No tan breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 4

Un efecto colateral de mi nueva ocupación como ayudante en Tijeritas Peluquería Infantil era que pasaba menos tiempo en los que hasta entonces habían sido los escenarios principales de mi vida: el convento, el centro de formación; y pasaba menos tiempo con los que hasta entonces habían sido los personajes secundarios de mi vida: las monjas, las otras alumnas, los profesores. Fernando. Álvaro.

Seguía yendo a clase, naturalmente, porque todavía había algunos módulos teórico-prácticos que necesitaba aprobar para tener el título; pero cuanto más tiempo pasaba en las clases, más tenía la impresión de que donde realmente aprendía (no de peluquería, pero no era la peluquería lo que me interesaba: de la vida) era en Tijeritas charlando con Doña Concepción, y barriendo los ocasionales mechones infantiles del suelo.

En cuanto a Álvaro, nuestra relación se desarrollaba en dos sentidos opuestos: aumentaba nuestra intimidad, nuestra complicidad, la profundidad de nuestros diálogos, al mismo tiempo que disminuía el tiempo que pasábamos juntos y las ganas que él, aparentemente, tenía de que ese tiempo se incrementase. Un día que le encontré particularmente esquivo le pregunté si tenía novia; me miró como si no comprendiese la pregunta, no me respondió, no volvió a hablarme en dos días. Me cuestioné si hacer ese tipo de preguntas era bueno para mí; no para él ni para el mundo, para mí.

Lo hablé con Concepción esa tarde en la peluquería.

—No dependas nunca de ningún hombre —me dijo.— Ni económicamente, ni emocionalmente, ni nada.

Me contó su historia, con mucho más detalle y floritura de lo que yo nunca sería capaz de reproducir. Había nacido en Orozco; se casó muy joven: dieciséis. Él era de Amorebieta, se conocieron en unas fiestas de verano, se gustaron, ella se fue a vivir con él, para escándalo de su familia. Se casaron: sus padres no asistieron a la boda. Estaba sola en el mundo, y más sola que iba a estar: a su marido no le gustaba que saliese de casa, no le gustaba que hablase con otros hombres, aunque fueran el carnicero o el cartero. ¿trabajar? Nunca. La mujer en casa y con la pata quebrada; eran otros tiempos, pero no tan lejanos.

Su marido le controlaba todo: no tenía dinero propio, no tenía amigas, no tenía vida. Le pegaba; no mucho ni siempre, pero le pegaba, cuando le venía en gana. Ella no tenía que disimular los moratones porque no se los veía nadie. Una tarde él llego rabioso del trabajo; un problema con un compañero, con un jefe, qué más da. Le rompió a Concepción una pierna. Cuando la pierna se curó, Concepción hizo las maletas, se fue a Durango, no dejó ni una nota ni una dirección, ni nada. Si él intentó encontrarla, nunca la encontró. Probablemente no lo intentó mucho, probablemente había otras. “De lo único que me arrepiento es de no haberle dado un rodillazo en los cojones”, dijo.

Concepción empezó a trabajar limpiando casas, aprendió a cortar el pelo en unos cursos por correo; estudiaba de noche. Le dieron trabajo en una peluquería, “como tú, me dice, haciendo lo mismo que tú, casi nada”. Poco a poco le fueron dando más responsabilidad; al final lo hacía casi todo, pero no cobraba casi nada. Entonces decidió abrir Tijeritas. Pensó en mandarle una foto de la peluquería a su marido; no lo hizo. “Debe de estar vivo todavía”, acabó, “si no me habría enterado.

Y luego, como un oráculo, repitió:

—Nunca dependas de ningún hombre. Nunca. Sé tu propio centro.

Y yo lo oí, y lo comprendí, y lo guardé en mi pecho como si fuese la palabra revelada de Dios.

 

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