Precariedad(e)

Intervención de José Soeiro, del Bloco de Esquerda, en la Assambleia da República de Portugal, hablando sobre la precariedad. Aunque algunas referencias son más específicas al caso portugués, me temo que el conjunto del discurso es aplicable a todas partes. Aquí va una traducción aproximada (habrá errores, porque todo no lo entiendo; traduzco solo las partes que me parecen más extrapolables a España o a otros países).

Yo creo que, a estas alturas del debate deberíamos volver a la cuestión de fondo. Y la cuestión de fondo es que hay una generación entera, más jóvenes y más viejos, que fue y está siendo expulsada del contrato de trabajo; que están siendo excluidos del contrato social. Una generación entera que no sabe lo que son las vacaciones pagadas, que no sabe lo que es tener prestación de desempleo y que solo conoce la precariedad como manera de vida y como paradigma para trabajar. Y es eso lo que hay que cambiar. […]

Los recibos verdes* son un símbolo de este sistema que destruye nuestras vidas; como lo son las empresas de trabajo temporal, que alquilan trabajadores como si fueran objetos; como lo son las prácticas no remuneradas que esclavizan a los jóvenes, en especial los jóvenes licenciados, que van a talleres de arquitectura, a despachos de abogados, a periódicos, a trabajar gratis.

La precariedad es este mundo absurdo, en el que para ser esclavo es preciso estudiar. Es este mundo absurdo que dura demasiado tiempo y que es elección de nuestra economía y de nuestras prácticas laborales. Es este mundo absurdo en el que el Estado es el máximo contratador de precarios y cierra los ojos a la precariedad […] Mundo absurdo, señores diputados y diputadas, es que la ley no valga nada, y que aceptemos que los empresarios usen de manera criminal e ilegal […] los falsos recibos verdes. […]

Mundo absurdo son las AECs, señores diputados, Áreas de Enriquecimiento Curricular; que haya personas trabajando para la escuela pública, la escuela pública, con contratos a recibos verdes que dicen, y voy a leer: “El presente contrato no confiere la cualidad de trabajador funcionario; en consecuencia el trabajador no tendrá derecho a vacaciones, subsidio de vacaciones o de Navidad, subsidio de dietas ni cualquier otro subsidio o prestación complementaria de la Seguridad Social”. Esto es un contrato que existe en muchas circunstancias.

Mundo absurdo es esto, señores diputados: 9 de cada 10 nuevos empleos son trabajo precario. Es robarnos el presente y el futuro. Es esclavizarnos con recibos verdes.

* Los recibos verdes son una forma de contrato muy común en Portugal, en el sector público y en el privado: a final de mes, el trabajador presenta un recibo con el número exacto de horas trabajadas, y cobra exactamente por ese número de horas, al precio que haya acordado. Las personas que trabajan con recibos verdes, por lo tanto, como dice el discurso, no tiene derecho a cobrar durante las vacaciones, ni derecho a subsidio de desempleo cuando deja de trabajar. Por supuesto, además, los sueldos que se cobran con recibos verdes no son precisamente generosos. Mi compañera de piso era una de esas profesoras de AECs (en su caso, de teatro) que trabajaba para el sistema educativo público, pero cobraba con recibos verdes.

La agonía del tigre celta

Los lugares en los que uno ha vivido ocupan ya para siempre un lugar especial en la memoria, y nada de lo que pase en ellos puede resultar totalmente ajeno. Así que desde que me fui de Irlanda vengo siguiendo con atención, y con pena, la evolución de la economía, la política y en general la vida del país en el que viví dos años, y que ahora se ve sumido en una depresión profunda que, la verdad, ya se veía venir desde hace tiempo.

Cuando llegué a Irlanda en 2007, me sorprendió encontrar un país muy distinto al que imaginaba, con sueldos y precios altísimos, con punteras empresas tecnológicas y lo que parecía una economía boyante y fructífera. Escribí entonces una entrada titulada “The celtic tiger“, en que hablaba del milagro irlandés de los años 90, en que la economía irlandesa había crecido a ritmos de hasta el 11%, convirtiendo al país, tradicionalmente a la cola de Europa, en uno de los más prósperos, con la segunda renta per cápita más alta del continente después de Luxemburgo. Las causas: el bajo “impuesto de sociedades”, que atrajo a multinacionales extranjeras; las ayudas de la Unión Europea, y también el que fuera un país de habla inglesa en una zona horaria interesante para las compañías estadounidenses.

Cuando publiqué esa misma entrada en mi blog de El Correo, un comentarista me advirtió, y con razón, que llegaba con años de retraso: que el Tigre Celta ya daba muestras de estancamiento y que la economía irlandesa estaba a punto, como luego se demostró, de entrar en recesión. No es solo que el modelo de crecimiento estuviera saturándose: es que ante la escalada de los salarios, las grandes empresas extranjeras estaban deslocalizándose hacia otros países más baratos, principalmente en Europa del Este. DELL, por ejemplo, que se calcula que daba trabajo directa o indirectamente a casi 7000 personas del área de Shannon, decidió trasladar su producción a Polonia a finales de 2009.

Lo que ha venido después ya es conocido por todos: quiebra de bancos, que se embarcaron en arriesgadas aventuras inversoras con la aquiescencia del gobierno -y del resto de bancos europeos-; estallido de la burbuja inmobiliaria, similar a la española, alimentada a su vez por esas mismas políticas de crédito fácil y sin control; déficit público disparado; presupuestos espartanos con brutales recortes del gasto y aumento de los impuestos directos e indirectos; crisis política y desencanto generalizado…

Lo cierto es que en Irlanda se han cebado con especial crueldad las mismas lacras que han asolado el resto de las economías del mundo: la mala gestión financiera, dirigida por banqueros ineptos, cortoplacistas y avariciosos, favorecidos por un descontrol político casi total; el estallido de una burbuja inmobiliaria que era claramente insostenible, pero que nadie previno a tiempo; la incapacidad de los políticos para pensar a medio o largo plazo y prever soluciones para los tiempos de “vacas flacas”; endeudamiento público y privado muy por encima de las posibilidades económicas reales…

Ahora, el futuro pinta bastante negro para Irlanda. Las medidas adoptadas, estrictamente destinadas a reducir el déficit (como exigen Bruselas, el BCE y el FMI) y la segunda oleada de hundimientos bancarios han dejado la economía del país prácticamente paralizada, y pasarán varios años antes de que se recupere mínimamente (por no hablar de que vuelva a su ritmo de crecimiento de los 90, algo que nadie imagina posible); el salvamento de 100.000 millones de euros que acaba de aceptar a regañadientes, unido a la convocatoria de elecciones anticipadas para el año que viene no es más que el último clavo en el ataúd del Tigre Celta.

Toda esta historia sería un poco menos triste si por lo menos hubiéramos aprendido algo, o si al menos, como consuelo menor, los culpables de la debacle hubieran pagado por ello. Pero no parece que vaya a ser así. Ni una cosa ni otra. Ahora, todos los ojos se giran hacia el siguiente país de la lista de los débiles (Portugal, y después, España), y yo me pregunto si tiene algo que ver el que yo me vaya mudando de unos a otros. Menos mal que nunca he estado en Grecia…

Oportunidades

Sí, hola, buenos días. Llamaba por el, por el anuncio de. Para. En el periódico. Sí. El número de referencia era, era, era, a ver, era, 2033745. Sí. Sí. Hace. Sí. Santiago Pérez. Envíe mi. ¿Lo tienen? Sí. Sí, he visto el anuncio. He leído. Sí. Tengo un título superior universitario, sí, en. Ya, entiendo. No, no tiene nada que. Claro. Claro. Experiencia tengo, aunque no sé si. En otros. Durante dos años. Dos años más. Bueno, sí, sí, sí. Claro, ya leí las, las, las condiciones. Está bien. No me importa. Puedo trabajar lo que haga falta. No tengo problema. Claro, claro. No, no doy problemas. Me parece bien, todo me parece bien. Bueno, quiero decir, que sí, que entiendo que. No, no me importa. Llevo bien el frío. No, ningún problema. ¿Desnudo? Bueno. Sí, sí, sí, he leído. Soy bastante sufrido. El hambre. Bueno. Está bien. Lo que haga falta. De acuerdo. Entonces, ¿me llamarán? ¿Me llamarán? ¿Cuándo sabré algo? Es que, es que, estoy un poco desesperado. Entonces, ¿me llamarán? ¿me llamarán? Claro, claro. Adiós.

Mini-budget (brace yourself)

Pasada la resaca (doble) de San Patricio y del Seis Naciones, Irlanda se despierta del sueño para volver a la pesadilla: a principios de abril el gobierno anunciará un “Presupuesto de Emergencia” que arregle el desaguisado del Presupuesto que aprobaron no hace tanto, en noviembre, y que ha demostrado ser tan impopular como ineficaz para resolver el problema del enorme déficit público. Así que la gente tiembla: si el presupuesto de noviembre era duro, y no ha sido suficiente, el “mini-budget” que nos viene puede ser de órdago.

Sea como sea, la opinión pública irlandesa está ya harta de sus políticos y de sus banqueros. Grandes escándalos como los del Anglo-Irish Bank, que tuvo que ser nacionalizado después de demostrarse que tenía un agujero financiero descomunal, o como el de Michael Fingleton, jefe de la constructora Irish Nationwide, que cobró un bonus de 1 millón de euros que ahora ha tenido que devolver, han terminado de cansar a los irlandeses, que también han perdido la confianza en su gobierno -y no es para menos-. Tan sólo el Ministro de Economía, Brian Lenihan, parece despertar cierta confianza entre los electores, lo que probablemente no impedirá que el Fianna Fail pierda las eleccones europeas y locales que se aproximan.

En dos semanas, la verdad sobre el mini-budget.