Polite aftertaste

Mis dos años en Irlanda, además de todo lo que ya he dicho, me han provocado un “síndrome de la amabilidad extrema” del que no sé cuándo me libraré -si es que me libro, si es que hace falta que me libre-. Quiero decir que desde que he vuelto a Bilbao, voy pidiendo perdón y dando las gracias por los rincones. El sábado pasado en un bar le di las gracias a una señora que me dejó hueco para pasar, y ella se me quedó mirando sorprendida o, casi, ofendida, antes de contestar “de nada”.

Un ejemplo extremo y enfermizo: un día me tropecé con una columna de la estación de autobuses y le pedí perdón.

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The perfect pint

Con una mano firme, sin violencia pero sin duda, coges el vaso de pinta, y delicadamente, como una cara que se inclina para besar, lo pones bajo el grifo de Guinness en un ángulo de 45º. Con la otra mano, decididamente pero sin tensión tiras del émbolo, y un chorro denso y constante comienza a resbalar por el cristal, acariciándolo, rebotando contra sus márgenes, creando remolinos y figuras en el fondo. Poco a poco, como una marea, ves el vaso llenándose de un líquido espeso, que baila bajo tus dedos. El nivel sube -todavía casi no hay espuma, no debería haberla, que no te tiemble el pulso ahora- hasta amenazar con derramarse y entonces, un momento antes, debes retirar la otra mano de la manivela y cortar el chorro.

Déjala reposar. Pósala sobre la barra y espera. Puedes entretenerte observando las oleadas de espuma, que parecen bajar en vez de subir hacia la superficie, acariciando las caderas de la pinta, una y otra vez, hundiéndose hacia el fondo. Déjala reposar. No tengas prisa. Disfruta de esa tensión -tú, el cliente, la cerveza- de la impaciencia y la incertidumbre. Poco a poco, el color del líquido se transforma, se oscurece, gana profundidad, comienza a parecer madera, al café, al chocolate. En la superficie se empieza a formar una capa, no muy ancha, de color blanco puro, como de nata montada, ligera y espumosa.

Ahora, mátala suavemente. Vuelve a coger el vaso, vuelve a ponerlo bajo el grifo, y empuja la manija, pero no hasta el final, como antes, sino sólo unos milímetros, lo justo para que un hilillo de cerveza penetre en la superficie de la pinta y vaya llenando lo poco que queda hasta el final. Verás alborotarse el cuerpo de la cerveza, como si le estuvieras haciendo cosquillas. Verás resucitar el baile de burbujas, las capas de colores que se mezclan, caen, suben, saltan. Verás crecer levemente el grosor de la espuma -no demasiado, o tendrás que tirar algo y volver a llenar. Cuando el líquido alcance el límite superior, e incluso un poco más allá (puedes jugar, si tienes experiencia, con ese riesgo, esa frontera, ese abismo de derramar o no derramar) cierra el grifo, y deja que el último sello de la cerveza sea un agujero limpio y redondo en la espuma, que poco a poco se va cerrando, como una herida que se transforma en cicatriz parda sobre fondo blanco.

No hagas dibujitos (un trébol, un arpa) con el chorrito. Eso son tonterías para turistas.

Michael Collins

Hace tiempo que tenía ganas de ver la película Michael Collins, y más todavía después de visitar la antigua cárcel de Dublín, que habla fundamentalmente del Alzamiento de Pascua y sus consecuencias (Declaración de Independencia, Guerra de Independencia, Tratado Anglo-irlandés, Guerra Civil…). Michael Collins, miembro destacado del primer IRA y del primer Parlamento irlandés o Dáil, jugó un papel fundamental en aquellos momentos históricos, hasta el punto de que, al parecer contra su voluntad, fue una de las personas encargadas de negociar el polémico Tratado con los ingleses por el que Irlanda logró una independencia tutelada, a cambio de la división de la isla.

La película trata precisamente el periodo más agitado de la historia irlandesa reciente: desde el alzamiento de 1916 y el fusilamiento de sus líderes (Michael Collins estuvo implicado en la rebelión, pero no como cabecilla), hasta el asesinato de Collins en 1922, durante la Guerra Civil irlandesa. Comparada con El viento que agita la cebada, Michael Collins es más fácil de seguir para el espectador, porque explica más claramente los vaivenes históricos de los personajes y de Irlanda en general; en cambio, como película, es mucho más plana, mucho menos artística.

Uno de los aspectos más controvertidos de Michael Collins es el modo en que retrata a Éamon de Valera, el primer Presidente de la República de Irlanda. Es cierto que existieron rivalidades entre Collins y de Valera, especialmente tras la Guerra de Independencia: Collins encabezó a los partidarios del Tratado Anglo-irlandés que él mismo había negociado, y de Valera a los contrarios al tratado, de modo que cuando estalló la Guerra Civil ambos eran los líderes -ideológicos, al menos- de los dos ejércitos enfrentados. Pero en la película la figura de De Valera sale muy perjudicada por la comparación con Collins, casi caricaturizada: se le muestra como a una persona timorata, débil, manipuladora y egocéntrica, frente al idealismo, honestidad e inteligencia de Collins. Incluso se insinúa algo que los historiadores parecen haber descartado ya completamente: que De Valera pudiera haber ordenado el asesinato de Collins para librarse de su mayor enemigo.

Tampoco los actores están todos al mismo nivel: Liam Neeson hace un buen papel como Michael Collins, y Aidan Quinn como Harry Boland; en cambio, Alan Rickman sobreactúa -para mi gusto-, y Julia Roberts, para el gusto de casi todo el mundo, no pinta nada haciendo de prometida de Collins, y no resulta en absoluto creíble (aparte de que, por los comentarios que he leído en internet, sus intentos de fingir un acento irlandés resultan involuntariamente humorísticos).

En resumen, Michael Collins puede ser una película interesante para entender algo mejor lo que pasó en Irlanda en aquellos seis años de historia concentrada, como quien ve un documental. En cambio, como película artística o como entretenimiento, deja algo que desear. Recomiendo mucho más -una vez asimilado bien el contexto histórico, eso sí-, El viento que agita la cebada, de Ken Loach.