No tan breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 4

Yo era, efectivamente, la encargada del dinero que entraba y salía de la caja de la peluquería. Yo tenía alguna facilidad con los números, y Concepción, decía ella, no era capaz de sumar ni con los dedos. Así, cuando terminábamos de cortar alguna cabellera, de aniquilar una camada de piojos o de peinar unas greñas infantiles, era yo quien comunicaba el precio a los clientes, quien recibía el dinero, lo contaba disimuladamente, lo metía en la caja, daba las vueltas que correspondiesen y hacía el recuento final para comprobar que todo estaba allí, y que era tanto cuanto debía ser.

No voy a negarlo: se me ocurrió la idea de repetir el sistema que establecí en su momento con las clases particulares. Si Concepción, efectivamente, no sabía ni contar con los dedos, ¿sería capaz de darse cuenta si me quedaba con un euro de cada corte? ¿Con cinco, diez euros de cada día? En particular en las épocas de mayor confusión y agobio de trabajo, si me quedaba con el dinero de un cliente de cada cinco, ¿lo notaría? ¿Y si fuera una de cada tres? ¿Hasta dónde podría estirar mi avaricia sin caer por el precipicio?

Rechacé esta idea, avergonzada por el mero hecho de haberla tenido: cada billete que recibía de los clientes, cada moneda, iba a la caja de la peluquería; cada recuento al final del día reflejaba exactamente el dinero recibido, hasta el último céntimo.

Sucedió que uno de mis últimos días de prácticas en Tijeritas fue también uno de los más movidos. En la ikastola cercana iban a hacer unas fotos de final de curso, y los padres y madres querían que sus retoños estuvieran ideales para el recuerdo de la posteridad. Los niños entraban y salían, los pelos volaban por el aire, el olor a colonia infantil era casi insoportable.

Al final del día, agotada, Concepción se había tumbado en la silla reclinatoria y se había tumbado con un paño mojado cubriéndole los ojos. Mientras tanto, yo contaba el dinero de la caja. Sabía que era mi última oportunidad, y también la más fácil, si quisiera caer en la tentación y deslizarme en la ignominia. Tenía en mis manos casi trescientos euros; hice un cálculo aproximado y pensé que podría llevarme unos cincuenta euros sin levantar excesivas sospechas. Imaginé las cosas que podría hacer con ese dinero: libros, chucherías, algo de ropa. ¡Podría ir al cine! ¡Podría coger un autobús e irme a Bilbao o a San Sebastián!

—¿Cuánto hemos ganado hoy? —me preguntó Concepción, todavía con los ojos tapados.

Sopesé los billetes, y sopesé, sobre todo, lo que aquella decisión podía decir de mí misma. Sacudí la cabeza; cerré la caja.

—Unos trescientos euros —dije.

—Según mis cálculos —corrigió doña Concepción—, son doscientos ochenta y siete euros.

Eran doscientos ochenta y siete euros, exactamente. La miré con la boca abierta: ¿no decía que no sabía contar ni con los dedos?

—Puedes quedártelo —me dijo.— Todo. Si me hubieras mentido con las cuentas no te habría dicho nada, te habría dejado ir, pero no te habría dado nada. Abre la caja, coge el dinero, quédatelo. Has trabajado bien, te lo mereces.

No supe qué hacer, más que lo que ella decía. Abrí la caja de nuevo, cogí el dinero y me lo metí en el bolsillo.

Las prácticas en la peluquería Tijeritas de Durango, calle Urkiola, acabaron una semana después. Cuando nos despedíamos, entre lágrimas, doña Concepción me dio un sobre cerrado y me pidió que no lo abriera hasta llegar a mi cuarto. “Si no, acabamos las dos secas de tanto llorar”.

Nos abrazamos por última vez, me fui a casa, abrí la carta, la leí y volví a llorar, como no creía que fuera capaz de llorar, yo, tan dura.

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