No tan breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 3

Ir a una nueva escuela implica algunos cambios; en primer lugar, el cambio de escuela, es decir, el cambio de espacio y la forma de relacionarse con él. Mis rutinas hasta ese momento se reducían a menos de un kilómetro cuadrado, de mi cuarto-celda a clase, de clase a la biblioteca, de la biblioteca al cuarto-celda. Como mucho, los paseos consumistas por Berriz con Elena para abrir un poco el pequeño círculo de mi infierno. Ahora en cambio tenía el tren todas las mañanas, una escuela con diferentes grados y niveles, y alumnos de distintas procedencias, y una ciudad, Durango, que para alguien recién salido del convento era como Nueva Delhi y Ciudad de México juntas.

También tenía que acostumbrarme a nuevas gentes: las chicas del curso de peluquería y estética, las profesoras y algún que otro profesor, y también los chicos que estaban estudiando otros cursos de formación profesional, más masculinos, en las clase de al lado. Frente a todas estas nuevas gentes yo me expresaba con una prudencia que podía ser tomada por timidez, y una sequedaz que podía ser tomada por antipatía -y quizás lo fuera-. No me llevó demasiado tiempo ganarme fama de rara, y si esto no me causaba ningún dolor, porque quien nada necesita nada echa de menos, sí que me irritaba hasta cierto punto, porque me dificultaba conseguir de las otras personas ciertas cosas que podían con el tiempo resultarme necesarias, o al menos valiosas.

—¿Dónde está la biblioteca? —le pregunté el primer día de clase a la profesora de “Cuidados estéticos básicos de uñas”, que me miró bastante extrañada.

—Este es un curso fundamentalmente práctico —respondió, sin responderme.

—Lo sé. ¿Dónde está la biblioteca?

Levantó un dedo, apuntó en una dirección indeterminada, la seguí, descubrí un cartel que decía “Biblioteca”, entré. Era un cuarto pequeño y sin ventanas, con estanterías metálicas; había sobre todo libros técnicos y manuales diversos, pero para mi sorpresa y felicidad encontré también una sección de novelas aceptablemente surtida, en cantidad, aunque bastante limitada en géneros: policiaco, romántico, fantástico, histórico. Decidí comenzar por los policiacos, que aunque no eran mis clásicos del convento, estaban razonablemente escritos y me ayudaban a pasar las horas los fines de semana, y me acompañaban en los viajes de tren cuando no me acompañaba Elenita.

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