Mediana historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 5

Me dolían de no escibir las manos, los ojos de no leer, de no sentir la piel. Aquel verano lo pasé en un estado de postración y parálisis, como vehículo que ha perdido la inercia o río que llega un embalse y corre riesgo de pudrirse. Las monjas, preocupadas en otros asuntos y algo, quizás, desligadas de la silenciosa huérfana que después de tantos años se había convertido en parte del paisaje del convento. De Álvaro no tenía noticias; no tenía noticias de Elenita. Mi mirada chocaba con los muros pero mi soledad se ensanchaba más allá.

Pasaban los días, pasaban las largas semanas de verano entre el estupor y el aburrimiento.

Cuando septiembre era ya una sombra que me cubría el corazón, se acercó a mí sor Catalina, con rostro serio.

—¿Qué quieres hacer con tu vida? —me preguntó.

Era una novedad, una sorpresa; nunca antes me habían puesto el destino en las manos, nunca antes había  tenido la voz ni la oportunidad. Creo que sor Catalina esperase que le dijera que quería que ellas decidiesen; que me enviasen de un empujón a una nueva fase de mi vida. En vez de eso, dije:

—Quiero ir a Bilbao.

—¿A Bilbao?

—A Bilbao.

—¿Tienes amigos en Bilbao? Familia ya sé que no tienes… —dijo, hiriente y probablemente herida.

—No, no tengo. Pero quiero ir a Bilbao.

—Está bien —contestó por fin, después de una pausa.— Veremos lo que se puede hacer.

Cerré los ojos, sintiendo el último calor de la tarde desvanecerse en el aire; en mi interior, pensé que las monjas no iban a hacer nada: que septiembre llegaría, que pasaría septiembre, que varios septiembres pasarían y serían olvidados sumándose unos a otros y yo seguiría en el convento, como monja sin vocación.

Por eso me sorprendió cuando sor Catalina, brusca y estirada, me comunicó:

—Hemos conseguido que te acepten en un piso de acogida en Bilbao. No te darán trabajo, pero sí techo y comida. Un año. Tienes un año para buscar la forma de mantenerte. No te habitúes a ser siempre protegida por otros.

—Gracias —contesté, con una sequedad que nacía más del cansancio o de la sorpresa que del desagradecimiento.

Sor Catarina salió; me quedé dormida; una semana después, con una pequeña maleta roñosa llena de casi nada, salía en el tren en dirección a Bilbao.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.