Rumanía (16): Bucarest

Bucarest tiene fama de ciudad fea. No seré yo quien dedique mi vida a combatir esa opinión, pero sí que me gustaría hacer algunas matizaciones. Desde luego Bucarest no tiene el encanto de Budapest, de Praga o de las grandes capitales del mundo; pero sí que tiene edificios muy bonitos -desperdigados y, en muchos casos, descuidados, eso sí-, y una historia lo suficientemente interesante como para que merezca la pena conocerla. Yo tuve la suerte de pasearme por la ciudad con una pareja de rumanos (uno de ellos arquitecto, para más señas) que me ayudaron a entender cómo Bucarest ha llegado a ser lo que ahora es.

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Basílica de Stavropoleos (siglo XVIII)

En sus comienzos, Bucarest era una ciudad de paso, en las rutas de oeste a este y de norte a sur. Una encrucijada en la que proliferaban las tabernas y las iglesias, fundamentalmente. Con la proclamación de Bucarest como capital de Valaquia en el siglo XVIII, comenzó uno de sus periodos de esplendor, que se tradujo en una creciente actividad comercial, sobre todo alrededor de la calle Lipscani (el nombre viene de los comerciantes de Leipzig que se instalaron en ella). De esta parte antigua, al norte del río Dambovita, queda bastante poco: terremotos, incendios y remodelaciones urbanas -sobre todo durante la época comunista y de Ceaucescu- han provocado que muchos de sus palacetes y edificios estén abandonados, en ruinas o a punto de caerse. De las antiguas posadas solo se conserva una (Hanul lui Manuc); el palacio del voivoda o príncipe de Valaquia está en proceso de restauración; lo que sí se conservan son varias iglesias ortodoxas pequeñas, preciosas, pintadas completamente por dentro, y en ocasiones también por fuera.

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Arco de Triunfo (finales del XIX)

El siguiente periodo de esplendor y expansión de Bucarest comenzó con la independencia de Rumanía (1877), cuando la ciudad fue declarada capital del nuevo reino independiente. Tomando como modelo a París, la ciudad se desarrolló rápidamente hacia el norte, con grandes avenidas, zonas arboladas e incluso su propio “arco de triunfo” (mucho más pequeño que el de París, claro). Esta es la época en la que a Bucarest se la conocía como “el París del este” o “el pequeño París”, y en que la cultura y la arquitectura de la ciudad se situaron, modestamente, a la altura de otras capitales centroeuropeas.

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Palacio del Parlamento

Esta prosperidad y pujanza occidentalizante se rompió con laSegunda Guerra Mundial -los bombardeos en Rumanía fueron intensos-, y con la implantación del comunismo. Muchos de los edificios más elegantes de la burguesía rumana fueron abandonados, la población de la ciudad creció a marchas forzadas a causa de la creación de industria pesada, y se crearon los enormes y monótonos barrios al sur del río, llenos de bloques de pisos de cemento, todos iguales, todos grises. Durante el periodo de Ceaucescu, incendios y terremotos (el más importante, el de 1977), además de la política urbanística del régimen, destruyeron una buena parte de los edificios históricos del centro. En cambio, como todo dictador, Ceaucescu ordenó la construcción de un edificio a la altura de su ego: el impresionante Palacio del Parlamento, el segundo edificio civil más grande del mundo, sólo superado por el Pentágono.

Después de la Revolución de 1989, Bucarest ha tenido sus luces y sus sombras: por una parte, se ha acometido un proceso de recuperación del casco histórico, que se espera que culmine en los próximos años; se han construido nuevos y modernos edificios -principalmente, bancos y hoteles- y se ha lavado la cara a algunos otros. Pero le sigue faltando, para que se convierta en una capital turística y comercial, un adecuado plan urbanístico que le dé cierta personalidad; recuperar algunos edificios magníficos hoy desaprovechados; y sobre todo hacer algo con el tráfico, que es un auténtico infierno, más por la agresividad de los conductores que por la propia cantidad de vehículos.

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Rumanía (15): De la Dacia a la Rumanía actual

Con la excusa de hacerles utilizar el pretérito indefinido, el otro día les pedí a mis alumnos de segundo que me hablasen de algunas de las figuras más importantes de la historia de Rumanía. Y empezaron: “Trajano”. “Ahá, y qué hizo Trajano”. “Conquistó y unificó Rumanía”. “Vale, ¿más?” “Mihai Viteazul” “¿Y ese quién era?” “Un rey que unificó Rumanía”. “Ahá. ¿Más?”. “Alexandru Ioan Cuza”. “Déjame adivinar: unificó Rumanía, ¿no?” “Pues sí, ¿lo conoces?”…

Es que desde un punto de vista de europeos occidentales, la cosa tiene hasta su gracia: ¿cómo puede una nación unificarse y reunificarse tantas veces? Pero claro, hay que recordar que de Francia hacia el este, las fronteras han sido históricamente moldeables como chicle, y moldeables además en función de las grandes potencias de turno (en el caso rumano, fundamentalmente el Imperio Austro-húngaro, el Imperio Otomano y Rusia, las grandes fuerzas que la rodean y amenazan).

Los tres reinos rumanos
Moldavia, Valaquia y Transilvania, hacia 1600

Como casi toda Europa, tras la caída del Imperio Romano Rumanía fue invadida por distintos pueblos, hasta que a finales de la Edad Media cristalizaron en tres reinos (o “voivodatos”) independientes: Valaquia, Transilvania y Moldavia. Los siguientes siglos fueron una lucha constante contra el Imperio Otomano, que amenazaba con controlar toda la región. En esta lucha se destacaron Stefan III de Moldavia (“Esteban el Grande” o “el Santo”) y, sí, Vlad Draculea, más conocido como “Vlad el Empalador, que sirvió de modelo para el Drácula de Bram Stoker.

En el siglo XVI los tres reinos fueron brevemente unificados bajo el reinado de Mihai Viteazul (Miguel el Valiente), pero este espejismo de seis meses dio paso a un periodo de dominación exterior: por el sur, los otomanos cobraban duros tributos a Valaquia y Moldavia -aunque nunca llegaron a conquistar completamente el territorio-, y por el oeste el Imperio Austro-húngaro gobernaba Transilvania. Así continuó aproximadamente la cosa, hasta que en el siglo XIX los rumanos, como tantas otras naciones europeas, sintieron la llamada del nacionalismo.

Los primeros movimientos nacionales coincidieron con la oleada de revoluciones que sacudió Europa en 1848. Unos años después, Alexandru Ioan Cuza consiguió ser elegido Príncipe de Moldavia y Valquia, creando así una unidad bajo su mandato que, sin embargo, no incluía Transilvania. La independencia definitiva, y con los tres reinos unificados, tuvo que esperar hasta 1877, cuando, bajo el mandato del rey Carlos I de Rumanía, y apoyándose en la ayuda rusa, Rumanía consiguió por fin ser reconocida como país independiente por las grandes potencias.

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Gran Rumanía (1918-1940)

A partir de este momento, las fronteras de Rumanía han ido ampliándose o reduciéndose en función de sus alianzas, hasta adquirir su forma actual. En la Primera Guerra Mundial les fue bien, y lograron crear la Gran Rumanía, más extensa que la actual y que incuía, ahora sí, a Transilvania; en la Segunda, primero se declararon neutrales; después, ante el avance invasivo de los ejércitos rusos, decidieron unirse a Alemania e Italia; finalmente, en 1944 cambiaron de bando y colaboraron en la derrota final del ejército nazi. Por el camino, Rumanía había perdido Besarabia (la parte norte de Moldavia) y gran parte de su independencia, sometida ahora al control de la URSS: el comunismo se instauró oficialmente en 1947, y duró hasta 1989, en que cayó el régimen totalitario de Ceausescu y se instauró la democracia.

Imágenes obtenidas de la Wikipedia inglesa. Autores: de Greater Romania, Andrei Nacu; del mapa de los reinos rumanos en 1600, Anonimu.

Rumanía (14): Literatura rumana

A la literatura rumana le pasa, en cierta medida, como a la literatura irlandesa: que sus autores más conocidos en el exterior son aquellos que (como Wilde, Bernard Shaw o Joyce) abandonaron el país, renunciando incluso a su propio idioma. O también podría mirarse al revés: en el resto del mundo sólo conocemos a estos autores porque abandonaron su país y su lengua; si se hubieran quedado en Rumanía escribiendo en rumano, quizás no conoceríamos a Ionesco ni a Tristan Tzara, a Cioran o a Herta Müller (sí, la reciente premio Nobel es rumana, aunque pertenece a la minoría alemana de este país y, como tal, escribe en alemán).

Los nombres que acabo de mencionar no necesitan apenas presentación: Eugene Ionesco (nacido Eugen Ionescu) es junto con Beckett el padre del “teatro del absurdo”, una de las corrientes más importantes de la dramaturgia del siglo XX; Tristan Tzara es el impulsor del dadaísmo, quizás la vanguardia literaria más extrema de principios del siglo XX, y una de las más divertidas (“me sigo pareciendo bastante simpático”); Cioran, algo menos conocido, es autor de multitud de ensayos reflexivos, llenos de pesimismo y crítica al pensamiento dominante; Herta Müller, de la que no habríamos oído hablar si no hubiera ganado el Nobel, es una notable novelista que, sin cargarse de victimismo, describe las terribles condiciones de vida de la Rumanía rural durante el comunismo y la era de Ceaucescu. Tampoco necesita presentación, probablemente, Mircea Eliade, autor entre otros libros de El mito del eterno retorno, una obra fundamental de la antropología contemporánea.

En cambio, casi ninguno estamos familiarizados con nombres como Vasile Alecsandri o Mihai Eminescu; Ion Luca Caragiale, Ion Creangă o Barbu Ştefănescu Delavrancea; Liviu Rebreanu, Camil Petrescu, Mihail Sadoveanu o George Călinescu; Tudor Arghezi, Lucian Blaga o Marin Preda. De hecho, es probable (no lo he comprobado) que muchos de ellos ni siquiera estén traducidos al español todavía. Y sin embargo, estos nombres están entre los más notables de la literatura rumana de los siglos XIX y XX. Lo cual nos lleva a preguntarnos: si hubieran escrito en francés, en alemán o en inglés, ¿conoceríamos sus nombres?

Rumanía (13): Perros

No, no insulto a nadie. Es que Constanza está llena de perros. Perros de todas las razas, sueltos, semi-domésticos, semi-salvajes, que se comportan con los humanos como los patos del parque o las palomas de cualquier plaza de España. Se tumban, miran, esperan, se acercan, de vez en cuando se permiten algún ladrido, de vez en cuando se mueren y se quedan allí tirados hasta que alguien (¿quién?) retira el cadáver. Dicen que en invierno los perros pasan más hambre, y se vuelven más agresivos. Yo por si acaso cuando me cruzo con ellos meto las manos en los bolsillos y tiro para adelante, no vaya a ser que mis dedos les parezcan salchichas…

Me he propuesto hacer una pequeña colección de fotos de perros mientras esté aquí en Constanza. Estos son los que he “capturado” por ahora…

Rumanía (12): Galería constanceña

Estampa otoñal

Hoy hace un día de verdadero otoño en Constanza. Hace fresco, las señoras se aprietan los pañuelos en la cabeza, los jóvenes se cierran sus chamarras. El cielo está gris y oscuro, y se va oscureciendo cada vez más a medida que avanza la tarde. El viento, y el paso de los coches, revuelven las hojas caídas, que salen volando por todas partes tropezando con los paseantes. Es viernes, las calles se van quedando vacías. No llueve, pero amenaza con llover. Me refugio en uno de los cafés del centro comercial, donde me cobran 10 lei por un mal machiato. En el piso de arriba, una chica de voz estridente, a la que me imagino vestida de duende, canta canciones para entretener a los niños mientras sus padres compran ropa, joyas o televisores. Chilla, da palmas, canturrea con su voz de pito. Me gustaría subir y estrangularla con el cable del bafle. Pero como el asesinato todavía no forma parte de mis costumbres, me conformo con sentarme en el café, aprovecharme de su wifi y ponerme a bajar el último capítulo de Mad Men.

Rumanía (11): Paseo por Constanza

Piata Ovidiu (Museo de Arqueología e Historia; al fondo, la Mezquita)

Piata Ovidiu (Museo de Arqueología e Historia; al fondo, la mezquita)

La ciudad de Constanza, como tantas otras con salida al mar, puede entenderse como una serie de círculos concéntricos alrededor de sus asentamientos primitivos. En este caso, la zona más antigua de Constanza (a.k.a. Tomis) se sitúa en la Península: ahí encontramos los restos arqueológicos de los primeros asentamientos, las termas y los restos de mosaico romanos, así como la catedral ortodoxa, la católica y la mezquita. El centro de esta parte antigua es la Piata Ovidiu, antigua ágora y plaza del pueblo, en la que actualmente se ha producido un auténtico desastre urbanístico: por un lado mantiene cierta elegancia, con el Museo de Arqueología e Historia, pero por el otro nos encontramos con un restaurante italiano, un solar vacío y un espantoso edificio de vidrio y metal. Por lo que dicen, el Ayuntamiento está metido en juicios para intentar arreglar el desaguisado (¡a buenas horas!).

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El Casino, a orillas del Mar Negro

El siguiente círculo lo compone la zona centro (Centru, en rumano, fácil, ¿eh?). Es una zona más moderna, con restaurantes, bulevares anchos y bastante modernos, algún museo y bastantes tiendas. Es la zona más propiamente urbana de Constanza, y también la que da una impresión más cuidada. Aquí está también el Teatro de Ópera y Danza, o la Prefectura (actual Ayuntamiento, si no me equivoco). El Centro de esta zona es el Bulevard Ferdinand, que se cruza con el Bulevard Tomis (que cruza la ciudad casi de parte a parte).

 

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Típico edificio de la parte moderna

Y el tercer círculo, al menos tal y como yo lo veo, abarcaría prácticamente el resto de la ciudad, y estaría compuesto por un ensanche de viviendas por lo general grises y con poca personalidad (¿de la época comunista?). La Universidad estaría en los márgenes de este tercer círculo, casi saliéndose del mapa por el Norte, cerca de la zona turística de Mamaia y de la laguna de Constanza. Evidentemente, esta tercera zona es la más grande y la más fea, con poca personalidad y sobre todo muy poco gusto: edificios altos desperdigados conviven con bloques de cuatro, cinco o seis pisos, todos iguales, con ventanas rotas, desconchones y

 

En resumen, ¿es bonita Constanza? Sí y no: tiene zonas bonitas, pero si hiciéramos una media de la belleza de la ciudad, es probable que no llegase al aprobado…