Una historia de fútbol

A principios de los años 70 (muy poca gente sabe esto, y los que lo saben no quieren recordarlo, y los que lo recuerdan no quieren hablar de ello) el Athletic fichó a un jugador argentino de ascendencia vasca (por parte de madre) llamado Julián ‘el Topo’ Larrechea. Era un chavalito de diecinuevee años que venía de marcar veintitrés goles en su primera temporada con el Newell’s Old Boys y que estaba en la agenda de River, decían. Pero el Athletic se adelantó.

En aquella época, en que los fichajes transatlánticos eran mucho menos habituales, el fichaje causó una cierta revolución; parecía contrariar, además, la regla sacrosanta en el Athletic de no fichar jugadores de fuera del País Vasco (y aledaños), pero en este caso se hizo la vista gorda, porque la madre era vasca y había vivido en Amurrio hasta que Julián cumplió los dos años, y porque el chico era muy joven pero muy bueno, decían, iba a ser una estrella.

El Topo era un delantero pequeño, ratonero, oportunista, una especie de adelanto de lo que sería Dani Ruiz Bazán pocos años más tarde. En las primeras diez jornadas de liga el Topo marcó ocho goles, uno de ellos el que dio el triunfo al Athletic en el Camp Nou (aunque la estadística adjudica ese gol a Uriarte, quienes estuvieron allí saben que fue del Topo, y que Uriarte solo pasaba por allí). Los aficionados estaban como locos con él, la única buena noticia en una temporada que no terminaba de enderezarse.

Pero luego, a partir de enero de 1972, la sequía. Solo marcó un gol más en la liga, contra el Espanyol (entonces era todavía el Español) pero lo peor no era eso, sino su terrible desgana en el campo, una apatía que desesperaba a sus compañeros y a su entrenador, Ronald Allen. El derby contra la Real Sociedad en San Mamés (que el Athletic perdió por 1-2, sin gol del Topo) fue su último partido de titular en liga. Después solo tuvo algunos minutos sueltos como suplente, y el partido de ida de la copa contra el Cartagena, en que marcó uno de los cinco goles. Aquel fue su último gol como rojiblanco.

En Bilbao nadie se lo explicaba, qué podía haber pasado con este chico que parecía tan prometedor y tan buena gente. Por fin, en julio de 1972 Larrechea concedió una entrevista al periódico ABC en la que explica el origen de su decadencia.

La entrevista empieza amable, con muchas preguntas sobre su temporada en el Newell’s, sobre su llegada a Bilbao y sobre sus primeras jornadas exitosas en Bilbao. Luego, como con pudor, el entrevistador suelta: “La segunda mitad de la temporada no ha sido tan brillante. ¿Puede decirnos qué ha ocurrido?”

Y aquí el Topo se deshizo, empezó a lloriquear y dijo que era un fraude, que era un fraude y que no podía seguir jugando en el Atlhetic. Que en la Navidad pasada, en un momento de lucidez y euforia, su madre le había contado la verdad: que no era hijo suyo, que era adoptado y que en realidad no había nacido en Amurrio, sino en Rosario, Argentina; que su madre había falsificado su fecha de nacimiento, su certificado de nacimiento, su pasaporte, todo; que en realidad era el hijo de dos peleteros argentinos pobrísimos que lo habían abandonado (lo habían vendido, prácticamente).

Que no había una gota de sangre vasca en sus venas. Que era un fraude, un fraude, un fraude. Y que lo recordaba cada vez que salía al campo y la gente gritaba “Topo, Topo, Topo”. Veía la portería delante de él, veía que si chutaba iba a marcar, visualizaba (como se dice ahora) lo que tenía que hacer para marcar, pero no lo hacía, porque nada tenía sentido y los goles eran la culminación de ese sinsentido, de ese simulacro.

Había pensado en olvidarlo todo y pensar que, si su madre era vasca, aunque no fuera su madre biológica, entonces él también era vasco, y tenía derecho a jugar en el Athletic. Pero no podía, no podía y cada día que pasaba era peor que el anterior y sentía más ganas de acabar con todo de una vez.

Sí, en el Athletic sabían lo que pasaba; lo sabía el entrenador, lo sabían los compañeros, lo sabían probablemente hasta los acomodadores de San Mamés. Pero nadie decía nada: ¡qué ridículo sería, reconocer que un no vasco se la había colado a todos durante meses!

No, no sabía qué haría a continuación. Había pensado en colgar las botas y volver a Rosario a buscar a sus verdaderos padres, pero no se atrevía a hacerlo. A pesar de todo, como es comprensible, quería a su madre adoptiva, y no quería dejarla sola ni romperle el corazón.

La entrevista, por motivos que desconozco, nunca llegó a publicarse, pero todavía está en los archivos del periódico. Un amigo que trabaja en El Correo me ha pasado una copia, por eso he llegado a saber de la existencia del Topo Larrechea.

El Athletic, por su parte, prefirió borrar cuanto antes este capítulo de su historia como si nunca hubiera sucedido: vendió al Topo Larrechea al Real Valladolid, donde hizo una carrera mediocre, y fingió que no había pasado nada.

La prueba de que esto que digo es verdad, es que en la página web del Athletic club de Bilbao no hay ni una sola referencia al Topo Larrechea.

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¿Publicidad encubierta?

Vale que sean del mismo grupo empresarial, pero ¿esta “noticia” que aparece en El País (encuadrada en rojo, clic para ampliar), sin indicación alguna ni modificaciones tipográficas que la distinga de las demás, no podría considerarse publicidad encubierta? ¿No hay alguna ley que dice que la publicidad debe distinguirse claramente de la información? Quiero decir: ya estamos muy habituados (demasiado, en realidad) a que en los telediarios las cadenas hagan autobombo de sus propios programas; a que en la SER hagan la pelota a Cuatro, Digital+ y compañía; e incluso a que las reseñas de libros o películas estén condicionadas por afinidades entre productoras y críticos. Pero ¿incluir el precio de la cuota no es ya pasarse de la raya?

O puede que solo sea yo, que me estoy haciendo viejo. Ay.

El Partido

Como español que vive en Lisboa, el partido de mañana es más que un partido: es la diferencia entre tener que aguantar las bromas de mis compañeros de trabajo, camareros, taxistas y lisboetas en general, o poder vivir tranquilo e incluso, si el ambiente es propicio, permitirme alguna broma yo mismo, aunque viviendo en territorio enemigo siempre es aconsejable la prudencia. La camarera de la universidad ya me ha dicho que hoy sí me traía el café, pero que a partir de mañana ya veríamos… En general, parece que por ahora hay miedo a hablar mucho, no vaya a ser…

Hace poco estuve me estuve acordando de que varias de estas competiciones futbolísticas veraniegas me han cogido fuera de casa. El último Mundial, con la derrota de España ante Francia incluida, me pilló en Nueva York. Íbamos a ver la mayoría de los partidos a un bar irlandés que estaba cerca de la Quinta Avenida. En Harlem, cuando iba a trabajar a la Hispanic Society, todos los latinos hablaban de fútbol. El día de la final Italia-Francia, estuve comiendo con mis padres en Little Italy, donde el ambiente era el que se puede imaginar.

La última Eurocopa la empecé a ver en Limerick: en Stables, Hurlers y Clohessy’s, y la terminé viendo en mi casa de Uribarri. Y el anterior Mundial, el de 2002, estaba en Escocia, a punto de volverme de St. Andrews, aunque el partido tristemente recordado con Corea del Sur lo vi sólo a medias en Newcastle, adonde me había escapado a pasar el día. También recuerdo que el día que Irlanda empató con Alemania en ese Mundial, estaba con unas amigas en Belfast, y la gente (del lado irlandés de la ciudad, claro) estaba en la calle celebrándolo…

Es probable que recuerde más estos campeonatos, precisamente porque los vi fuera de casa; porque de la Eurocopa de Portugal, o de los anteriores Mundiales, tengo un recuerdo mucho más borroso…

Así se escribe la historia: un paralelo deportivo

No recuerdo ya cuándo, se me ocurrió que la distancia que va de los hechos, a una historia pre-narrativa (o pos-narrativa) al estilo de los Anales (jijiji, ha dicho “anales”) y a una historia narrativa (o una “historia” en su sentido más habitual), es la misma que va de un partido de fútbol, a una de esas “crónicas minuto a minuto” que publican ahora los medios on-line, y a una crónica típica escrita para publicarse esa noche o al día siguiente.

Me explico: por un lado tenemos los hechos, esa cosa inaprensible llamada realidad. Eso incluye lo que hacen los entrenadores antes y durante el partido, lo que hacen cada uno de los jugadores, lo que hace el árbitro, lo que hace el balón, lo que hace el público. Miles de cosas que suceden al mismo tiempo, que nadie puede captar en su totalidad, y que no constituyen (todavía) un orden, una narración, un sentido. Ocurren.

Frente estos hechos, el cronista-minuto-a-minuto opera ya una selección: no todo lo que ocurre en el campo es detallado en esas crónicas: cada saque de banda, cada falta, cada interrupción, cada pase; lo que ocurre fuera del terreno de juego se anota, probablemente, solo en casos muy excepcionales (disturbios, cánticos racistas, esas cosas). Se ha focalizado ya la atención, pero no podemos hablar aún de narración en sentido estricto. Por ejemplo, si se produce una falta, el cronista-minuto-a-minuto anotará: “falta de X a Y. En el centro del campo. Patada por detrás”. No podrá saber, en cambio, si esa falta va a dar lugar al primer gol, si esa falta conllevará tarjeta amarilla ni, por supuesto, si esa tarjeta amarilla será seguida, muchos minutos después, por una segunda tarjeta y, por lo tanto, la roja.

Y después, el cronista-del-día-siguiente trabaja con esta selección -o con otra distinta- y construye, ahora sí, una narración. Tiene para ello la perspectiva del hecho concluido (por supuesto, el fútbol tiene unos límites temporales cerrados que no existen en la historia normal, pero no vamos a ponernos exquisitos), y la ventaja de conocer qué acciones han tenido consecuencias; si la superioridad inicial de un equipo se mantiene durante todo el partido, o no; si ese gol de Z es el primero de un hat trick, o el que espolea la remontada del contrario… Además, el cronista-del-día-siguiente probablemente hablará también de hechos que no suceden estrictamente en esos 90 minutos (hablará de la trayectoria de tal jugador, del destino de la liga, del futuro del entrenador de turno…), y establecerá, casi con toda seguridad, relaciones de causa-efecto entre unas y otras.

El paralelismo es posiblemente muy estúpido, pero creo que también es bastante didáctico. Muestra que la realidad no puede narrarse como tal: que para contar un partido de fútbol no harían falta 90 minutos, sino muchísimos más (porque, de hecho, ni siquiera una retransmisión televisiva puede decirse que reproduzca “el partido”) y que todo historiador, lo sepa o no, manipula la historia (en el sentido de que introduce en ella un sentido, una causalidad, una disposición narrativa que no existe en la realidad).

Aunque es posible que esto no sean más que pensamientos absurdos provocados porque se acaba la Liga…

Benfica

En Lisboa, y en todo Portugal, el Benfica es “más que un club”, como se ha dicho de tantos clubs de fútbol que no son más que clubs de fútbol. De hecho, con una arrogancia muy bilbaína (o quizás muy lisboeta), su página web afirma que son “el club con más socios del mundo” (aunque no socios en el sentido español, de ir a los partidos todos los domingos, porque si no, no cabrían). Y ya conté en otra entrada que, según un taxista, de los 10 millones de portugueses, 6 millones son del Benfica.

Bueno, lo cierto es que el Benfica sí tiene cosas de las que enorgullecerse: un estadio impresionante (que pude ver por dentro hace ya unas semanas)…

…el águila, símbolo del equipo, que sueltan antes de los partidos, y que si vuelve adonde su cuidador quiere decir que el equipo va a ganar…

..y desde ayer, también pueden enorgullecerse de tener un título de liga más que añadir a su palmarés (y van 32, con 8 de ventaja sobre el Oporto).

Hurling at Thurles

Este domingo, viendo que se nos acaba el curso, decidimos irnos a ver un partido de hurling a Thurles, un pueblo de Tipperary que está a una hora en tren. Concretamente, era la semifinal de Munster del All-Ireland Championship, o sea que el partido tenía su importancia. El hurling, para el que no lo recuerde, es ese deporte que se juega con un palo que es algo intermedio entre un palo de hockey y una pala de pelota vasca, y en el que hay dos tipos de goles: por encima de la portería, que vale 1 punto, y dentro de la portería, que vale 3 puntos.

El partido resultó entretenido (Limerick iba perdiendo 3-9 al descanso y acabó empatando a 11, así que habrá partido de “desempate” el sábado que viene), pero para un espectador ocasional como nosotros resulta un deporte bastante caótico, y bastante violento. Es raro ver una jugada ordenada con un par de pases y un tiro a puerta, todo tiene pinta de ser aleatorio: tú golpeas la pelota hacia el campo contrario, confiando en que por allá haya algún compañero tuyo, y el que la coja que se arregle. Seguro que no es así, pero es la impresión que da.

En fin, aquí van algunas fotos del evento.