El edificio (reboot, 147)

Nace un bebé, a lo mejor el último bebé, quién sabe. Le faltan dos dedos del pie, las falanges de una mano y un pedazo de oreja, pero por lo demás es normal. Y es ciego, el pobre. Pero por lo demás… Tan pequeño, no consigue llorar bien, tiene atrofiada la mitad del pulmón izquierdo. Lo que le sale es una especie de gorjeo oscuro: en un moribundo sería un estertor. A pesar de todo, a veces parece reír, o sonreír, y entonces es más doloroso todavía mirarlo, porque a través de él se ve lo que un día fue, o pudo ser. Una noche, mientras duermen, sus padres oyen un ruido proveniente de la cunita.

—¿Qué es eso? —pregunta la madre.

—No sé, parece que está intentando hablar.

—¿Hablar? ¿Tan pequeño? ¿Y qué dice?

Los dos se paran a escuchar.

—¿Fifo? —se cuestiona la madre—. ¿Fiofio? ¿Cifio?

—Ficio —contesta el padre—. Edificio. Está intentando decir “edificio”.

Vuelven a escuchar. Comprueban. Suena como “efififio”, pero sí, el niño parece estar intentando decir “edificio”.

—Es un perfecto representante de su época —dice el padre, y vuelven a caer en un sueño cargado de maldiciones.

 

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