El premio

Esta noche, en casa de algunos de los mejores escritores (y escritoras) del mundo:

EL ESCRITOR (O ESCRITORA): Cariño…

LA SUFRIDA ESPOSA (O ESPOSO): Mmmmmh…

ESC: ¡Cariño!

ESP: Quéeeee…

ESC: ¿Estás dormida? (o dormido)

ESP: Estaba… ¿y tú? ¿No consigues dormir?

ESC: No… Es por… ya sabes… el premio.

ESP: ¿El premio? ¡Ah, el Premio!

ESC: ¿Tú crees que me lo darán esta vez?

ESP: No lo sé, cariño.

ESC: Pero ¿no crees que me lo merezco?

ESP: Claro que te lo mereces, cariño. Eres el mejor escritor (o escritora) del mundo. Hace años que te lo mereces.

ESC: Pero nunca me lo dan…

ESP: Bueno, ya sabes cómo es esto. Es todo política. Marketing. Al final, la literatura es lo de menos. Si se valorase la literatura, tú deberías tener ya tres premios de esos.

ESC: Sólo se puede ganar una vez, cariño.

ESP: Ya lo sé, cariño. Era broma.

ESC: Ah. ¿Pero tú crees que me lo darán?

ESP: No lo sé, cariño. Espero que sí.

ESC: Como se lo den al pesado de… ya sabes tú quién… ¡eso sí que no! Que no me lo den a mí si no quieren, ¡pero que no se lo den a… ese! ¡A ese no! Cualquiera le aguanta, si se lo dan… Se cree el mejor escritor del mundo…

ESP: Pero el mejor escritor (o escritora) del mundo eres tú…

ESC: Sí… o sea, no… no sé, pero yo creo que ya podían darme el premio, ¿no?

ESP: Pues sí, porque a este paso, te mueres antes de que te lo den.

ESC: Cariño, no digas eso.

ESP: Perdona.

ESC: …

ESP: …

ESC: Si me lo dan, voy a decir que no me lo esperaba para nada. Que ha sido una sorpresa. Que estaba desayunando y leyendo el periódico cuando me han llamado.

ESP: Claro que sí, cariño.

ESC: Que quien se lo merece realmente es el pesado ese… ¡Eso voy a decir! ¡Para que se joda!

ESP: Claro que sí, cariño. Venga, vamos a dormir.

ESC: Está bien, cariño. Hasta mañana.

ESP: Hasta mañana.

ESC: …

ESP: …

ESC: Pero… ¿y si no me lo dan?

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Divertimento

Lo que digo es que las cosas “con sabor a fresa” realmente no saben a fresa. Un yogur de fresa no sabe a fresa. Un chicle de fresa no sabe a fresa. Un helado de fresa… ya verás, haz la prueba. Cómete una fresa madura, y justo después, todavía con el sabor de la fresa en la memoria, prueba un helado, un yogur o un chicle de fresa.

¡No saben a fresa! ¡Saben a “sabor a fresa”!

Y esto no lo podemos permitir. Porque imagínate que llega un día en que desaparecen las fresas de verdad, por culpa del cambio climático o de la contaminación o de la Merkel, y solo nos quedan las cosas “con sabor a fresa”. Imagínate qué desastre. Las futuras generaciones pensarían que es así como sabían las fresas. Se dirán unos a otros: “no necesitamos fresas; tenemos los yogures, los chicles y los helados de fresa, que viene a ser lo mismo”.

Y cuando muera el último ser humano que comió una fresa de verdad, no quedará nadie para explicarles que no, que eso no es así, que las fresas sabían a otra cosa, que no se dejen engañar por las corporaciones internacionales ni por la publicidad ni por la Merkel.

¡No lo podemos permitir! ¡Por nuestros hijos! ¡Por nuestros nietos!

¿Me explico?

Bebé-Thor

Las autoridades acordonaron el Casco Viejo porque se corrió la voz de que iba a nacer un bebé-animal en alguna parte del barrio. Yo conseguí atravesar el control porque soy pequeño, y paso desapercibido, y porque tenía dentista y no quería perder la cita (no me encontraron ninguna caries nueva, a dios gracias).

Cuando llegué se había formado ya un importante corrillo de gente a la espera de noticias en la plaza de la catedral. Por encima del zumbido de las conversaciones se oían los gritos de la parturienta, y todavía por encima de estos, los de un hombre vendiendo barquillos. Los barquillos eran muy caros pero aun así me compré media docena con chocolate. Para celebrar que no tenía caries nuevas.

El ambiente estaba de lo más animado. A mi lado, una chica bellísima decía cosas bellísimas sobre la libertad y la democracia y la igualdad, pero yo solo podía pensar en arrancarle la camiseta y mordisquearle los pezones (dicho sea con el mayor de los respetos). En cambio, una mujer que paseaba un cerdo atado con una correa comentaba: “Ojalá nazca bebé-cerdo. Los cerdos son animales muy obedientes”, y dicho esto le dio un limón entero al suyo, que se lo comió de un bocado sin protestar, aunque le caían unos lagrimones enormes.

Finalmente, nació el bebé, y nació bebé-pez-martillo (por lo que muy pronto se le puso el apodo de “Thor”, aunque su familia había decidido llamarlo Ramiro). La madre nos lo enseñó desde el balcón, y pudimos ver su piel gris reluciente, su cabeza transversal, su colita temblorosa, sus agallas palpitantes. Para sorpresa de todos, el bebé nació hablando casi perfectamente (ceceaba un poco, pero se le entendía). Nos agradeció a todos nuestra presencia, dijo que tenía grandes esperanzas de cambio y que venían tiempos mejores para todos. Y que por favor dejásemos de comer atún en conserva.

Y después de decir esto, con dos golpes de cola bien dados saltó del balcón y se escurrió entre la gente en dirección al río. Lo vimos desaparecer nadando decididamente hacia al mar. Cuando llegaron las autoridades ya no lo encontraron, así que, para compensar, se llevaron detenido al cerdo de la señora. Los demás nos dispersamos y dejamos a la señora y a la madre de Thor abrazadas, llorando por sus respectivas pérdidas.

En conjunto, diría que fue una mañana interesante.

Rupturas

La primera vez que Alicia me dejó nos reímos mucho. No es que hubiera ninguna confusión: los dos teníamos claro que estábamos terminando nuestra relación, reconociendo un fracaso en definitiva; pero a los dos la situación nos parecía divertidísima, probablemente por descubrirnos, así de repente, encarnando un cliché.

La segunda vez que Alicia me dejó no nos reímos en absoluto. Estábamos demasiado atrapados por la sensación de vacío, de pérdida, por la perspectiva de un futuro el uno sin el otro. A pesar de todo lo que ha venido después, esta ruptura fue la más auténtica.

La tercera vez los dos nos quedamos insatisfechos con la escena: sonó falsa, como actores que llevan demasiado tiempo interpretando un papel y hacen los gestos correctos, pero sin sentimiento. Alicia y yo nos prometimos repetir esta ruptura más adelante, para mejorarla.

La cuarta vez la dejé yo a ella, porque creo firmemente que la rutina es el mayor peligro para cualquier pareja.

La quinta vez Alicia me dejó con público, en medio de una celebración familiar. Fue la ruptura más exaltada de todas, con gritos, reproches y amenazas a las que ninguno de los dos éramos muy aficionados. Nos salió tan bien que cuando acabamos sentí la tentación de hacer una reverencia.

La sexta y la séptima veces vinieron tan seguidas que casi es difícil distinguirlas (porque mucha gente ni siquiera llegó a enterarse de que en medio habíamos vuelto a estar juntos). Pero para nosotros, que somos los que importamos, por supuesto que fueron distintas: la sexta, por teléfono y con desgana -estábamos de resaca-; la séptima, en medio de un viaje a Roma del que acabamos disfrutando por separado.

Ayer fue nuestra octava y última ruptura (por el momento). En el fragor de la despedida nos prometimos que esta vez sería para siempre. Pero solo dos horas más tarde me llamó Alicia algo preocupada: “¿No te parece que hemos exagerado un poco, sobre todo al final?” Al final, ella había llorado, y yo había hecho mutis con un portazo. “Puede ser. A veces resulta difícil meterse en el momento y uno exagera por si acaso…” “Sí, eso es. Yo debería haberme ahorrado ese gesto tan hortera de ponerme las manos en la cara”. “Y yo el puñetazo en la mesa. Que sigo diciendo que te la pago”. “No, no te preocupes, estaba ya a punto de cascarse”. Y luego: “Pues nada, a ver si la siguiente ruptura nos queda mejor”. “A ver”, le digo, y colgamos.

He pasado la noche en vela, como un adolescente, imaginando una octava (y una novena, décima, undécima) ruptura entre Alicia y yo. Solo de pensarlo, se me aceleran los pulsos…

Una entrada bonita para mi cumpleaños

A vosotros, lectores…

Hoy que cumplo años, quiero escribir para variar una entrada bonita, que os guste y no os haga pensar que soy un bicho raro y probablemente peligroso (como el 90% de las que escribo normalmente). Tendrá que ser, probablemente, una entrada romántica, escrita con un estilo sencillo y algo poético aunque sin pasarse, sin llegar a ser cursi.

Tendrá que haber entonces un chico y una chica, jóvenes, simpáticos y aceptablemente atractivos. Habrá un primer encuentro, tímido, divertido, lleno de promesas. Algunas sonrisas y a lo mejor algún cruce de miradas. Supongo que se oye música de fondo, aunque nada de violines, no hay que sobrecargarlo, esto no es una película de Hollywood. Como habéis leído historias parecidas un montón de veces, ya sabéis hacia dónde va esto.

Me imagino que luego habrá conversaciones profundas y algo melancólicas con una cerveza en la mano y mirando el mar. No, cerveza no: mejor una copa de vino, que es más elegante. Esta tiene que ser una historia bonita y que os guste, pero también una historia que demuestre que soy una persona seria, madura y respetable. El chico y la chica están tomando una copa de vino, entonces, mirando el mar y hablando de cosas profundas y algo melancólicas (basadas en sus propios pasados, o en algo que vieron en una película y les gustó). Me imagino que será una escena de descubrimiento mutuo, de desnudez de las almas, como las que aparecen siempre en las novelas de Murakami.

No sé si atreverme a poner aquí una escena de sexo. ¿Os parecería demasiado atrevido que incluyera una escena de sexo? Creo que no, pero tampoco sé cómo afectaría eso a mi imagen como persona seria, madura y respetable. En todo caso, si finalmente hay una escena de sexo, será todo muy delicado y muy dulce (lo que no quiere decir que la ropa no salga volando por la habitación y las pieles no se rocen en los puntos exactos en que tienen que rozarse). Naturalmente, después del sexo el chico y la chica se dormirán abrazados y con las manos entrelazadas. Creo que eso os gustaría. A mí me parece un poco romanticón, pero hoy mandáis vosotros.

Ahora me encuentro con dificultades. No sé cómo seguir. Mi instinto algo perverso (a estas alturas ya no creo que os sorprenda) me invita a hacer que esta no sea una historia romántica al uso: si fuera por mí, haría que su relación se pudra y se corrompa (físicamente), que a ella le crezcan dos dedos de más en cada mano, que él desaparezca y se convierta en gato, algo así. Pero quiero escribir una historia romántica, bonita y que os guste, así que no hago nada de eso: los dejo dormir hasta tarde, felices el uno al lado del otro, y luego dejo pasar los meses y pasar las conversaciones y las escenas de sexo y todo va bien.

Permitidme que la historia no acabe en boda. Aunque esta quiera ser una historia romántica, bonita y que os guste, creo que no podría soportar algo tan convencional. Además, si esto terminase así, ¿dónde está el conflicto? ¿Y el interés? ¿Por qué leería alguien una historia ya leída mil veces y que siempre es igual, por los siglos de los siglos? Así que sin boda, solo se me ocurren dos caminos posibles: que el chico y la chica rompan, o que sigan juntos, pero sin casarse, al margen de convencionalismos. El amor o el mundo deben ceder. No sé por cuál de las dos historias decidirme: os regalo las dos. Dejadme solo añadir, porque si no este no sería un cuento mío, que en algún momento de la historia aparece una cabra.

¿Veis cómo soy normal, serio, maduro y respetable?