El edificio (reboot, 61)

Con el paso del tiempo (una era geológica en el edificio puede durar una semana), han surgido especies endogámicas, evoluciones de otras especies adaptadas a este espacio cerrado, autónomo y vertical. Arañas de cabeza oblonga y patas longitudinales corren por los huecos de los ascensores; pájaros del color del cemento vuelan en círculos cazando moscas azules del color de los cables eléctricos con picos curvados en espiral; en el exterior del edificio, seres medio lapa medio murciélago absorben los restos de la última tormenta de arena; en los pisos más bajos del subsuelo, topos ciegos de patas curvadas como palas de excavadora arañan la tierra y añaden salas nuevas a los sótanos del edificio que en seguida se llenan de agua, de restos orgánicos, de otras especies que también son endémicas de esos sótanos. Los hombres albinos de los círculos intermedios no se sabe si son una especie, una raza, una moda, una tribu urbana.

Anuncios

El edificio (reboot, 57)

—¿Tú crees en Dios?

—Yo creo en el edificio.

—Está bien, pero no es lo mismo.

—¿Cómo que no? El edificio es grande, implacable, todopoderoso.

—Pero Dios también es misericordioso, y el edificio no.

—El edificio podría ser misericordioso si quisiera, pero no quiere.

—¿Y por qué no?

—Porque no lo merecemos, porque no estamos a su altura. Porque somos pequeños, imperfectos y frágiles. ¿Por qué iba a rebajarse a nuestra altura el edificio y mostrarnos compasión? ¿Tú nos has visto bien?

El edificio (reboot, 56)

Además de las diferencias verticales, en el edificio también hay diferencias horizontales: las plantas se organizan en círculos concéntricos, designados por letras. Uno no vive simplemente en el piso 20, sino en el piso 20, círculo F. Algunos servicios se organizan verticalmente, por pisos (los hospitales, escuelas, bomberos); otros, horizontalmente, por círculos (los supermercados, restaurantes, cafeterías…). Los habitantes de los círculos más exteriores se despiertan con la luz del sol entrando por sus ventanas, y se sienten bendecidos; los habitantes de los círculos más interiores pueden asomarse al enorme atrio central del edificio, con su vértigo sublime, y se sienten bendecidos. Los habitantes del resto de círculos son seres albinos, miopes, introspectivos y tristes; casi nunca van a ningún sitio.

El edificio (reboot, 55)

(Hay un ascensor, un pequeño montacargas, que conecta el piso 117 con el piso 174; solo esos dos pisos. No se ha conseguido encontrar una explicación razonable para su existencia. Los vecinos del piso 117 no lo usan nunca, porque ya se sabe cómo son los del 174; los del 174 miran para otro lado y se ríen. A veces se oyen ruidos que vienen del hueco del ascensor, pero el ascensor no se mueve. Está permanentemente parado en alguna planta entre la 117 y la 174. Si se pulsa el botón de llamada (pero nadie lo pulsa nunca) se enciende una luz amarilla, que vuelve a apagarse después de cinco segundos. Un edificitario propuso sustituir este montacargas por otro que parase en todos los pisos, como dios manda; la propuesta fue rechazada sin mucha discusión).

El edificio (reboot, 54)

En cierto modo es una pena que la Guerra Fría acabase antes de que viniese a existir el edificio; si la Guerra Fría no hubiese acabado, el edificio miraría a los dos bloques, al bloque comunista y al capitalista, con el desdén divertido de un adulto que ve a dos niños pelearse por un juguete, y cuando terminan de pelarse, magullados y doloridos, les invita a un helado para que dejen de llorar. (En esta metáfora, el edificio es el adulto, y el juguete. Y el helado).

El edificio (reboot, 53)

Como toda comunidad humana lo bastante grande, el edificio ha generado sus propios mitos. Una de las más extendidas es la leyenda del piso vacío. Se cree (hay quien cree, algunas personas creen) que en el edificio hay una planta vacía, que no está conectada con ningún ascensor y que no aparece en ningún plano.

No es una hipótesis imposible, porque la construcción del edificio fue, a partir de cierto punto, un proceso orgánico, como la expasión de un tumor violento. Es en cualquer caso una teoría imposible de comprobar: la única forma de hacerlo sería visitar una a una todas las plantas del edificio, en cada uno de los ascensores, y medir el tiempo de subida y bajada en busca de anomalías. Harían falta tres vidas humanas para cumplir ese propósito.

Mientras tanto, hay quien dice haber llegado a la planta vacía, trepando por los cables de la luz, por los conductos del aire acondicionado o por las tuberías de agua sucia. Pero nadie les cree; tienen un brillo de locura en los ojos.