La danza de la muerte

Eran carnavales cuando ingresamos al abuelo. Me llamó mi madre al móvil y me dijo: “Tenemos que ingresar al abuelo, casi no puede respirar”. Ya le habían ingresado otras veces por lo mismo, pero siempre era una sorpresa: no porque fuese inesperado, sino porque era inevitable. La familia entera se turnaba en estos casos para dormir con el abuelo y que no se quedase solo. En realidad, lo hacíamos más por nosotros que por él, que siempre fue muy independiente y un poco cascarrabias.

La noche que me correspondía a mí dormir en la clínica, eran el sábado de los carnavales de Deusto. (En Deusto, como sabe todo el mundo que sea de Deusto, los carnavales se celebran una semana antes que en el resto de Bilbao, que es como decir en el resto del mundo). Cuando salí del metro me encontré metido en un universo paralelo de mosqueteros, abejas, escoceses, una familia de pollitos y un hombre de hojalata de baratillo.

Iba a girar la esquina de Rafaela Ybarra cuando me di de frente con un grupo de chavales vestidos de esqueletos. Casi me tropiezo con uno de ellos. Debían de ir alegres, por un motivo o por otro, porque empezaron a reírse y a bailar a mi alrededor cogidos de la mano. Pensé en mi abuelo allí, casi ahogándose, y aquello me pareció de pésimo gusto.

Aunque claro, ellos qué sabían.

Llegué a la habitación poco antes de la hora de cierre de la clínica. Me despedí de mi madre con un beso, y me preparé para pasar la noche.

El abuelo estaba despierto, con la mascarilla de oxígeno puesta. Parecía delgado y mucho más viejo que una semana antes. Estaba despeinado y sudoroso. Me miraba con ojos pequeños y algo vidriosos, como adormilado.

Sentí miedo. Quería cogerle de la mano y decirle que no se preocupase, que todo iba a salir bien; que todavía le quedaban cosas por vivir con nosotros, con sus hijos, con sus nietos, con sus amigos del mus de los jueves.

Se quitó la mascarilla lentamente, con una mano torpe y temblorosa. Me vinieron las lágrimas a los ojos. Me imaginé lo que podía decirme aquel hombre de los de antes, aquel ser humano de una pieza: “No te preocupes, he vivido una buena vida, estoy tranquilo, teneros aquí a todos a mi lado es todo lo que necesito, gracias, tranquilo, adiós”, imaginaba yo, algo melodramático, autocompasivo, kitsch.

Con el mismo dedo temblequeante señaló a la televisión, que estaba sintonizada en Telecinco.

“Apaga… eso”, dijo. “Tu madre…”

Luego dejó caer la mano, volvió a ponerse penosamente la mascarilla, y cerró los ojos. Pronto se quedó dormido. Me senté en el sofá y escuché: de la calle venía el barullo de la muchachada festiva.

La erre

Cuando era niño no sabía pronunciar bien la erre.

Ya está, ya lo he dicho.

No sabía pronunciar ninguna erre: ni la simple ni la doble. En vez del sonido vibrante que le corresponde, yo pronunciaba un sonido sibilante-líquido-lateral, mezcla de erre, ese, ele y uve doble. Todavía sé pronunciar ese sonido, aunque no me sirva de nada.

Para hacerme practicar, repetía palabras con erre. Era inútil, claro: un error no se corrige por repetirlo muchas veces. Mis padres me decían: “A ver, di ‘locomotora'”. Y yo: “locomotowa, locomotowa, locomotowa”. Y al final, harto y astuto: “Máquina de los vagones”. La historia todavía se recuerda en cumpleaños y cenas de navidad.

Y de repente, un día supe pronunciar la erre. Por accidente, intentando imitar el sonido de un coche, de un avión, de un motor, hice “rrrrrr”. Y mis padres, mis profesores, alborozados: “¡Pero si eso! A ver, Santi, vuelve a hacerlo: rrrrr”. Una fiesta de la fonética.

Me pregunto si hoy sería una persona distinta si no hubiera aprendido a pronunciar la erre. Imaginemos, que es gratis: si hubiera llegado a ser un adolescente que no sabe decir “perro” mis compañeros se habría metido conmigo por eso. A lo mejor me habrían puesto un mote por eso: algo como “wawa”, que gritarían a pleno pulmón cada vez que el profesor me preguntase algo o me sacase a la pizarra. Eso (imaginemos) podría haber minado mi autoestima; por lo menos, mi seguridad para hablar en público. A lo mejor habría desechado la idea de ser profesor (¿Un profesor de literatura de secundaria que pronuncia “litewatuwa”? Blanco fácil para los matones. ¿Un profesor de español que no puede enseñar a sus alumnos a pronunciar correctamente? Un contrasentido). A lo mejor habría estudiado Derecho, o Psicología, o Aeronáutica. Nunca habría ido a Escocia, ni a Irlanda, ni a Lisboa.

Nunca habría llegado a conocer a Alicia.

O a lo mejor sí, a lo mejor habría encontrado una forma de llegar al mismo punto por distinto camino.

Lo único que podemos saber es que el mundo dejó de ser el mismo que era, y yo me convertí en una persona distinta, la primera vez que dije “perro”.

Encuentro (cuento cruel)

El otro día, mientras paseaba por Bilbao, me encontré con Ernesto, un antiguo compañero de la universidad al que hacía años que no veía. Él me reconoció y se paró delante de mí; a mí me costó un poco más: estaba mucho más delgado de lo que yo recordaba. En la universidad no éramos especialmente amigos; tampoco nos llevábamos mal: pertenecíamos a grupos distintos, así que solo hablábamos muy de vez en cuando, educadamente pero sin mayores intimidades. Al principio, fue uno de tantos encuentros, “¿Qué tal? ¿Dónde andas? ¿Cómo te va? ¡Cuánto tiempo!”, esas cosas.

Seguimos paseando a la orilla de la Ría, precisamente en dirección a la universidad. Yo le hablaba de Lisboa y de Alicia, y de Madrid, y de Lukasz. Que me va bien, que estoy contento, que creo que he encontrado mi lugar en el mundo, esas cosas. Él sobre todo callaba.

Cuando llegamos a la puerta de la universidad se me quedó mirando con una extraña cara de pena. “¿Te acuerdas”, me preguntó, “de aquella vez en segundo que nos fuimos todos a la playa a media mañana? Que fuimos a Sopelana en varios coches; tú viniste en mi moto. Y estuvimos allí corriendo y jugando al fútbol con las chicas, que siempre es más divertido. Debía de ser octubre o noviembre, hacía frío y no nos bañamos. Luego, hacia el mediodía empezó a entrar desde el mar una niebla baja y bastante rara, casi a ras de suelo. Le dio al día un aire como místico, ¿te acuerdas? Como de película de terror y al mismo tiempo de aparición bíblica. ¿Te acuerdas?”.

Yo no me acordaba, la verdad. Miré a Ernesto sin decir ni que sí ni que no, respondí solo con un murmullo poco comprometedor.

“Aquel día acabamos Laura y yo enrollándonos en un bar de Romo. ¿Te acuerdas de Laura?” De Laura sí me acordaba: una morena bajita que no estaba mal, como dice Sabina. Tenía un año más que nosotros. “Laura y yo estuvimos juntos tres años después de eso. Fueron años bonitos”.

Estábamos llegando a la puerta de la Universidad. Disminuí disimuladamente el ritmo, lo que en lenguaje corporal se traduce como “Bueno, yo me quedo aquí”. Él se paró y me miró, pero realmente no estaba allí, sino lejos, en otro tiempo.

“Al final”, me soltó después de un silencio, “resultó que Laura era una zorra. Si supieras lo mal que me lo hizo pasar… Desde entonces todo empezó a ir a peor…”.

“Oye, me tengo que ir, que tengo una reunión”, dije, dando un paso hacia el edificio.

“Una zorra, una auténtica zorra. Luego se murió, ¿ya sabías?”

Me quedé mirándole, helado. “No, no sabía”. “Pues sí, accidente de coche. Se murió. Si supieras las cosas que me hizo…” Y luego: “Pero oye, que tenías que irte. Ya nos veremos por aquí, ¿no? ¡O si no lo mismo voy yo a visitarte a Lisboa! ¿Estás en facebook? Venga, nada, me ha encantado verte, cuídate.”

Y se alejó en dirección al centro como si tal cosa. Yo tardé todavía unos minutos en poner en orden el mundo y entrar en la universidad.

Señales de humo

Kezko Seinaleak

Nondik ote dator aniztua kea?
Oherik ez dagoenetik sukaldeetako labeetan
egiten da hiri honetan amodioa
Leiho itxitik merkantziak sartuz behelainoarekin
zure ahotsa apartatu nuen kafea hoztu ez zedin
Gurpilak karkabaka trenetik
harrien baitatik ateratzen zen isiltasuna
egunak bere alanbikeak zabaldu ahala
Aurpegi errea zekarten goizeko lehen biztanleek
harlauza gainetan lerraturik
kexu ziren antzokiak bezain hutsik botilak
jendea presaka zebilen gauari norbaitek
semaforo guztiak ostu balizkio lez
Biharamuna maingu baten arrastoa zen
bizitza den espaloi elurrez ezkutatuan

Nondik ote dator aniztua kea?
Oherik ez dagoenetik sukaldeetako labeetan
egiten da hiri honetan amodioa
Harkaitz Cano

Señales de humo

¿De dónde vendrá multiplicado el humo?
Desde que se llevaron las camas de la ciudad
se hace el amor en los hornos de las cocinas
a la vez que entran los trenes de mercancía
por ventanas clausuradas.

Aparté tu voz para que no se enfriara el café.
El silencio salía por entre las piedras
mientras el día inauguraba sus alambiques.
Los primeros habitantes de la mañana
traían en bolsas de papel sus caras quemadas
enfiladas sobre las aceras se quejaban
tan vacías como los teatros las botellas
la gente se apresuraba como si alguien
hubiese robado a la noche todos sus semáforos.
El amanecer era el rastro de un cojo.
La acera cubierta de nieve, la vida misma.

¿De dónde vendrá multiplicado tanto humo?
Sólo se sabe que
desde que se llevaron las camas de la ciudad
se hace el amor
en los hornos de las cocinas.

El mar y yo

He vivido toda mi vida cerca del mar, pero de espaldas al mar. Para vivir necesito un río, pero el mar me resulta prescindible.

Las historias épicas de marinos (la lucha contra los elementos, contra la soledad, contra uno mismo) me atraen y me atrapan, pero como algo exótico, como las novelas de Sandokan o las películas de vaqueros.

Todas las ciudades en las que he vivido, mucho o poco, estaban en la costa, o cerca de una costa. El mar Cantábrico, el mar Negro, el mar del Norte, el océano Atlántico desde sus dos orillas. En ninguna pasé las largas tardes sentado leyendo frente al mar que podrían imaginarse.

A lo mejor es, precisamente, porque el mar siempre ha sido a la vez cercano y ajeno para mí. Ni siquiera de niño despertaba especial fascinación: era algo que estaba allí, a lo que se podía ir cuando se quisiera, y se quería poco.

Hoy huyo de las playas, nunca he hecho un crucero y carezco totalmente de vocabulario marítimo. Las novelas de marinos me siguen pareciendo historias apasionantes que les suceden a otros.

Pero que no me quiten un río, que me ahogo.

#nopuedovotar

Bueno, pues ya es definitivo, consumatum est: en estas elecciones no voy a votar, pero no porque yo haya decidido que no me apetece, sino porque no me han enviado a tiempo las papeletas por correo. Me inscribí en el Consulado como no-residente, di mis datos de Lisboa, y a falta de un día para las elecciones, cuando se cierra el plazo para enviar el voto, nada.

Y no soy el único caso, ni mucho menos. Son muchos los españoles residentes en el extranjero que no han recibido las papeletas, o que las han recibido incompletas. Al parecer, las últimas modificaciones en la Ley Electoral, que complican el proceso de validación de candidaturas, han hecho que las papeletas se impriman más tarde de lo habitual, y cuando se han puesto en el correo ya era demasiado tarde para muchos de los emigrantes.

No es que me importe especialmente en este caso, porque estas elecciones tienen menos intriga que una película de Jennifer Aniston, pero en todo caso es mi derecho constitucional tirar a la basura mi voto como mejor me parezca. En una noticia que leí el otro día (no recuerdo dónde) un entrevistado decía: “Los votos de los residentes en el extranjero suelen ser poco relevantes”, como quitándole hierro al asunto; y probablemente tiene razón en que pocas veces la distribución de escaños se modifica a causa del voto exterior (aunque recuerdo un caso reciente en que esto sí sucedió, o estuvo a punto de suceder).

Pero en todo caso ese no es argumento: que el voto de los residentes en el extranjero no cambie las mayorías que van a salir en el nuevo Parlamento no justifica que se nos robe el derecho al voto. Con ese argumento, podían anular también las votaciones en los pueblos pequeños que son demográfica y electoralmente poco significativos. Total, como todos sabemos quién va a ganar…

Descubrimiento

Acabo de darme cuenta de que, como mis dos años en Irlanda no fueron realmente dos años (estuve allí entre septiembre de 2007 y junio de 2009), Portugal es desde hace unos días el país en el que más tiempo he vivido aparte de España. No es que tenga especial importancia, pero bueno, es curioso darse cuenta de estas cosas…