Breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 2

¡Qué lento pasaba el tiempo en el convento, sobre todo durante los fines de semana! Esos días en que no había alumnas, las monjas parecían entrar en hibernación e incluso Elenita desaparecía para pasar unos días con unos tíos segundos de Basauri que si no la querían, por lo menos la soportaban y no le trataban demasiado mal.

Esos días, ni siquiera la biblioteca era suficiente consuelo: esos días la biblioteca me parecía inútil, cansina, repetitiva, limitada y limitadora. El tedio lo invadía todo, se pegaba a las paredes, a la ropa, a la piel, y hacía que desease más que nunca haber nacido en otro lugar, en otras condiciones, con otro nombre y otra sangre en las venas.

Lo único que me distraía, o mejor, que me anestesiaba hasta la llegada de días mejores, era pasear por el convento, incansable, sintiendo bajo los pies descalzos los cambios de textura y temperatura de la piedra, el cemento, la alfombra, los azulejos. Recorría los pasillos, daba vueltas al claustro, pisaba la hierba que crecía salvaje en el patio. Mi universo me era una cárcel: hervía.

Fue en una de esas tardes deambulatorias cuando vi algo que no era supuesto ser visto, ni por mí ni por nadie. Era un día fresco de primavera; mis pasos me llevaron sin mayor motivo hacia el sótano, donde grandes máquinas lavaban y secaban las sábanas y las ropas de las monjas. Había una humedad caliente en el aire como de selva tropical o invernadero de plantas exóticas. Cerré los ojos, abrí los brazos, sentí pequeñas gotas de sudor y condensación formándose.

De repente, un murmullo, una vibración, un cambio en el ambiente me hizo saber que no estaba sola. Me agaché detrás de unos de los carritos en los que se transportaba la ropa y contuve la respiración. Entonces distinguí, en un rincón en sombra al fondo de la sala, a sor Catalina, y fijándome mejor vi que no era solo sor Catalina, sino que con ella estaba otra monja, Lucía, una muchacha joven, de aspecto frágil, que había entrado en el convento menos de un año antes.

Se besaban; incluso desde la distancia, con la oscuridad y la confusión, daba para percibir que se estaban besando.

—Esto está mal… es pecado… está mal… —decía sor Lucía, en un susurro que casi era un sollozo.

—Sí —le contestaba sor Catalina, con una voz mucho más firme—, esto está mal. Esto es un pecado muy grave.

Y seguían besándose y las manos recorrían los cuerpos por encima y por debajo de la ropa. Yo, que las veía, no sabía lo que pensar de aquello: había algo grotesco y absurdo en la diferencia de sus complexiones y edades, en la distancia entre sus palabras compungidas y la avidez de sus bocas. Pero también, intuía yo sin saber muy bien desde dónde, había allí algo poderoso, algo verdadero, algo que merecía salvarse y que no debía ser interrumpido ni mancillado.

Recorrí el camino hasta la puerta con un cuidado felino, agachada para hacerme invisible; las dejé allí besándose y disfrutando de su pecado feliz, y me prometí a mí misma que nunca contaría a nadie lo que había visto, y nunca lo conté, y nunca lo he contado. Hasta ahora, quiero decir.

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