Breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 2

Las monjas no sabían lo que hacer conmigo, y lo que finalmente hicieron, lejos de ayudar en el sentido en el que ellas lo pretendían, más bien me acompañó en un camino diferente que yo ya estaba decidida a emprender.

Me buscaron un profesor particular: un chaval de Berriz que estaba estudiando una ingeniería técnica en Bilbao, sobrino de una monja, a la familia no le venía mal un poco de dinero extra, según la monja antipática me explicó. Era feo, de cara muy larga y mandíbula inferior salida, como un plátano, torpe con las manos y con las palabras; debía de saber mucho de física y química y ciencias naturales, pero fuera de esos ámbitos, la lámpara de mi mesilla era más instruida que él.

Dos días por semana venía al convento, nos encerrábamos en la biblioteca, sacaba sus libros, me hacía preguntas, le respondía lo primero que me venía a la cabeza, no me interesaba nada. Seguía siendo buena con los números, pero todo aquello me importaba más bien poco.

En cambio, lo que me interesaba era la reacción de aquel chico a mi presencia: estaba claro que lo incomodaba, hasta el punto de provocar sudores en invierno y tiritonas en los días más calientes del verano, que en Berriz no eran muchos ni muy calientes. Jugaba con él: me aproximaba, hacía que nuestras manos se tocasen, me quitaba los zapatos y frotaba los pies uno contra otro (a veces con las uñas pintadas de rojo: eso parecía ponerle particularmente nervioso).

No me considero, nunca me he considerado una belleza; mi cuerpo es más rectangular que curvo, mi cara, vulgar y sin brillo. Que Fernando se hubiera aprovechado de mí me hacía sentir aún más indigna y no más deseable, como si aprovecharse de mi cuerpo hubiera sido no una agresión sino un desprecio. Pero aquel, en la biblioteca con el profesor particular temblando ante mi cercanía, fue el momento en el que descubrí que incluso una cara así, incluso un cuerpo así, podían tener eco y poder; que los ojos de los hombres, cuando ven a una mujer, no ven a esa mujer sino su propio deseo de ella.

Al final, el chico aquel de Berriz sí que me enseñó algo: mucho.

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