No tan breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 3

En pocos meses, mis lecturas policiacas dejaron rápidamente de interesarme; para disfrutar de ellas, creo, habría sido necesario tener una fe en el orden y en la razón, rotos por el criminal y reparados por el detective, que yo no compartía. Las novelas de Dashiel Hammett se parecían algo más a la visión que yo comenzaba a formarme del mundo (caótico, injusto, inestable y sin té de las cinco ni viejitas adorables), pero seguían sin satisfacerme, por cuanto no me reconocía en aquel mundo macho de alcohol y mujeres fatales, rubias, malvadas y seductoras.

Había también otro motivo para que me interesasen otro tipo de lecturas: que por primera vez en la vida, estaba empezando a sentir una cierta atracción por un chico. Se llamaba Álvaro, era alumno del curso de Electricidad y Electrónica, tenía un aire descompuesto e incluso algo frágil, no hablaba mucho, no parecía tener demasiados amigos en su clase. Cuando me infiltraba en su grupo de Instalaciones Electrónicas y Domóticas me sentaba detrás de él, en la última silla de la clase, intentando esconderme detrrás de sus hombros, pero sus hombros eran tan estrechos que casi no me cubrían.

Me asaltaban dudas sobre esta atracción mía hacia él: ¿quería protegerlo, quería ser para él la madre protectora que yo no tuve, proyectando en él el deseo de seguridad y cariño que yo misma sentía? ¿Buscaba en él un modelo opuesto a Fernando, el único referente masculino que hasta entonces conocía, y que representaba la fuerza que se impone, el poder que no se cuestiona, la centralidad masculina que empuja a las mujeres hacia el margen y la sumisión?

¿Y cómo sabía que Álvaro representaba algo diferente, y no era simplemente un lobo vestido de oveja, como esas mujeres de las novelas negras que se fingen tontas para salirse con la suya?

No lo sabía, no; lo único que sabía era que cuando estaba sentado detrás de Álvaro sentía como un tirón en las tripas, como si una mano hubiera entrado en mi cuerpo a través del ombligo y estuviese apretándome el estómago y la vejiga. Y a pesar de todo, cuanto más tiempo pasaba cerca de él, más quería pasar, y cuando no estaba con él me preguntaba cuándo volvería a estarlo, y cuando durante el día conseguía verlo o incluso hablar con él y pedirle sus apuntes (incompletos, incomprensibles, escritos con una letra pequeña y desordenada como él), luego en el tren de vuelta a Berriz no hacía otra cosa que repasar mentalmente esos momentos, y no leía ni mis apuntes ni los suyos, y mi aprendizaje empezaba a resentirse.

Intenté leer una novela sentimental de las de la biblioteca, pero no me reconocí en aquellas mujeres empinadas que sufren porque su amante el doctor no consigue pasar a buscarlas en su helicóptero de diamantes.

No tan breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 3

Para Elenita la historia era bien distinta, y si ella misma pudiera contarla sin duda que todos, yo la primera, nos sorprenderíamos al ver lo poco que una y otra narración coinciden, incluso en aquellos hechos que parecerían más objetivos e indiscutibles. No en vano se dice que cada uno cuenta la fiesta según le va en ella, o que la historia la escriben los vencedores, sin que en este caso nadie pueda decir quién venció a quién, ni en qué.

Elena era feliz haciendo aprendiendo Peluquería y Estética; tenía un raro don: ser feliz haciendo algo en lo que no era buena. No tenía habilidad en las manos para ser precisa y delicada, ni imaginación suficiente para comprender lo que mejor se adecuaba a cada tipo de pelo, de piel, de uñas. Sin querer cortaba y se cortaba, quemaba y se quemaba, dejaba calvas y hacía heridas. Cuando tenía que maquillar a alguien, más payasas o muñecas parecían al final del proceso que personas.

Y a pesar de ello, era verla cortar, cepillar, barnizar, pasar el pincel, el lápiz, la tijera o la esponja: traspuesta parecía; apoteósica. A veces, en los ratos muertos, abría y cerraba las tijeras y se quedaba como hipnotizada con el siseo de sus hojas en el aire.

—Entonces, Elena, ¿tú quieres ser peluquera o esteticista? —le preguntaba yo.

—¿Eh?

—Que si quieres ser peluquera o esteticista, como las otras.

—¡Sí! —contestaba, con los ojos brillantes.

—Entonces, ¿estás contenta con tu futuro? ¿Estás contenta de ser una pieza más en esta maquinaria sin sentido? —insistía yo, pedante.

—¡Sí, sí, sí! —respondía ella, pero yo ya sabía que no me estaba escuchando, porque estaba nuevamente jugando a cortar con las tijeras finos pedazo de papel que parecían canas y que caían, flotando, hasta el suelo junto a sus pies como si fueran el confetti de una fiesta invisible.

 

 

No tan breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 3

Las clases de peluquería y estética me importaban bien poco, como se puede imaginar. Las monjas me habían enseñado que el cuerpo era una fortaleza; Fernando, que esa fortaleza podía ser violentada; la escena que entreví en la cocina insinuaba que esa fortaleza podía esconder misterios, pero nadie me había enseñado a buscarlos ni a entenderlos. Iba limpia pero desarreglada, recogía mi pelo en moños o coletas o gurruños según lo que fuera más fácil en cada momento; cuando mis colegas de clase comparaban el brillo o el color de sus uñas yo escondía las mías, que estaban mordidas y ralas.

¿Cómo me iba a importar la estética ajena cuando a la propia no le dedicaba ni cinco minutos de miradas al espejo o de preparación antes de salir a la calle? ¿Por qué las monjas me inscribieron en un curso de peluquería y estética sin preguntarme, sin tener en cuenta sus intereses o, me atrevería a decir, sin molestarse en mirarme ni una vez frente a frente? La respuesta salta a mi cara sin necesidad de buscarla demasiado: porque era mujer, y para las monjas una mujer podía ser pocas cosas decentemente sin perder su condición de feminidad: monja, enfermera, esposa. Peluquera. Esteticista.

En cambio, más interesantes me resultaban algunos otros cursos que se impartían en el mismo centro: contabilidad, comunicación, gestión turística, informática. Cuando podía me escabullía de mis clases de champús y lacados y me colaba en las clases ajenas, pedía prestados apuntes y libros y los leía en los viajes de ida y vuelta en el tren. Los profesores o no me veía, o no querían verme. Iba construyendo así una formación que no era exhaustiva en nada, pero me daba un barniz de todo; me permitía usar las palabras correctas, aunque no estuviera del todo segura de lo que esas palabras significaban.

Sin saberlo entonces, y desde luego entonces no lo habría expresado con esas palabras, me estaba convirtiendo en la trabajadora ejemplar del capitalismo tardío: me estaba formando para una vida de precariedad. Y me estaba gustando.

No tan breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 3

Ir a una nueva escuela implica algunos cambios; en primer lugar, el cambio de escuela, es decir, el cambio de espacio y la forma de relacionarse con él. Mis rutinas hasta ese momento se reducían a menos de un kilómetro cuadrado, de mi cuarto-celda a clase, de clase a la biblioteca, de la biblioteca al cuarto-celda. Como mucho, los paseos consumistas por Berriz con Elena para abrir un poco el pequeño círculo de mi infierno. Ahora en cambio tenía el tren todas las mañanas, una escuela con diferentes grados y niveles, y alumnos de distintas procedencias, y una ciudad, Durango, que para alguien recién salido del convento era como Nueva Delhi y Ciudad de México juntas.

También tenía que acostumbrarme a nuevas gentes: las chicas del curso de peluquería y estética, las profesoras y algún que otro profesor, y también los chicos que estaban estudiando otros cursos de formación profesional, más masculinos, en las clase de al lado. Frente a todas estas nuevas gentes yo me expresaba con una prudencia que podía ser tomada por timidez, y una sequedaz que podía ser tomada por antipatía -y quizás lo fuera-. No me llevó demasiado tiempo ganarme fama de rara, y si esto no me causaba ningún dolor, porque quien nada necesita nada echa de menos, sí que me irritaba hasta cierto punto, porque me dificultaba conseguir de las otras personas ciertas cosas que podían con el tiempo resultarme necesarias, o al menos valiosas.

—¿Dónde está la biblioteca? —le pregunté el primer día de clase a la profesora de “Cuidados estéticos básicos de uñas”, que me miró bastante extrañada.

—Este es un curso fundamentalmente práctico —respondió, sin responderme.

—Lo sé. ¿Dónde está la biblioteca?

Levantó un dedo, apuntó en una dirección indeterminada, la seguí, descubrí un cartel que decía “Biblioteca”, entré. Era un cuarto pequeño y sin ventanas, con estanterías metálicas; había sobre todo libros técnicos y manuales diversos, pero para mi sorpresa y felicidad encontré también una sección de novelas aceptablemente surtida, en cantidad, aunque bastante limitada en géneros: policiaco, romántico, fantástico, histórico. Decidí comenzar por los policiacos, que aunque no eran mis clásicos del convento, estaban razonablemente escritos y me ayudaban a pasar las horas los fines de semana, y me acompañaban en los viajes de tren cuando no me acompañaba Elenita.

No tan breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 3

No percibimos el paso del tiempo cuando enfocamos en él la atención, pero así que nos despistamos y nos dejamos llevar por su corriente, nos arrastra, nos empuja y termina por depositarnos, para nuestra sorpresa, en un punto de nuestra vida en el que no sabíamos que nos encontrábamos.

Así, sin saber cómo, un día me desperté y tenía dieciséis años. Y las monjas me comunicaron que al año siguiente ya no estudiaría en su colegio: que iba a empezar Formación Profesional en Durango.

—¿Formación Profesional? —pregunté.

—Sí —me contestaron.

—¿Formación profesional en qué profesión? —pregunté.

—Peluquería y estética —me conestaron.

—¿Por qué? —pregunté.

Pero a esa pregunta ya no contestaron nada, y yo ya no volví a preguntar más: mi destino no era mío, no dependía de mí ni de mis veleidades sino de fuerzas muy superiores a mí, y si quería salir adelante tenía que aprender a qué vientos debía oponerme con todas mis fuerzas, y de cuáles debía aprovecharme y dejarme llevar, para seguir avanzando.

Ese mismo día hablé con Elenita.

—¿Tú ya sabes lo que vas a hacer el año que viene?

—¿Eh?

—Que si sabes lo que vas a hacer el año que viene.

Me miró un poco aturdida, como si le hubiera dado demasiado tiempo el sol.

—Voy a Durango —me respondió por fin.

—¿A qué vas a Durango?

—Voy a hacer FP.

—¿Qué FP?

—¿Eh?

—¿Qué rama de FP? ¿Qué vas a estudiar exactamente?

—Peluquería y estética.

El alivio que sentí en ese momento me sorprendió incluso a mí, que lo estaba sintiendo. Miré a Elenita con desconfianza: no quería depender de nadie, ni siquiera hasta el punto de alegrarme de tenerlos conmigo. Le di un puñetazo en el hombro y me alejé. Se quedó parada, frontándose el hombro, como si no entendiera nada, y lo más probable es que no entendiera nada, la pobre.

No tan breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 3

Si me preguntasen por qué escribo estas cosas todas, sobre todo tanto tiempo después de que estas cosas todas tuvieran lugar, responderé que no lo sé. Si me preguntan si estas cosas todas pasaron como digo que pasaron, diré que, hasta donde una memoria puede ser fiel a la realidad de los hechos recordados, sí, pasaron. Contestaré ofendida con una negación rotunda a quien me acuse de querer ganar notoriedad, de buscar vengarme de mis fantasmas, de intentar limpiar mi fama, a estas alturas no tan limpia como yo desearía, porque la fama de las mujeres siempre hay quien busque ensuciarla, como la piel del armiño, mientras que la de los hombres, como la de los cerdos, siempre parece dispuesta a aceptar otra capa de mierda e incluso darle uso.

Si insitieran en preguntarme: ¿por qué, Ana Joaquina, por qué, por qué cuentas estas cosas todas que cuentas, por qué escribir algo en vez de no escribir nada, no era más digno callar y dejar que el silencio y el olvido y el polvo ocultasen tu cuerpo?, yo insistiría en responder: ¡no lo sé, no lo sé, no lo sé!

Solo sé que contar sus vidas eran lo que hacían los autores de las obras que leía en las bibliotecas de las monjas, y eso es lo que aprendí a hacer, y eso hago, caiga quien tenga que caer.

Breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 2

La siguiente vez que vi a sor Catalina fue en unas circunstancias bien diferentes. Estaba yo en la biblioteca sentada, esperando que viniera mi profesor particular, hojeando distraída los apuntes de ciencias naturales y saboreando anticipadamente las gominolas que iba a comer con el dinero sisado, pero cuando se abrió la puerta quien entró no fue el profesor, sino sor Catalina. No un escalofrío, no una sensación extraña e indefinida: lo que me invadió fue la certeza de que algo estaba mal, algo grave e irremediable.

—Hoy no hay clase —dijo la monja—. Ya no vas a tener más clases particulares.

Por un momento me creí descubierta: imaginé todo el castigo diferido durante los últimos meses, reuniéndose en un único golpe brutal y cayendo (metafóricamente) sobre mis espaldas. No, ni siquiera conseguí llegar a imaginar el castigo, en su concreción definitiva: ¿encierro, estudio constante, expulsión del convento? Las fuerzas me abandonaron y me entregué a mi destino. Afortunadamente para mí, la monja no había terminado de hablar.

—Ha muerto la madre de Javi.

—¿Quién es Javi?

—¡Tu profesor particular! Se ha muerto su madre. Su padre se lo va a llevar a vivir a Madrid con él. Me imagino que querrías despedirte de él, pero dadas las circunstancias… El funeral será mañana en San Juan Evangelista, ¿quieres ir?

No, no quería ir: tenía mucho en que pensar. En primer lugar, en todo lo que no sabía sobre mi profesor particular, empezando por su nombre: Javi. En el tiempo que pasamos juntos se había creado una intimidad ambigua y suspicaz, pero que dejaba grandes parcelas de oscuridad en las que nunca entraba el sol, ni la inteligencia, ni la compasión. No era desencaminado decir que había usado a Javi en mi propio provecho, en todas las formas que se me ofrecían a la mano.

Era, aunque no lo supiera, un momento profundamente ético el que ante mí se colocaba: dado que la autoridad externa, las monjas, ignoraban lo que había hecho, y probablemente iban a ignorarlo para siempre, me correspondía a mí, y solo a mí, decidir qué hacer a continuación. Devolver el dinero no era una posibilidad, ya que el dinero ya no existía, o mejor, había cambiado rápidamente de manos; confesar el delito y asumir el castigo parecía excesivo y hasta infantil. La disyuntiva, entonces, era meramente mental, o si se quiere, anímica: si observar los meses anteriores como una era culposa y una oportunidad para la redención, o si aceptar, como norma de mi comportamiento, el aprovechamiento de cualquier circunstancia y de cualquier individuo, en beneficio propio.

Me analicé por dentro; si era sincera conmigo misma, no sentía ninguna culpa, ni aun sabiendo, a retazos, del complicado y doloroso destino de Javi, el recién huérfano Javi. Así, acepté, aceptándome, que no era una buena persona, al menos en los términos en los que la sociedad, que apra mí eran las monjas, lo definían. Yo era yo, y había creado, mal que me pese, mi propio sistema moral, en el que no cabía nada ni nadie más que mi propia supervivencia.

Y así, decidí no decir nada, y seguir adelante. Y así, acaba este capítulo y empieza el próximo.