No tan breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 4

Aunque el primer contacto con doña Concepción no fue del todo ideal. La peluquería Tijeritas quedaba en la calle Urkiola, en el centro, cerca de la estación, y no era tan frecuentada como a su dueña le gustaría; la mayor parte del tiempo estaba vacía o casi vacía y solo se llenaba cuando había una epidemia de piojos en la escuela cercana, porque doña Concepción, además de lavar, peinar y cortar pelos también tenía fama de preparar un engüento misterioso con éxito garantizado sin necesidad de segunda vuelta.

Cuando me presenté en la peluquería, doña Concepción me miró con desinterés; debía de estar acostumbrada a recibir lo peor de cada promoción, y yo, si bien tenía orgullo suficiente como para contradecirla, no tenía en cambio las destrezas para soportar esta contradicción. Lavar, peinar y cortar pelos de adultos, sabía hacerlo de forma que por lo menos disimulase mi ineptitud; de niños, ni los había visto ni esperaba verlos.

Afortunadamente tampoco doña Concepción esperaba gran cosa de mí.

—Cuando haya acabado de tratar a un cliente, le cobras, limpias el suelo de pelos, limpias la silla, limpias las tijeras y los peines y las cosas y las pones en el cacharro esterilizador. Y mientras no haya clientes…

Dejó la frase incompleta, flotando entre el olor a acondicionador del ambiente, se sentó en una de aquellas sillas que parecían de dentista y cruzó las brazos sobre el pecho; movía los labios como si estuviese rezando, y frucía las cejas hasta formarse entre ellas una sima abisal.

Así pasamos muchas de las horas de mis prácticas, sentadas frente a frente mirando por la ristalera y esperando a que algún niño quisiera un nuevo corte de pelo en Tijeritas, Durango, calle Urkiola. Después de unos días empecé a llevarme un libro, pero casi nunca conseguía leer nada, porque Concepción interrumpía la lectura con sus historias, sus comentarios sobre las noticias que pasaban en la televisión sin sonido o sus consejos de vieja sabia y algo entrometida.

Al principio me molestaba, porque nada valoraba yo más que esos momentos de silencio y recogimiento en la lectura, pero de pronto empecé a escuchar lo que decía, y a encontrarlo interesante y valioso. Con doña Concepción aprendí que las personas puede ser tan enriquecedoras como los libros, si se da tiempo para leerlos.

Algunas personas, por lo menos.

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