Breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 2

Por aquella altura también sucedió otra cosa inesperada: gané una amiga, o ella me ganó a mí, o la vida me la mandó para enseñarme algo que en aquel momento todavía no sabía lo que era.

Muerta sor Teresa, apartado de mí Fernando por una barrera de culpa, vergüenza y deseos oscuros, quizás el universo estaba haciéndome saber que nadie es una isla; que se nace solo y se muere solo, pero solo no es posible sobrevivir; o que una mujer (sí, porque yo para entonces ya empezaba a entender que ser mujer me marcaba a ojos del mundo y de los demás) está mejor si tiene otra mujer con la que compartir el fardo de los días.

Aunque en realidad, y esto también lo entendí bien pronto, Elena era mi fardo más que mi apoyo para compartirlo. Era pequeña, pequeñísima, tan pequeña que era inverosímil, pero sin llegar a ser enana. Flaca, huesuda, sin un gramo de carne en los huesos más de lo necesario. Los ojos agrisados, apagados, Elena no era particularmente inteligente ni brillante en ningún aspecto.

Cómo y por qué nos hicimos amigas, es un misterio que se pierde en el tiempo. Si se intenta bucear en la memoria para descubrir cómo nacen las amistades, quizás se consigan encontrar algunas conversaciones, algunos encuentros, algunos intereses comunes, pero lo más probable es que todo parezca aleatorio y contingente, de manera que quienes se transforman en amigos del alma, bien podrían haberse ignorado mutuamente durante el resto de sus días, como planteas cuyas órbitas no se cruzan nunca.

Elenita se sentaba dos pupitres por detrás de mí; como era algo miope, y como la chica que se sentaba entre nosotras se mudó con sus padres a Barcelona, pasó a sentarse exactamente a mis espaldas; empezamos a hablar, empecé a protegerla de los ataques de las otras alumnas, no por compasión sino por no dar a esas estúpidas la satisfacción del triunfo. Pronto Elenita me seguía a todas partes, hasta en el baño. Cuando yo pasaba las horas en la biblioteca, ella se sentaba en un rincón, mirándome.

—¿No quieres leer? —le preguntaba yo.

—¿Eh? —contestaba ella, con los ojos muy abiertos.

Creo que cuando peor lo pasaba era cuando yo estaba en las clases particulares; ahí se sentía excluida, porque a ella las monjas la daban ya por perdida. Como un perrito triste me esperaba sentada en el patio, y cuando salía de clase venía corriendo hasta mí, tan contenta que casi podía ver cómo meneaba una cola invisible y ancestral.

—¿Qué has estado haciendo durante mis clases? —le preguntaba, a veces.

—¿Eh? —contestaba ella, con los ojos muy abiertos.

También este tipo de amistades tenían sus antecedentes en los libros que solía leer, aunque las amistades, como casi todo, solían ser masculinas.

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