No tan breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 3

En efecto, pasaban los meses, y yo iba creciendo en conocimientos ante mis propios ojos, y ante los ojos de los demás; en gracia, en cambio, poco crecía: seguía siendo una muchacha desgarbada a la que el cuerpo le colgaba de los hombros como un vestido en una percha.

Un día que estaba hablando con Álvaro, con la excusa de preguntarle unas dudas sobre circuitos integrados, se me quedando fijamente como si no me hubiera visto nunca antes, y me dijo:

—Deberías arreglarte más.

Y yo, en un intento poco reflexionado y menos exitoso de flirteo, respondí:

—¿Y estaría bonita si me arreglase más?

A lo que él contestó:

—Probablemente no, pero por lo menos estarías más presentable.

Ese día ya no leí más; el viaje en tren hasta Berriz lo hice medio adormecida, mirando casi sin mirarlo el reflejo de mi cara en la ventanilla, sintiéndome oscura, cerrada y polvorienta. El fin de semana fue solitario y taciturno; me pesaban las piernas y la voluntad.

Pero con el paso de los días, esa misma voluntad volvió a afirmarse: ¿cómo es, me dije, que unas palabras salidas de boca ajena son capaces de tener tal efecto en mí? Y después: nunca más unas palabras salidas de boca ajena tendrán tal efecto en mí; no lo permitiré. Poco a poco volví a recuperar los libros, la vida y la confianza. Mi cuerpo colgaba de mis hombros como un vestido, pero era mi vestido, mi cuerpo, mi percha. Y de nadie más.

Seguí viendo a Álvaro en las clases, y seguí sintiendo que mis entrañas se retorcían y se me querían escapar cuado le hablaba; pero nunca más le di el poder de magullarme de aquella forma. Era una contradicción, que abracé porque la realidad qué es sino un conjunto de contradicciones.

En otra conversación con Álvaro, ya cuando el curso agonizaba, le dije:

—Me gustas, pero eres imbécil. O mejor dicho: eres imbécil, pero me gustas.

Pareció halagado, insultado, sorprendido y confuso; quiso contestar algo, pero yo me di la vuelta y me fui a mi clase de Gestión de Establecimientos de Belleza y le dejé con la boca abierta.

El verano fue tranquilo, pacífico, monótono, fugaz; por eso no aburriré aquí con su relato, y pasaré al siguiente capítulo de esta historia, ya no tan breve.

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