Putas (y el cristal de la ventana)

Supongo que ya ha pasado suficiente tiempo como para que cuente esto.

Cuando trabajaba en Irlanda, a veces venían a la universidad a dar una conferencia escritores o artistas españoles. Los traía el Instituto Cervantes de Dublín, y luego, por el mismo precio (o un poco más) nos los mandaban a nosotros: los metían en el tren, solos o acompañados, y nosotros íbamos a buscarlos a la estación para llevarlos al campus.

Coincidió una vez que, por motivos que no vienen al caso, me tocó a mí hacer de anfitrión de un grande de las letras españolas contemporáneas: un escritor del que por motivos que luego serán obvios no voy a decir el nombre. Solo diré que es un novelista de mediana edad, casado y con hijos, y que su nombre ha llegado a sonar en las quinielas para el Premio Cervantes.

Así que ahí me fui, bastante emocionado y también bastante nervioso, a buscarle a la estación, con la intención de enseñarle la ciudad y tenerlo entretenido hasta que empezase su conferencia, a última hora de la tarde. Lo reconocí inmediatamente (aunque como la mayoría de los escritores, tenía por lo menos diez años más que las fotos de las solapas de sus libros). Me presenté, le pregunté si quería pasar por el hotel, me dijo que no y nos fuimos a dar una vuelta por el centro. Le enseñé el castillo y la catedral (casi lo único que había para enseñar en Limerick) y luego nos fuimos a comer en un restaurante a la orilla del río.

Hasta el momento de la comida, todo fue muy normal: estuvimos casi todo el tiempo hablando de libros, de la crisis, de viajes y de fútbol. Pero luego, a la altura del café, el escritor hizo una pausa dramática mirando al horizonte y me preguntó:

-Oye, ¿y aquí dónde se puede uno ir de putas?

-¿Putas?

-Sí, putas. Pero elegantes, bonitas. Limpias. Que no se trata de estar regateando con la salud…

Mi primer impulso fue contestarle con lo que sabía (al fin y al cabo, cuando uno lleva suficiente tiempo viviendo en una ciudad se acaban sabiendo cosas); pero luego me vino una dignidad feminista o puritana o de algún tipo, y le dije que no sabía, que no tenía ni idea.

-¿Nada? ¿Ni siquiera una página web donde pueda…?

-No.

-Una zona de la ciudad, algún nombre, algo…

-No.

Evidentemente, supo que le estaba ocultando información. Se sentó bien recto en su silla y se puso a beber tragos largos de cerveza.

-¿Sabes? -dijo, después de un rato de silencio-. Este es el problema con vosotros, los académicos. Que no os queréis manchar las manos. No queréis vivir. Os da miedo vivir. Sois unos cobardes que os escondéis detrás de lo que otros escribimos. Os faltan huevos.

Contesté algo incoherente, no sé qué. Notaba la cara y las orejas ardiendo.

-Y lo peor es que ni siquiera sabéis leer mejor que cualquier ama de casa o cualquier jubilado con una buena biblioteca. Tenéis vuestras teorías, vuestros términos de ocho sílabas y creéis que por eso entendéis más. Que sois más listos. Pues no tenéis ni idea de lo que verdad importa. Lo que importan no son los libros sino lo que dicen sobre la vida. Tenéis la vida delante de vosotros, al otro lado del cristal, y lo único que veis es el cristal.

Aquí me pudo la pedantería:

-Eso ya lo dijo Ortega y Gasset.

-¡Me suda la polla quién lo dijera! Es la verdad. Además, lo que dijo Ortega y Gasset no es eso. Pero da igual, chico, da igual, vamos a acabarnos las cervezas y me llevas a la facultad, que ya es hora.

Y eso hicimos. Nos acabamos las cervezas, pagué (luego le pasaría la cuenta al Departamento), cogimos un taxi y nos fuimos a la universidad. La charla con el escritor salió estupendamente: habló de su experiencia editorial, de sus hábitos y manías, de su concepto de la literatura, del futuro del libro; estuvo ocurrente, profundo, ingenioso y humilde. En un momento dado mencionó a Ortega y Gasset y me hizo un guiño. Volvieron a arderme las orejas.

Esa noche había una cena organizada para agasajar al escritor, pero yo me excusé y me fui a casa. El escritor se despidió de mí con un apretón de manos más largo de lo normal, y un par de palmadas en la espalda. No volví a verle ese día, y lo que hizo o dejó de hacer durante el resto de su tiempo en Limerick ni lo sé, ni lo quiero saber.

El mar y yo

He vivido toda mi vida cerca del mar, pero de espaldas al mar. Para vivir necesito un río, pero el mar me resulta prescindible.

Las historias épicas de marinos (la lucha contra los elementos, contra la soledad, contra uno mismo) me atraen y me atrapan, pero como algo exótico, como las novelas de Sandokan o las películas de vaqueros.

Todas las ciudades en las que he vivido, mucho o poco, estaban en la costa, o cerca de una costa. El mar Cantábrico, el mar Negro, el mar del Norte, el océano Atlántico desde sus dos orillas. En ninguna pasé las largas tardes sentado leyendo frente al mar que podrían imaginarse.

A lo mejor es, precisamente, porque el mar siempre ha sido a la vez cercano y ajeno para mí. Ni siquiera de niño despertaba especial fascinación: era algo que estaba allí, a lo que se podía ir cuando se quisiera, y se quería poco.

Hoy huyo de las playas, nunca he hecho un crucero y carezco totalmente de vocabulario marítimo. Las novelas de marinos me siguen pareciendo historias apasionantes que les suceden a otros.

Pero que no me quiten un río, que me ahogo.

Descubrimiento

Acabo de darme cuenta de que, como mis dos años en Irlanda no fueron realmente dos años (estuve allí entre septiembre de 2007 y junio de 2009), Portugal es desde hace unos días el país en el que más tiempo he vivido aparte de España. No es que tenga especial importancia, pero bueno, es curioso darse cuenta de estas cosas…

4 años (y pico) de blog

Pues sí, este año se me ha pasado celebrar el aniversario del blog, que cumplió 4 años (siempre incluyendo la etapa Bilbao-Limerick) el 20 de agosto. Para celebrarlo, he pensado empezar otra serie de entradas invitadas… No, es broma, eso sería mucho morro por mi parte. La verdad es que, con la celebración de los 1000 posts tan cerca, no creo que haya demasiado nuevo que decir: que me alegro de que el blog os guste (a los que os guste), y que mientras me siga gustando a mí también, seguiré escribiéndolo.

A ver si puedo celebrar los 5 años de blog… y me acuerdo de hacerlo.

La agonía del tigre celta

Los lugares en los que uno ha vivido ocupan ya para siempre un lugar especial en la memoria, y nada de lo que pase en ellos puede resultar totalmente ajeno. Así que desde que me fui de Irlanda vengo siguiendo con atención, y con pena, la evolución de la economía, la política y en general la vida del país en el que viví dos años, y que ahora se ve sumido en una depresión profunda que, la verdad, ya se veía venir desde hace tiempo.

Cuando llegué a Irlanda en 2007, me sorprendió encontrar un país muy distinto al que imaginaba, con sueldos y precios altísimos, con punteras empresas tecnológicas y lo que parecía una economía boyante y fructífera. Escribí entonces una entrada titulada “The celtic tiger“, en que hablaba del milagro irlandés de los años 90, en que la economía irlandesa había crecido a ritmos de hasta el 11%, convirtiendo al país, tradicionalmente a la cola de Europa, en uno de los más prósperos, con la segunda renta per cápita más alta del continente después de Luxemburgo. Las causas: el bajo “impuesto de sociedades”, que atrajo a multinacionales extranjeras; las ayudas de la Unión Europea, y también el que fuera un país de habla inglesa en una zona horaria interesante para las compañías estadounidenses.

Cuando publiqué esa misma entrada en mi blog de El Correo, un comentarista me advirtió, y con razón, que llegaba con años de retraso: que el Tigre Celta ya daba muestras de estancamiento y que la economía irlandesa estaba a punto, como luego se demostró, de entrar en recesión. No es solo que el modelo de crecimiento estuviera saturándose: es que ante la escalada de los salarios, las grandes empresas extranjeras estaban deslocalizándose hacia otros países más baratos, principalmente en Europa del Este. DELL, por ejemplo, que se calcula que daba trabajo directa o indirectamente a casi 7000 personas del área de Shannon, decidió trasladar su producción a Polonia a finales de 2009.

Lo que ha venido después ya es conocido por todos: quiebra de bancos, que se embarcaron en arriesgadas aventuras inversoras con la aquiescencia del gobierno -y del resto de bancos europeos-; estallido de la burbuja inmobiliaria, similar a la española, alimentada a su vez por esas mismas políticas de crédito fácil y sin control; déficit público disparado; presupuestos espartanos con brutales recortes del gasto y aumento de los impuestos directos e indirectos; crisis política y desencanto generalizado…

Lo cierto es que en Irlanda se han cebado con especial crueldad las mismas lacras que han asolado el resto de las economías del mundo: la mala gestión financiera, dirigida por banqueros ineptos, cortoplacistas y avariciosos, favorecidos por un descontrol político casi total; el estallido de una burbuja inmobiliaria que era claramente insostenible, pero que nadie previno a tiempo; la incapacidad de los políticos para pensar a medio o largo plazo y prever soluciones para los tiempos de “vacas flacas”; endeudamiento público y privado muy por encima de las posibilidades económicas reales…

Ahora, el futuro pinta bastante negro para Irlanda. Las medidas adoptadas, estrictamente destinadas a reducir el déficit (como exigen Bruselas, el BCE y el FMI) y la segunda oleada de hundimientos bancarios han dejado la economía del país prácticamente paralizada, y pasarán varios años antes de que se recupere mínimamente (por no hablar de que vuelva a su ritmo de crecimiento de los 90, algo que nadie imagina posible); el salvamento de 100.000 millones de euros que acaba de aceptar a regañadientes, unido a la convocatoria de elecciones anticipadas para el año que viene no es más que el último clavo en el ataúd del Tigre Celta.

Toda esta historia sería un poco menos triste si por lo menos hubiéramos aprendido algo, o si al menos, como consuelo menor, los culpables de la debacle hubieran pagado por ello. Pero no parece que vaya a ser así. Ni una cosa ni otra. Ahora, todos los ojos se giran hacia el siguiente país de la lista de los débiles (Portugal, y después, España), y yo me pregunto si tiene algo que ver el que yo me vaya mudando de unos a otros. Menos mal que nunca he estado en Grecia…