Mediana historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 5

El apartamento en el que las monjas habían conseguido alojarme estaba en el Casco Viejo, en la calle Ronda, en un tercer piso de un edificio curvado hacia fuera por el peso y los años. Las escaleras, mas cueva que escalera, y más laberinto que cueva, parecían torcerse en un sentido diferente a cada escalón; crujidos, polvo y vacío, subí los tres pisos arrastrando mi maleta destartalada.

Toque el timbre; sonó un cascajo; esperé. Abrió la puerta un hombre grande, de unos cincuenta años, aproximadamente, tan grande que podía estar dentro y fuera de la casa al mismo tiempo, o a lo mejor la casa podía estar dentro y fuera de él.

—Debes de ser Joaqina —dijo.— Yo soy Pedro, pero puedes llamarme don Pedro, o hermano Pedro.

Creo que intentaba ser gracioso, con esa falta de gracia de las personas mayores que quieren congraciarse con los jóvenes: intentar cruzar un río caminando sobre la aguas.

Estreché la mano que me tendía, y la encontré blanda y húmeda. El apretón duró más de lo que era necesario; esperé allí de pie, con la maleta entre las piernas, hasta que el hermano Pedro decidió dejar ir mis dedos, mis palmas, mi muñeca, que sin embargo conservaron la sensación de blandura durante varios minutos.

Me mostró el camino a través de un pasillo largo y angosto, en el que convivían al menos tres alturas diferentes; cuando más avanzábamos más parecíamos alejarnos de la luz, de cualquier luz, de cualquier forma de vida o de civilización.

—Este es tu cuarto —me dijo, enseñándome lo que parecía un escobero, con una cama de hierro, un perchero más que armario, una mesa raquítica de madera oscura y una bombilla colgada del techo por cables pelados.

—Gracias —le dije, pues al fin y al cabo era eso o dormir al relente.

—De nada —contestó, con una sonrisa tan blanda como su mano. Dejé la maleta en la cama y me agaché para abrirla; no necesitaba girarme para saber que sus ojos estaban fijos en mí, ni para saber en qué partes de mí estaban fijos sus ojos, como si transmitiesen un calor o una radiación planetaria. Tan grande era, quizás, el cuerpo del hermano Pedro.

—Gracias —repetí, intentando sonar sincera pero esquiva.

—De nada —repitió él también, y con eso y una risa que no daba para comprender de dónde salía, me dejó sola.

Cerré entonces la puerta, me tumbé en la cama y miré largamente a esa bombilla que se había convertido en mi nnueva compañera, hasta que la imagen de sus filamentos ardientes se me imprimió en la retina. En la habitación de al lado se oían risas femeninas y jóvenes. Con ellas, y con un leve temblor de cansancio, aprensión y frío me dormí.

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