Mediana historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 5

Acostumbrada al convento, al templo del saber que era la peluquería Tijeritas, o incluso al áspero ambiente de las aulas, había crecido hasta ese momento pensando que el mundo estaba hecho a mi medida, y que voluntad y realidad eran, no idénticas quizás: aproximadas. Ese lunes iba a descubrir lo equivocada que estaba.

Cuando desperté en la casa había un silencio nuevo: no el de personas dormidas sino el de cuartos vacíos y camas deshechas. Ni Bartolomé asomaba sus ojos inquisitivos; estaba sola. Tomé un desayuno rápido y frugal, vestí unas ropas simples y cómodas, como todas las mías, metí en la mochila un libro y salí a la calle dispuesta a no volver sin haber conseguido encontrar un trabajo como peluquera en Bilbao.

El mundo es frío, vacío, indiferente; yo era una niñata.

La primera peluquería que encontré, sin plan ni plano, estaba vacía y ordenada; lo interpreté como una buena señal.

—Busco trabajo como peluquera —le dije a una mujer que, sentada en una silla reclinatoria, leía una revista.

—Ahora mismo no buscamos a nadie —contestó, sin dejar de leer.

No dejé que este primer contratiempo me importunase. Entré en otra, más pequeña, más desorganizada, con aire de salón de tatuajes y música rock.

—Busco trabajo como peluquera —grité para hacerme oír por encima de la música.

—Ahora mismo no buscamos a nadie —contestó la dueña, sin deja de pintarse las uñas de negro.

La siguiente era espaciosa y reluciente, varias señoras con rulos en la cabeza discutían, por lo que pude oír, las últimas novedades de las famosas, o quizás de las vecinas de al lado.

—Busco trabajo como peluquera —le dije a una de las peluqueras, la que me pareció tener más autoridad en medio de la confusión.

—Yo no soy la dueña —contestó, sin dejar de trabajar—, y en todo caso ahora mismo no buscamos a nadie.

No seguiré; no es necesario que siga. Hay en el Casco Viejo de Bilbao, para aquellos lectores que no tengan el gusto de conocerlo, decenas de peluquerías de más o menos fasto y postín. Todas las vi, todas las visité, de todas salí decepcionada y confusa.

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