Breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 1

En realidad nadie sabe de quién nací, ni cuáles son mis orígenes. Me encontraron en una bolsa en la puerta del convento de las monjas de Berriz, cuando tenía (por lo que luego dijeron) unos siete meses de vida. Un pseudonacimiento así podría dar lugar a un reconocimiento posterior (la media medalla que años más tarde encuentra su otra mitad y descubre una inesperada alcurnia regia) pero, ¡ay!, entre mis ropita y en mi cuerpo no había nada que permitiera identificarme como nada más que un bebé cualquiera: rosadito, oloroso y sin nombre.

Me pusieron Ana Joaquina porque el día que me encontraron era el día de San Joaquín y Santa Ana; según se mire tuve suerte, porque al día siguiente era el día de San Cucufate.

Las monjas me adoptaron como se adoptaba antes a los niños perdidos: sin hacer preguntas y sin dar explicaciones. Joaquina, eres una de las nuestras. Los primeros años de mi vida los pasé encerrada entre mujeres, y no entre mujeres particularmente bellas ni virtuosas, aunque, quizás, tampoco particularmente viciosas ni feas. Esas mujeres me enseñaron todo lo que sabían, que no era mucho, si lo consideramos bien, pero sobre todo lo que más hicieron fue ocultar: ocultarme a mí del mundo, ocultar el mundo de mí.

El resto de mi vida, por eso, puede decirse que fue un progresivo desvendamiento de la realidad ante mis ojos, y de mis ojos ante la realidad.

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