que Archiband IV salió a cabalgar desnudo por la estepa ruritana con la intención de secudir o secuestrar (o las dos cosas) a su futura mujer María Luisa, y te has molestado en calcular los ciclos lunares de los últimos doscientos años? ¿O es que tienes en tu poder documentos escritos o visuales que te permitan asegurar a ciencia cierta que había luna llena?

No, respondo, sé que había luna llena la noche que Archiband IV salió a cabalgar desnudo por la estepa ruritana con la intención de secudir o secuestrar (o las dos cosas) a su futura mujer María Luisa, porque si no hubiera habido luna llena esa noche Archiband IV nunca hubiera encontrando ni siquiera a duras penas su camino entre el fango, las zarzas y las piedras, y nunca habría llegado al umbral de la casa de María Luisa, donde ella ya lo esperaba con un gesto curvo -casi como un signo de interrogación- del cuerpo.

Ahá, insiste el lector, pero ¿por qué había luna llena? ¿Es que Archiband IV eligió cabalgar desnudo por la estepa ruritana con la intención de secudir o secuestrar (o las dos cosas) a su futura mujer María Luisa precisamente esa noche porque había luna llena? ¿O, por el contrario, había luna llena porque Archiband IV iba a cabalgar y para que Archiband IV cabalgase tenía que haber luna llena?

Sí, contesto.

¿Sí, qué?, vuelve a preguntar el lector.

Sí, le aclaro, esa noche había luna llena porque Archiband IV iba a cabalgar desnudo por la estepa ruritana con la intención de secudir o secuestrar (o las dos cosas) a su futura mujer María Luisa, y si esa noche no hubiera habido luna llena no habría habido cabalgada, o habría habido una cabalgada infructuosa, o Archiband IV habría muerto despeñado en uno de los numerosos y siempre accesibles precipicios ruritanos, y María Luisa hubiera conservado para siempre en su cuerpo ese gesto curvo (casi como un signo de interrogación).

Y entonces no habría habido historia. Y yo necesitaba que hubiera historia. Especialmente hoy, necesitaba que hubiera una historia.

Delenda est Burgund

Dice la leyenda (que en algunos casos es indistinguible de la historia) que el rey Rigoberto Swatchmenft III de Ruritania dejó escrito y ordenado que cualquier ciudad de su reino que estuviese terminada, o sea, completa, plena, desarrollada hasta el máximo de sus potencialidades, que fuese destruida hasta los cimientos, transformada en ruina y esa ruina en ceniza y esa en ceniza en abono para los campos, y que volviera a ser nuevamente construida desde cero, pero en otro lugar distinto y con otro nombre diferente. Se cree que así desaparecieron de la faz de la tierra y de la memoria de los hombres ciudades como Lelelov, Grossenpinter, Almulicio o Quinquen.

(Los hombres del rey Rigoberto Swatchmenft III y de los reyes sucesivos llegaban a la corte y decían: “Lelelov está terminada, mi señor”, por ejemplo. Y el rey, que como todos los reyes tenía una sólida formación clasicista, contestaba: “Entonces, delenda est Lelelov”. Y Lelelov era, efectivamente, destruida antes de que sus habitantes pudieran entender lo que estaba pasando o quiénes eran esos señores con mazas y antorchas. De ahí que la palabra delenda, raro préstamo latino en la lengua ruritana, haya llegado a significar al mismo tiempo algo muy bueno y algo muy malo: la culminación de un largo trabajo, y la destrucción más absoluta).

Dice también la leyenda que Burgund se salvó de la destrucción porque un alcalde muy astuto (no en vano era alcalde de una ciudad tan importante como Burgund) ordenó que la muralla de Burgund se ampliase en el sector norte, usando para ello piedras extraídas del sector sur, y sin añadir nunca piedras nuevas. De esta forma, la muralla siempre estaba renovándose y devorándose a sí misma de un modo circular e infinito, y se salvaba así de la destrucción. “¿Todavía no han terminado Burgund?”, preguntaba el rey de turno. “Están en ello, señor, les faltan unos veinte metros de muralla”. Y así pasaron los siglos, y Burgund se salvó.

De donde, dicen, viene la costumbre de todas las ciudades del mundo de mantener siempre abiertas y en marcha decenas de obras al mismo tiempo, para que no pueda decirse nunca que la ciudad está terminada. O a lo mejor esto se debe a motivos completamente diferentes…

Emblemas de Ruritania

Debemos al historiador Peter Widewood, en su obra Habitat y tótem, el estudio más exhaustivo dedicado hasta ahora al emblema nacional ruritano. Consta, en concreto, de tres frases: “Por lo que no he podido leer, el escudo bien puede parecerse a los de otras partes de Europa o bien no. Los animales que siempre se representan en estos escudos suelen ser animales que infunden valores – el águila, el oso, el lobo… En el caso de Ruritania los animales varían simplemente porque existía la creencia popular de que al ser cazados se traspasaba su poder al cazador. Por lo consiguiente, los animales representados en el escudo de armas pronto llegaban a su extinción y tenían que ser cambiados cada cierto tiempo…” (Lo que, en realidad, son cuatro frases).

Así fue, en efecto, durante siglos. El primer escudo de armas ruritano que se conserva representa a una golondrina, junto con el tenedor (para indicar su destino gastronómico) y el cucurucho con orejas de burro, cuyo sentido ya hemos indicado en otra parte. Cuando las golondrinas se extinguieron, o cuando fueron lo bastante inteligentes como para evitar Ruritania en sus rutas migratorias, fueron sustituidas en el escudo por una liebre. Las liebres no duraron demasiado: menos de una década después ya encontramos un escudo de Ruritania que presenta un buitre en el lugar central, con el tenedor clavado en el ala y con el cucurucho sobre la cabeza.

No es difícil apreciar una evolución creciente en los animales escogidos. La creencia totémica de la adquisición de los poderes animales debió incitar a los ruritanos primitivos (o sea, hasta el siglo XIX) a perseguir, capturar y devorar animales cada vez más grandes, en la esperanza de conseguir la agilida de una golondrina, la velocidad de la liebre, el oportunismo del buitre, etc. Qué esperaban obtener comiéndose a las nutrias, que aparecen en un emblema recuperado de en torno a 1550, no está demasiado claro.

El escudo de Ruritania solo alcanzó estabilidad en torno al 1800, cuando algún brillante asesor decidió colocar en el centro la figura de un oso. Comenzó entonces una cacería de osos que se mostró tan infructuosa como peligrosa para los cazadores (hay que tener en cuenta que los ruritanos no habían evolucionado demasiado en el arte de la caza desde que perseguían liebres o golondrinas).

Por ello, y dado que la población de osos nunca desapareció, la figura del oso tampoco desapareció del emblema. Solo se invirtió su relación con el resto de los emblemas: el tenedor ya no está clavado en su carne, sino firmemente agarrado en su garra delantera derecha; y el cucurucho de orejas de burro no está sobre su cabeza, sino frente a su hocico, que se acerca en actitud olfateante. Este escudo suele ir acompañado del adagio Sic transit gloria Ruritanii, lo que no solo es latín macarrónico de primero de bachiller, sino que tampoco parece el mejor lema para una nación que dice estar resurgiendo y mira al futuro con esperanza y brío.

De hecho, con la aparición del nacionalismo ruritano decimonónico, que rastreó los orígenes de la nación hasta sus más recónditos principios, y cuando no consiguió encontrarlos se los inventó de cabo a rabo, los padres de la patria decidieron usar una nueva bandera de veinte colores distribuidos ajedrezadamente, y jalonados con el emblema del oso, el tenedor, el cucurucho, el lema. Pronto descubrieron que la bandera provocaba dolor de cabeza y ataques epilépticos, así que se creó una versión simplificada de solo diecinueve colores, en la que el oso tenía orejas de burro y tenedores en vez de garras.

Fue ese el emblema que recibió a los ejércitos prusianos durante la guerra de la independencia, para regocijo de los soldados y sorpresa de los generales, que tal vez por eso decidieron no dejar piedra sobre piedra en Ruritania, “no vaya a ser que estos locos se reorganicen y lleguen a ser algo”.

El rey de Ruritania

¿Tenía rey Ruritania? Es díficil decirlo con certeza. Los propios historiadores están divididos en dos grupos: los que no lo saben y los que no les importa. Debemos por lo tanto recurrir, una vez más, a la conjetura, a la reconstrucción y, por qué no decirlo, a la imaginación.

Lo que es seguro es que cada cierto tiempo (quince, treinta, cuarenta años) una pequeña procesión recorría Burgund, formada por un grupo de personas elegantemente vestidas que llevaban a hombros a un hombre engalanado con un cucurucho con orejas de burro. “Están coronando a otro rey”, solía comentar alguien, pero es imposible saber si era así, o si se trataba de alguna broma, carnaval o despedida de soltero. (De ahí, quizás, que el cucurucho con orejas de burro sea uno de los emblemas de Ruritania)

Había quien afirmaba que en una de las alas del viejo castillo, que incluso los más viejos del lugar recordaban ya en ruinas, vivía un señor muy viejo (siempre era un señor muy viejo, aunque no fuera siempre el mismo señor muy viejo) que se hacía llamar rey y al que atendía una veintena de criados mal alimentados y peor vestidos. De dónde venía su supuesta autoridad real, o si esta autoridad real era real, nadie lo sabía, como tampoco sabían de dónde sacaba el supuesto rey el supuesto dinero para pagar a su supuesto séquito.

(Sin embargo, cada cinco años pagaban religiosamente un impuesto especial monárquico sin hacer demasiadas preguntas, porque pensaban que en realidad se lo quedaba el Emperador, o en su defecto cualquiera de los cuatrocientos burócratas intermedios que había entre ellos y el Emperador).

Aparte de esto, para sus supuestos súbditos, la existencia o inexistencia del rey no tenía demasiadas consecuencias: de cuando en cuando aparecían, es verdad, papeles con edictos reales clavados en las puertas de las casas, pero solían contener órdenes tan absurdas o tan obvias que nadie les hacía demasiado caso: en 1562, el rey de turno ordenó a los ruritanos respirar; en 1613, les ordenó levantarse de la cama antes de volver a acostarse; en 1712, prohibió que ningún hombre o mujer o animal o cosa mantuviese relaciones con un mamut. Y así todo.

Aunque no se sabe si en algún momento existió un rey en Ruritania, lo que sí se sabe es que cuando estalló la Revolución Huérfana de finales del siglo XIX los nacionalistas ruritanos no tenían memoria de que en algún momento hubiera existido una cosa llamada monarquía. De hecho, no tenían memoria de que hubiera existido una cosa llamada Ruritania hasta ese momento. Cuando, ya en el siglo XX, comenzaron las obras -nunca terminadas- destinadas a convertir el castillo en una atracción turística, en una de las cámaras más bajas, donde debería haber estado la cuadra en cualquier castillo normal, encontraron el esqueleto de lo que parecía un señor muy viejo, y una importante colección de orejas de burro momificadas.

Himno anotado de Ruritania

¡Oh, Ruritania,
tú, Ruritania,
oh!
Eres un país.[1]
Tienes ciudades y campos y cosas,
así, en general.

Tus montañas,
o bueno, en realidad, montaña
es, pues eso, una montaña.[2]
Y del río Refer,
¿qué diremos del río Refer?
Nada.
No diremos nada del río Refer.[3]

Tus hombres y mujeres/ovejas[4]
viven en ti,
oh, Ruritania,
porque no tienen ningún otro sitio adonde ir,
pero en cuanto pueden se largan a pastar a otra parte.[5]

Tu historia, oh, Ruritania
no es gloriosa.
De hecho es bastante infame.[6]
Y cuando el destino te dio
una segunda oportunidad
también la desaprovechaste, oh,
Ruritania,
como una imbécil.[7]

En fin, Ruritania, tú misma,
tú verás lo que haces,
yo no digo nada,
tú sabrás.
Vete con cuidadito.[8]

 

Nota final

Las notas a pie de página incluidas en el himno pertenecen con toda propiedad al himno, y deben ser cantadas, o mejor dicho, recitadas en su lugar correspondiente. Por ello, un interpretación completa del himno de Ruritania, con sus repeticiones y sus da capos de rigor, dura aproximadamente diecisiete minutos. Este puede ser uno de los motivos (entre muchos otros igual de válidos) por los que Ruritania no fue invitada a participar en los primeros Juegos Olímpicos Modernos (ni en ninguno de los siguientes). Para ocasiones menos relevantes, existe una versión abreviada del himno, consistente en la repetición salmódica de los tres primeros versos, cuarenta y siete veces.

 

__________________________

[1] Afirmación altamente dudosa en el 99% de los periodos históricos a los que puede referirse.

[2] En realidad, son dos: Plufengflign (“montaña de la derecha”) y Flugengflign (“montaña de la izquierda”), pero están tan cerca la una de la otra que vistas desde Burgund parecen una sola. Para ver las dos montañas separadamente es necesario desplazarse hasta el suroeste de Ruritania, pero ¿quién querría desplazarse al suroeste de Ruritania sin un buen motivo? Curiosamente (o no tan curiosamente, sino con toda lógica), vistas desde el lado francés las montañas invierten su nombre: Plufengflign se transforma en Mongoche y Flugengflign en Mondroit.

[3] Yo tampoco tengo gran cosa que añadir.

[4] Por razones históricas en las que es mejor no indagar demasiado, en algunos dialectos ruritanos se usa la misma palabra (glochchchen) para refererirse a las mujeres y a las ovejas. Esto crea en este verso una ambigüedad políticamente muy incorrecta, pero que a los surrealistas franceses les hizo mucha gracia.

[5] El verbo “pastar” no resuelve la ambigüedad antes indicada, porque puede referirse tanto a los hombres y mujeres que, efectivamente, emigraban en masa en cuanto sus padres miraban hacia otra parte, o a las ovejas, que cruzaban la frontera para pastar en los campos franceses o prusianos en cuanto sus pastores miraban a otra parte.

[6] Este verso, considerado apócrifo por los nacionalistas ruritanos, aparece sin embargo en la versión más antigua del himno, que al parecer fue escrita en las postrimerías de la Revolución Ruritana, o sea, cuando ya se sabía que iba a fracasar y probablemente el autor del himno quería congraciarse con los vencedores.

[7] Definitivamente este himno fue escrito por un enemigo de Ruritania, lo que lo convierte en un himno único en la historia de la humanidad. Y de la música. Y de Ruritania.

[8] En español en el original.

Refer interruptus

Cuando en clase de Geografía se pide a los alumnos que reciten la lista de ciudades por las que pasa el río Refer, en el momento en el que deberían mencionar Burgund, en vez de mencionar Burgund hacen una pausa. “…Velfort, Monvilant, pausa, Lochberg, Swachtrop, Strropf…”, enumeran. Los profesores no se lo explican: ellos no les han enseñado a hacer ninguna pausa, y sin embargo todos los alumnos la hacen: los más despiertos que nunca olvidan nada, y los más lentos que nunca se acuerdan de nada.

El fenómeno se repite en Francia como en Prusia, según pronto se descubre. Se organiza una comisión internacional para estudiar el asunto (algunos quieren ver en esta iniciativa el germen de la Unión Europea, lo que quizás sea ir un poco demasiado lejos) y se decide enviar un explorador que remonte el río Refer y documente cada una de las poblaciones con las que se encuentre en detallados informes etnográficos.

El elegido es Ludwig von Melinback, la primera persona en afirmar haber descubierto las fuentes del Nilo, hasta que se descubrió que lo que realmente había navegado era el Ebro. La expedición dura cinco meses, el presupuesto se dispara, algunos de los exploradores contraen enfermedades que hasta entonces se desconocia que se pudieran contraer en pleno corazón de Europa.

Por fin, Melinback presenta su informe en una sesión plenaria de la Real Sociedad Geográfica de Liechtenstein, ante un auditorio de como mínimo quince personas. Con un tono exuberante e hiperbólico describe su asombro al encontrar todo tipo de animales capaces de producir leche consumible por el ser humano; maravillosas criaturas semejantes a un cerdo pero con colmillos y tremendamente agresivos (“¿Un jabalí?”, le preguntan. “No lo sé”, responde, “nunca he visto un jabalí”) así como poblaciones tan semejantes a las europeas que se diría que, de hecho, eran europeas.

La sorpresa llega cuando el informe se publica en un adornado volumen en tamaño folio, con ilustraciones a mano del propio autor. En el lugar donde debería aparecer el capítulo dedicado a Burgund, se encuentran cuatro páginas en blanco. Los gobiernos francés y prusiano, que habían corrido con los gastos de la expedición, deciden llamarlo para cuestionarlo, o para pedirle un reembolso, pero cuando los emisarios llegan a su casa se lo encuentran muerto en el salón, ahogado con su propio cazamariposas.

Mientras tanto, los niños siguen recitando: “…Velfort, Monvilant, pausa, Lochberg, Swachtrop, Strropf…”

Mapping Ruritania

En 1820, después de que el Congreso de Viena rediseñase las fronteras de Europa en beneficio de los vencedores (¿no es siempre así como se hace?), alguien en las altas esferas de la intelectualidad ruritana se dio cuenta de que, de hecho, las fronteras de Ruritania no podía ser rediseñadas, porque nunca habían sido diseñadas. En otras palabras, no había todavía (¡en 1820!) ni un solo mapa que indicase con precisión los límites ni los contenidos de los territorios ruritanos.

Algo había que hacer, y de hecho en este caso las autoridades ruritanas actuaron con una desacostumbrada sistematicidad científica. En primer lugar, movilizaron todos sus contactos diplomáticos, que no eran muchos, para poder consultar los tratados, edictos, leyes y acuerdos en los que se estableciesen las fronteras de los países vecinos. Pensaban los ruritanos entre sí, muy ufanos: “todo lo que no sea ni Francia ni Prusia, ni Bélgica ni ningún otro país, seremos nosotros”.

Esta aproximación al problema resultó, claro, instatisfactorio. Los tratados, edictos, leyes y acuerdos eran contradictorios, ambiguos y poco fiables. Los países, descubrieron los ruritanos con estupor, no eran muy distintos de los aldeanos mal avenidos que mueven cuando pueden, con nocturnidad y alevosía, los mojones que marcan los límites de sus terrenos. Había, sí, áreas que nadie reclamaba, pero que quedaban tan lejos de Ruritania que habría sido absurdo anexionarlas; y en cambio otras que de hecho podrían anexionarse a Ruritania, pertenecían simultáneamente a dos o más países, si se creía a los documentos. En concreto, un puente que atravesaba el río Refer a su paso por Palhnb pertenecía a Francia según Francia, a Prusia según Prusia, a España según Italia y a Italia según España (no se sabe muy bien por qué).

Visto el fracaso de esta primera táctica, los mandatarios ruritanos se hicieron entonces con los mapas más detallados que pudieron encontrar de la Europa de la época (por ejemplo, la Charte von Frankreich de George Christoph Franz Fembo o una copia del Allgemeine Weltkunde, oder Geographisch-statistisch-historische Übersichtsblätter aller Länder. Ni una sola referencia a Ruritania aparecía en ellos, y en el lugar en el que Ruritania debería aparecer, los cartógrafos empleaban todo tipo de trucos imaginables para disfrazarla: líneas de puntos sin leyenda que aclarase su significado, manchas que podrían ser lagos o selvas o simplemente manchas, inscripciones latinas sin fundamento, dibujos de leones, osos o fieras mitológicas…

Los ruritanos adoptaron entonces una tercera y última estrategia, que pudo parecer absurda y ridícula a ojos de sus contemporáneos (Goethe se burla de ella en un pasaje del Werther muy poco citado) pero que era definitivamente muy avanzada a su tiempo: preguntar a los interesados, o sea, a los súbditos ruritanos. El territorio de lo que se pensaba que podía ser Ruritania (y un poquito más, por si acaso) fue dividido en dieciséis regiones aproximadamente cuadradas; las cuatro regiones interiores fueron excluidas por considerar que su ruritanidad era obvia; y hacia las otras doce regiones fueron enviados emisarios oficiales, acompañados de cartógrados y agrimensores, con un cuidadoso cuestionario de doce preguntas escritas en ruritano y una copia exacta de un mismo mapa en el que debían anotar cuidadosamente sus hallazgos.

La teoría era simple: los enviados gubernamentales debían visitar todos los pueblos, villas, asentamientos o campamentos incluidos en su zona, y en cada uno de ellos realizar el cuestionario a un número suficientemente elevado de individuos como para considerarlo significativo, en función del tamaño de la localidad. (Diez se consideró un número razonable, en la mayoría de los casos). La primera pregunta del cuestionario era, obviamente: “¿Es usted ruritano?”. (Lo que los encuestados no sabían era que incluso quienes contestasen que no a la pregunta eran anotados como ruritanos, porque si contestaban que no quería decir que habían entendido la pregunta, y por lo tanto hablaban ruritano, y por lo tanto eran ruritanos).

Aquellas localidades en los que más de la mitad de la población fuese considerada como ruritana por la comisión de especialistas, eran marcadas en el mapa con la señalada en el mapa con la inscripción Ibi Ruritani; se trazaban después líneas rectas (lo más rectas posibles) entre esa localidad y las demás localidades ruritanas próximas, y todo el espacio interior era coloreado con los dieciséis colores de la bandera nacional, que todavía no había sido diseñada pero se estaba trabajando en ello.

Así, por medios administrativos sin precedentes en el mundo conocido, Ruritania se extendía semana a semana como una tela de araña.

Naturalmente, también este método se mostró inútil, o por lo menos conflictivo, cuando se llegaba a ciertos espacios limítrofes. En primer lugar, porque Ruritania carecía de fronteras naturales: era fundamentalmente una planicie en su zona norte, sin cordilleras ni ríos dignos de tal nombre, y en su zona sur estaba surcada de valles paralelos entre sí y perpendiculares a la hipotética frontera nacional, casi como radios de una circunferencia que tuviese a Burgund como centro. En estos valles las identidades nacionales y lingüísticas eran escurridizas y volubles, en parte porque sus habitantes pasaban una gran parte del tiempo borrachos.

(Por ejemplo, en el valle de Llogenha los enviados oficiales se encontraron con que los aldeanos hablaban algo que era o bien ruritano con acento francés, o bien francés con léxico ruritano. Así pues, escribieron en el mapa Ibi, pero ya no supieron qué escribir en la segunda parte de la frase, lo que ha hecho que ese valle sea erróneamente conocido como Valle de Ibi hasta nuestros días).

Por otra parte, este método era útil para las áreas habitadas, pero ¿qué hacer con las inhabitadas, que no eran despreciables en muchas partes del mapa? A las montañas, ríos o bosques no se les puede preguntar si se sienten ruritanos o franceses, ni observar si tienen los pies peludos o la boca grande (características que se consideraban propias de un ruritano de buena familia). Cuando los cartógrafos ruritanos se reunieron en la Biblioteca Ducal de Burgund para comparar sus resultados, comprobaron con horror que habían adoptado soluciones diferentes y contradictorias para este problema: algunos consideraban que Ruritania acababa exactamente allá donde habitaba el último ser humano digno de llamarse ruritano; otros, en el lugar en el que se encontraba la primera población no mayoritariamente ruritana, y ni un metro antes; y otros más salomónicos intentaban encontrar términos medios más o  menos imaginativos y adaptados a la orografía del terreno.

La confección del mapa oficial de Ruritania decayó durante la década de 1830, y solo volvió a tomar relevancia durante la Revolución Huérfana, en la que se consideró que un mapa de Ruritania, debidamente falsificado para parecer antiguo, sería un arma irrebatible en favor de la independencia. En este primer borrador completo del mapa de Ruritania (que se ha conservado porque Bismarck usó el reverso para escribirle una carta de amor a su prima Clodoveva) las fronteras de Ruritania fueron expandidas 50 Km en cada dirección, porque total, pensaron sus creadores, quién se va a dar cuenta.

El fracaso de la Revolución Huérfana acabó con cualquier interés en separar Ruritania del resto del Imperio Austro-Húngaro, en forma gráfica o en cualquier otra forma, de manera que la elaboración del que sería el primer y único mapa riguroso del territorio ruritano debió esperar hasta 1913, cuando Johann Lav Vapor, un estudioso tan abnegado como aburrido (murió soltero), recuperó los datos cartográficos de la encuesta de 1820; recorrió personalmente cada pueblo fronterizo localizado en el mapa comprobando la evolución de la ruritanidad en los anteriores 93 años, y plasmó sus conclusiones  en el Ruritanische Allgemaine und Cartographic Representation von Coiso.

El mapa demoró siete años en ser dibujado, y solo dos en ser destruido: en los primeros meses de la Primera Guerra Mundial, un proyectil de mortero francés impactó en el archivo parroquial de Burgund (donde se custodiaba el mapa junto con las joyas del obispo y las de su concubina), reduciéndolo a cenizas. En todo caso, no hay que lamentar demasiado su pérdida: desaparecida Ruritania pocos años más tarde, el mapa había perdido su utilidad práctica o ideológica y se había convertido en una rareza bibliográfica, destinada a ser vendida, algún día, en una librería de viejo de Madrid, París o Lisboa, junto con otros mapas de lugares ficticios como Narnia o Mordor o el Infierno o La Mancha.