No tan breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 3

Las clases de peluquería y estética me importaban bien poco, como se puede imaginar. Las monjas me habían enseñado que el cuerpo era una fortaleza; Fernando, que esa fortaleza podía ser violentada; la escena que entreví en la cocina insinuaba que esa fortaleza podía esconder misterios, pero nadie me había enseñado a buscarlos ni a entenderlos. Iba limpia pero desarreglada, recogía mi pelo en moños o coletas o gurruños según lo que fuera más fácil en cada momento; cuando mis colegas de clase comparaban el brillo o el color de sus uñas yo escondía las mías, que estaban mordidas y ralas.

¿Cómo me iba a importar la estética ajena cuando a la propia no le dedicaba ni cinco minutos de miradas al espejo o de preparación antes de salir a la calle? ¿Por qué las monjas me inscribieron en un curso de peluquería y estética sin preguntarme, sin tener en cuenta sus intereses o, me atrevería a decir, sin molestarse en mirarme ni una vez frente a frente? La respuesta salta a mi cara sin necesidad de buscarla demasiado: porque era mujer, y para las monjas una mujer podía ser pocas cosas decentemente sin perder su condición de feminidad: monja, enfermera, esposa. Peluquera. Esteticista.

En cambio, más interesantes me resultaban algunos otros cursos que se impartían en el mismo centro: contabilidad, comunicación, gestión turística, informática. Cuando podía me escabullía de mis clases de champús y lacados y me colaba en las clases ajenas, pedía prestados apuntes y libros y los leía en los viajes de ida y vuelta en el tren. Los profesores o no me veía, o no querían verme. Iba construyendo así una formación que no era exhaustiva en nada, pero me daba un barniz de todo; me permitía usar las palabras correctas, aunque no estuviera del todo segura de lo que esas palabras significaban.

Sin saberlo entonces, y desde luego entonces no lo habría expresado con esas palabras, me estaba convirtiendo en la trabajadora ejemplar del capitalismo tardío: me estaba formando para una vida de precariedad. Y me estaba gustando.

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