Mediana historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 5

Bartolomé se llamaba, Bartolomé le llamaban, Bartolomé era el nombre que aparecía en el contrato que me hizo firmar en cuanto me desperté a la mañana siguiente, en el que me comprometía a aceptar las reglas de la casa a cambio de alojamiento y manutención (pagadas, claro, por las monjas). Si Bartolomé era cura o no, o si había tenido intención de serlo en algún punto, nunca lo supe, ni lo intenté saber. Era difícil comunicarse con él: pocas palabras, muchos silencios, miradas indescifrables, café caliente, esas eran las coordenadas de nuestra relación.

A las chicas que se reían la noche anterior no se las veía por ninguna parte; todo eran puertas cerradas, silencios cerrados, cerradas habitaciones en la casa oscura.

Salí a la calle. Era un día soleado y tranquilo, de fin de semana en Bilbao. Gente joven y no tan joven comía pintxos y bebía cerveza y vino en copas altas en medio de la calle. Atravesé Ronda, salí a la plaza Unamuno, entré en la Plaza Nueva. Barullo de palomas, de niños cambiando cromos, de bandejas llenas de vasos, de vendedores de libros de segunda mano, olor a cosas que no había probado en mi vida, árboles a mi alrededor, encima cielo azul. Abrumada, pequeña, torpe, me sentí incapaz de asumir todo aquello de una vez; salí corriendo de la plaza.

Llegué por la calle Correos al Arriaga (ninguno de estos nombres lo conocía en aquel momento, salvo de una forma confusa o desordenada: el mapa de mi memoria los ha ido añadiendo posteriormente). Frente a mí se abría el Arenal, y más allá, al otro lado del puente, el Ensanche, la Gran Vía, más allá el Ayuntamiento, Artxanda, la Ría… Respiré el aire fresco de septiembre y pensé que mi libertad era interminable e irrevocable, y que había conseguido llegar, desde la pequeña Berriz al gran mundo.

(En mi descargo diré que era joven e inexperiente; visto desde mi yo actual, que tanto ha viajado y conocido, y que tanto ha tenido que luchar para conservarse libre, fracasando veces innúmeras, aquellos primeros instantes de deslumbramiento cosmopolita me parecen tan ingenuos que al mismo tiempo quiero volver a ser aquella muchacha de dieciocho años que fui, pero también volver a aquel momento para darme a mí misma cuatro bofetadas de realidad: volver a ser inocente como una niña, pero de niña no haber sido tan inocente).

Cómo entretuve el resto de las horas del día no interesa: pasemos al lunes.

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