No tan breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 4

Mientras Elenita se dedicaba a provocar quemaduras y escapar de la expulsión, yo seguía mi aprendizaje en la peluquería Tijeritas, calle Urkiola, Durango, la cual, como ya se ha comentado, era un microcosmos esencialmente femenino e infantil. Ya he contado que la peluquería solo se llenaba en época de piojos; en esas alturas (y en el tiempo que yo estuve de prácticas hubo dos), no paraban de entrar niños con sus madres o, menos frecuentemente, con sus padres; y mientras que los padres solían dejar a los hijos e irse a la cafetería de al lado, las madres, quizás más protectoras o más sociales, se sentaban en un corro de butaquitas y sillas y pasaban el tiempo que Concepción dedicaba a embardunar, lavar y peinar a sus hijos charlando sobre los niños, sobre sus vidas o, en muchas ocasiones, sobre otras mujeres.

Poco me interesaban, en aquel momento, los niños, a los que no veía lo suficientemente lejanos como para ser mis hijos, ni suficientemente cercanos como para identificarme con ellos; me interesaban más, en cambio, las madres, en las que veía el reflejo de la duplicidad humana. Si Concepción me enseñó la compasión y el aprecio desinteresado, algunas de aquellas mujeres me hicieron ver que la hipocresía y el engaño son moneda frecuente en el mundo de los adultos.

Concepción me pedía, o mejor, me dejaba que la ayudase en el proceso de desparasitación; mi labor era, una vez limpio el pelo del mejunje secreto de Concepción, pasar un peine muy fino que arrastraba las últimas liendres. Era un proceso mecánico pero que requería cierta atención; mi cabeza, sin embargo, pronto huía de aquellas cabecitas infestadas y doloridas y se centraba en las conversaciones que transcurrían a mi espalda.

Dos fueron mis principales conclusiones de aquellas escuchas furtivas: la primera, que aquellas mujeres tenían acceso a informaciones a las que no parecía posible que tuvieran acceso, como las conversaciones íntimas de los otros padres y madres, o las actividades más o menos ocultas de casi todos los habitantes del pueblo; y que las alianzas que entre ellas se forjaban eran tan frágiles que bastaba con que una de ellas saliese por la puerta para que se convirtiese en tema de conversación, e inversamente, que una que hasta ese momento era tema de conversación entrase por la puerta era suficiente para que se formase un coro de besos, manos apretadas y elogios a la vestimenta, el peinado o la buena salud.

Tan abstraída me quedaba a veces en este espectáculo humano, que la mano con la que movía el peine quitaliendres se paraba en el aire, y Concepción tenía que darme un codazo y lanzarme una mirada de advertencia para que volviera a moverse. “No seas cotilla”, me decía, por lo bajo, y aunque yo quería protestar mi inocencia y explicar que solo las escuchaba por interés humano o curiosidad científica, lo cierto es que tenía que reconocerme a mí mismo que no era así: que después de un tiempo yo también escuchaba el contenido de sus conversaciones, y que, aunque no supiera quién era María, Susana o Concha la del carnicero, una curiosidad mórbida me impulsaba a intentar enterarme qué enfermedad tenía María, cuál era el pecado oculto de Susana o por qué Concha la del carnicero pronto podía dejar de ser la del carnicero.

Diré también que mis averiguaciones y espionajes se veían facilitados por el hecho de que la mayoría de aquellas mujeres ni me miraban, ni me veían, ni me hablaban, ni de ninguna otra manera reconocían su existencia. Incluso cuando me daban el dinero a mí, porque yo era la encargada de recoger el dinero mientras Concepción tenía las manos embardunadas de mejunje antipiojos, solo se dirigían a Concepción, y con “adiós, Concepción”, “gracias, Concepción” y “hasta la próxima, Concepción” se despedían, y salían por la puerta, y yo me quedaba con su dinero en la mano y muchas ganas de romperles los morros.

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