También hay días así

Son días luminosos de primavera en Lisboa, con los tranvías y las calles llenos de turistas que lo miran todo con ojos asombrados: todo lo que ven, lo ven por primera y única vez. Yo me contagio un poco de su asombro y paseo por la ciudad como si llevase una cámara al hombro y una guía de Lonely Planet en la mochila. Los colores del cielo, la superposición cubista de edificios en las colinas, las gaviotas inmóviles en las columnas del cais.

(Pasa junto a mí una madre con su hija de la mano; no, no va de la mano, la hija ya es mayor para eso. Van comiendo un helado, la hija va comiendo un helado, no, la madre. Hablan de la escuela, del calor, de los pájaros; no hablan, porque no necesitan hablar. Son portuguesas. La niña se escapa y parece que va a cruzar la carretera sin mirar, la madre le riñe, la hija se enfurruña, pero le dura poco. La suya es una felicidad modesta y poco estruendosa, pero redonda y sin fisuras).

Sigo andando en un estado que se parece mucho al sueño o a una borrachera. Hay días hermosos y hay que asumirlos también, en medio de la confusión y la rabia de todos los días. El río se desliza suavemente, como si acabase de nacer hoy.

Una mañana en la Seguridad Social

La mañana empieza mal: salgo de casa a las 8.oo y voy hasta las oficinas de la Seguridad Social en Areeiro, pero cuando llego allí veo que solo atienden con cita previa. Para que me atiendan sin cita previa tengo que ir a una Loja do Cidadão. Intento recordar dónde hay Lojas de esas y calculo que la más cercana es la de Marvila. Cojo el metro, pero me equivoco de parada, tengo que bajarme y cogerlo en sentido contrario. Para cuando llego a la Loja do Cidadão son casi las 9.00. Esa media hora que he perdido dando vueltas de un sitio a otro significarán luego horas y horas en la sala de espera. Menos mal que he traído Os Maias de Eça de Queirós: 600 páginas.

La Loja do Cidadão de Marvila está en un centro comercial; supongo que es un signo de los tiempos. Por si eso fuera poco, en la Loja do Cidadão conviven servicios públicos (Seguridad Social, Hacienda, Registro…) con empresas privadas (EDP, NOS, Vodafone). Como digo, supongo que es un signo de los tiempos.

El sistema de reparto de turnos es justo pero cruel: para conseguir que te atiendan hay que estar haciendo cola desde antes de que abran; si no, te arriesgas a que ya no queden “señas” y tengas que volver al día siguiente. (Los Centros de Salud también funcionan así, por cierto: quien quiera ser atendido tiene que estar allí a las 8.30 de la mañana cogiendo vez). Yo llego a la Loja do Cidadão a las 9 y ya hay una cola de unas ciento cincuenta personas. Un señor se me pone delante y me explica que no se está colando, que está acompañando a su mujer que está cuatro o cinco posiciones más adelante, pero que quiere ayudarla cuando la llamen y por eso no quiere coger un número consecutivo al suyo. Me cuesta entenderlo pero le digo que bien, que adelante. Cuando me dan mi seña, veo que es la A95. Como me temía, me voy a pasar el día en la sala de espera.

En la tienda de NOS (una compañía de teléfono y televisión por cable) tienen puesta la MTV, pero sin sonido, lo que es un poco absurdo. En todo caso, ver los vídeos sin música permite ver lo hiperbólicos que son en su espectacularidad, y también lo machistas: si la cantante es una mujer, sale ligera de ropa; si el cantante es un hombre, sale rodeado de mujeres ligeras de ropa. En el tiempo que paso en la sala de espera, hay canciones (o mejor dicho, vídeos) que se repiten cuatro y hasta cinco veces. Qué pocas canciones se deben componer en el mundo.

A las diez llega una mujer y se pone a gritar porque las “señas” ya se han acabado. No le falta cierta razón a su protesta (¿Por qué hay que venir a las nueve de la mañana para ser atendido a las cuatro de la tarde? ¿Y la gente que trabaja, qué?) pero le pierden las formas. En todo caso, miro a mi alrededor y veo muchas mujeres, muchas personas mayores, muchos inmigrantes. Me pregunto si hay una Loja do Cidadão especial para abogados, médicos, políticos, banqueros, o si es que tienen ayudantes que tratan de esos asuntos por ellos. También me fijo que casi todas las personas que atienden en los mostradores son mujeres; quizás sus supervisores sean todos hombres. En los mostradores de las empresas privadas las dependientas son más jóvenes que en los servicios públicos.

Leo a Eça de Queirós (en boca de Ega): “Se não aparecerem mulheres, importam-se, que é em Portugal para tudo o recurso natural. Aqui importa-se tudo. Leis, ideias, filosofias, teorias, assuntos, estéticas, ciências, estilos, indústrias, modas, maneiras, pilhérias, tudo nos vem em caixotes pelo paquete. A civilização custa-nos caríssima, com os direitos de alfândega: e é tudo em segunda mão, não foi feita para nós, fica-nos curta nas mangas…”

Me canso de estar sentado: me doy un paseo por el local. Junto a la máquina de señas (para algunos servicios deben quedar todavía) hay un señor mayor que obviamente no trabaja allí, pero que se dedica a explicar a los que van llegando cómo tienen que pedir su turno. Como todavía faltan unos cincuenta números hasta el mío, voy a la cafetería de enfrente y me tomo un café con leche y una tostada, pero hace tanto frío que se está mejor en la sala de espera. ¿Me lo parece a mí o cada vez hay más madres con niños cada vez más pequeños? (Una le da el pecho a uno, otra acuna al suyo, más allá hay otro que se ha echado a llorar). Una pareja, también con carrito de bebé, discute. “No te vayas a ningún sitio”, le dice ella a él, “que en cualquier momento nos llaman y yo te necesito aquí”. Se lo dice con un tono seco, sin gritar pero con mucha agresividad, pero a él no parece importarle.

Frente a mí se sienta un chico que tiene una mano escayolada. Además, parece tener un catarro. En un momento tose violentamente y aunque se pone la manga del abrigo delante de la boca no es suficiente, y una flema pequeña cae al lado de su zapato. Él no parece haberse dado cuenta; yo sí, y el señor que está a mi lado también. Pero no hacemos nada: ¿qué íbamos a hacer?

Me fijo mejor en las dependientas del mostrador de NOS: son dos chicas de unos veintipocos años, seguramente trabajadoras en prácticas, acabarán de terminar la carrera hace poco. Una de ellas tiene aire despistado, como de no haber dormido bien; la otra es más despierta, y también más bonita. Tiene la piel castaña, la nariz redonda, los ojos oscuros, y lleva unos pendientes como de perla, grandes. Con los clientes es muy amable, aunque un señor que no se decide le hace perder la paciencia.

Sigo leyendo a Eça de Queirós: “É extraordinário! Neste abençoado país todos os políticos têm «imenso talento». A oposição confessa sempre que os ministros, que ela cobre de injúrias, tem, à parte os disparates que fazem, um «talento de primeira ordem»! Por outro lado a maioria admite que a oposição, a quem ela contantemente recrimina pelos disparates que fez, está cheia de «robustíssimos talentos»! De resto todo o mundo concorda que o país é uma choldra. E resulta portanto este facto supracómico: um país governado «com imenso talento», que é de todos na Europa, segundo o consenso unânime, o mais estùpidamente governado! Eu proponho isto, a ver: que, como os talentos sempre falham, se experimentem uma vez os imbecis!”

Hacia el mediodía baja algo el ritmo de la atención a los usuarios, pero no se detiene. Debe de haber un sistema de turnos para que todos los funcionarios puedan comer, sin que el mostrador se quede en ningún momento vacío. Los números avanzan muy poco a poco, pero se van acercando al mío. Tengo ganas de ir al baño. Pienso: seguro que voy al baño y de repente empiezan a llamar a gente hasta llegar a mi número, y se lo saltan, y luego ya no quieren atenderme, y he perdido aquí el día para nada. Combato la paranoia y voy al baño. Cuando vuelvo todavía van en el A75.

Doy otro paseo por el local y cuando vuelvo intento sentarme cerca del mostrador de NOS, para estar entretenido por lo menos, pero una señora mayor se me adelanta y ocupa la silla a la que le había echado el ojo. Decido quedarme de pie, leyendo. “Chique a valer!” Enfrente de mí está el señor al que le he dejado que se no-cuele por la mañana: me sonríe. La que está a su lado debe ser su mujer; parece mucho mayor, habría dicho más bien que era su madre.

Me toca por fin mi turno, pero cuando voy a sentarme viene una chica joven, también con un niño pequeño, y le pregunta a la señora del mostrador que por favor la atienda, que no ha podido venir antes, que no tiene seña. La funcionaria le dice amablemente que no puede ser, que lo siente pero no puede ser. La chica, que diría que es rumana, tampoco insiste y se va. Luego, por fin, me atienden. El trámite queda resuelto; es un decir: queda entregada la solicitud, ahora hace falta que la tramiten. Pero yo ya he cumplido.

Salgo de la Loja do Cidadão y miro el reloj: son las 15.30. Voy a coger el metro pero antes paso por la farmacia: necesito comprar antiácidos. Cuando hago el trasbordo entre la línea verde y la roja en la parada de Alameda, me parece ver venir en dirección contraria a la chica del mostrador de NOS. Es imposible, pienso: ella debe de estar todavía en la Loja do Cidadão.

Anti-Lisboa

Hace unos meses, viendo que mis ocupaciones como investigador, profesor, bloguero, microcuentista y entrevistador a tiempo parcial me dejaban demasiado tiempo libre, decidí organizar un tour para turistas (que son los que hacen tours) por Lisboa. Tours por Lisboa hay muchos, pero ninguno como el mío. (Hay que tener en cuenta que en esa época me acababa de dejar Alicia y habían empezado mis ya famosos episodios de acidez de estómago).

Para empezar, mi tour no mostraba absolutamente ninguno de los monumentos más reseñables de Lisboa, ni los barrios pintorescos, y huía como de la peste de los típicos tranvías amarillos. Empezaba en Intendente (pero no en la parte bonita de Intendente), y subía por las paralelas a la Avenida Almirante Reis; se escondía entre las calles más pérfidas de Anjos, esquivando cuidadosamente los graffitis que algunos extranjeros hippies podían encontrar atractivos; bordeaba (sin llegar a cruzarlo) el Largo de Dona Estefania, bajaba por Conde Redondo (donde yo daba un muy honorable y aburrido discurso sobre la prostitución y sus consecuencias psicosociopolíticoeconómicas); pasaba cerca pero no demasiado de Marqués de Pombal y terminaba, mediante mi huida subrepticia colina arriba, en la calle paralela a la Avenida Liberdade, pero sin llegar por supuesto al Ateneo ni al elevador da Lavra.

La fe en la autoridad del guía (la fe en la autoridad, en general) hacía que los turistas se pasasen la hora y media que duraba el tour sacando fotografías a todo, por feo que fuera. Si por casualidad o por error nos acercábamos excesivamente a algún punto que los visitantes pudieran considerar bonito, entrañable, pintoresco, yo les pedía que por favor bajasen la vista y por ningún motivo la levantasen hasta que nos alejásemos del lugar. “Esta zona de Lisboa es peligrosísima”, les decía, “si establecen contacto visual con algún paseante las consecuencias pueden ser terribles…” Si alguno  me desafiaba y se atrevía a levantar la mirada, le montaba un escándalo allí mismo delante de todos, que hacía que mirasen al suelo pero por otros motivos.

Una vez un turista austriaco me preguntó por los pasteles de Belém. “Sobrevalorados”, le dije. “Pero el café de dona Rosário… eso es otra cosa”. Y les llevé a una tasca inmunda y minúscula donde dona Rosário, que ni siquiera era lo bastante fea para ser memorable, les sirvió un café aguado por el que les cobró 3,50€ a cada uno. (El café de dona Rosário, por cierto, contribuyó grandemente a mi acidez aquellos meses).

Durante la visita yo me inventaba cosas, o mejor dicho, contaba cosas que a lo mejor eran verdad, pero no le interesaban a nadie. “En esta academia de idiomas, señoras y señores, di mis primeras clases de portugués”. “En aquella calle hay una librería que no tiene ningún libro de Saramago. ¡Caso único en Lisboa!”. “A este taller trajimos Alicia y yo el coche una vez que se le estropeo el embrague”. Y todos los turistas le sacaban fotografías a Garagem António como si fuera la tumba del inmortal Camões, y me preguntaban quién era esa tal Alicia. Yo no les contestaba y seguía con el tour. “En este restaurante chino, damas y caballeros, el rollito de primavera lleva carne de pavo en vez de pollo”.

Para sorpresa mía, el anti-tour se convirtió en una atracción hipster. Las críticas en Tripadvisor eran feroces, pero al mismo tiempo numerosas. La Time Out le dedicó a mi ruta un artículo furibundo, lo que solo consiguió que se me colapsara el email. Venían a hacer mi tour personas que ya habían estado varias veces en Lisboa y que querían verla “de otra manera”, y jóvenes antisistema que creían que “otra forma de viajar es posible”. Yo les decía que sí, que claro, y les llevaba a una tienda de todo a cien para que compraran unos tupperwares de recuerdo de Lisboa.

Y fue así como todo murió: por exceso de éxito. A mediados de septiembre me escribieron de la Lonely Planet: habían oído hablar de mi anti-tour y estaban interesados en que escribiese una anti-guía de la ciudad, que ellos publicarían (bajo un sello editorial diferente al habitual, por supuesto). Les dije que sí, y en una noche con los amigotes me gasté en uno de los locales de la calle Conde Redondo el adelanto que me dieron. Luego perdí el interés, dejé de aparecer a mis propios tours y me encerré en casa a escribir un poema épico sobre el caballo de Espartero.

He oído decir que los anti-tours de Lisboa todavía siguen realizándose, clandestinamente, y que la Câmara Municipal quiere prohibirlos. A mí me parece bien, porque Lisboa no se merece una cosa así y porque dona Rosário ha dejado de pagarme mi comisión.

Lusofonías

Otra vez en el autobús camino de la universidad, subiendo la Avenida de Roma. Tres mujeres portuguesas hablan a gritos sobre algún tema cualquiera. Parecen enfadadas, pero no entre ellas sino con el mundo. Se bajan poco después y el autobús avanza en silencio.

Dos asientos delante de mí, una mujer mulata (¿caboverdiana?) cubre su pelo con una bandera de Portugal del revés. En lugar de Portugal se lee lɐƃnʇɹod. En la bandera también hay otras banderas: ¿Las de la Unión Europea?

Detrás de mí hay otra mujer, esta brasileña, que está hablando por el movil. No intento oírla, pero es imposible que no la oiga, prácticamente me está hablando al oído.

“Desculpa, não te atendi porque estava cuidando da minha patroita. Agora estou indo ao hospital porque o ABC dela voltou”.

Hacia el final de la Avenida de Roma se sube en el autobús un señor de unos sesenta años, delgado y con no demasiado buen aspecto. Pasa a mi lado, sigue avanzando hacia el final del autobús y se sienta en el asiento de detrás de la señora brasileña. En los siguientes metros hace varios intentos de aproximación bastante torpes, hablando del tiempo, del tráfico, a los que la señora responde con poco entusiasmo.

Cuando me bajo del autobús, el señor ha pasado al siguiente nivel: “Vais ao hospital?”, le pregunta. “Vai visitar algum familiar?”. Y ella: “Não, a minha patroa”. Su respuesta solo la oigo a medias, porque ya hemos llegado a la universidad y tengo que bajarme, pero tiene algo que ver con practicar cuando, efectivamente, sí tenga que cuidar de un familiar.

(En otro autobús diferente, unos días atrás, una mujer portuguesa de pelo gris y piel también gris estaba chillándole a una señora negra, diciéndole, entre otras cosas, que se fuese a su país y dejase a los portugueses en paz. Cuando la señora racista se bajó del autobús todos los demás pasajeros consolaron a la mujer insultada, diciéndole que la otra estaba loca. Nótese: cuando la señora racista se bajó del autobús, no antes).

Viseu

Comunicación interrumpida

Un día, cuando Alicia y yo todavía no éramos Alicia y yo, me llegó un mensaje desde su móvil que decía: “M acompañas a pasear al perro?”. Alicia no tiene perro, nunca lo ha tenido, nunca lo tendrá, no le gustan, le dan alergia, le dan repelús. Pero yo quería pasar tiempo con Alicia fuera cual fuera la excusa, real o imaginaria.

Le contesté: “No tiens perro, pero si quiers t acompaño d todas formas”. Y medio minuto después, aproximadamente, su respuesta: “Como t oiga Barqui t muerd el cuello. A las 7 en Alameda, salida metro?”. Esta Alicia, siempre tan imaginativa. Barqui: menudo nombre para un perro inexistente. “A las 7 Alameda salida metro, echo!”, le contesté.

Y allí estaba yo, a las 7 en Alameda salida metro, con mi mejor camisa de cuadros y mis deportivas blancas más blancas, esperando a Alicia y pensando en posibles temas para hablar con ella más allá del tiempo y del trabajo. Pero Alicia no apareció. Esperé un cuarto de hora; esperé media hora. Soy un hombre paciente, y tenía un libro. Esperé cuarenta minutos. Había unas cuantas mujeres con perro, pero ninguna era Alicia.

A las ocho menos cuarto la llamé, molesto pero intentando no sonar demasiado molesto: “Alicia, soy Santi. ¿Dónde estás?” Y ella, sorprendida y divertida: “¿Cómo que dónde estoy? En casa…” Y yo: “¡Habíamos quedado a las 7”. Y ella: “¿A las 7? ¿Que habíamos quedado? ¿De qué hablas?” Y yo: “¡De que habíamos quedado a las 7! ¡Me has escrito tú para preguntarme si quería acompañarte a pasear al perro!”. Y Alicia: “Santi, yo no tengo perro. ¿Qué leches me estás contando?”. Y yo, ya francamente enfadado y por lo tanto más valiente que de costumbre: “Mira, Alicia, estoy en Alameda, al lado de tu casa, baja y nos tomamos un café y me lo aclaras”.

Y esta vez sí llegó Alicia, sin maquillaje y vestida de chándal y resplandeciente. Nos sentamos en la terraza del quiosco de Alameda y nos pedimos dos imperiales. Le enseñé los mensajes. Ella no daba crédito. Se reía. “Chico, te están tomando el pelo. Yo no tengo perro, ni ganas”. Me enseñó su móvil, la carpeta de mensajes enviados. No había ninguno para mí, y sí varios para un tal Pedro, lo que no resultaba especialmente tranquilizador.

Entonces vibró mi móvil. Un mensaje. De Alicia. La miré. Miré al móvil. La miré. Abrí el mensaje: “T e stado sperando asta las 8 y no as vnido. Quien t cres q ers. Mbecil.” Se lo enseñé a Alicia, que se empezó a reír. Así que era eso, pensé, una de las bromas de Alicia. Pero “no, no, no”, aclaró, “yo no tengo nada que ver, lo que me hace gracia es que seas capaz de enfadar hasta a mujeres desconocidas”.

Muy divertido todo.

“No sé quién eres”, respondí al mensaje. Destinatario: Alicia. Enviar.

Y entonces el que vibró fue el móvil de Alicia. Y otra vez pensé: “Te pillé. Se acabó la broma”. Pero no. Ella miró el móvil. Le cambió la cara. Me miró. Me pidió que le enseñara el mensaje enviado. Me enseñó el móvil. El mensaje que ella había recibido, enviado desde mi número, decía: “M acompañas a pasear al perro?”

El mar y yo

He vivido toda mi vida cerca del mar, pero de espaldas al mar. Para vivir necesito un río, pero el mar me resulta prescindible.

Las historias épicas de marinos (la lucha contra los elementos, contra la soledad, contra uno mismo) me atraen y me atrapan, pero como algo exótico, como las novelas de Sandokan o las películas de vaqueros.

Todas las ciudades en las que he vivido, mucho o poco, estaban en la costa, o cerca de una costa. El mar Cantábrico, el mar Negro, el mar del Norte, el océano Atlántico desde sus dos orillas. En ninguna pasé las largas tardes sentado leyendo frente al mar que podrían imaginarse.

A lo mejor es, precisamente, porque el mar siempre ha sido a la vez cercano y ajeno para mí. Ni siquiera de niño despertaba especial fascinación: era algo que estaba allí, a lo que se podía ir cuando se quisiera, y se quería poco.

Hoy huyo de las playas, nunca he hecho un crucero y carezco totalmente de vocabulario marítimo. Las novelas de marinos me siguen pareciendo historias apasionantes que les suceden a otros.

Pero que no me quiten un río, que me ahogo.