Breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 2

La siguiente vez que vi a sor Catalina fue en unas circunstancias bien diferentes. Estaba yo en la biblioteca sentada, esperando que viniera mi profesor particular, hojeando distraída los apuntes de ciencias naturales y saboreando anticipadamente las gominolas que iba a comer con el dinero sisado, pero cuando se abrió la puerta quien entró no fue el profesor, sino sor Catalina. No un escalofrío, no una sensación extraña e indefinida: lo que me invadió fue la certeza de que algo estaba mal, algo grave e irremediable.

—Hoy no hay clase —dijo la monja—. Ya no vas a tener más clases particulares.

Por un momento me creí descubierta: imaginé todo el castigo diferido durante los últimos meses, reuniéndose en un único golpe brutal y cayendo (metafóricamente) sobre mis espaldas. No, ni siquiera conseguí llegar a imaginar el castigo, en su concreción definitiva: ¿encierro, estudio constante, expulsión del convento? Las fuerzas me abandonaron y me entregué a mi destino. Afortunadamente para mí, la monja no había terminado de hablar.

—Ha muerto la madre de Javi.

—¿Quién es Javi?

—¡Tu profesor particular! Se ha muerto su madre. Su padre se lo va a llevar a vivir a Madrid con él. Me imagino que querrías despedirte de él, pero dadas las circunstancias… El funeral será mañana en San Juan Evangelista, ¿quieres ir?

No, no quería ir: tenía mucho en que pensar. En primer lugar, en todo lo que no sabía sobre mi profesor particular, empezando por su nombre: Javi. En el tiempo que pasamos juntos se había creado una intimidad ambigua y suspicaz, pero que dejaba grandes parcelas de oscuridad en las que nunca entraba el sol, ni la inteligencia, ni la compasión. No era desencaminado decir que había usado a Javi en mi propio provecho, en todas las formas que se me ofrecían a la mano.

Era, aunque no lo supiera, un momento profundamente ético el que ante mí se colocaba: dado que la autoridad externa, las monjas, ignoraban lo que había hecho, y probablemente iban a ignorarlo para siempre, me correspondía a mí, y solo a mí, decidir qué hacer a continuación. Devolver el dinero no era una posibilidad, ya que el dinero ya no existía, o mejor, había cambiado rápidamente de manos; confesar el delito y asumir el castigo parecía excesivo y hasta infantil. La disyuntiva, entonces, era meramente mental, o si se quiere, anímica: si observar los meses anteriores como una era culposa y una oportunidad para la redención, o si aceptar, como norma de mi comportamiento, el aprovechamiento de cualquier circunstancia y de cualquier individuo, en beneficio propio.

Me analicé por dentro; si era sincera conmigo misma, no sentía ninguna culpa, ni aun sabiendo, a retazos, del complicado y doloroso destino de Javi, el recién huérfano Javi. Así, acepté, aceptándome, que no era una buena persona, al menos en los términos en los que la sociedad, que apra mí eran las monjas, lo definían. Yo era yo, y había creado, mal que me pese, mi propio sistema moral, en el que no cabía nada ni nadie más que mi propia supervivencia.

Y así, decidí no decir nada, y seguir adelante. Y así, acaba este capítulo y empieza el próximo.

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