Sousa Martins, el santo laico

Siguiendo con las entradas dedicadas a santos (la anterior fue a San Antonio), hoy toca hablar de uno bastante especial, porque no es reconocido como santo por la Iglesia Católica (que en esto de nombrar santos tiene el monopolio), pero que aun así más de cien años después de su muerte sigue siendo venerado como tal por los lisboetas.

José Tomás de Sousa Martins (1843-1897) fue un destacado médico de la segunda mitad del siglo XIX. Dotado, al parecer, de una personalidad atractiva y bastante labia, el doctor destacó también por su labor filantrópica, su trabajo a favor de los enfermos pobres y sus obras de caridad. Especializado en la tuberculosis, que en aquella época era la epidemia de moda, Sousa Martins promovió la construcción de un centro de salud en la Sierra da Estrela para atender a los enfermos de tisis. Paradójicamente, a los 54 años de edad él también contrajo la tuberculosis, agravada por una lesión cardiaca; sabiéndose incurable, Sousa Martins se suicidó con una inyección de morfina.

A su muerte, se dio su nombre al sanatorio para tuberculosos construido en la Sierra da Estrela, así como al principal hospital de la ciudad Guarda. En Lisboa se le dedicó un voluminoso monumento en Mártires da Patria, enfrente de la Faculdade de Ciências Médicas (antigua Escola Médico-Cirúrgica de Lisboa, y actualmente parte de la Universidade Nova de Lisboa). Más de cien años después de su muerte, la gente sigue yendo al monumento cada 7 de marzo y 18 de agosto (fechas de nacimiento y muerte del doctor), y sigue depositando a los pies de la estatua velas, flores y ofrendas de peticiones o de agradecimiento por curaciones milagrosas.

Estatua de Sousa Martins enfrente de la Facultad de Medicina

Ofrendas y peticiones al "santo"

Más ofrendas al doctor

Todo fluye

…Te pregunté cómo habían podido, los alemanes, matar en las cámaras de gas a los niños judíos. ¿Cómo podían vivir después de eso? ¿Era posible que no fueran juzgados ni por Dios ni por los hombres? Y tú dijiste: “El castigo del verdugo es éste: no considera a su víctima un hombre y él mismo deja de ser un hombre; mata al hombre que hay en él, se convierte en su propio verdugo; la víctima, por mucho que la destruyan, continuará siendo un ser humano para toda la eternidad”.

Vasili Grossman: Todo fluye

San Antonio

Nota: Esta entrada debería haberse escrito alrededor del 13 de junio, día de San Antonio y día grande de las Fiestas de Lisboa, pero no pudo ser, por causas ajenas a la organización. Así que, con casi un mes de retraso, aquí va.

Esta entrada empieza como el chiste del caballo blanco de Santiago: ¿de dónde era San Antonio de Padua? Y todos: “de Padua, claro”. Pues no: San Antonio de Padua murió en Padua, pero en realidad era de Lisboa. De hecho, todavía se conserva en un sótano de la iglesia que lleva su nombre, junto a la catedral, una pequeña habitación en la que en 1195 nació el santo(o eso dicen). Después, sí, se fue a Coimbra, a Marruecos y a Italia, donde destacó como teólogo y orador. Fue canonizado el 1232, solo un año después de su muerte, y sus restos se encuentran en Padua, en una basílica construida en su honor. Pero nacer, nació en Lisboa.

Por eso, San Antonio está muy unido a Lisboa y a su cultura. Las fiestas de Lisboa (que se celebran con conciertos, actividades culturales y arraiales o verbenas durante todo el mes) culminan la noche del 12 al 13 de junio con un gran desfile, en el que los barrios históricos de la ciudad compiten entre sí por ser los más originales, los mejor vestidos, los que montan la mejor coreografía (este año, como casi siempre, ganó Alfama); y esa noche, todos los lisboetas salen a la calle, comen sardinas, y los novios regalan manjericos (una planta de la familia de la albahaca) a sus parejas.

Hay muchas leyendas y supersticiones asociadas con San Antonio. Sobre todo, es conocido como el santo casamentero. También en la noche del 12 al 13 de junio, los lisboetas ponen velas a San Antonio para pedirle mujer o marido, y lanzan monedas a su estatua: dicen que si consigues que la moneda se quede encima del libro que sostiene en su mano, te casarás; y si no, pues no. El Ayuntamiento de Lisboa, además, costea los gastos de la boda de varias parejas de entre sus habitantes más humildes, que además reciben regalos de distintas tiendas y empresas, y que esa noche desfilan en el gran desfile por la Avenida Liberdade.

En España, quizás sea más conocida la leyenda de que San Antonio ayuda a encontrar objetos perdidos. Una versión de esta tradición dice que si no encuentras algo, debes poner boca abajo una estampita o estatuilla de San Antonio: castigar al santo hasta que te devuelva lo que has perdido.

El terremoto de Lisboa de 1755

Lisboa antes del terremoto – maqueta

Seguramente, todos los que han pasado alguna vez por Lisboa, e incluso muchos de los que no lo han hecho, habrán oído hablar del terremoto de 1755: una catástrofe natural que dejó la ciudad en ruinas, arrasada, y de la que surgió la Lisboa actual.

Lisboa era en aquel momento la capital de un Imperio (aunque habían pasado ya sus días de mayor esplendor) habitada por aproximadamente 275.000 personas y conservaba todavía las trazas de la ciudad medieval y sus sucesivas ampliaciones. Hasta que el 1 de noviembre de 1755, día de Todos los Santos, la tierra tembló a causa de un terremoto de (calculan los expertos) de 9 grados en la escala Richter durante seis minutos -aunque los temblores duraron varias horas-, con el epicentro situado a algunos kilómetros de la costa. El terremoto causó daños en el norte de África, en España y en todo el sudoeste de Portugal, y llegó a sentirse en toda Europa, incluso en Finlandia.

En Lisboa, las consecuencias fueron castastróficas: numerosos edificios se derrumbaron y muchos otros quedaron gravemente dañados. Para empeorar las cosas, un tsunami arrasó con las zonas bajas de la ciudad, y un incendio (que duró cinco días) destruyó lo que no estaba inundado. Se calcula que pudieron morir, durante el terremoto, entre 10.000 y 90.000 personas.

Propuesta de reconstrucción de la Baixa

La situación era grave, no solo por las víctimas del terremoto -que ya era bastante-, sino por el peligro de epidemias y por la situación de caos en la que había quedado la ciudad. En medio de este caos surgió la figura de uno de los ministros del rey, Sebastião José de Carvalho e Melo, Marqués de Pombal, quien asumió la tarea de organizar la reconstrucción de la ciudad. Organizó cuadrillas de bomberos que apagasen los incendios y recogiesen los cadáveres, y ordenó comenzar inmediatamente las tareas de desescombro y reconstrucción, que un año más tarde iban ya muy avanzadas.

El resultado fue lo que hoy se conoce como La Baixa: el barrio que se sitúa entre el Terreiro do Paço (Praça do Comercio) y Rossio, las dos plazas principales de Lisboa, que también tuvieron que ser reconstruidas prácticamente desde cero. La nueva Lisboa estaba formada por calles rectilíneas y ángulos rectos, muy del gusto racionalista de la época, además de incluir modernos sistemas de canalización, antisísmicos y anti-incendio.

Terremoto de Lisboa – grabado

Lisboa se recuperó materialmente del terremoto, pero la catástrofe tuvo enormes consecuencias demográficas, culturales y políticas. Una catástrofe de estas características, producida además en un día tan señalado como el de Todos los Santos, tuvo repercusión en toda Europa, contribuyendo a las discusiones sobre fe y razón, sobre la relación entre el hombre, la naturaleza y la divinidad. Voltaire, por ejemplo, retrató el terremoto en su Cándido o el optimismo para ejemplificar que no vivimos “en el mejor de los mundos posibles”.

Políticamente, el terremoto propició el afianzamiento definitivo del poder del Marqués de Pombal, que gobernó Portugal como Primer Ministro hasta 1777, impulsando importantes reformas económicas y religiosas, pero adquiriendo también tintes cada vez más autoritarios.

Para saber más:

Así se escribe la historia: un paralelo deportivo

No recuerdo ya cuándo, se me ocurrió que la distancia que va de los hechos, a una historia pre-narrativa (o pos-narrativa) al estilo de los Anales (jijiji, ha dicho “anales”) y a una historia narrativa (o una “historia” en su sentido más habitual), es la misma que va de un partido de fútbol, a una de esas “crónicas minuto a minuto” que publican ahora los medios on-line, y a una crónica típica escrita para publicarse esa noche o al día siguiente.

Me explico: por un lado tenemos los hechos, esa cosa inaprensible llamada realidad. Eso incluye lo que hacen los entrenadores antes y durante el partido, lo que hacen cada uno de los jugadores, lo que hace el árbitro, lo que hace el balón, lo que hace el público. Miles de cosas que suceden al mismo tiempo, que nadie puede captar en su totalidad, y que no constituyen (todavía) un orden, una narración, un sentido. Ocurren.

Frente estos hechos, el cronista-minuto-a-minuto opera ya una selección: no todo lo que ocurre en el campo es detallado en esas crónicas: cada saque de banda, cada falta, cada interrupción, cada pase; lo que ocurre fuera del terreno de juego se anota, probablemente, solo en casos muy excepcionales (disturbios, cánticos racistas, esas cosas). Se ha focalizado ya la atención, pero no podemos hablar aún de narración en sentido estricto. Por ejemplo, si se produce una falta, el cronista-minuto-a-minuto anotará: “falta de X a Y. En el centro del campo. Patada por detrás”. No podrá saber, en cambio, si esa falta va a dar lugar al primer gol, si esa falta conllevará tarjeta amarilla ni, por supuesto, si esa tarjeta amarilla será seguida, muchos minutos después, por una segunda tarjeta y, por lo tanto, la roja.

Y después, el cronista-del-día-siguiente trabaja con esta selección -o con otra distinta- y construye, ahora sí, una narración. Tiene para ello la perspectiva del hecho concluido (por supuesto, el fútbol tiene unos límites temporales cerrados que no existen en la historia normal, pero no vamos a ponernos exquisitos), y la ventaja de conocer qué acciones han tenido consecuencias; si la superioridad inicial de un equipo se mantiene durante todo el partido, o no; si ese gol de Z es el primero de un hat trick, o el que espolea la remontada del contrario… Además, el cronista-del-día-siguiente probablemente hablará también de hechos que no suceden estrictamente en esos 90 minutos (hablará de la trayectoria de tal jugador, del destino de la liga, del futuro del entrenador de turno…), y establecerá, casi con toda seguridad, relaciones de causa-efecto entre unas y otras.

El paralelismo es posiblemente muy estúpido, pero creo que también es bastante didáctico. Muestra que la realidad no puede narrarse como tal: que para contar un partido de fútbol no harían falta 90 minutos, sino muchísimos más (porque, de hecho, ni siquiera una retransmisión televisiva puede decirse que reproduzca “el partido”) y que todo historiador, lo sepa o no, manipula la historia (en el sentido de que introduce en ella un sentido, una causalidad, una disposición narrativa que no existe en la realidad).

Aunque es posible que esto no sean más que pensamientos absurdos provocados porque se acaba la Liga…

Algunos nombres de la Revolución de los Claveles

António de Oliveira Salazar: Fue, durante 36 años, el dictador del Estado Novo portugués, católico, proteccionista y fuertemente nacionalista. Fue apartado del gobierno en 1968, después de una caída que le produjo daños cerebrales, y murió en 1970 (por lo tanto, cuatro años antes de la revolución). Fue sucedido por:

Marcello Caetano: jurista, historiador y político, continuó la labor de Salazar entre 1968 y 1974 al frente del Estado Novo, hasta que fue depuesto por la Revolución del 25 de abril, y huyó al exilio en Brasil.

António de Spínola: Militar de gran prestigio durante el Estado Novo, fue destituido de su cargo y apartado del ejército tras publicar Portugal y el futuro, un libro en el que defendía la necesidad de abandonar las guerras coloniales y buscar una solución política. Tras la Revolución, fue nombrado Presidente de la República, aunque abandonó el cargo en septiembre de ese mismo año.

Otelo Saraiva de Carvalho: Miembro del Movimento das Forças Armadas (MFA), en torno al cual se aglutinó la revolución, Saraiva de Carvalho fue el cerebro de la operación militar, que coordinó desde el cuartel de Pontinha, en Lisboa.

Fernando José Salgueiro Maia: Joven capitán del regimiento de Santarém (al norte de Lisboa), dirigió la columna de blindados que la noche del 24 al 25 de abril tomó el Terreiro do Paço (Praça do Comercio) y el Quartel do Carmo, donde se encontraba Marcello Caetano.

Celeste Martins Caeiro: Se dice que fue quien puso el clavel a la Revolución. Volvía a casa, en Chiado, esa mañana del 25 de abril, con una cesta llena de claveles que había sobrado en el establecimiento donde trabajaba; allí, de camino a casa, se encontró con los soldados de Santarém, con los que empezó a hablar; uno de ellos le pidió tabaco, y ella le contestó que tabaco no tenía, que solo tenía flores, y le dio una. El soldado, tal vez como broma, metió el clavel en el cañón de su escopeta, y entonces Celeste decidió repartir el resto de las flores a los soldados, para que hicieran lo mismo. Hay quien dice que esto contribuyó a que la revolución fuese tan pacífica: solo 4 personas murieron, por disparos de la PIDE (Polícia Internacional e de Defesa do Estado).

José (Zeca) Afonso: Cantautor perseguido y censurado durante el régimen salazarista, una canción suya, “Grândola, Vila Morena”, emitida por Radio Renascença a las 00.20 horas del 25 de abril fue la segunda y definitiva señal para los capitanes sublevados. Desde entonces, se ha convertido en un símbolo de la Revolución.

FUENTES: Wikipedia (este y este artículo principalmente), mi profesora de portugués y mi compañera de piso, Margarida. 😀