El edificio (reboot, 14)

A medida que el edificio iba creciendo, la gente iba apostando a cuánta distancia se conseguía verlo. “Ya se ve a cinco kilómetros; ya se ve a cincuenta kilómetros; ¡ya se ve a quinientos kilómetros!”. Algunos protestaban: “¡Eso es imposible! ¡Nada puede verse desde tan lejos!” Pero la gente que sí, que sí, que lo veían. ¡Hasta desde el espacio lo veían! ¡Hasta desde Marte, los marcianos…! En Londres, Nueva York, Tokyo, la gente miraba hacia el horizonte, en dirección al edificio, y juraban ver la punta asomar allá al fondo, entre las nubes… Desde las antípodas, donde el edificio no proyectaba sombra alguna o la proyectaba toda, había gente que juraba verlo, si se concentraba mucho. Solo los que trabajaban en la construcción del edificio no conseguían ver el edificio, porque se lo tapaba el edificio. Qué pena.

El edificio (reboot, 13)

(El esqueleto de acero de los primeros pisos del edificio sobresaliendo por encima del nivel del suelo parece una ruina de una antigua civilización megalómana y decadente. Pregunta: ¿qué civilización megalómana y decadente sería capaz de crear semejante monstruo y después dejar su esqueleto a secar bajo el sol infinito? Respuesta: nosotros, somos nosotros esa civilización decadente capaz de crear un animal insondable, para después ser devorados por él y escupidos como un hueso sobre la arena del desierto)

El edificio (reboot, 11)

Para preparar el lugar donde se asentarían los cimientos del edificio se extrajeron dos millones de metros cúbicos de tierra; los cimientos, por sí solos, ocupaban el espacio de una ciudad mediana (una ciudad subterránea, por supuesto). En esta fase de la construcción, parecía que estuviera intentando construirse el edificio hacia abajo, hacia adentro: se miraba hacia el agujero, y no se veía el fondo, más allá de las vigas y los forjados que darían lugar a aparcamientos, a salas de máquinas, a tubos y cañerías y cables y madrigueras de ratas. Se construyeron escaleras y ascensores provisionales que llevaban a cada uno de los pisos; luego esas escaleras y esos ascensores se desmontaban y se arrojaban al propio hueco del edificio, que se los tragaba como aperitivos de todo lo que después iba a tragarse. Cuando se alcanzó la profundidad deseada, para afianzar los pues de la cosa se vertió hormigón hasta formar una placa de cincuenta metros de grosor. “Si alguna vez hay un terremoto”, dijo uno de los ingenieros implicados en la obra, “temblará el mundo, pero no el edificio”.

El edificio (reboot, 10)

Un día el edificio era una cosa imposible: un sueño de la razón o una pesadilla de un niño que ha comido demasiado azúcar. Una historia como de otro tiempo que o se ha olvidado o nunca ha de llegar.

Y al día siguiente el edificio era real, material, tangible; crecía delante de los ojos, bajo los pies, ante la sorpresa de sus mismos creadores. Pero sin dejar de ser, al mismo tiempo, una cosa imposible, un sueño de la razón, una pesadilla de un niño alucinado porque aunque no puede verse la nuca, sabe que allí tiene un agujero por el que se le escapa la sangre.

El edificio (reboot, 9)

Un hombre y un niño caminan por una estepa seca e interminable; el padre lleva al hombro un hatillo con algo de comida y agua, los dos usan unos pañuelos oscuros para protegerse del sol. Llevan caminando varias horas, y todavía les quedan otras varias. Se paran para beber y descansar a la sombra de uno de los pocos árboles a la vista; después siguen. Casi no hablan, a veces el niño pregunta algo y el padre le contesta con unas pocas palabras amables que no indican irritación, pero tampoco ganas de seguir conversando.

Por fin llegan a su destino: un punto vacío en medio del vacío. El padre deja el hatillo en el suelo; el silencio se hace pesado. El niño pregunta: “Hlham?”, que en su lengua quiere decir: “¿Aquí?” El padre asiente. Los dos miran, remiran, primero hacia el suelo y luego hacia arriba, dejando que la vista se les pierda en el aire infinito. El niño empieza a llorar; el padre le pasa la mano por los hombros. “Algo quedará para nosotros, hijo”, le dice en su lengua, aunque no está seguro de que sea verdad.

El edificio (reboot, 8)

Los más ricos del mundo se reúnen en uno de sus clubes secretos.

—Ya sabéis lo que viene —dice el que dirige la sesión.

—Sí —contestan todos, con grandes gestos de asentimiento.

—¿Y quién de vosotros ha decidido dar ese paso sin consultárnoslo? ¿Quién, quiénes de vosotros han promovido, apoyado y financiado esto?

Se hace el silencio. Muchos culos se mueven incómodos en otros tantos asiento.

—¡Sabéis perfectamente que sin nosotros, el edificio no existe!

Se hace otro silencio, más tenso que el anterior si cabe. Un señor pequeñito, arrugado, seco y poderoso pide la palabra.

—Es que sin el edificio, tampoco nosotros existimos —dice.

Los gestos de aprobación son menos efusivos, pero igualmente indudables. Se oyen cuchicheos, toses, luego el ruido de sillas que se apartan de la mesa arrastrándose. Uno a uno, los más ricos del mundo van abandonando su reunión secreta. Es agosto. Hace calor.

El edificio (reboot, 7)

Como antes de los terremotos o las grandes tormentas, los animales fueron los primeros en sentir la llegada del edificio. Los animales salvajes huían en desbandada de sus habitats naturales; los domésticos rechazaban la comida y los mimos, arañaban y mordían a sus dueños, cagaban en las sartenes, meaban en los floreros; las fieras de los zoológicos se golpeaban contra los barrotes de las jaulas hasta abrirse el cráneo. Murieron pájaros y abejas y un gorila albino. El animal humano, lo que hay en el humano de animal, también lo sintió y pudo haber tomado nota del aviso, pero su consciencia del desastre inminente quedó sepultada debajo de milenios de civilización, y no hizo nada. O mejor: hizo lo que pensaba hacer, de todas formas.