El edificio (reboot, 141)

No fue una revolución, sino una especie de parada multiorgánica social: la gente dejó de ir al trabajo, de atender a sus hijos, de comer, lavarse, dormir, respirar. Una apatía insoportable e invencible se apoderó de la vida: el instinto de supervivencia salió por la ventana y por la puerta entró la resignación. Las autoridades debían hacer algo, pero a las autoridades también les había invadido la consciencia del vacío y el sinsentido de la existencia. Obligar a la gente a seguir viva, a seguir actuando con normalidad… ¿cómo, para qué? Ciudades enteras sucumbieron en un silencio plácido y en una inmovilidad desértica. Luego empezó a oler, pero no había nadie que pudiera olerlo, así que tampoco importaba demasiado. El mundo entraba en coma, y no había nadie que intentase despertarlo. (Todo esto a lo mejor no tendría nada que ver con el edificio, si no fuese porque esta agonía por incomparecencia se extendía en círculos desde el lugar donde el edificio se erguía, como una onda invisible).

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