Disfraz pitagórico

Este año por carnaval decidí disfrazarme de hipotenusa, pero no conseguí convencer a dos amigos para que se vistieran de catetos, así que el disfraz no se entendía bien. Iba por la calle y la gente me preguntaba: “¿De qué vas, de línea recta?” Y yo contestaba: “No, de hipotenusa”. Y la gente, confundida: “¿Y dónde están tus catetos?” Y ya no tenía nada que contestarles y me daban ganas de marcharme a casa a ver una película o una serie.

El disfraz de hipotenusa también tenía otro problema, y es que sin catetos que la limitasen, tendía a estirarse hacia un lado y hacia el otro hasta el infinito. Al principio no era un gran problema, porque siempre he querido ser más alto de lo que soy, pero llegó un momento en que ya estaba tan estirado que corría el riesgo de ser invisible de perfil.

Cuando ya estaba tan tendiente al infinito que casi no cabía por las puertas, me encontré con una chica que tenía un problema similar al mío, pero en sentido bidimensional. “¿De qué vas disfrazada tú?”, le pregunté con voz de hipotenusa. “Pues mis amigas y yo íbamos a disfrazarnos de tetraedro, pero me han dejado tirada y ahora solo soy un plano”. Su historia, tan similar a la mía, me conmovió. “¿Qué te parece”, le pregunté, atragantándome, “qué te parece si nos intersectamos?” “Eso…”, me contestó con una sonrisa, “¡eso sería un punto!” “¡Un puntazo!”, concordé yo.

Y de lo que pasó el resto de la noche, que cada cual haga sus teorías, o mejor, sus teoremas.

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Pequeño divertimento familiar

“Qué gordo te has puesto”, me dice mi madre cuando me ve. “Estás más gordo que la última vez”, me dice cuando vuelve a verme un mes más tarde. “Estás más gordo”, repite cuando vuelvo a casa por Navidad, y eso que todavía no han pasado las navidades. Y cada vez que me lo dice me hincho más y más como un globo, y si sigue este ritmo tengo miedo de estallar dentro de dos visitas en el área de llegadas del aeropuerto de Bilbao.

“¡Huy qué delgado estás! ¿Ya comes bien?”, me dice mi abuela nada más verme, y al instante me desinflo con un resoplido de alivio.

Por la abolición del siglo XVIII (Una humilde propuesta)

En vista de su escasa relevancia histórica, cultural y literaria; del poco interés que provoca en historiadores, investigadores y académicos (lo que sin duda es significativo de algo, aunque no está muy claro de qué), y considerando que en tiempos tan acelerados como los nuestros es necesario establecer prioridades y realizar selecciones a menudo dolorosas, los abajo firmantes PROPONEMOS LA ABOLICIÓN DEL SIGLO XVIII en su totalidad, y su desaparición de las historias generales y específicas.

Para evitar un extraño y poco práctico salto entre los años 1700 y 1801, se propone la sustitución de todas las fechas de 1801 en adelante, por las correspondientes a partir de 1701. Así, las guerras napoleónicas tendrían lugar en 1702-1714; las revoluciones liberales, en 1730, 1748, 1768… La primera Guerra Mundial pasaría a desarrollarse entre 1814 y 1818, y la segunda, entre 1839 y 1845, etc. Actualmente estaríamos, según la nueva numeración, en el comienzo del siglo XX (lo que podría provocar inicialmente cierta perplejidad, pero a todo se acostumbra uno).

Naturalmente, esta alteración exigirá algunos ajustes en diversas áreas:

  • Los pocos eventos históricos relevantes del siglo XVIII, como la Revolución Francesa o la Independencia de los Estados Unidos, podrán acomodarse sin grandes problemas en los siglos anteriores y posteriores.
  • En el campo de la historia del Arte (pintura, arquitectura, escultura), podrán adscribirse al Renacimiento del Siglo XVI la mayoría de las obras, sin que nadie note la diferencia. Lo mismo con la historia de la filosofía: ¿por qué no pueden Rousseau, Montesquieu o Diderot contemporáneos de Machiavello?
  • En el campo de la literatura el siglo XVIII puede desaparecer sin que nadie lo eche demasiado de menos.
  • La historia de la música necesitará mayores ajustes: no parece que se pueda reescribir ignorando a Haydn, Mozart o al joven Beethoven. Se propone por lo tanto, en este caso concreto, adelantar cien años todo el relato histórico: Shostakovich nació en 1806; Mahler, en 1760; Beethoven, en 1670, etc. No hay duda de que eso provocará incongruencias, porque el barroco musical no coincidirá con el barroco pictórico, por ejemplo, o porque la música renacentista pasará a hundirse en la Edad Media; pero en todo caso nadie escucha música compuesta antes de Bach o Vivaldi, así que…
  • En el caso de la historia de España, no resultará muy difícil mezclar la Guerra de Independencia con la Guerra de Sucesión, y seguir a partir de ahí. Con lo poco que la gente sabe sobre historia española, a muchos les parecerá que nada ha cambiado.

Naturalmente, estos cambios provocará perplejidad y alguna incomodidad en los primeros tiempos, pero también traerán numerosas, innegables ventajas:

  • Se ahorrará espacio en las bibliotecas, al desaparecer todos los libros escritos en el siglo XVIII. Es verdad que no se ahorrará mucho espacio, porque durante el siglo XVIII no se escribió casi nada digno de mención, pero algo será.
  • Se ahorrará tiempo. Cien años, para ser exactos.
  • La reforma tendrá también beneficios ecológicos: las páginas dedicadas al siglo XVIII en obras ya publicadas podrán ser arrancadas y recicladas; las obras nuevas directamente se ahorrarán esas páginas o podrán dedicarlas a cosas más productivas. Bosques enteros pueden salvarse de esta forma.
  • Eliminar un siglo, por muy absurdo que sea, ahorrará también esfuerzos, preocupaciones y traumas a las futuras generaciones de estudiantes. Menos horas de estudio son más horas de juego, de socialización, de felicidad en definitiva.

En caso de ser exitosa, no se descarta pedir la ampliación de esta medida a otras épocas igualmente absurdas, como los siglos II-VIII. Pero hay que comenzar por lo verdaderamente importante, por lo auténticamente obvio.

 

¡Borremos el siglo XVIII! ¡Por nuestros hijos!

Para unirte a esta urgente  e importante iniciativa, envía un email a borremoselsigloxviii@gmail.com con tus datos. ¡Te necesitamos! ¡Tú nos necesitas! ¡Y lo sabes!

Diez pasos para una tortilla perfecta

1.- Busca en internet la receta de la tortilla de patatas. Ahora, olvida lo que has leído. Olvida haberlo leído. Borra el historial de internet. Desintala el navegador. Formatea el disco duro. Destruye tu ordenador con un palo de madera. Si lo destruyes con cualquier cosa que no sea un palo de madera, la tortilla no quedará bien.

2.- Compra una cabra virgen. Sí, tiene que ser una cabra virgen. Si no sabes distinguir si una cabra es virgen, pregúntale a la cabra. Si la cabra no contesta, pregúntale al cabrero. No creas nada de lo que te diga el cabrero.

3.- En un mortero, mezcla ajo, cardamomo, cilantro, un botón, la parte verde de tres zanahorias, pelo de gato a voluntad, la cáscara de un huevo, la yema de otro huevo diferente, tres pizcas de sal y unas gotas de gasolina. Machácalo todo con cuidado de que no explote.

4.- Pon la cabra mirando a la luna llena. Si no hay luna llena, ponla mirando a un plato sopero vacío. El resultado será el mismo.

5.- Coge el teléfono, llama a alguien a quien quieres mucho y dile que le quieres mucho. Esto no tiene nada que ver con la tortilla, pero es siempre una buena idea.

6.- Desnúdate. Los estudios más recientes demuestran que el 100% de las tortillas vencedoras en un concurso de tortillas han sido cocinadas por personas que han estado desnudas en algún momento de sus vidas.

7.- ¿Qué hace la cabra? Comprueba que no se ha comido tus trapos de cocina. Si se los ha comido, compra otros trapos nuevos.

8.- Tira a la basura la mezcla que hiciste en el paso 3. Es una auténtica guarrada. No puedo creer que me hayas hecho caso.

9.- A estas alturas ya habrás comprendido que de aquí no va a salir ninguna tortilla. Abre una botella de vino, tinto a ser posible, y bébetela tú solo/a sentado/a en el taburete de la cocina con la mirada perdida. Recuerda, una por una, todas las cosas que han salido mal en tu vida. Compadécete a ti mismo/a. Puedes llorar un poco si quieres.

10.- Baja al bar de la esquina y compra una tortilla de patata, usando la cabra como forma de pago. Si tus amigos preguntan, miente.

Matar a Santi Pérez Isasi

Una vez que estaba especialmente aburrido, o especialmente inspirado, no lo sé, decidí matarme. No suicidarme, que es una cosa tremendamente vulgar y que ya se ha hecho miles de veces, sino matarme como si matase a otra persona; matar a Santi Pérez Isasi, no a mí; no yo a mí mismo sino… bueno, eso.

Así que empecé a hacer las cosas que creo que haría si quisiera matar a otra persona. Primero, para disimular empecé a tratarme especialmente bien a mí mismo. Me llevaba a cenar a sitios caros; me acompañaba de librerías (aunque todo el mundo sabe que a mí en realidad también me gusta ir de librerías); me daba masajes en la espalda, en los pies, en las piernas… Sobre las cosas que me hacía a mí mismo en otras áreas prefiero no hablar.

Una vez conseguida mi confianza, empecé a llevar la cuenta de mis hábitos. Lamentablemente, pronto descubrí que Santi Pérez Isasi es una persona de pocos hábitos: es imposible saber a qué hora va a salir de casa, ir a trabajar o bajar a tomarse un café. Maldita vida sin horarios…

De manera que mi mejor opción de cogerme desprevenido era esperarme a la puerta de casa un día que hubiera salido. Y así lo hice. Lo hice varias veces. Cuando sabía que Santi Pérez Isasi no estaba en casa, me escondía en el último rellano de la escalera esperándole. Pero no llegaba. Y no llegaba y no llegaba. Una vez me quedé dormido y me despertó la vecina, que se asustó bastante al ver el cuchillo de carnicero en mi mano. Le dije que era para una obra de teatro benéfica, lo que en realidad explica muy poco.

Pero la mayoría de las veces simplemente desistía al cabo de un par de horas y me iba a casa. Y claro, justo cuando decidía dejar de esperar a que Santi Pérez Isasi volviera a casa, Santi Pérez Isasi volvía a casa. Será la ley de Murphy o será que él estaba de hecho esperando a que me rindiera; el caso es que las pruebas eran innegables. Dos minutos después de que yo me volviera para casa aburrido de esperar, las luces en casa de Santi Pérez Isasi estaban encendidas, los zapatos de Santi Pérez Isasi descansaban en el rincón y la chamarra de Santi Pérez Isasi sobre la silla del cuarto. Me había ganado por la mano, una vez más, el muy cabrón.

Lo siguiente que hice fue prepararme trampas, si no mortales, por lo menos sí lo bastante dañinas como para dejarme indefenso. Pero Santi Pérez Isasi era astuto y descubría y desactivaba cada una de mis trampas antes de que pudieran funcionar. Además, en el mismo momento en que empecé a dejarle trampas a Santi Pérez Isasi, Santi Pérez Isasi empezó a dejarme trampas a mí, tan poco imaginativas que eran prácticamente idénticas a las mías; pero yo tampoco soy manco: no me costaba nada descubrirlas y desactivarlas. Parece que Santi Pérez Isasi y yo compartimos un sexto sentido para estas cosas (lo cual me hace pensar si no estará Santi Pérez Isasi intentando matarme con tanto ahínco como yo intento matarle a él).

En fin, que llegó un momento en que pareció que mi plan de matarme a mí mismo estaba destinado al fracaso. Pensé en contratar a un asesino para que me matase, pero en primer lugar esto habría sido una perversión de mi plan original, y además, ¿cómo podía saber que el asesino no se iba a equivocar y a matarme a mí en vez de a Santi Pérez Isasi?

Y justo entonces, cuando estaba al borde del abandono, tan absorto como iba en medio de mis pensamientos criminales me atropelló un camión. No sé quién murió antes, si Santi Pérez Isasi o yo, pero en todo caso lo di por bueno: misión cumplida, chúpate esa, Santi Pérez Isasi, con tus sesos esparcidos por la avenida. Ese camión no pudiste esquivarlo, ¿eh? Ja. Jaja.

Solo siento no haber podido ver la cara de sorpresa de Santi Pérez Isasi cuando…

Anónimo: Código de circulación

Idioma original: español (supongo)
Año de publicación: 2012 (supongo)
Valoración: Imprescindible (supongo)

Creo que estamos, sin duda, ante uno de los experimentos literarios más audaces de los últimos años. Un ejercicio de travestismo genérico y maestría formal como no se ha visto desde… bueno, quizás desde siempre. Pocas veces, si alguna, se ha visto una novela camuflada tan perfectamente como un manual de aprendizaje, hasta el punto de ser perfectamente indistinguible de un manual de aprendizaje de verdad. La inclusión de innumerables imágenes y gráficos hacen que casi podamos hablar de una novela-cómic, si es que tal cosa existe.

Porque no es solo que el autor haya borrado absolutamente su nombre de la exterioridad del libro (imposible adivinar el nombre del responsable de esta genialidad, por mucho que se investigue; quien llame a la editorial, como hice yo, solo conseguirá encontrar un muro de silencio e incomprensión y que al final le cuelguen el teléfono); es que el autor también ha conseguido borrar absolutamente su rastro del propio texto: la vieja aspiración flaubertiana de la disolución del autor en la obra se cumple aquí con un rigor sin precedentes. No se trata de una novela fácil, precisamente por esta ausencia de voz narrativa, y porque el personaje protagonista (denominado genéricamente “el conductor”) debe ser leído entre líneas, como el agente o, a veces, como paciente de cuanto se nos describe en la novela.

Al comienzo del texto, “el conductor” es un hombre -o una mujer, porque ni de su sexo podemos estar completamente seguros- feliz, pacífico, en armonía con el mundo que le rodea: mira a su alrededor, reúne información, conduce de forma defensiva, toma decisiones inmediatas y juiciosas sobre su comportamiento… El coche, descrito con todo detalle y en toda su interioridad a lo largo del capítulo 2, es su fiel compañero. Pero ya en el capítulo 3 se percibe el que será el origen de su desgracia: un super-ego desmedido, que deja caer sobre él una retahíla de prohibiciones y obligaciones (“¡cede el paso!, ¡no estaciones!, ¡gira a la derecha, ¡para!, ¡no adelantes!, ¡no pases de 50!…) y, es de suponer, aunque el texto no lo diga, lo llena de sentimientos de culpa e inseguridad. No es de extrañar, por lo tanto, que en el capítulo 4 lo veamos cometiendo todo tipo de infracciones: bebiendo al volante, consumiendo drogas, superando la velocidad permitida, conduciendo por el carril contrario… El capítulo 5, de una manera consecuente aunque quizás excesivamente teleológica, nos habla de las penas impuestas a cada una de estas infracciones; Crimen y castigo en formato siglo XXI.

El desenlace añade aún una vuelca de tuerca más a la maestría de la obra. Como si el autor, siempre sutil, quisiese insinuar que esta trágica espiral de degradación podría habers evitado, dedica buena parte del tema 6 a describir los distintos tipos de carnet que “el conductor” podría haber obtenido (esta interpretación la añadimos una vez más los lectores, porque el autor nos la hurta). Una dramática lección sobre la culpa y el pecado se transforma así, sin resultar moralista, en una alegoría sobre la redención y el libre albedrío.

No puedo terminar esta reseña sin destacar uno de los aspectos más originales de la obra: en ella solo conocemos al personaje principal en cuando “conductor”: nada sabemos de él cuando está en casa, en el trabajo, con los amigos; podemos suponer que tiene hijos, porque un subcapítulo entero está dedicado a las medidas de seguridad que adopta para ellos en el coche. Y sin embargo, a pesar de que la vida del “conductor” se reduce al vehículo y a la vía pública, es imposible no simpatizar con él. Porque, en el fondo, todos somos “el conductor”.

La muerte del autor

Entre tantas noticias sobre premios y reconocimientos literarios, me pesa tener que ser mensajero de malas nuevas: ha muerto Leopoldo de Buenasvigilias, escritor castellano-manchego de fama tan escasa como merecida.

Al parecer, agobiado por la soledad y debilitado por un régimen estricto de espárragos y alcaparras (que él creía que aguzaban la creatividad y la sensibilidad poéticas), Leopoldo se dejó caer ayer noche por la ventana abajo; dado que vivía en una entreplanta, no fue eso lo que le mató, sino el coche de su primo Enrique que le pasó por encima al salir del garaje.

Deja Leopoldo una obra amplia y todavía inexplorada: sus lectores se cuentan como mucho por decenas, si no por arrobas. Consciente de las exigencias creativas de su tiempo, Leopoldo fue un maestro del collage y la yuxtaposición, como demuestran obras como Analfabetos cuánticos leche o Cántico sobaco prognosis. Tampoco renunció Leopoldo de Buenasvigilias a la poesía de circunstancia, convencido como estaba de que “el poeta es un inventor y un interventor”. Así lo atestiguan, entre muchos otros poemas, la “Oda al bosón de Higgs”, “El último grito de Copito de Nieve” o “Cállate ya, Lady Gaga”. También hizo Leopoldo una incursión en el terreno novelístico con Las garras del monje benedictino, una novela histórica a la que ni siquiera sus seres más queridos conceden ningún valor literario.

Su originalidad y su fuerte personalidad hicieron de Leopoldo un poeta envidiado, imitado y ninguneado a la vez, pero nunca igualado. No deja escuela, aunque uno de sus hijos apunta maneras.

El también gran poeta Guillermo Zamora le dedicó un conocido soneto en su Tercer libro del surtidor, que comienza así:

“Tal como el surtidor lanza su chorro
tú Leopoldo lanzas tus poemas
al aire, aunque la injusta (sí, no temas)
crítica se los pase por el forro, etc.”

Grande pérdida esta, que nadie podrá llenar, aunque sí olvidar. Descanse en paz, si le dejan.