El edificio (reboot, 2)

En un pequeño pueblo de Rusia, en 1825, un niño muere de una forma absurda: está corriendo detrás de uno de sus amiguitos, se tropieza, se cae al suelo, una rama de árbol se le clava en el ojo y atraviesa hasta el cerebro. Sus padres no le lloran porque saben que todo forma parte de todo, todo forma parte del plan, del Plano. El cuerpo de su hijo se descompondrá y se mezclará con la tierra, se convertirá en barro y con ese barro harán ladrillos y con esos ladrillos construirán el edificio. Y su hijo vivirá para siempre. (Lo que no saben es que el edificio se construirá con acero y cristal; que no habrá un solo ladrillo en todo el edificio. Lo que no saben es que su hijo está muerto para siempre).

El edificio (reboot, 1)

Hasta que se empezó a construir el edificio, la historia de la Humanidad es un quiero y no puedo. Egipto florece alrededor del Nilo: sí, pero… César atraviesa el Rubicón: sí, pero… China existe en sí misma, los aztecas adoran a la serpiente emplmada, caen las murallas de Jericó: sí, pero… Colón llega América, Vasco de Gama a la India, los samurais se extinguen, Lenin hace lo que hace, Hiroshima, Chernobil, Bagdag, el muro de Berlín vendido como souvenir. Sí. Pero. Pero el edificio. Dónde. Está.

El edificio (reboot, 0)

En el principio de los tiempos solo había tiempo, y luz y oscuridad y otras cosas que vinieron después. Pero ya entonces, en esa tiniebla extraña y sin motivo, el edificio esperaba agazapado y prudente. En términos absolutos, podría decirse que el edificio existía antes que el universo: que el universo se creó para que un día pudiera llegar a construirse el edificio.

El edificio (43)

El edificio es tan alto que se hace sombra a sí mismo.

La construcción del edificio dio origen a un nuevo calendario: el sol no gira alrededor del edificio, no hay motivo para que siga organizando el tiempo de los edificitarios. (La luna es un adorno del edificio, como un pendiente o una pulsera) Las propias ideas de día, semana, mes, año, carecen de significado. En el edificio el tiempo se cuenta en función del edificio, el punto 0 es el de la construcción del edificio, y a partir de ahí, todos los demás. Lo que ocurrió antes del edificio no existe, y si existió no interesa.

El edificio es tan alto que anula la historia.

El edificio (42)

En un día normal (si es que eso ha existido alguna vez en la historia) el edificio se divide en dos. Por fuera, y visto desde cierta distancia (digamos, desde Saturno), ofrece una apacible imagen de estabilidad, a pesar de la leve ondulación de la aguja, que se mantiene incluso en los días de menos viento; por dentro, los habitantes del edificio se mueven constantemente por él como un picor, en trayectorias circulares en sentido literal o figurado, horizontales, verticales, laterales, zigzagueantes, cada vez más aceleradas. Las dos imágenes del edificio son verdaderas; las dos son falsas.

El huésped (24)

-Hola, mamá.
-No te imaginas la última ocurrencia de tu padre.
-Hola, mamá.
-Hola, hijo. No te imaginas la última ocurrencia de tu padre.
-Qué…
-Pues nada, que le ha dado por obsesionarse con su muerte. Y con el funeral. Y con lo que vamos a hacer con su cadáver cuando se muera.
-Bueno, mamá, es normal que a cierta edad…
-Que no lo incineremos, dice, que quiere que compremos una tumba en propiedad y lo enterremos y que tenemos que prometerle que los demás también vamos a ser enterrados en esa tumba. ¿Te das cuenta? ¡Como si no hubiera más cosas en las que pensar que en su cadáver! ¿A quién le importa ese saco de huesos?
-Hombre, mamá, también tiene parte de razón.
-¡Que compremos una tumba! ¡Primero un coche, ahora una tumba! ¿Quién se cree que somos, los Onassis?
-Últimamente me he dado cuenta… Creo que el cuerpo nos define. No podemos separar lo material de lo no material… si es que hay algo no material. A veces un pequeño cambio en nuestro cuerpo…
-Siempre te pones de parte de tu padre.
-No es eso, mamá…
-Sí es eso. Siempre te pones de parte de tu padre. Seguro que también piensas que tenemos que comprar un coche nuevo.
-No, mamá, lo que digo es… Lo que digo es que cuando nos miramos al espejo, lo que vemos es nuestro cuerpo, aunque pensemos que realmente somos otra cosa que hay por debajo.
-Tú eres muy guapo, no tienes que preocuparte por esas cosas.
-Gracias, mamá.
-Yo en cambio…
-Mamá, no empieces.
-¡Mi cuerpo sí que está sufriendo cambios, y no son pequeños! No sé de qué os quejáis los hombres…
-Mamá…
-Qué…
-Te quiero.
-Yo también te quiero, hijo.
-Dile a papá que también le quiero… con cuerpo y todo.
-Siempre te pones de su parte. No sé para qué te cuento las cosas.
-Un beso, mamá.
-Un beso. Adiós

El edificio (41)

Un tornado se queda enganchado al edificio, girando en torno a él como un molinillo. Alimentado por vientos del norte y del oeste, el tornado dura siete años y medio. Durante ese tiempo, los pisos inferiores del edificio viven en una oscuridad casi absoluta; el viento y la lluvia golpean los cristales y los hacen retumbar día y noche. Una ventana del piso 78 cede a los elementos y se rompe, algo que parecía inimaginable hasta ese día; los círculos exteriores de ese piso y de los cinco inferiores quedan completamente anegados; mueren ochenta y dos personas y seis albinos. Después de siete años y medio, el tornado empieza a remitir, a deshilacharse. Los pisos inundados nunca pierden completamente el olor a humedad; se los conoce como “los pisos blandos”. (Cuando las historias del tornado llegan a los pisos superiores, donde nunca dejó de brillar el sol, creen que se trata de un mito: el mito del diluvio universal que todas las civilizaciones parecen compartir; y como han sobrevivido, se consideran parte de los justos).