El edificio (reboot, anexo)

 

edificio

Fig. 1- Representación gráfica del edificio, diseñada por la artista Glenda McLuhonny antes de que le sacaran los ojos y le cortaran las falanges de las dos manos como medida disuatoria y de precaución.

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El edificio (reboot, 150)

Pasan los años, los siglos, se apaga la memoria de la Humanidad, se borra la última línea de la última página del último libro…

En el lugar donde una vez estuvo el edificio se asienta una comunidad nómada; instalan allí sus tiendas, atan sus cabras a palos clavados en la arena, instalan sus totems sagrados. La elevación del terreno les ofrece protección y dominio del territorio; deciden instalarse definitivamente, comenzar a cultivar el trigo y abrazar el sedentarismo.

En el centro de la meseta cavan un pozo; el agua que consiguen extraer es oscura y está llena de seres inquietos y gelatinosos, pero después de hervirla cinco veces parece potable, y apenas provoca diarreas graves. Alrededor del pozo construyen una pirámide, que por algún motivo queda incompleta; en el centro de la pirámide entierran a sus muertos, junto con todo tipo de utensilios avanzados, joyas, ofrendas.

Los habitantes de este poblado nómada-sedentario tienen unos ojos múltiples, como los de las moscas, y una extraña coloración azul en el pelo.

El edificio (reboot, 148)

Hubo violencia, claro, pero fue una especie de violencia epigonal, sin pasión ni sentido; la guerra del edificio parecía estar organizada solo para decidir el destino de los despojos de guerra, sin confiar en ninguna posible victoria: no había victoria posible. Eran escaramuzas aisladas, peleas absurdas, batallas que no forman parte de ninguna estrategia; los que luchaban en ella no pertenecían a ningún bando. Solo querían dolor: sentirlo y provocarlo. Así dejaban de pensar, por lo menos durante un momento, en que todo se había acabado, y en que todo se había acabado, y en que todo se había acabado, para siempre.

El edificio (reboot, 147)

Nace un bebé, a lo mejor el último bebé, quién sabe. Le faltan dos dedos del pie, las falanges de una mano y un pedazo de oreja, pero por lo demás es normal. Y es ciego, el pobre. Pero por lo demás… Tan pequeño, no consigue llorar bien, tiene atrofiada la mitad del pulmón izquierdo. Lo que le sale es una especie de gorjeo oscuro: en un moribundo sería un estertor. A pesar de todo, a veces parece reír, o sonreír, y entonces es más doloroso todavía mirarlo, porque a través de él se ve lo que un día fue, o pudo ser. Una noche, mientras duermen, sus padres oyen un ruido proveniente de la cunita.

—¿Qué es eso? —pregunta la madre.

—No sé, parece que está intentando hablar.

—¿Hablar? ¿Tan pequeño? ¿Y qué dice?

Los dos se paran a escuchar.

—¿Fifo? —se cuestiona la madre—. ¿Fiofio? ¿Cifio?

—Ficio —contesta el padre—. Edificio. Está intentando decir “edificio”.

Vuelven a escuchar. Comprueban. Suena como “efififio”, pero sí, el niño parece estar intentando decir “edificio”.

—Es un perfecto representante de su época —dice el padre, y vuelven a caer en un sueño cargado de maldiciones.

 

El edificio (reboot, 146)

Un físico teórico de la universidad de Burgund ha propuesto una teoría revolucionaria: si observamos cada átomo, cada partícula subatómica, cada neutrón, protón, electrón, muón, bosón, fermión, quark, veremos que en realidad son un pequeño edificio completo, con sus cimientos, sus anillos, su atrio, su aguja, su infinitesimal vida interior; del mismo modo, si de algún modo consiguiéramos salirnos del universo y observarlo desde una distancia suficiente, veríamos que, sí, también tiene forma de edificio, un edificio tan gigantesco que nuestra galaxia sería solo una partícula en un átomo de un grano de arena incrustado en el engranaje de uno de sus ascensores. Ni siquiera sus colegas físicos teóricos saben si este hombre habla en serio o en broma, en un sentido literal o metafórico, si lo que propone es un modelo o una realidad. Probablemente no sea otra cosa que un ejercicio de nostalgia: intentar reaprehender lo inaprehensible. El edificio no nos pertenece, ni siquiera pertenece a la historia. El edificio no es de este mundo, y no hay fuerza gravitacional ni teoría de cuerdas que cambie eso.

El edificio (reboot, 145)

(En el edificio había normas muy estrictas en cuanto a la limpieza de pasillos, paredes, techos, alfombras, lámparas, ventanas. Nadie limpiaba su propio piso, ni los pisos inferiores al suyo; nadie limpiaba su propio círculo, ni los círculos más interiores que el suyo. Siempre había que “subir” a limpiar; siempre había que “salir” a limpiar. Y como es imposible limpiar una cosa sin manchar otra, porque la suciedad no se destruye sino que se traslada, el edificio y su estructura social consistía entonces en una gran espiral de la mugre, que era empujada hacia abajo y hacia afuera constantemente, hasta llegar al subusuelo. Quién sabe cuánta grasa, polvo, pelo, piel, desechos orgánicos e inorgánicos fueron así sepultados bajo las toneladas de peso del edificio, ni en qué se transformaron todos esos residuos, qué raíces echaron bajo tierra y cuánto costaría arrancarlas, si es que es posible hacerlo).