Breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 2

Otra consecuencia de mis salidas cada vez más frecuentes del convento (porque lo que no se conoce, no se desea) es que de repente aprendí el valor del dinero. A ello contribuyó también Elenita, que en nuestros paseos, a los que ella, sin consultar a dios ni al dialo, se había apuntado, pasaba más tiempo con la frente apoyada en los cristales de los escaparates que contemplando la belleza de los montes que nos rodeaban.

Después de una vida de ascetismo y estoicismo, estaba descubriendo el hedonismo, el consumismo, la lujuria de la posesión. Tanto daba el tipo de tienda: chucerías, ropas, carnicerías, tiendas de chinos en las que vendían papel de regalo, globos, zapatos, ollas a presión, gatos que mueven el brazo, incienso contra el mal de ojo o los dolores de espalda. Elena todo lo veía, todo lo quería, no podía pagar nada, moría de tristeza a cada paso. Solo ante las librerías pasaba con desprecio y desinterés, y entonces era yo quien tenía que pedirle que esperase, mientras mis ojos recorrían con avidez las portadas, los nombres, los títulos, todos ellos desconocidos para mí porque nada tenían que ver con las lecturas pacatas y polvorientas que la biblioteca de las monjas podía ofrecerme.

Lo comenté con sor Catalina, una monja gorda, siempre sudorosa, y que se ocupaba de los asuntos más mundanos del convento, incluido el trato con Fernando y su camioneta; me dijo que si quería algo concreto se lo pidiera, pero yo no quería nada concreto: quería la potencia de la compra, más que su actualización, que sería siempre decepcionante por no corresponder con la fantasía. Así, no podía nada, y nada recibía. Elenita y yo éramos pobres de solemnidad.

Quiso entonces venir el destino en mi ayuda, o mejor que el destino la inflación y el ajuste del IPC, como muchos años más tarde vendría a aprender: fue que las monjas, tan blandas de corazón con los buenos como secas de mollera con la maldad, decidieron aumentar cinco euros la paga que daban a mi querido y descoordinado profesor particular. Ya podrá el lector imaginar a qué bolsillo fueron esos cinco euros, y que no fue aquel al que estaban destinados.

Pero pronto, porque el corazón es voraz cuando consigue lo que quiere, más que cuando no lo consigue, con esos cinco euros no fue suficiente para colmar mis necesidades recién descubiertas, ni por supuesto las de Elenita, con quien compartía mi botín en una proporción de cuatro a uno. Así que fui más allá en mi malversador plan: una tarde particularmente irritante por lo banal le dije a mi tutor que las monjas, porque motivos contables que era complicado explicar, habían decidido pasar a pagarle al mes, y no a la semana.

Así, no solo ganaba los cinco euros por semana del aumento nunca repercutido en el trabajador, sino que además, si los meses eran más largos y alguna clase más se colaba en los últimos días, ese dinero quedaba para mí, en coparticipación con Elenita. Y el profesor particular, si alguna vez sospechaba, callaba, y si alguna vez parecía cerca de hablar yo acercaba más hacia él mi cuerpo para que sintiese mi calor a través de las ropas. Después de eso, dejaba de pensar en protestar por la reducción del sueldo, e imagino que pasaba a pensar en otras cosas bien diferentes.

Lo importante es que no protestaba, y que con ese dinero yo podía comprarme algún libro muy diferente de los de las monjas, y Elenita algún chuche que le estropeaba los dientes pero no conseguía que engordase ni siquiera un gramo.

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