No tan breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 3

Si me preguntasen por qué escribo estas cosas todas, sobre todo tanto tiempo después de que estas cosas todas tuvieran lugar, responderé que no lo sé. Si me preguntan si estas cosas todas pasaron como digo que pasaron, diré que, hasta donde una memoria puede ser fiel a la realidad de los hechos recordados, sí, pasaron. Contestaré ofendida con una negación rotunda a quien me acuse de querer ganar notoriedad, de buscar vengarme de mis fantasmas, de intentar limpiar mi fama, a estas alturas no tan limpia como yo desearía, porque la fama de las mujeres siempre hay quien busque ensuciarla, como la piel del armiño, mientras que la de los hombres, como la de los cerdos, siempre parece dispuesta a aceptar otra capa de mierda e incluso darle uso.

Si insitieran en preguntarme: ¿por qué, Ana Joaquina, por qué, por qué cuentas estas cosas todas que cuentas, por qué escribir algo en vez de no escribir nada, no era más digno callar y dejar que el silencio y el olvido y el polvo ocultasen tu cuerpo?, yo insistiría en responder: ¡no lo sé, no lo sé, no lo sé!

Solo sé que contar sus vidas eran lo que hacían los autores de las obras que leía en las bibliotecas de las monjas, y eso es lo que aprendí a hacer, y eso hago, caiga quien tenga que caer.

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