No tan breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 4

Nadie sabe de quién nací, ni cuáles son mis orígenes; como ya he contado, me encontraron en una bolsa en la puerta del convento de las monjas de Berriz, cuando tenía (por lo que luego dijeron) unos siete meses de vida. Pero si ser madre es, como se dice, que un corazón sufra por lo que le pasa a otro ser, que un cuerpo sienta el dolor que otro cuerpo siente, y un espiritu se altere cuando otro espíritu se siente alterado, entonces mi madre, mi verdadera y única madre, fue doña Concepción, dueña de la peluquería infantil Tijeritas de Durango.

El segundo año de Formación Profesional en Peluquería y Estética incluía unas prácticas profesionales no remuneradas; las alumnas éramos asignadas de un modo ni aleatorio ni transparente, de manera que las mejores eran destindasa salones de belleza de Bilbao con nombres en inglés, mientras que las menos aventajadas éramos distribuidas, con poco disimulo, por peluquerías locales de Durango y alrededores, de forma que nuestra vergüenza, y la de nuestros formadores, no saliese del reducido espacio de nuestra comarca.

A mí, que ni destacaba ni quería destacar por mi habilidad en el tratamiento del pelo, las uñas o el maquillaje de otros seres cuya belleza me era indiferente, me asignaron a la peluquería infantil Tijeritas, quizás porque lo infantil siempre parece menos que lo adulto. Mis restantes compañeras no perdieron la oportunidad de burlarse de mí, y empezaron a llamarme Tijeritas, a hacer el gesto y el ruido de las tijeras cuando pasaban a mi lado o incluso, por motivos que en aquel momento no alcanzaba a entender, a insinuar que me gustaba otras mujeres, asunto al que por entonces no había dedicado gran reflexión.

A mí las burlas me resultaban indiferentes; si algo me hería, de una forma vaga y algo impaciente, era el que mis prácticas no tuvieran lugar en Bilbao, lo que me parecía el equivalente a hacer las Américas en mi pequeño mundo de la Vizcaya profunda. En realidad, visto con la perspectiva que da el tiempo y el conocer cómo unas cosas se encadenan con otras en una cadena sin fin, nunca les estaré suficientemente agradecida a los supervisores del centro de formación por haberme puesto bajo las manos cuidadosas y la mirada sabia de doña Concepción.

 

 

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