Todos hemos vivido…

…ese gran momento de autodescubrimiento personal en que uno abre la nevera, ve que está casi vacía, la vuelve a cerrar, decide que no le queda más remedio que bajar al supermercado, se queda pensando, se queda pensando, se queda pensando, abre otra vez la nevera, la mira con aire concentrado y se pregunta: “¿qué podría cocinar con una zanahoria, un yogur y medio chorizo?”.

FYI: En estos momentos estoy en el segundo “se queda pensando”.

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Raíces

La casa estaba llena de grietas, pero era nuestra casa. Desde que al abuelo del abuelo de nuestro abuelo le dijeron: “esta casa es vuestra”, empezó a formar parte de la familia, o mejor dicho, a ser la esencia misma de la familia. Tenía nuestro nombre, nuestra forma y nuestro olor. Estábamos todos enamorados de la casa: andábamos por ella como si no quisiéramos hacerle daño, la limpiábamos amorosamente como a una mascota o a un bebé; incluso hablábamos con ella: le contábamos nuestro día, nuestras preocupaciones, todo. La casa estaba llena de grietas y daba igual lo que hiciéramos por arreglarla: siempre volvían a aparecer. Las suturábamos con cemento o las tapábamos pudorosamente con papel o pintura, pero al cabo de un tiempo variable (podía ser un día, podían ser meses) la grieta -la misma grieta u otra grieta distinta- volvía a estar ahí. Y volvíamos a taparla, y le decíamos a la casa: “tienes que ayudarnos, nosotros solos no podemos”. Nadie hablaba nunca de buscar otro sitio; en un barrio cercano estaban construyendo bloques de apartamentos bastante asequibles. Por las noches, la casa gemía y crujía. Una vez descubrí a mi madre llorando abrazada a una columna, y yo mismo he pasado innumerables horas acariciando la aldaba de la puerta con lentitud sensual. Del techo caía cascarilla de escayola, y en los rincones más escondidos encontrábamos serrín que no podría haber llegado allí de ninguna manera natural. La casa empezó a oler a su propia decadencia, y aunque nosotros lo sabíamos, seguíamos reparando sus grietas, que eran nuestras grietas, y recorriendo los suelos con los pies y las paredes con las manos. Una noche volvimos a casa y ya no teníamos casa  a la que volver: las grietas se habían convertido en escombros. Llamamos a todos nuestros amigos, encendimos una barbacoa con la madera de las vigas y nos pasamos la noche contando historias, riéndonos y llorando. Cuando amaneció nos fuimos a trabajar.

Tres días sin ordenador

Hoy es el tercer día desde que mi ordenador decidió suicidarse el viernes pasado. Mi vida es un infierno. La vida, sin ordenador, es un infierno. Ahora entiendo por qué la gente bebe, toma drogas, se casa. Paseo por el apartamento sin saber qué hacer. Pongo la tele: no dan nada que me guste (qué sensación tan extraña: en mi ordenador siempre dan cosas que me gustan). Voy a la cocina; picoteo algo, sin hambre. Pongo la tele: no dan nada que me guste. Decido ir al cuarto y tirarme en la cama. ¿Y ahora qué hago? ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Leer? No. Me quedo tirado mirando al techo e imagino la bandeja de entrada de mi email llenándose, el facebook brillando con notificaciones rojas como un árbol de navidad, el twitter echando humo. Me entran sudores. ¿Y si algunos de esos mensajes pide, suplica, exige una respuesta inmediata? ¿Y si algún amigo me ha pedido ayuda, y deja de quererme por no contestarle en menos de 24 horas? Pongo la radio (qué sensación tan extraña: ni me acordaba de que tenía una radio): no dan nada que me guste. Desconexión total: como estar atrapado en un ascensor durante horas, sin cobertura. Por lo menos, yo tengo cobertura (lo compruebo, por si acaso: sí, tengo cobertura). Pienso que puede haber habido un terremoto en Kidjijistan; que los alienígenas pueden habernos contactado por fin; que puede haber estallado la revolución en Rusia, en Francia, en España o incluso aquí, en Portugal, y yo sin enterarme. Dios, qué terrible regreso al siglo XX. ¿Y me estás diciendo que durante milenios los hombres vivieron así? ¿Que yo mismo viví así durante más de dos décadas? ¿Sin conexión a internet? ¿Sin wifi? ¿Sin facebook? ¿Sin Wikipedia? ¿Sin Twitter? ¿¿¿Como animales???

 

Engranajes

Llego a Lisboa, pero Lisboa no se ha parado en mi ausencia (¡qué falta de respeto!) así que me toca subirme en marcha. Me tomo un día de reposo para resituarme y superar el jet lag mental, que también existe, y luego me pongo en funcionamiento: me matriculo en portugués, y empiezo las clases ese mismo día; renuevo mi carnet del gimnasio y de la biblioteca; me reincorporo al trabajo; solicito una reunión con el Chefe de Divisão de Colecções do Fundo Geral da Biblioteca Nacional de Portugal (sí, suena importante, pero no lo es); me encuentro con casi todos los amigos de por aquí; hago la compra para llenar el frigorífico; actualizo el blog.

Mientras tanto, Lisboa me tienta: un concierto hoy, una cena mañana, cine el viernes, una excursión el sábado, una visita turística el domingo, un partido la semana próxima, teatro a comienzos del mes que viene. Digo que sí a algunas cosas, que no a otras, y otras simplemente se me olvidan. Todavía mi cabeza no se ha acostumbrado a estar de vuelta en Lisboa, y sigue girando más lentamente que el resto del mundo. Los engranajes de la rutina van encajando poco a poco, pero a veces saltan. Estos días me estoy acostando a las 10 de la noche.

¿He dicho ya que me gusta esta ciudad?

Día completo

Ayer, un sábado completito: por la mañana, excursión a Sintra (Palacio Nacional, Castelo dos Mouros, Palacio da Pena…); después, unas cervecitas con un compañero belga del trabajo, para ver el Inglaterra-Gales del Seis Naciones en un bar irlandés (en el que nos atiende una catalana); y para terminar, un concierto de música francesa con las compañeras de la clase de portugués y una pizza en Telepi (sí, aquí también hay Telepizza, aunque los ingredientes son un poco distintos…).

Todavía había plan de seguir la noche en el Bairro Alto, pero aprovechando que estaba cerca de mi casa, preferí retirarme a tiempo…

Sueño recurrente

Casi todas las personas tienen, creo, algún sueño recurrente que se repite de vez en cuando, y que representa, supongo, sus miedos o angustias sobre el presente y el futuro. En mi caso, hay dos sueños de este tipo: en uno de ellos tengo que dar una charla o una clase y no la tengo preparada; en el segundo, tengo que coger un avión pero por algún motivo no llego a tiempo y lo pierdo.

La otra noche, tuve un sueño que mezclaba las dos angustias, aunque con predominio de la segunda: tenía que ir de Bilbao a Barcelona para un congreso, y tenía que coger un avión a las 9.30; pero en un error que sólo podría cometer en un sueño, me hacía a la idea de que las 9.30 era la hora a la que debía estar en el aeropuerto (el avión saldría por lo tanto sobre las 11, o más tarde) así que, claro, me denegaban el embarque y perdía el avión. Después, el sueño se convertía en una búsqueda, muy meticulosa, por cierto, de formas alternativas de llegar a Barcelona. Recuerdo haber buscado otros vuelos ese mismo día, concretamente en la página de Vueling; recuerdo haber pensado en el tren (muy caro) y en el autobús (muy lento). Lo que no recuerdo es cómo terminaba el sueño, pero si seguía el patrón de otras mismas versiones, imagino que nunca llegué a salir de Bilbao.

Y vosotros, estimados lectores que os dejáis caer por aquí, ¿tenéis sueños recurrentes de este tipo?