Camelot en verano

Camelot en verano se llena de turistas. Es un horror. Los chinos y los japoneses por lo menos no molestan: van en grupo, con sus cámaras y sus gorras, haciendo fotos a diestro y siniestro, hablando en lenguas incomprensibles para nosotros y sin relacionarse con nadie. Podrían estar mirándonos a través del cristal de un acuario, como a animales exóticos: sería lo mismo. Los españoles, los italianos y los estadounidenses son peores: quieren verlo todo, tocarlo todo, meterse en todas partes. Si asisten a un torneo, quieren participar, aunque nunca hayan montado a caballo ni cogido una espada en su vida; si hay una cena de gala, se meten entre los invitados y se ponen a arrancar trozos de carne con las manos, los muy guarros; y cuando Arturo, Ginebra y Lanzarote aceptan generosamente saludarlos desde el balcón, se ponen a gritar “que se besen, que se besen”, y la pobre reina mira para todas partes, avergonzada, y termina haciendo una casta y galante reverencia que no deja contento a nadie. De todas formas, el verano es el peor momento para visitar Camelot: hace calor, hay cuervos por todas partes y la mitad de los caballeros de la Tabla Redonda se han ido a Ibiza a descansar. Además, en verano Camelot está lleno de turistas.

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Camelot under the rain

El otro día, cuando me estaba acercando al castillo de Camelot, comenzó a llover a mares. Y la lluvia, emborronando el aire, confundía mis sentidos y me hacía ver altos edificios grises llenos de luces (árboles y rayos, sin duda), brillantes animales metálicos reptando veloces por el suelo (jabalíes con el pelo mojado, diría yo) y la tierra parecía perder sus colores para volverse dura, gris, idéntica en todas las direcciones -no pretendo explicarlo, sólo lo describo.

Lo más curioso es que el fenómeno persistió incluso cuando, ya a refugio de los elementos, me reuní con Arturo, Ginebra y los demás en la sala de la Mesa Redonda: en vez de sus armaduras, sus brocados, sus escudos herálicos, me pareció ver una reunión de seres vestidos de negro y blanco, con unos absurdos pedazos de tela alargada colgados de sus cuellos, blandiendo una especie de pequeños punzones sobre unos pergaminos extraordinariamente blancos y delgados. Y Arturo decía: “…debemos convencer a nuestros accionistas…”

Después me desmayé, y cuando desperté en brazos de Ginebra todo había vuelto a la normalidad.

Shy Camelot

[…]
CAMELOT: No quiero salir…
AUTOR: ¿Por qué no? ¡Si a todo el mundo le caías muy bien! ¡Hasta te hiciero un grupo en Facebook!
CAMELOT: ¡No quiero!
AUTOR: ¿Pero por qué?
CAMELOT: Porque… porque… hace mucho ya que no salgo, y seguro que la gente está esperando que haga una gran rentrée con dragones y griales y todo, y cuando me vean se van a decepcionar y me van a gritar y a tirar cosas y tomates y cosas.
AUTOR: Que no, hombre, no te preocupes. En todo caso, al revés: los lectores van a estar tan contentos de vertee, que van a aplaudir cualquier cosa que hagas.
CAMELOT: ¿Y si no estoy a la altura? ¿Y si soy un fracaso? ¿Y si Arturo y Ginebra y Lanzarote ya no dan más de sí?
AUTOR: Pues empezamos todo de nuevo. Total, nadie se acuerda a estas alturas de lo que ya hemos contado…
MARTITA: ¡Yo sí, yo sí, yo sí!
CAMELOT: ¡No salgo!
[…]

Camelotish Christmas

[…]

Y todos los años, por el solsticio de invierno, las familias (hombres y mujeres, padres e hijos, tíos y sobrinos, primos, suegros, nueras y yernos, cuñados y demás miembros de la familia hasta el cuarto grado) se reunirán en torno a una mesa y conmemorarán el nacimiento de Arturo, en los bosques de Camelot, nacimiento anunciado por los druidas desde tiempos inmemoriales, y manifestado con grandes maravillas, como nevadas copiosísimas, auroras boreales nunca antes vistas en estas tierras, y otras que no es necesario mencionar; y con motivo de dicha celebración cenarán juntos en la noche del solsticio, y comerán juntos al día siguiente, y hablarán entre ellos de todos los temas de los que no suelen hablar durante el resto del año, y beberán licores exóticos y cantarán canciones en las que se mencione a Arturo, y luego seguirán hablando hasta que la discusión ascienda de tono y alguien vierta sus lágrimas, momento en que se considerará terminada la reunión hasta el año próximo.

[…]

Playful Camelot

[…]
-Así que algo debemos de estar haciendo bien: los niños ya juegan a Camelot.
-¿Juegan a Camelot?
-Sí, a Camelot. Juegan a que son Arturo, Lanzarote, Ginebra, Merlín, Mordred…
-¿Y quién hace de Mordred?
-…
-Los cojos, los bizcos y los negros, señor. Y a veces alguna niña.
-Bien, bien…
[…]

The flag of Camelot

[…]
-Otra cosa que nos falta es una bandera. Porque hasta ahora cada señor tiene la suya, pero eso hay que unificarlo.
-Para que ondee en nuestros castillos.
-Para ponerla en nuestros documentos oficiales.
-Para venderla como souvenir.
-O para envolver a los que mandemos a morir en combate en nuestro nombre…
-…
-Yo creo que nuestra bandera debería tener el verde de nuestros prados, y el azul de nuestro cielo.
-El rojo de la sangre de nuestros enemigos, y el amarillo del dinero de los saqueos.
-El color negro del cuervo en el que se convertirá Arturo cuando muera (eso dicen).
-Y el blanco de las barbas del astuto Merlín.
-…
-Si se hubiera inventado ya la televisión, diría que nuestra bandera parece una carta de ajuste…
[…]

All the king’s horses

Para éste concurso de Literatura en Murcia. (¿Adaptable para la serie de los camelotinos?)

-El rey no se atreverá a salir de cacería hoy -decía la gente-. No saldrá. Los augurios le condenan.

El rey mandó ensillar a sus caballos. Sonaron las trompetas.

-¿Por qué -decía la gente- ha salido el rey de cacería, con augurios adversos?

-Precisamente porque los augurios eran adversos -contestaban otros-. Para demostrar que no teme al destino.

Sonaron las trompetas. La comitiva salió del castillo al galope, cruzando el puente.

Horas más tarde, también con sonido de trompetas, la comitiva fúnebre cruzaba el puente en sentido contrario, en dirección al castillo.