No tan breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 4

¿Y Elenita? ¡Elenita! Ay, Elenita. Elenita había sido una de las afortunadas que, por su destreza con tijeras, uñas y brochas de maquillaje había sido designada para hacer las prácticas en una peluquería de Bilbao, lo que en términos relativos sería como si a un pedrero de la cantera de Orozco le encargasen reconstruir Notre Dame de París.

Con sus prácticas y las mías, y las clases que yo seguía a escondidas casi no la veía, y las noticias que me llegaban, a través de conversaciones susurradas de las que yo ni siquiera formaba parte, eran fragmentarias y contradictorias, pero no sorprendentes.

Primero me llegó la noticia de que en su peluquería estaban encantadas con ella: la habían puesto a prueba, habían dejado que empezase poco a poco y fuera ganando confianza y protagonismo, y ella había respondido con un entusiasmo y una destreza que no eran de este mundo. No me costaba imaginar sus ojos muy abiertos y su sonrisa llena de dientes mientras sus manitas llenas de peines y tijeras dibujaban el peinado de una elegante señorona bilbaína. Casi podía verla, sí.

Luego me llegaron otras noticias menos alegres: que en un despiste, provocado quizás por una mosca en un momento inoportuno o un estornudo que se llevó por delante lo mejor de los pensamientos de Elenita, se confundió o de temperatura o de tiempo o de programa en el secador automático, y la cliente, una mujer ya con esa edad en la que se duerme en cualquier lugar y en cualquier momento, se quedó frita, y despertó, para su horror, con la mitad del cuero cabelludo carbonizado y calvo.

Que la señora, decían, amenazaba con denunciar a la peluquería; la peluquería, con denunciar al centro de formación; el centro de formación, con expulsar a Elenita, y Elenita, con tirarse de un puente. Afortunadamente Elenita no se tiró de ningún sitio, porque el centro no la expulsó, porque la peluquería no les denunció, porque la señora no les denunció a su vez, y se conformó con que le pagasen los gastos médicos y un tratamiento de reposición capilar que la dejó con más y mejor pelo que antes del incidente.

La echaba de menos, a Elenita, y no puedo sino decir que esta era una sensación agradable en sí misma: la de echar de menos a alguien con cariño y cordura.

 

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No tan breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 4

Un efecto colateral de mi nueva ocupación como ayudante en Tijeritas Peluquería Infantil era que pasaba menos tiempo en los que hasta entonces habían sido los escenarios principales de mi vida: el convento, el centro de formación; y pasaba menos tiempo con los que hasta entonces habían sido los personajes secundarios de mi vida: las monjas, las otras alumnas, los profesores. Fernando. Álvaro.

Seguía yendo a clase, naturalmente, porque todavía había algunos módulos teórico-prácticos que necesitaba aprobar para tener el título; pero cuanto más tiempo pasaba en las clases, más tenía la impresión de que donde realmente aprendía (no de peluquería, pero no era la peluquería lo que me interesaba: de la vida) era en Tijeritas charlando con Doña Concepción, y barriendo los ocasionales mechones infantiles del suelo.

En cuanto a Álvaro, nuestra relación se desarrollaba en dos sentidos opuestos: aumentaba nuestra intimidad, nuestra complicidad, la profundidad de nuestros diálogos, al mismo tiempo que disminuía el tiempo que pasábamos juntos y las ganas que él, aparentemente, tenía de que ese tiempo se incrementase. Un día que le encontré particularmente esquivo le pregunté si tenía novia; me miró como si no comprendiese la pregunta, no me respondió, no volvió a hablarme en dos días. Me cuestioné si hacer ese tipo de preguntas era bueno para mí; no para él ni para el mundo, para mí.

Lo hablé con Concepción esa tarde en la peluquería.

—No dependas nunca de ningún hombre —me dijo.— Ni económicamente, ni emocionalmente, ni nada.

Me contó su historia, con mucho más detalle y floritura de lo que yo nunca sería capaz de reproducir. Había nacido en Orozco; se casó muy joven: dieciséis. Él era de Amorebieta, se conocieron en unas fiestas de verano, se gustaron, ella se fue a vivir con él, para escándalo de su familia. Se casaron: sus padres no asistieron a la boda. Estaba sola en el mundo, y más sola que iba a estar: a su marido no le gustaba que saliese de casa, no le gustaba que hablase con otros hombres, aunque fueran el carnicero o el cartero. ¿trabajar? Nunca. La mujer en casa y con la pata quebrada; eran otros tiempos, pero no tan lejanos.

Su marido le controlaba todo: no tenía dinero propio, no tenía amigas, no tenía vida. Le pegaba; no mucho ni siempre, pero le pegaba, cuando le venía en gana. Ella no tenía que disimular los moratones porque no se los veía nadie. Una tarde él llego rabioso del trabajo; un problema con un compañero, con un jefe, qué más da. Le rompió a Concepción una pierna. Cuando la pierna se curó, Concepción hizo las maletas, se fue a Durango, no dejó ni una nota ni una dirección, ni nada. Si él intentó encontrarla, nunca la encontró. Probablemente no lo intentó mucho, probablemente había otras. “De lo único que me arrepiento es de no haberle dado un rodillazo en los cojones”, dijo.

Concepción empezó a trabajar limpiando casas, aprendió a cortar el pelo en unos cursos por correo; estudiaba de noche. Le dieron trabajo en una peluquería, “como tú, me dice, haciendo lo mismo que tú, casi nada”. Poco a poco le fueron dando más responsabilidad; al final lo hacía casi todo, pero no cobraba casi nada. Entonces decidió abrir Tijeritas. Pensó en mandarle una foto de la peluquería a su marido; no lo hizo. “Debe de estar vivo todavía”, acabó, “si no me habría enterado.

Y luego, como un oráculo, repitió:

—Nunca dependas de ningún hombre. Nunca. Sé tu propio centro.

Y yo lo oí, y lo comprendí, y lo guardé en mi pecho como si fuese la palabra revelada de Dios.

 

No tan breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 4

Aunque el primer contacto con doña Concepción no fue del todo ideal. La peluquería Tijeritas quedaba en la calle Urkiola, en el centro, cerca de la estación, y no era tan frecuentada como a su dueña le gustaría; la mayor parte del tiempo estaba vacía o casi vacía y solo se llenaba cuando había una epidemia de piojos en la escuela cercana, porque doña Concepción, además de lavar, peinar y cortar pelos también tenía fama de preparar un engüento misterioso con éxito garantizado sin necesidad de segunda vuelta.

Cuando me presenté en la peluquería, doña Concepción me miró con desinterés; debía de estar acostumbrada a recibir lo peor de cada promoción, y yo, si bien tenía orgullo suficiente como para contradecirla, no tenía en cambio las destrezas para soportar esta contradicción. Lavar, peinar y cortar pelos de adultos, sabía hacerlo de forma que por lo menos disimulase mi ineptitud; de niños, ni los había visto ni esperaba verlos.

Afortunadamente tampoco doña Concepción esperaba gran cosa de mí.

—Cuando haya acabado de tratar a un cliente, le cobras, limpias el suelo de pelos, limpias la silla, limpias las tijeras y los peines y las cosas y las pones en el cacharro esterilizador. Y mientras no haya clientes…

Dejó la frase incompleta, flotando entre el olor a acondicionador del ambiente, se sentó en una de aquellas sillas que parecían de dentista y cruzó las brazos sobre el pecho; movía los labios como si estuviese rezando, y frucía las cejas hasta formarse entre ellas una sima abisal.

Así pasamos muchas de las horas de mis prácticas, sentadas frente a frente mirando por la ristalera y esperando a que algún niño quisiera un nuevo corte de pelo en Tijeritas, Durango, calle Urkiola. Después de unos días empecé a llevarme un libro, pero casi nunca conseguía leer nada, porque Concepción interrumpía la lectura con sus historias, sus comentarios sobre las noticias que pasaban en la televisión sin sonido o sus consejos de vieja sabia y algo entrometida.

Al principio me molestaba, porque nada valoraba yo más que esos momentos de silencio y recogimiento en la lectura, pero de pronto empecé a escuchar lo que decía, y a encontrarlo interesante y valioso. Con doña Concepción aprendí que las personas puede ser tan enriquecedoras como los libros, si se da tiempo para leerlos.

Algunas personas, por lo menos.

No tan breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 4

Nadie sabe de quién nací, ni cuáles son mis orígenes; como ya he contado, me encontraron en una bolsa en la puerta del convento de las monjas de Berriz, cuando tenía (por lo que luego dijeron) unos siete meses de vida. Pero si ser madre es, como se dice, que un corazón sufra por lo que le pasa a otro ser, que un cuerpo sienta el dolor que otro cuerpo siente, y un espiritu se altere cuando otro espíritu se siente alterado, entonces mi madre, mi verdadera y única madre, fue doña Concepción, dueña de la peluquería infantil Tijeritas de Durango.

El segundo año de Formación Profesional en Peluquería y Estética incluía unas prácticas profesionales no remuneradas; las alumnas éramos asignadas de un modo ni aleatorio ni transparente, de manera que las mejores eran destindasa salones de belleza de Bilbao con nombres en inglés, mientras que las menos aventajadas éramos distribuidas, con poco disimulo, por peluquerías locales de Durango y alrededores, de forma que nuestra vergüenza, y la de nuestros formadores, no saliese del reducido espacio de nuestra comarca.

A mí, que ni destacaba ni quería destacar por mi habilidad en el tratamiento del pelo, las uñas o el maquillaje de otros seres cuya belleza me era indiferente, me asignaron a la peluquería infantil Tijeritas, quizás porque lo infantil siempre parece menos que lo adulto. Mis restantes compañeras no perdieron la oportunidad de burlarse de mí, y empezaron a llamarme Tijeritas, a hacer el gesto y el ruido de las tijeras cuando pasaban a mi lado o incluso, por motivos que en aquel momento no alcanzaba a entender, a insinuar que me gustaba otras mujeres, asunto al que por entonces no había dedicado gran reflexión.

A mí las burlas me resultaban indiferentes; si algo me hería, de una forma vaga y algo impaciente, era el que mis prácticas no tuvieran lugar en Bilbao, lo que me parecía el equivalente a hacer las Américas en mi pequeño mundo de la Vizcaya profunda. En realidad, visto con la perspectiva que da el tiempo y el conocer cómo unas cosas se encadenan con otras en una cadena sin fin, nunca les estaré suficientemente agradecida a los supervisores del centro de formación por haberme puesto bajo las manos cuidadosas y la mirada sabia de doña Concepción.

 

 

No tan breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 3

En efecto, pasaban los meses, y yo iba creciendo en conocimientos ante mis propios ojos, y ante los ojos de los demás; en gracia, en cambio, poco crecía: seguía siendo una muchacha desgarbada a la que el cuerpo le colgaba de los hombros como un vestido en una percha.

Un día que estaba hablando con Álvaro, con la excusa de preguntarle unas dudas sobre circuitos integrados, se me quedando fijamente como si no me hubiera visto nunca antes, y me dijo:

—Deberías arreglarte más.

Y yo, en un intento poco reflexionado y menos exitoso de flirteo, respondí:

—¿Y estaría bonita si me arreglase más?

A lo que él contestó:

—Probablemente no, pero por lo menos estarías más presentable.

Ese día ya no leí más; el viaje en tren hasta Berriz lo hice medio adormecida, mirando casi sin mirarlo el reflejo de mi cara en la ventanilla, sintiéndome oscura, cerrada y polvorienta. El fin de semana fue solitario y taciturno; me pesaban las piernas y la voluntad.

Pero con el paso de los días, esa misma voluntad volvió a afirmarse: ¿cómo es, me dije, que unas palabras salidas de boca ajena son capaces de tener tal efecto en mí? Y después: nunca más unas palabras salidas de boca ajena tendrán tal efecto en mí; no lo permitiré. Poco a poco volví a recuperar los libros, la vida y la confianza. Mi cuerpo colgaba de mis hombros como un vestido, pero era mi vestido, mi cuerpo, mi percha. Y de nadie más.

Seguí viendo a Álvaro en las clases, y seguí sintiendo que mis entrañas se retorcían y se me querían escapar cuado le hablaba; pero nunca más le di el poder de magullarme de aquella forma. Era una contradicción, que abracé porque la realidad qué es sino un conjunto de contradicciones.

En otra conversación con Álvaro, ya cuando el curso agonizaba, le dije:

—Me gustas, pero eres imbécil. O mejor dicho: eres imbécil, pero me gustas.

Pareció halagado, insultado, sorprendido y confuso; quiso contestar algo, pero yo me di la vuelta y me fui a mi clase de Gestión de Establecimientos de Belleza y le dejé con la boca abierta.

El verano fue tranquilo, pacífico, monótono, fugaz; por eso no aburriré aquí con su relato, y pasaré al siguiente capítulo de esta historia, ya no tan breve.

No tan breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 3

Durango, sin ser Nueva York, no era Berriz, como ya queda dicho, y por eso trajo a mi vida algunas nuevas experiencias hasta entonces para mí desconocidas. Así, por ejemplo, tuve mi primer encuentro con una persona negra, quiero decir si no contamos las veces que las había visto en la televisión o descritas en los libros.

Se llamaba Nala, estudiaba con nosotras, había nacido en Durango pero su madre había llegado de Senegal unos años antes. Trabajaba, su madre, digo, limpiando oficinas; también limpiaba casas, limpiaba centros de salud, limpiaba lo que le pagasen por limpiar. El resto de alumnas eran terribles con ella: le decían negra, pero no como descripción sino como humillación; le decían que tenía la piel sucia, que por qué no dejaba que su madre la limpiase. Ella no contestaba, aunque comprendía, y seguía trabajando en sus cosas como si no fuera con ella.

Yo puedo decir de mí que no participaba de estos ataques, pero también tengo que decir de mí que no hacía nada para impedirlos. Adolescente como era, y como buena adolescente, estaba demasiado ocupada con mi propio sufrimiento como para sentir nada semejante a la solidaridad de clase o de género. Haber protegido a Elenita, haberla acogido bajo mi ala, me servía así de coartada frente a una cobardía que era tan evidente contra estratégica.

Un día, una compañera particularmente violenta le clavó a Nala una tijera en la mano; la agresora fue expulsada durante tres semanas; a Nala nunca se le curó del todo la cicatriz. A final de año su madre y ella se mudaron a Bilbao, y tardé mucho tiempo en volver a verla, y en tener que confrontarme con mi propio remordimiento.

No tan breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 3

En pocos meses, mis lecturas policiacas dejaron rápidamente de interesarme; para disfrutar de ellas, creo, habría sido necesario tener una fe en el orden y en la razón, rotos por el criminal y reparados por el detective, que yo no compartía. Las novelas de Dashiel Hammett se parecían algo más a la visión que yo comenzaba a formarme del mundo (caótico, injusto, inestable y sin té de las cinco ni viejitas adorables), pero seguían sin satisfacerme, por cuanto no me reconocía en aquel mundo macho de alcohol y mujeres fatales, rubias, malvadas y seductoras.

Había también otro motivo para que me interesasen otro tipo de lecturas: que por primera vez en la vida, estaba empezando a sentir una cierta atracción por un chico. Se llamaba Álvaro, era alumno del curso de Electricidad y Electrónica, tenía un aire descompuesto e incluso algo frágil, no hablaba mucho, no parecía tener demasiados amigos en su clase. Cuando me infiltraba en su grupo de Instalaciones Electrónicas y Domóticas me sentaba detrás de él, en la última silla de la clase, intentando esconderme detrrás de sus hombros, pero sus hombros eran tan estrechos que casi no me cubrían.

Me asaltaban dudas sobre esta atracción mía hacia él: ¿quería protegerlo, quería ser para él la madre protectora que yo no tuve, proyectando en él el deseo de seguridad y cariño que yo misma sentía? ¿Buscaba en él un modelo opuesto a Fernando, el único referente masculino que hasta entonces conocía, y que representaba la fuerza que se impone, el poder que no se cuestiona, la centralidad masculina que empuja a las mujeres hacia el margen y la sumisión?

¿Y cómo sabía que Álvaro representaba algo diferente, y no era simplemente un lobo vestido de oveja, como esas mujeres de las novelas negras que se fingen tontas para salirse con la suya?

No lo sabía, no; lo único que sabía era que cuando estaba sentado detrás de Álvaro sentía como un tirón en las tripas, como si una mano hubiera entrado en mi cuerpo a través del ombligo y estuviese apretándome el estómago y la vejiga. Y a pesar de todo, cuanto más tiempo pasaba cerca de él, más quería pasar, y cuando no estaba con él me preguntaba cuándo volvería a estarlo, y cuando durante el día conseguía verlo o incluso hablar con él y pedirle sus apuntes (incompletos, incomprensibles, escritos con una letra pequeña y desordenada como él), luego en el tren de vuelta a Berriz no hacía otra cosa que repasar mentalmente esos momentos, y no leía ni mis apuntes ni los suyos, y mi aprendizaje empezaba a resentirse.

Intenté leer una novela sentimental de las de la biblioteca, pero no me reconocí en aquellas mujeres empinadas que sufren porque su amante el doctor no consigue pasar a buscarlas en su helicóptero de diamantes.