El enano tras la cortina (o Ajedrez con Proust)

Los últimos años de su vida, Marcel Proust los pasó encerrado en su cuarto, tumbado en una cama volviéndose un ser cada vez más enfermo, como si estuviesen consumiéndolo sus propios recuerdos como a una madalena untada en . Intrigado por este comportamiento, el crítico Jacques Mervier, de la Université París XVII – La Derniére, decidió visitar al escritor para la que fue, de hecho, su última entrevista conocida.

Mervier fue recibido por un criado (¿o era un familiar?) de Proust, que lo condujo al dormitorio sin mucha ceremonia. Proust estaba tirado en la cama, como un animal moribundo, pero conservaba la dignidad del genio. En su conversación, que ha sido debidamente trascrita y comentada en decenas de volúmenes dedicados a la vida y la obra del escritor, hablaron sobre literatura,

Lo que esos estudiosos no saben es lo que pasó al final de esa entrevista. En determinado momento, a Mervier le empezó a sonar raro el tono con el que Proust contestaba a sus preguntas y comentarios: eran, en realidad, perfectamente razonables, tan razonables que no sonaban humanos. Otras extrañezas (la forma en la que Proust movía la mano izquierda en un círculo perfecto, el gesto vacío de sus ojos o cierto eco metálico en su voz, por ejemplo) llevaron a Mercier a un estado de incomodidad cercano a la náusea.

Por fin, unos ruidos salidos de debajo de la cama de Proust le incitaron a mirar debajo de la colcha. Allí, escondido entre la ropa de cama, un enano manipulaba un complicado sistema de engranajes y poleas. “¿Le apetece una partidita de ajedrez”?, estaba diciendo en ese momento Proust con una voz que sonaba irónica o artificial.

Lo que contestó a esa pregunta, o lo que pudo hablar con el enano, Mervier nunca lo dijo: publicó la primera parte de la entrevista con Proust, dándole un cierre abrupto pero no sorprendente, y luego se retiró del mundo de la crítica literaria. La muerte del escritor, por su parte, fue anunciada tres meses más tarde: pneumonía se dijo. Pobre, se dijo también, tenía tanto para escribir.

Escribir torcido

Fragmento de una crítica aparecida en Los lunes del Imparcial, 23 de septiembre de 1878. Omito el nombre del autor y el título de la obra reseñada, que son lo menos importante.

[…] Al margen de su planteamiento hiperbólico y su desarrollo inverosímil, lo que más llama la atención en la obra de O… es que escribe torcido. No quiero decir con esto, claro, que los renglones de su libro estén torcidos (en lo que más culpa tendría el impresor que el autor), ni siquiera, como algunos críticos católicos están diciendo, que escriba de manera ‘pornográfica’ o ‘inmoral’. Lo que quiero decir es que, leyendo las últimas novelas de O…, me lo imagino literalmente torcido en su silla, adoptando un escorzo imposible y sin duda doloroso, con la columna vertebral zigzagueante, la cabeza levemente inclinada hacia un lado, un hombro levantado hacia el universo, el otro encogido sobre sí mismo, una mano en el aire, la otra sobre el papel con la pluma agarrotada en una posición inverosímil…

El proceso mental de O… debe ser algo así: ‘No debe escribir derecho, en una postura normal: no debo escribir como yo soy, con naturalidad o sencillez. Eso no es lo que los poetas hacen. Debo escribir bonito, y escribir bonito exige dolor del cuerpo y del alma, sufrimiento interior y exterior. Yo no soy capaz de escribir así. Debo colocarme antes en un lugar extraño a mí, más elevado y difícil, y desde allí elegir las palabras que más convengan a esta postura extraña y desconfortable. Debo encogerme y estirarme al mismo tiempo, retorcerme y buscar una pose propia de un poeta, no de un hombre. Solo así llegaré a alcanzar los reinos del Arte’. (No tengo dudas de que O… escribe Arte con mayúscula, porque así se lo he visto escribir en más de una ocasión.)

Pues bien, querido O….: tengo un consejo que darte y que tan libre eres de seguir como de no seguirlo. Siéntate bien. Endereza la espalda. Pon la silla alineada enfrente de la mesa. Baja esa mano, que en el aire no hace nada. Apoya, si quieres, la quijada en la palma de la mano: vas a estar en esta posición mucho tiempo, es mejor que no te canses. Coge, sí, la pluma en la mano, pero de una forma natural, sencilla, que parezca una prolongación de ti, y no un apéndice que se te ha clavado como un anzuelo al pez. Y, ahora sí, escribe. Escribe como eres, como quien eres. No trato de decirte que escribas sencillo, ni que escribas como los románticos o como los realistas, como Victor Hugo o como Balzac. Escribe como te venga en gana, pero como a ti te venga en gana, no como les venga en gana a los lectores, a los críticos ni a los siglos venideros de la fama.

Querido O…: escribe cómodo. No escribas bonito: escribe bien. Tus lectores y tu espalda te lo agradecerán.

A consecuencia de esta reseña, el escritor y el crtíico se batieron en duelo con pistola a las afuras de Madrid. Sabemos que los dos sobrevivieron, porque O… siguió publicando novelas y el crítico siguió criticándolas con aspereza; pese a todo, se aprecia en las obras posteriores del novelista una mayor sencillez formal y estilística, lo que puede deberse a las críticas recibidas o a una lectura bien aprovechada de Flaubert.

Jessica Hetherson, escritora y escritora

Jessica Hetherson, nacida en Boston en 1883, fue una escritora de novelas post-románticas de enredo sentimental y social, de notable éxito en los circuitos urbanos de la costa Este estadounidense; varias de sus obras fueron adaptadas por los estudios de Hollywood en las décadas de 1930 y 1940, aunque sin que ninguna obtuviese el mismo éxito que las novelas en las que se basaban; por el contrario, Jessica Hetherson, nacida (por decirlo así) en 1923, fue una escritora de poesía comprometida, no ajena al vanguardismo europeo, amante (dicen algunos, aunque sin pruebas) de Bertolt Brecht y que tuvo una influencia poderosa (esto sí parece indiscutible) en la vida y la obra de Anne Sexton, Sylvia Plath o Simone de Beauvoir, entre muchas otras.

Esto no pasaría de ser una curiosa coincidencia de nombres, si no fuera porque Jessica Hetherson y Jessica Hetherson fueron, en realidad, la misma persona. O no. Será mejor explicarlo con calma.

A principios de 1923, Jessica Hetherson era la personificación del éxito. Sus libros eran leídos y admirados por el público estadounidense (el británico se le resistía algo más, y una parte de la crítica la despreciaba por facilona, por repetitiva y, también, por ser mujer). Estaba casada con un industrial del petróleo, que tenía casas en todos los lugares en los que la gente de esa posición económica se supone que debía tener casas. Juntos habían conocido el mundo. Algunas de sus fiestas pudieron servir de inspiración para las que Scott Fitzgeral retrata en El gran Gatsby.

Pero en abril de ese año, a solo unos meses de su 40.º cumpleaños, Jessica tuvo un accidente de equitación. Cayó del caballo, se quedó inconsciente, la llevaron a casa, trajeron los mejores médicos del país e incluso de Europa. Cuando Jessica despertó de su coma, había perdido el habla, así como la capacidad de leer y escribir.

La familia Hetherson, el público y (ahora sí) la crítica cayeron en la desesperación. ¡Que una escritora tan talentosa como ella perdiese las habilidades lingüísticas! ¡Ironías del destino! Jessica, sin embargo, debió de pensar que el destino se podía meter sus ironías por cualquier rincón, y dedicó los siguientes diez años no solo a volver a aprender a hablar, leer y escribir como cualquier persona, sino a volver a ser, por vocación y por decisión, escritora.

Lo que ocurre es que ya no era la misma escritora. Será porque el accidente la había cambiado como persona; o porque había leído libros que nunca antes había leído (algo así como San Ignacio leyendo vidas de Santos); o porque su lucha por recuperar su vida la había hecho solidaria con otras luchas; sea por lo que sea, el caso es que la Jessica Hetherson que surgió después del accidente era una escritora completamente diferente de la anterior, estilística, temática y hasta ideológicamente. “La caída me robó el habla, pero en cambio me abrió los ojos; yo estaba ciega, ahora veo y puedo escribir sobre lo que veo”.

Esta segunda Jessica Hetherson despreciaba a la primera; escribió artículos brutales contra sus propias obras, por lo que tenían de edulcoradas, de conformistas, de pequeñoburguesas. Gastó una cantidad no despreciable de su fortuna (de la fortuna del marido) en comprar los ejemplares restantes en almacén de sus libros, para destruirlos. Ese fue el último uso que dio al dinero de su marido, y a su marido, porque se separó de él a principios de la década de los años 1930 y nunca volvió a verlo (a pesar de lo cual nunca se oyó una mala palabra de ella hacia él, o de él hacia ella; simplemente se habían distanciado a causa de cierta caída).

A diferencia de la primera Jessica Hetherson, la segunda Jessica Hetherson fue ignorada por el público y aclamada por la crítica especializada; sus textos se relacionaban directamente con el surrealismo francés o el futurismo ruso, siempre en sus versiones más combativas y comprometidas. Sus primeros poemas feministas son casi contemporáneos a Una habitación propia de Virginia Woolf, aunque mucho menos conocidos, por razones de diverso tipo. “Cuando conseguí ver claramente el modo en el que la sociedad, y dentro de la sociedad los hombres, tratan a las mujeres por razón de su sexo, me pregunto cómo es que antes no conseguía verlo; cómo es que podía ser feliz, o creía serlo, mientras me transformaban en una muñeca, en un juguete, en un simulacro de ser humano para divertimento de la mirada masculina”, escribió en 1936 en una carta dirigida a la propia Virginia Woolf.

Tras la muerte de Hetherson, en 1952, algunos críticos, ligados generalmente al ala más conservador de la academia estadounidense, comenzaron a poner en duda la versión oficial de la biografía de Hetherson. Según algunos, nunca hubo ningún accidente de equitación, la pérdida del habla y su recuperación milagrosa: toda la historia recordaba demasiado a la caída del caballo de San Pablo, se notaba a la legua, decían, que era una invención literaria. En realidad, Hetherson no pasaba de ser una señorita bien que un día había sucumbido al virus del comunismo-feminismo (todo está relacionado) y al antiamericanismo más feroz. Sus obras verdaderas eran las primeras, las novelas románticas que mostraban que la felicidad reside en la familia, en el hogar, en la sumisión de la mujer al hombre. Lo otro eran los gritos histéricos de una loca, y nada más.

Entre los críticos de izquierdas, quizás influidos por una deconstrucción no demasiado bien digerida, tampoco faltaban los que negasen la transformación de Hetherson. Para John Livingston, de la universidad de UCLA, por ejemplo, la verdad era otra: en realidad, las novelas sentimentales de la primera época debieron ser escritas por el marido de Jessica, quien avergonzado ante la posibilidad de que su nombre se viera asociado a un género tan poco masculino las publicó bajo el nombre de su mujer. La caída del caballo y el largo periodo de silencio que siguió no fue, según este crítico, sino un periodo de reclusión al que Jessica fue sometida una vez que decidió que ya no soportaba más aquella mentira.

Diversos estudios más o menos exhaustivos han comparado la obra de ambas Jessica Hethersons, con resultados dispares. Un análisis estilístico-estadístico llevado a cabo con ayuda informática en 1999 en el MIT demostró que, efectivamente, las obras de ambas escritoras (la obra de ambas fases de la misma escritora) no compartían ni un mismo léxico ni unas mismas estructuras morfológicas y sintácticas -algo que, en parte, puede estar justificado por el diferente género literario en el que se desarrollaron.

El nombre de Jessica Hetherson ha pasado por lo tanto doblemente a la historia de la literatura estadounidense, aunque siempre en un segundo plano en comparación con sus contemporáneos, como Upton Sinclair o incluso Edward Bellamy. También en la historia de la Psicología Clínica su nombre suele aparecer mencionado en el capítulo sobre la afasia, a modo de curiosidad.

Blog Hop Project: Así escribo mi blog

Normalmente no suelo participar en cadenas de blogs, o de email, o de facebook, de esas que te piden que contestes a una pregunta o copies un poema o elijas un color y luego lo reenvíes a diez personas. La última vez que participé en una cadena así, todavía venía con una peseta pegada con celo.

Pero esta vez, cuando Guillermo, autor de Profesor en apuros, me propuso que contestase a algunas preguntas sobre mi actividad como blogger, como parte de una cadena denominada “Blog Hop Project”, decidí aceptar. No solo por quién me lo pedía (por favor, que no se lo tomen a mal las personas que me han invitado a series así en el pasado y les he dicho que no); sino también, o quizás sobre todo, porque las preguntas que plantea me parecieron interesantes para hacer una pequeña pausa autorreflexiva entre tanto relato tonto.

Así que esto funciona así: yo contesto a continuación a las cuatro preguntas propuestas, y después invito a otras tres personas, tres blogueros (o mejor, dos blogueras y un bloguero) a que hagan lo mismo. La verdad, tengo más ganas de leer sus respuestas que de escribir las mías…

Vamos a eso.

 

1) ¿Qué estoy escribiendo actualmente?

Pues, como decía, relatos tontos. Algunos de ellos son independientes, y otros se agrupan en series, como los protagonizados por Alicia (Alicia, sé que estás leyendo esto, di hola); los de Ruritania o, más recientemente, el blog-culebrón Todo tiempo pesado. En los últimos meses hay bastante autoficción, más o menos próxima a la realidad; algunos relatos tiran hacia lo macabro, otros hacia lo humorístico-absurdo y otros hacia lo fantástico.

Como recordarán los lectores más veteranos (o sea, mi familia), al principio este blog hablaba sobre Irlanda y sobre mi vida, con muy pocas incursiones en la ficción; pero luego poco a poco se transformó en un blog de creación, y ahora me parece que ya no hay vuelta atrás…

 

2) ¿En qué difiere mi escritura de la de otros que desarrollan el mismo género?

Pues no sé si se diferencia tanto de otros blogs de creación literaria, la verdad. A lo mejor si algo lo hace diferente es, precisamente, el que haya varias líneas que se mantienen en el tiempo y que a veces se entrecruzan o se renuevan. O sea, que hay entradas que hacen referencia directa o indirectamente a entradas anteriores, a mundos de ficción relativamente coherentes, o que solo se entienden (o se entienden mejor) si se sigue el blog y se está al tanto de su evolución.

Eso, y la regularidad, porque es muy habitual entre los blogueros el perder el interés y dejar de publicar, o publicar solo de ciento en viento. Últimamente me he propuesto publicar con bastante frecuencia (dos entradas por semana, mínimo), y lo estoy consiguiendo…

 

3) ¿Por qué escribo lo que escribo?

Nos ponemos serios. La verdad, no es fácil contestar a esta pregunta. Hay una primera respuesta obvia: porque me gusta. Porque me lo paso bien escribiendo lo que escribo. Desde que tengo memoria me ha gustado inventar historias (inventarlas más que escribirlas, la verdad), y afortunadamente se me siguen ocurriendo, y me sigue gustando. Sinceramente, no sé explicar por qué se me ocurren las ideas que se me ocurren, por qué algunas se transforman en un cuento y otras no. Son historias que me resultan atractivas, provocadoras o interesantes; historias que a mí me gustaría leer. Por qué escojo, con cierta frecuencia, historias crueles con sangre, tortura, dolor, muerte y destrucción es algo que deberá explicar mi psicoanalista. Si no lo mato antes.

 

4) ¿Cómo es mi proceso de escritura?

Pues suele ser así:

  • Algo que leo, veo o pienso me sugiere el germen de un relato. O a veces es al revés: cojo una idea y pienso: “a partir de aquí, a ver qué historia se podría crear”.
  • Mentalmente, empiezo a desarrollar ese relato. A veces llego a la conclusión de que no vale la pena, y lo dejo aparcado, temporal o definitivamente.
  • Si el relato pasa el filtro, lo sigo desarrollando en la cabeza. A menudo tengo el relato completo pensado antes de ponerme a escribir en el ordenador.
  • Cuando tengo claro que el relato “funciona” (por decirlo de alguna forma), y cuando consigo sacar tiempo, lo escribo y lo publico. Y lo cuelgo en el facebook para que la gente haga likes y comentarios y me alimente el ego.
  • A veces repaso el texto después de publicarlo, cuando lo puedo leer con ojos nuevos. No suelo hacer grandes cambios, pero sí modificaciones menores.

 

Bueno, pues ya está. No ha sido tan difícil. Ni doloroso. Y ahora, mis tres invitados.

Y mis tres invitados son:

10477326_10152163917815205_379238939_n1.- Mónica Basterretxea, autora del blog Mobas. Filóloga, correctora de textos profesional, lectora incorregible, reseñista ocasional, en su presentación del blog dice: “trataré sobre todo temas relacionados con la corrección de textos (ortotipografía, ortografía, sintaxis, léxico, etc.)”; pero en realidad su blog es mucho más que eso: es todo un mundo en el que el libro, desde su materialidad como objeto hasta su significación cultural o artística, es el protagonista.

 

fb2.- Francesc Bon. Los que sean seguidores de Un libro al día ya le conocerán, porque es el autor de, aproximadamente, una de cada cuatro reseñas que publicamos. Pero además también es crítico musical, catalán, padre de familia y seguidor del Barça. Yo no le conozco personalmente, así que no estoy seguro de que realmente no sea un robot. Nadie humano puede leer tantos libros tan rápido.

 

Ainize3.- Ainize Salaberri. Si no sabéis que existe una revista llamada Granite&Rainbow, ya estáis tardando. Si lo sabéis, entonces también sabréis que Ainize es la directora (y el alma, y el corazón, y el cerebro, y las manos) de la revista. De Ainize solo necesitáis saber una cosa: que es la persona que conozco que con más pasión habla de libros y de literatura: como si le fuera la vida en ello. Y a lo mejor le va.

 

Sus respuestas al “test” (si son formales) se publicarán en sus respectivos blogs el próximo lunes. Estad atentos…

Un poeta del Régimen

Cuando tuve la oportunidad de entrevistar a Guillermo Zamora, le hice la pregunta que casi nadie se atreve a hacerle: “¿Es cierto que, como dicen, usted fue un poeta del Régimen?”. Al principio pareció algo incómodo por la pregunta, pero luego empezó a hablar y me explicó cómo habían ocurrido las cosas, desde su punto de vista.

Toda la confusión empezó cuando sus poemas fueron descubiertos, en 1965, por López de Madrigal, crítico falangista que había llegado a ser editor de la revista Nuevo Futuro y que se jactaba de ser amigo íntimo de Rosales y de Aleixandre. López de Madrigal se presentó un día en su casa y le dijo: “¿Te gustaría ver tus tres Libros del surtidor reeditados en Madrid por la editorial España?” ¿Qué iba a decir Guillermo Zamora, un poeta de provincias, y no de una de las provincias más importantes? Que sí, claro. Que adelante. Que sería un honor.

Hasta ese momento, me explicaba, para él “el Régimen” eran el cura, el alcalde y la parejita de la Guardia Civil. Y no es que comiese con ellos todos los domingos, pero tampoco rechazaba estrecharles la mano por la calle, si es que me hago entender. Además, Guillermo Zamora, como muchos poetas, tenía una alta opinión de sí mismo, así que no rechazaba ninguno de los homenajes (merecidos, en su opinión) que le organizaba el ayuntamiento o la Diputación. Esta invitación venida de Madrid no era más que la confirmación de su talento, su reconocimiento tardío pero bien ganado.

Cuando se publicó el volumen con los tres Libros del surtidor, ya en 1967, Guillermo Zamora fue invitado a viajar a la capital para la presentación. Lo recibió en la estación el propio López de Madrigal, acompañado por otro hombre que resultó ser Camilo José Cela. Comieron juntos, paseron por la Castellana, tomaron un piscolabis en el Café Gijón, Cela les propuso irse de putas pero Zamora declinó: estaba cansado y quería recogerse pronto.

La presentación fue un acto de postín: hasta un Ministro había entre el público. Pero fue en ese momento, me decía Guillermo Zamora, cuando empezó a sentir una extraña incomodidad. Toda aquella gente, ¿habría leído su obra? Y si no la había leído, ¿para qué estaban allí? ¿Por qué estaban allí? La incomodidad se expandió hasta el sofoco cuando López de Madrigal, en un largo discurso lleno de retórica, alabó la poesía de Zamora como ejemplo “de las potencialidades esenciales del alma patria, de la que surgieron cuando así fue preciso, cual surtidor (guiño), los héroes escogidos para la Cruzada de salvación nacional, y entre todos ellos, más alto que todos, el Caudillo”.

El acto terminó con vivas a Franco y a España, y con un piadoso Padre Nuestro. Allí nadie hablaba de poesía, y cuando hablaban era peor: un catedrático de la Universidad de Alcalá se le acercó para saludarle, y para decirle que ya era hora de que aparecieran en España poetas machos, y no tantos maricas como Resina o Rublet. Zamora conocía a Resina, conocía su poesía y a él lo había conocido también, personalmente, durante un viaje a Valencia. “Su poesía es excelente”, se atrevió a decir. “Excelente, quizás, para un siglo de paz y pastores; pero no es la que necesita España de sus poetas en estos momentos”, le contestó el catedrático.

Esa noche, durante unas copas, López de Madrigal le dijo a Guillermo Zamora que estaba haciendo las gestiones necesarias para que al año siguiente le concedieran a él, a Zamora, el Premio Nacional de Poesía (entonces no se llamaba Premio Nacional de Poesía, pero no importa). Guillermo Zamora le dijo que muchas gracias, muy amable, pero que no se tomase la molestia. Que él prefería seguir escribiendo sobre el surtidor y seguir siendo un modesto poeta de provincias (y no de una de las provincias más importantes). Al día siguiente escapó de Madrid y nunca más volvió.

Pero desde ese momento, su imagen como poeta del Régimen ya estaba forjada, por lo menos en los medios literarios. Cuando se publicó el Cuarto libro del surtidor, en 1971, López de Madrigal consiguió que se imprimiese inmediatamente y sin permiso del autor una reedición en Madrid,  que muchos, incluso algunos especialistas académicos, creen erróneamente que es la edición original. El nombre de Guillermo Zamora pasó a figurar (en letra no demasiado grande, es cierto) en los manuales de literatura del sistema educativo franquista, y uno de sus poemas, la “Oda veintisiete al surtidor”, aparecía recurrentemente en las antologías de poesía de la época, como metáfora (así lo interpretaban) del resurgir de la Patria en tiempos de confusión y graves amenazas internas y externas.

Cuando llegó la democracia, el daño ya estaba hecho, y Guillermo Zamora fue apartado del canon oficial. “Pero yo no tenía la culpa de que el Régimen me utilizase”, me decía Guillermo Zamora durante nuestra entrevista. “¿Qué podía haber hecho yo? ¿Negarme a publicar? ¿Enviar cartas a los periódicos para desmarcarme del régimen? ¿Exiliarme? ¿Escribir de otra cosa que no fuese el surtidor?” Sus siguientes obras tuvieron incluso dificultades para ver la luz: el Quinto libro del surtidor se tuvo que imprimir a costa del propio autor, y esta vez, claro, no hubo reedición madrileña. Cuando un joven investigador decidió hacer su tesis doctoral sobre Guillermo Zamora y editar conjuntamente todos sus libros nadie se lo impidió, pero tampoco nadie le hizo demasiado caso.

“A lo mejor cuando pasen cincuenta o cien años más la gente se olvida de todo esto y me empiezan a valorar, quién sabe. Pero para entonces yo ya estaré muerto, así que, qué más da”, decía Zamora mientras encendía su enésimo cigarrillo. “Muchos otros no hicieron nada, absolutamente nada, por oponerse al Franquismo, y nadie se lo echa en cara”. “Hombre, no es exactamente lo mismo”, me atreví a decir. No le gustó. “Mira, chico”, me dijo por fin, “todo eso del Régimen y de López de Madrigal y demás es mejor que no lo publiques. Va a hacer más mal que bien, y ya hay cosas que no tienen remedio.”

Así que no lo publiqué.

La entrevista – Tercera variante

[Comienza la grabación]

SPI – ¿Está grabando? ¿Está grabando? Sí, está grabando. Bueno. Empezamos. ¿Empezamos? Empezamos. Estamos aquí con don… con el señor Guillermo Zamora. Diga hola, señor Guillermo Zamora.

GZ – Hola…

SPI – No hace falta que se agache, el micrófono lo capta todo aunque hable bajito.

GZ – Ah, perfecto entonces.

SPI – Guillermo Zamora es un señor gordo, algo cargado de espaldas, feo como pegarle a un padre…

GZ – ¡Pero oiga!

SPI – No me haga caso, esto son anotaciones mentales que hago para redactar después la entrevista. Ya sabe: “El escritor Guillermo Zamora nos recibe en su casa…”

GZ – ¡Pero no estamos en mi casa!

SPI – Da igual, siempre queda mejor decir que ha sido en casa. Y ya que estamos, ¿no llevará encima una fotografía de su casa, para que me haga una idea?

GZ – Pues no…

SPI – No importa. Vamos a empezzzz… bffff… Perdón, llevo aquí tres horas tomando cervezas, estoy con una acidez que ni se imagina. Vamos a empezar. Guillermo Zamora.

GZ – …

SPI – Guillermo Zamora, es usted, ¿no?

GZ – Sí.

SPI – Bien, es un principio. Y me dicen que escribe usted… ¿poesía?

GZ – ¿No ha leído usted ninguno de mis libros?

SPI – ¡Ah, no! Yo no leo poesía. Yo casi no leo, en realidad.

GZ – Pues…

SPI – ¿Y me dicen que en esto de la poesía es usted famosillo y tal?

GZ – Pues, no está bien que lo diga yo, pero… He ganado algunos de los premios más prestigiosos en lengua castellana: el Adonais, el Loewe, el Miguel Hernández, el Lucas Molero de Colombia, el Reina Sofía de poesía en 2004…

SPI – ¿Y el Nobel?

GZ – El Nobel no… aunque me dicen que mi nombre lleva algunos años sonando…

SPI – Pero no lo ha ganado.

GZ – No.

SPI – Pues entonces, no vale. ¡Mira el abuelete intentando abultar el currículum!

GZ – ¡Pero he ganado otros premios…!

SPI – Ya, pero el que vale es el Nobel. Y el Nobel no lo ha ganado. En fin, vamos a dejar eso. Entonces, poessss… bfff… perdone, cerveza, gas, acidez… Y hablando de eso… ¡Arturo! ¡Sácame otra cervecita! Y a este señor, lo que quiera, que invita el periódico.

GZ – Una manzanillla, por favor.

SPI – ¡Ahí, tirando la casa por la ventana! Si va a ser verdad lo que dicen, que los poetas sois todos unos golfos…

GZ – Oiga, señor…

SPI – Que noooo, que estoy de broma… No me lo lleves a mal. ¿Te importa que te tutee? No te importa que te tutee, ¿verdad, Guillermo? ¿Guille? ¿Alguien te llama Guille?

GZ – No, nadie, y preferiría que no…

SPI – Hombre, mi cervecita. Gracias, Arturo. ¿Cuántas llevo ya?

[Voz del camarero: Nueve con esta. Y no me llamo Arturo, me llamo Braulio]

SPI – Braulio, ¡qué nombre tan feo, jajaja! ¡Mucho mejor Arturo! Pues mira, Arturo, me vas a traer otras tres más y así hacemos la docenita, ¡jajajaja!

[Voz del camarero: Anda y que te (incomprensible)]

SPI – Chico, Arturo, qué poco sentido del humor… ¡Te estás jugando la propina! ¡Jajajaja! En fin, vamos a seguir. Entonces. Guillermo Zamora.

GZ – …

SPI – Vamos, hombre, que esto ya lo habíamos hecho. Usted… Tú eres Guillermo Zamora. Guille.

GZ – Guillermo Zamora, sí.

SPI – Y escribes poesía.

GZ – Poesía, sí.

SPI – ¿Y por qué poesía?

GZ – Hombre, por fin una pregunta de fuste. ¡La poesía, joven, es un llamado esencial del espíritu!

SPI – Eso no lo he entendido.

GZ – Digo, joven, que la poesía no se escoge. La poesía te escoge a ti.

SPI – ¡Ja! ¡Qué tontería! La novela da mucho más dinero.

GZ – Disculpe, joven.

SPI – Mira, es muy fácil. La próxima vez que se te ocurra algo, en vez de escribirlo así, en líneas cortas, que además desperdicias una barbaridad de papel, escríbelas todas seguiditas como las personas normales.

GZ – Pero… eso no es…

SPI – Que sí, que sí, hazme caso, Guille. Escribes así, todo seguido, prosa se llama eso, y ya solo tienes que seguir hasta tener ciento cincuenta o doscientas páginas. A eso se le llama novela. Y vende mucho más que las cosas que escribes ahora.

GZ – Mire, joven, creo que voy a…

SPI – Vendría bien que hubiera una tía de por medio. Una tía buena. Con tetas bien gordas.

GZ – Me va a disculpar, pero…

SPI – Y dos o tres escenas de sexo. Me da que tú de sexo no sabes mucho, pero ya te puedo prestar yo unas revistas…

GZ – Hasta luego, joven. Que le vaya bien.

SPI – ¡Venga, Guille, no seas así! En fin, estos abuelos… Nota mental: el señor Guillermo Zamora se ha levantado de la mesa y se dirige a la salida. Para lo bajito que es, qué gordo que está, parece un armario. ¡Arturo! ¡La cuenta! ¡Pero no pongas “cerveza”!, ¿eh? ¡Pon “varios”!

[Se interrumpe la grabación]

La entrevista – Segunda variante

La entrevista iba a ser en casa del escritor. Guillermo Zamora tiene, tenía, fama de ogro, así que iba preparado para cualquier cosa; iba preparado incluso para que no quisiera abrirme la puerta. Pero no iba preparado para me abriese la puerta fuese una muchacha de unos veintital años, morena de ojos negros, vestida en vaqueros y camiseta blanca lisa: una Venus recién salida de la concha, una Monica Bellucci recién salida del baño.

Habría pensado que me había equivocado de casa, si no fuera porque en la pared de enfrente había un cartel bien grande con la cara de Guillermo Zamora y la portada del Primer libro del surtidor. “Pasa, pasa”, me dijo la muchacha, “estábamos esperándote”. “Yo también”, contesté, sin saber muy bien a qué me refería. La chica se me quedó mirando con los ojos muy abiertos, pero no dijo nada.

Guillermo Zamora estaba sentado en el sofá. Era un hombre pequeño, grisáceo y pacífico, de aspecto frágil, como un papel quemado. Me dio la mano desde el sofá. “Perdone que no me levante”, dijo, y se rió con una risa que más bien era una tos.

“¿Quieres un café?”, me preguntó la chica, a la que la camiseta quedaba ligeramente corta, mostrando unos milímetros de piel por encima del cinturón.

“Sí, por favor, gracias, o sea, no, no hace falta. Sí. Con leche”, respondí.

La chica salió del salón y me quedé con Guillermo Zamora. Horas antes, habría dado un brazo por estar a solas en una habitación con él; ahora, solo quería salir detrás de la muchacha hacia la cocina (o hacia otras habitaciones de la casa).

“Empezamos cuando quieras”, dijo Zamora, estirando el cuello y ajustándose la camisa como si fuese a aparecer en televisión. Encendí la grabadora y le hice la primera de las cuarenta preguntas que había preparado concienzudamente la noche anterior. “¿Qué es la poesía para usted?” “¿Cuáles son sus fuentes o inspiraciones principales?” “¿Puede la literatura vencer a la muerte?” Aburrido, aburrido, aburrido. Yo preguntaba con desgana y Guillermo Zamora respondía con una pasión impropia de su edad, como si aquella fuera su primera entrevista. Mi mirada vigilaba la puerta de la sala.

Finalmente, la chica volvió trayendo una bandejita plateada con tres tazas.

“Lo tomabas con leche, ¿no?”

“No”, contesté, atontado, mirándola fijamente. “O sea, sí, perdona. Con leche. Sin azúcar. El café de casa lo tomo sin azúcar, y es curioso, el café de cafetería en cambio lo tomo con azúcar, ¿no es curioso? Jajaja.”

Nadie se rió conmigo.

“Bueno, os dejo que sigáis con lo vuestro”, dijo la muchacha. Y se fue a sentar en una mesita pequeña de cristal junto a la ventana, al otro lado del salón. Ella nos daba la espalda, pero yo podía admirarla a voluntad.

Guillermo Zamora continuó lo que ya era prácticamente una autoentrevista. “¿Dónde estábamos? Ah, sí. Cuando cumplí los treinta años dejé el campo y me mudé a Madrid. Madrid no era lo que es ahora, ustedes los jóvenes piensan que la vida siempre ha sido como ahora, que todo… pero cuando yo tenía treinta años… Mi padre siempre decía, no hay cosa más triste que un joven triste. Mi padre era un gran hombre, aunque nos pegaba. Pero eran otros tiempos, entonces pegar a los hijos y a la mujer era lo normal y a nadie le parecía que fuera nada malo”.

Yo le dejaba hablar (ya oiría la grabación más tarde) y miraba a la muchacha, inclinada sobre el ordenador, con el pelo cayéndole sobre la cara. Se había quitado las zapatillas y sus pies descalzos jugaban con los flecos de la alfombra.

“Mire, joven”, dijo después de un buen rato Guillermo Zamora, intentando recuperar mi atención: “voy a darle una exclusiva para que la publique en su periódico: estoy escribiendo un nuevo libro del surtidor”.

Aquello era ciertamente una noticia explosiva (hasta donde puede ser explosiva una noticia sobre poesía en nuestros tiempos): el último libro del surtidor se había publicado en 1968, hacía más de treinta y cinco años, y era un clásico imprescindible de la literatura contemporánea. Un sexto libro del surtidor… podía tener la capacidad de sacudir el panorama poético y crítico español. Pero a mí me importaba un carajo en ese momento.

“¿Es su hija?”, pregunté, bajando la voz.

“¿Cómo?”

“Ella, la chica, ¿es su hija? ¿Su nieta? ¿Su sobrina?”

“¡Es mi novia!”, dijo, con una sonrisa ancha y orgullosa.

Su novia, aquella muchacha de veintital años, pelo negro, ojos negros, piel clara, sonrisa que te acoge y te acuna y todo va a estar bien mientras estemos juntos, era la novia de Guillermo Zamora, que de repente ya no me parecía un hombre frágil, sabio y entrañable sino un ser decrépito, arrugado, podrido, zafio, lascivo.

“Es traductora”, aclaró. “Pero no es muy buena. No le dejaría que tradujera uno de mis libros ni por diversión. No es demasiado lista…”

“Es muy bonita”, dije, casi sin darme cuenta.

“Todas son bonitas al principio”, me contestó, guiñando un ojo. En las comisuras de los labios se la había formado una pasta blanca de saliva.

La muchacha supo que estábamos hablando de ella y se giró, sonriéndonos con orgullo, pero no orgullo de sí misma sino del escritor y su fama y su genialidad. Y yo lo odié. Odié a aquel hombre al que había admirado hasta una hora antes, a quien consideraba un sabio, un iluminado, un profeta. ¿Le pegaría también él a aquella pobre chica? ¿Le diría que era tonta, que no valía nada, que no sabía la suerte que tenía de estar con él? ¿Qué otras cosas haría con ella, le haría a ella, qué otras cosas se dejaría hacer ella con tal de estar con aquel hombre?

“Creo que hay dos tipos de grandes escritores”, le dije a Guillermo Zamora. “Los que han comprendido las verdades profundas de la vida, y escriben sobre ellas y por eso son grandes; y los que simplemente saben escribir bien porque dominan la técnica, como otros saben tejer o cocinar o hacer muebles”.

“¿Y yo de qué tipo soy?”, preguntó, ahuecándose anticipadamente en espera del elogio.

“Creo que ya tengo suficiente material”, dije, y paré la grabadora. Creo que no entendió, aunque no puedo estar seguro porque me levanté de la butaca sin darle tiempo casi ni a decirme adiós.

La muchacha vino a acompañarme hasta la puerta.

“¿Ha ido bien?”, me preguntó. “No te desanimes si te ha dicho algo desagradable. A veces tiene unos prontos… pero luego se le pasa. No es mala persona, pero ya está mayor… y ha sufrido mucho…”

Sin contestar nada di un paso al frente y abracé a la muchacha, que me abrazó con suavidad, sorprendida por el gesto. Por encima del hombro podía ver a Guillermo Zamora observarnos, divertido.

Salí de la casa, cogí el ascensor, salí del edificio y me metí al bar más cercano a emborracharme como un perro. Borré la grabación de la entrevista y le mandé un mensaje a mi jefe diciendo que Guillermo Zamora no se había dignado abrirme la puerta; que no había habido entrevista.

Al mes siguiente, El Cultural publicaba en portada la exclusiva de la publicación del quinto libro del surtidor. La editorial tuvo la deferencia de enviarme una copia. Aunque me duela reconocerlo, es un gran libro.