Gracias, invitados

Con la de ayer de Paaliy termina la serie de serie de Entradas Invitadas que he venido publicando en el último mes, para celebrar la entrada número 1000 de este blog. No tengo palabras para agradecer a Ensada, El adversario, Elvira Rebollo, Paula, Vian Prelia, Guillermo, Felipe, Txabela, Izaskun, Aída, Crapúscula, Leyre, Jaime y Paaliy sus contribuciones, que han formado una serie variada, divertida, emocionante y sugerente. Espero que a los lectores del blog os haya gustado: a mí me ha encantado.

Por otro lado, este último casi-mes también me ha servido para darme cuenta de una cosa: que escribir en este blog ya no es para mí una obligación, ni un pasatiempo: es casi un vicio. Tengo mono de publicar mis propias entradas, lo que se me ocurre y cuando se me ocurre. Algunas de las que he escrito las tengo ya preparadas y programadas listas para publicarse a partir de mañana mismo; otras no las escribí y ya se me han olvidado (gran pérdida para el mundo).

Por lo tanto, mañana volvemos a la programación habitual, amigos lectores. Espero estar al nivel de mis invitados.

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Entradas invitadas: “El otro Santi”

El otro Santi vive en la comunidad wichí de La Mora, en Tartagal, en una casita hecha con tablones de madera que comparte con su mamá y sus seis hermanos.

Después de nuestro primer taller de Estimulación Temprana, en casa del cacique, una de las mujeres se nos acercó para hablarnos de su hijo, de 8 años:

-No sé qué le pasa. A veces le hablo y parece que no me entiende.  Y en la escuela le va muy mal.

Pensamos en la posibilidad de algún grado de discapacidad auditiva, retraso madurativo o  intelectual, así que fuimos a verlo.

Lo encontramos sentado en una silla, en el patio de su casa.

Mónica se acercó a él y con sólo verlo, bromeó con su mamá:

-A este chico no le pasa nada. Me parece que sólo tiene pereza.

Y se reía.

El niño también sonreía. Y nos miraba con una mezcla de timidez y picardía.

Tardamos un poco en preguntarle cómo se llamaba.

-Santiago, dijo.

Yo recordé, sonreí  y pensé: “A este sí que le gusta su nombre completo.”

El otro Santi es más bien menudo. Con el pelo lacio, muy oscuro, y ojos rasgados, un poco tristes. Su sonrisa es muy linda, pero a mí me pareció una especie de escudo. Para protegerse de nosotras, quizá. O de algo más importante.

-A veces llora por las noches.

-¿Por qué lloras cuando lloras, Santi? –le pregunté- ¿Porque te duele algo?

Dijo que no con la cabeza pero rápidamente se dio cuenta de que se estaba equivocando. Si me decía que no, tendría que explicarme por qué lloraba de verdad. Entonces dijo “sí”, con firmeza pero muy poco convencimiento.

-Lloras porque te duele algo… ¿o porque estás triste?

Mientras le hablaba, comencé, casi sin darme cuenta, a acariciarle la rodilla. Él volvió sus ojos fugazmente hacia mi mano y cuando volvió a mirarme los tenía llenos de lágrimas.

Mónica es una mujer grande y su especialidad es la Estimulaciòn Temprana, no el trato con chicos más grandes; y menos, como Santi. La mamá de Santiago es seria, silenciosa… y desde luego, no le inspira confianza a su hijo así que de pronto me di cuenta de que tenía que sacarlo de entre “los mayores”.

-Santi, ¿tienes un perrito? ¿Me lo muestras? Yo tengo un gato: se llama Sugus, como los caramelos.

Pareció contento. Me acompañó a la parte trasera de la casa, mientras “las grandes” se quedaban hablando delante. Al principio jugó a esconderse de mí pero yo esperé pacientemente y, por suerte, encontré una pelota. Comencé a patearla y le pregunté si quería jugar al fútbol conmigo.

Aquellas fueron palabras mágicas.

Mientras jugábamos, entre ramas, hojas  y restos de basura quemada, fueron apareciendo sus hermanitos. El más grande se puso a jugar con nosotros. La mayor me miraba con desconfianza y atendía a las chiquitas. Pensé que la suya era exacta a la mirada de su mamá.

Me di cuenta de que Santi interactuaba bien con ellos, aunque su hermano (más grande, más fuerte) era para él un rival frustrante. Al fútbol también le ganó. Y las bebés parecían resultarle más bien indiferentes.

No quise preguntarle nada más sobre la escuela o sobre su tristeza. Sólo nos divertimos. Y creo que me gané su confianza porque, cuando nos  fuimos le pregunté:

-¿Puedo volver otro día a jugar al fútbol con vos?

Me miró, contento, y dijo que sí con la cabeza.

Hablamos un poco más con su madre, que nos explicó que el papá de Santi se fue cuando él tenía 5 0 6 años. Por la edad de sus hermanitas, pensé que no habría desaparecido del todo… o que habría otro “papá”.

Me fui de allá con Santi atravesado en mi garganta. Me prometí volver y acompañarle en lo que pudiera. Con Mónica, planeamos entrar en contacto con alguien de su escuela, para ver si podría recibir apoyo psicopedagógico. UNICEF abre muchas puertas. Recordé a muchos de mis patojos en La Verbena. Y en realidad me sentí contenta; como si hubiera vuelto a algún lugar propio, dentro de mí, que en realidad  nunca abandoné del todo. Sentí que estaba haciendo lo que me corresponde; para lo que soy buena; para lo que resulto más útil.

En nuestra segunda visita a La Mora, mientras Mónica explicaba a las madres cómo cuidar y estimular a sus bebés, yo recorrí la comunidad con la hija del cacique. Vanesa, que tiene quince años, me llevaba en su moto y nos enredábamos en la arena de los caminos mientras me hablaba de su novio, de que no quiere ser madre tan joven como sus amigas, de que a una de ellas su marido le pega, de que le gusta chatear y de que su iglesia, evangélica, le prohíbe utilizar cualquier método anticonceptivo.

Fuimos a muchas casas, convocando a las familias al taller. Y finalmente, ya de regreso a casa, recordé a Santi. El hermano pequeño de Vanesa y su mejor amigo me llevaron, esta vez caminando, a buscar su casa.

Cuando llegué, me miró sorprendido y enseguida dijo:

-La pelota se quemó.

Le pregunté a mis dos acompañantes si ellos no tenían un balón y me dijeron que sí. Entonces, podríamos jugar todos juntos.

-¿Usted juega? -me preguntaron sorprendidos.

-¡Claro! Soy buena portera.

Y mi sonrisa pareció convencerles.

Le pedí permiso a la hermana mayor de Santiago para sacarlo de casa y llevarlo al patio del cacique, donde, de todos modos, estaba también su mamá.

Me dijo que le parecía bien, que no les iban a regañar si me lo llevaba. Y Santi, que estaba descalzo, voló hacia quién sabe dónde para buscar unas zapatillas. Llegó con ellas y nos fuimos a jugar.

Por el camino, se mostró alegre y confiado. Nos reímos, tomamos algunas fotos, hablamos con un par de familias más a las que invitamos al taller…

Cuando llegamos, Mónica ya estaba terminando.

Me preocupaba que la mamá de Santi se molestara conmigo por haberlo sacado de casa y haberlo llevado hasta allá.

-Espero que no le importe que viniera conmigo. Es que yo le había prometido jugar al fútbol con él.

La mujer esquivaba un poco mi mirada y no respondía. Finalmente, sonrió.

-Le veo bien, contento –le dije.

Entonces me miró preocupada.

-Pero un poco inquieto, ¿no?

-¿Inquieto?

Me sorprendió su apreciación porque a mí Santi me parece un chico bastante tranquilo.

Mónica se acercó a nosotras y Rosana nos explicó que el niño ya no va a la escuela. Que lo cambió a una más cercana, para ver si le iba mejor, pero que ya no lo manda. Nos contó que la maestra va a casa a buscarlo pero que él ya no va.

Le insistimos sobre la importancia de que no abandone la escuela. Le ofrecimos ayuda. Y la mujer parecía debatirse entre el deseo de ayudar a su hijo y la negación: “No, si él está bien… Es sólo que no quiere comer más que fideos y arroz en leche.” Cuando Mónica y yo le insitíamos en que el suyo es un chico perfectamente normal, inteligente, sano y alegre, ella nos habló del papá, que ya es viejo, e insinuó que quizá Santi “no había salido bien” por ser el último hijo de su papá. Yo no podía creer lo que estaba oyendo. Mónica le repetía una y otra vez que su hijo “no había salido mal”, que era un niño estupendo.

En un momento en que lo tuve cerca, le pregunté a Santiago si se divertía más en casa o en la escuela. Me respondió, tras pensarlo un poco, que en la escuela. Y rápido volvió a mezclarse entre los otros niños, a treparse por todos lados, a saltas entre las piedras.

Cuando me despedí de él, me dio un beso fuerte. Me conmovió porque no parece ser muy común entre los wichís una demostración de afecto tan explícita. Y le prometí que la próxima vez yo llevaría una pelota para jugar juntos.

No sé si podremos ayudar al otro Santi. Pero voy a hacer todo lo posible. Y me alegra poder hablar de él, precisamente en este libro abierto.

Firmado: Paaliy

Entradas invitadas: Por un nuevo corazón

En algún lugar de Texas, unos científicos han inventado un nuevo modelo de corazón artificial. Es un prototipo mejorado que ha servido, al parecer, para alargar la vida de un paciente durante algunas semanas. La máquina en cuestión es una especie de pequeña turbina que provoca un flujo continuo de sangre. Así, no podía encontrarse el pulso del sujeto al que se le implantó, ni pudo escucharse el latido de su corazón.

Durante unas semanas vivió un ser humano cuyo corazón no latía. He aquí un pequeño adelanto para la cirugía cardíaca, y un enorme retroceso para la literatura. Tantas fantasías sobre elegantes vampiros y putrefactos zombis, para que lleguen unos científicos texanos a ponernos los pies en la tierra: la vida no-muerta ya está aquí, y no tiene nada de misterioso. La mística del corazón, urdida por los poetas a lo largo de los siglos, se desmorona. ¿A qué exagerar la importancia de un efecto colateral perfectamente prescindible? El pulso acelerado ante la visión de la amada, los latidos que agitan el pecho de puro miedo o indignación: todo esto no son sino desórdenes en el funcionamiento de un órgano, vergonzosas abdicaciones de su auténtico propósito como distribuidor sanguíneo.

Es de agradecer que la ciencia nos abra los ojos y nos saque al fin de las miasmas de esa malsana cardiomanía decimonónica. Deberían reescribirse las óperas de Rossini y de Verdi, eliminando las supersticiosas y ahuecadas referencias a “i palpiti del cuor”: perderíamos dos tercios del libreto, es cierto, pero saldríamos ganando en higiene de conceptos. Y qué decir de los abusos en que incurre la literatura gótica y de suspense. “El corazón delator”, esa desinformada exageración… Estoy convencido de que el nuevo corazón, el corazón del futuro, tiene mucho que aportar a la literatura. Su acerada precisión supone un delicioso contraste con las burdas emociones humanas. Imaginemos el más violento homicidio y supongamos en víctima y verdugo el mismo flujo sanguíneo, imperturbable y constante. La escena adquiere un cariz apolíneo, como si se estuviera representando con sublime intención bajo la pálida mirada de la eternidad.

Llegará el momento en que no podremos ignorar las ventajas poéticas de implantarse un corazón sin latido. Frente al disímil chapoteo orgánico que hoy nos confunde con el resto de animales, un sutil murmullo mecánico, fruto del ingenio humano, nos unirá en una comunidad unánime y secreta. Una ordenada y perfecta continuidad sustituirá al ritmo variable del corazón actual; habrá un acero exacto, sin mancha, donde hoy hay carnosas cavidades y nudosos conductos. El viejo ideal de la imperturbabilidad estoica y el nuevo sueño científico del método y el rigor se dan la mano, para beneficio de todos. Esperamos que pronto se reconozca a cada recién nacido su derecho a un corazón artificial.

Firmado: Jaime Cuenca

Entradas invitadas: La doctrina del shock

“Lo importante es no dejar de hacerse preguntas”
(Albert Einstein)

Tras leer La doctrina del shock:  el auge del capitalismo del desastre de Naomi Klein y ver el documental basado en dicho libro, algunas de mis preguntas son:

¿Necesita el libre mercado de la violencia? ¿Cuál es el contexto político y económico de la tortura? ¿Qué tienen en común Friedman, Pinochet, Thatcher y Bush? ¿Y las Maldivas y Nueva Orleans? ¿Es ético ser neoconservador? ¿Es oscuro el corazón del capitalismo? ¿Sirve para algo escribir en un blog?

¿Cuáles son las tuyas?

Firmado: Leyre

Entradas invitadas: Aquel día

“Aléjese del conflicto. Como si usted fuera un espectador.”
Psicología II. Normas básicas.

El solo del despertador, a cara perro, le sentó como una patada en los cojones. Debía ser la tercera vez que sonaba porque el retraso aproximado era de media hora, según el reloj de mesilla comprado en Canarias. Contradictio in tempore, especuló. Aún estaba en la segunda palabra latina, con una pierna dentro del vaquero y otra fuera cuando tropezó con sus zapatos – hábilmente aparcados la víspera al tun tun frente a la puerta de la habitación. Comenzó a jurar medio en pelotas tras aterrizar con las costillas en el pasillo. Ella no pudo evitar descojonarse.

Salió de casa bramando. Escuchó llegar un mensaje y tuvo tentaciones de mandar su móvil a ver mundo por la ventana de la escalera. Su jefe le estaría ya esperando -su traje impecable, su cínica sonrisa- con un marrón en sus pequeñas manos de cerdo.  Luego le encargaría varios informes inútiles y, cuando viera huir su dignidad, le haría quedarse dos horas más por algún detalle ridículo. “No es el hecho, es la actitud”, tendría los huevos de decir ese gran hijo de la gran puta.

Antes de abrir la puerta de casa, pensó en que debía llamar a su madre. No llegaría a comer con ella, como le había prometido. Afuera llovía. Una vieja entró en el portal como si le siguieran los Geos. Valoró la posibilidad de gritar algo sobre la eutanasia activa. Miró su coche estacionado en la acera de enfrente. Lucía una esmerada nota manuscrita en el parabrisas. Cruzó rápidamente la calle comenzando a decir en voz alta “me voy a cagar hasta en su..” No llegó a leer la multa. Un repartidor se cruzó en su camino con la contundencia de una furgoneta cargada a 50 kilómetros por hora.

Sus ojos se clavaron en el parachoques reluciente por la lluvia. Estaba aterrado y era incapaz de moverse. Escuchó el torrencial ‘crescendo’ de la frenada como un suicida que cae sobre una orquesta. Por un segundo, su hartazgo, su cansancio de la vida, se evaporó.

Entonces, una mano le empujó con fuerza por la espalda. Se hizo el silencio. No quería abrir los ojos.

“¿Estás bien? ¿Dios mío, Dios mío, estás bien, hijo?” La señora que se acababa de cruzar fue la primera en llegar. Parpadeó y la miró pensando en que podría enamorarse de ella allí mismo. Uno de los comerciantes de la calle se acercó a ayudarles. Él se palpó todos los huesos como temiéndose lo peor. Ni un arañazo. “Menos mal que has saltado. Un segundo más y te mata ese loco”, constató el vendedor. “Sí, sí. ¿quién me ha empujado?”. “Debe ser el shock”, acordaron enseguida los dos únicos testigos. “No había nadie, hijo”. “Saltaste tú. No había nadie”.

Aquel día, doctor, comencé a perder la cabeza.

Firmado: Crapúscula

Entradas invitadas: Estaba escrito

No creo en la idea de destino. O mejor dicho, sí creo: es esa cosa que juega contigo y te maneja como a un pobre títere al que en contadas ocasiones se le da la posibilidad de elegir, de aprender, de acertar o equivocarse. Sólo que yo lo llamo vida.

El caso es que un día me repartió unas cartas, y en ellas ponía India. Lo tomas o lo dejas. Y yo me marqué un farol (all in) y de momento parece que fue una partida ganada. Lo hizo a traición, sin avisar. O eso creía yo…

 

Mayo de 2010

Hannah me regala un libro por mi cumpleaños. Tiene más páginas que Los Pilares de la Tierra y se titula Shantaram. Lo empiezo con una mezcla de escepticismo y curiosidad, como empiezo todos los libros de los que nunca he oído hablar, y así, casi sin querer, me acabo sumergiendo en el inframundo de la exótica Bombay de la mano del protagonista, un ex presidiario que emprende una huída a ninguna parte y acaba enamorándose de una mujer, de un país, de un pueblo.

Sam, mi compañera de trabajo me pide que le preste algo para leer y, una vez acabado, le paso “Shantaram”:

-¿Qué te está pareciendo?

-Es maravilloso, me encanta, ¿no ha hecho que te enamores de la India?

-Es un buen libro, pero no, la India no me llama mucho la atención…

 

Junio de 2010

Esta vez soy yo quien le pide un préstamo a Sam, y me deja The Hungry Tide, de un autor muy conocido en los círculos académicos y del que yo jamás había leído nada: Amitav Ghosh. La niebla que rodea al relato permanentemente me acaba rodeando también a mí, aislándome del resto de pasajeros del metro y transportándome a tierras lejanas habitadas por tigres de Bengala y delfines del Irrawaddy.

 

Julio de 2010

Sam, una vez más, me descubre un pequeño paraíso para todo anglófilo que se precie en la capital del Reino: J&J Books and Coffee. Su sótano me resulta tan abrumador como en su día debió parecerle a Aladino la cueva de las maravillas, pero un libro en concreto llama mi atención: Sister of my heart, de Chitra Banerjee Divakaruni. Narra la historia de dos niñas que crecen juntas en decrépita y orgullosa Calcuta, y cómo cambian sus vidas tras casarse, con más o menos fortuna, con los hombres que sus madres eligen para ellas. Puede que la historia en sí no resulte especialmente atractiva para el exigente lector occidental, pero la prosa de Divakaruni es sencillamente mágica, mágicamente sencilla.

 

A finales de mes nos revelaron la gran incógnita del año: INDIA. ¿Cómo puedo seguir diciendo que no creo en el destino, aun cuando el mío estaba escrito en letras de imprenta?

Firmado: Aída Ramos

Entradas invitadas (sin título)

Empezamos de cero en un lugar inhóspito. Aprendemos otra lengua y somos extraños, foráneos, torpes. Nos convertimos en aquello que odiamos o temimos o nos fue indiferente en el pasado y logramos al fin caminar seguros aun nuestra diferencia, sólo para descubrir al final del día que aún estamos en el punto de partida y que, a nuestro pesar, nada ha cambiado.

Aunque sabemos de la distancia, no la llamamos por su nombre, sino que le inventamos palabras nuevas en cada conversación, tal vez intentando no pronunciar la verdad escondida tras la lejanía.

Aseguramos que este lugar será el fin, aun no siendo sino una escala. Impregnados de tardes a reventar de horas ávidas por llenarse,  nos faltan palabras en todas las lenguas y momentos oportunos para pronunciarlas. Y tiempo. Y la capacidad de estar presente en absurda apariencia.

Y entonces nos olvidamos de respirar. Entonces, el tiempo se detiene, regresa el estruendo, el mundo se nubla como el cerebro de un demente y sólo queda aguantar en pie y esperar que la tierra deje de temblar. Queda, así, una canción en el armario de los recuerdos, un peso en el estómago, una losa coronando un cuerpo aún latiente y un regreso. O todos los regresos, alargados hasta el infinito como una melodía inacabada que vibra intento sobre intento, sombra tras sombra hasta que por imposible se abandona.

Queremos creer que seremos imperecederos, pero lo único que nos quedará será el silencio.

Y regresar. Y descubrir que los rincones se han llenado de otras sombras y en las habitaciones ya no brilla nuestra luz.

Firmado: Izaskun Gracia