El edificio (43)

El edificio es tan alto que se hace sombra a sí mismo.

La construcción del edificio dio origen a un nuevo calendario: el sol no gira alrededor del edificio, no hay motivo para que siga organizando el tiempo de los edificitarios. (La luna es un adorno del edificio, como un pendiente o una pulsera) Las propias ideas de día, semana, mes, año, carecen de significado. En el edificio el tiempo se cuenta en función del edificio, el punto 0 es el de la construcción del edificio, y a partir de ahí, todos los demás. Lo que ocurrió antes del edificio no existe, y si existió no interesa.

El edificio es tan alto que anula la historia.

El edificio (42)

En un día normal (si es que eso ha existido alguna vez en la historia) el edificio se divide en dos. Por fuera, y visto desde cierta distancia (digamos, desde Saturno), ofrece una apacible imagen de estabilidad, a pesar de la leve ondulación de la aguja, que se mantiene incluso en los días de menos viento; por dentro, los habitantes del edificio se mueven constantemente por él como un picor, en trayectorias circulares en sentido literal o figurado, horizontales, verticales, laterales, zigzagueantes, cada vez más aceleradas. Las dos imágenes del edificio son verdaderas; las dos son falsas.

El edificio (41)

Un tornado se queda enganchado al edificio, girando en torno a él como un molinillo. Alimentado por vientos del norte y del oeste, el tornado dura siete años y medio. Durante ese tiempo, los pisos inferiores del edificio viven en una oscuridad casi absoluta; el viento y la lluvia golpean los cristales y los hacen retumbar día y noche. Una ventana del piso 78 cede a los elementos y se rompe, algo que parecía inimaginable hasta ese día; los círculos exteriores de ese piso y de los cinco inferiores quedan completamente anegados; mueren ochenta y dos personas y seis albinos. Después de siete años y medio, el tornado empieza a remitir, a deshilacharse. Los pisos inundados nunca pierden completamente el olor a humedad; se los conoce como “los pisos blandos”. (Cuando las historias del tornado llegan a los pisos superiores, donde nunca dejó de brillar el sol, creen que se trata de un mito: el mito del diluvio universal que todas las civilizaciones parecen compartir; y como han sobrevivido, se consideran parte de los justos).

El edificio (40)

En el edificio hay una única biblioteca, que ocupa verticalmente los dos anillos más interiores de los pisos 157 a 193. Los diferentes pisos de la biblioteca están conectados por dos ascensores exclusivos, uno para personas y otro para libros. Cuando se construyó y se inauguró el edificio, la biblioteca contenía o pretendía contener todo el saber del mundo, como la Biblioteca de Alejandría o la de Babel. Con el tiempo el edificio comenzó a producir sus propios libros, y muchos de los más antiguos tuvieron que ser descartados (por el primitivo método de tirarlos por el hueco del atrio del edificio) o archivados en cajas que después se comieron unos animales parecidos a las polillas pero más viscosos. En la actualidad, la biblioteca del edificio se divide en dos grandes secciones: edificiología y ficción.

El edificio (39)

En las escuelas del edificio, en particular en sus pisos más altos, los profesores se enfrentan con un dilema: ¿deben hablar a sus alumnos de la vida fuera del edificio? ¿Deben hablarles del Polo Sur y de la Revolución Francesa y del hipopótamo? Si lo hacen, corren el riesgo de que los alumnos piensen que la jirafa es un animal tan ficticio como el unicornio, o tan antiguo como el diplodocus, y eso sería confundirlos; si no lo hacen, corren el riesgo de que los alumnos piensen que fuera del edificio no hay nada; que el edificio es el universo, que solo el edificio es real, y eso sería confundirlos. Entre las dos confusiones, los maestros escogen la menor, pero con el tiempo ellos mismos van dejando de saber cuál de las dos confusiones es más grande, y cuál es menos confusa que la otra.

El edificio (38)

El edificio se me aparece en sueños. Pero es un edificio diferente: está en Bilbao, está en las afueras de Bilbao, desde él se ve Bilbao entero, a pesar de que el edificio también forma parte de Bilbao. Yo me alojo en un cuarto de un hotel que está en uno de los pisos más altos; en el hotel hay habitaciones para dos y tres personas. Yo comparto habitación con un hombre de negocios. Por la mañana, bajamos en los ascensores del edificio, nos tomamos un pincho de tortilla en una cafetería del hall del edificio y luego cogemos el tren que para en la estación de trenes del edificio. Por un momento, el hombre de negocios y yo nos cogemos de la mano, pero luego nos damos cuenta de lo que estamos haciendo y nos separamos, entre risas. Cada uno se va por su lado. Cuando me monto en el tren, el sueño termina: fuera del edificio no hay nada, como en el edificio. Sé que este edificio con el que sueño no es el edificio; solo el edificio es el edificio de verdad.

El edificio (37)

Por los huecos de los ascensores del edificio suben y bajan los monos. Para ellos no hay barreras, no hay divisiones en el edificio: el edificio entero es su territorio. Allí donde un albino de los círculos intermedios se detiene, porque hay demasiada luz, un mono corre feliz, porque hay luz; allá donde un hombre de los pisos superiores se detiene, porque el olor a cuero y a sudor y a cable quemado se le hace insoportable, los monos llegan sin problema, porque se reconocen en ese olor a cuero, a sudor y a cable quemado. Algunos mueren atropellados por los ascensores, pero siempre hay otros monos para sustituirlos, y a veces los monos son tantos que detienen los ascensores con sus patas. Fallo técnico, dicen, vienen los encargados con sus herramientas y con unas cosas que si no supiéramos mejor pensaríamos que son escopetas. En realidad, los monos son quienes mejor se adaptan al edificio; casi se podría decir que el edificio ha sido construido a la medida de los monos; los seres humanos, entonces, solo serían un parásito indeseable.